CAPÍTULO 17 #3
Carol le dio un golpecito en la pierna y luego la abrazó.
—Ya te estoy echando de menos. Xisco tendrá que esforzarse mucho para ser él y tú al mismo tiempo. ¿Seguro que no te puedo hacer cambiar de opinión para que te quedes?
—Ya lo he decidido, Carol —contestó Amanda señalando con la vista a los chicos para que su amiga se diera cuenta de que no quería hablar de eso delante de ellos—, y ya sabes que me cuesta tomar decisiones, pero que, cuando lo hago, es difícil hacerme cambiar.
—¡Y tanto que lo sé! ¡A mí me lo vas a contar!—exclamó su amiga.
Amanda rememoró la conversación que habían mantenido la noche anterior, cuando al fin había podido dejar de llorar.
—¡Decidido, mañana me marcho! —le había soltado de corrido.
—¿Cómo? —había preguntado Carol, incrédula.
—Te digo que acabo de decidir que mañana me marcho —había repetido Amanda, muy convencida—, y sé que será lo mejor para mí.
Tengo que cortar este enamoramiento de raíz y lo único que se me ocurre para hacerlo es alejarme de Tomás.
Estoy convencida de que lo haré, podré olvidarlo, pero tengo que irme mañana, no puedo quedarme ni un día más.
—Estábamos hablando de Paloma, no de Tomás —se había quejado Carol.
—¿No lo ves? ¿No ves que Paloma actúa de la manera que lo hace solo por resentimiento hacia él? ¿Quieres que yo me convierta en un triste personajillo como ella?
—Joder, Amanda, ¡que diez días más aquí no van a convertirte en Paloma!, no me jorobes.
—No, es cierto que no lo harán. Pero ahora ya he tomado la decisión de dejar de ver a Tomás, de dejarle en el pasado. Si me quedo estos diez días, ¿cómo podré evitar coincidir con él? No, eso sería demasiado complicado para los cuatro, lo mejor es que me marche a casa cuanto antes.
Y, aunque Carol había intentado por todos los medios que su amiga cambiara de opinión, al final había comprendido que Amanda tenía razón y, muy a su pesar, le había dado permiso para que la «abandonara».
Esa noche la habían pasado juntas, Carol se lo había explicado a Xisco, quien había entendido las razones de Amanda mucho más deprisa que ella y la había animado a quedarse en el apartamento con su amiga.
En contra de su costumbre, ninguna de las dos había hablado demasiado cuando se fueron a dormir. Cada una oía a la otra moverse y, sin necesidad de preguntarlo, sabía por qué les estaba costando conciliar el sueño. Pero al menos estuvieron juntas.
Se suponía que Carol tendría que regresar a Madrid en algún momento para ver a sus padres, darles explicaciones y presentarles a Xisco, si es que no salían pitando a buscarla en cuanto supieran que Amanda había vuelto a su casa.
Pero las chicas nunca habían estado más de una semana separadas, al menos que ellas pudieran recordar, y eso cuando eran unas crías.
Hacía años que no se separaban ni los fines de semana. La tía Monja no era la única que las veía como dos hermanas bien avenidas. Había gente con la que habían coincidido a lo largo de los años que ni se imaginaba que no las uniera ningún parentesco.
Xisco dejó el coche en el parking del aeropuerto y los cuatro se dirigieron a la zona de embarque. Gori fue el primero en abrazarla.
—Mi hermano es gilipollas; yo te habría cuidado mucho mejor que él —le dijo al oído para que los otros dos no pudieran escucharlo.
Amanda se rio.
—Estoy convencida de que lo habrías hecho. Lástima no poder decidir a quién le entregarás tu corazón —le susurró ella también.
El chico se separó un poco de ella.
—Espero que te vaya muy bien y que te acuerdes más de lo bueno que de lo malo de Mallorca.
—¿Qué ha habido de malo? Si todo ha sido fabuloso. Tengo la suerte de poder marcharme antes de que se tuerza —le contestó con cariño.
Después fue el turno de Xisco:
—Nos vemos dentro de poco, preciosa, te necesitaré a mi lado para hacer frente a mis «suegros» —le dijo con un tono poco alegre.
—Ahí me tendrás, no me perdería ese momento por nada del mundo —afirmó con una gran sonrisa.
Por último, la abrazó Carol, no hablaron, no hacía falta. Cuando se separaron ambas tenían lágrimas en los ojos.
—No seas tontina —le dijo Xisco a su chica, mientras la cogía por la cintura—, si antes de que haya llegado a Madrid ya os habréis mandado doscientos mil mensajes. Hoy en día las distancias no existen.
Sus tres amigos esperaron a que Amanda pasara el control de seguridad; ella, consciente de que la estaban observando, se volvió y se despidió con la mano antes de perderlos de vista por completo.
La chica sonreía para sí mientras se dirigía a su puerta de embarque.
Aunque dejaba atrás un pedazo muy grande de su corazón, creía a pies juntillas lo que le había dicho a Gori hacía apenas unos minutos, prefería conservar en la memoria todo lo maravilloso que había sucedido en la isla: las risas, los paseos, los bailes, las playas increíbles, Tomás desnudo a su lado en la cama, Carol y Xisco celebrando su amor a cada instante…
Su amiga había tenido razón cuando preparaban el viaje, ese había sido el verano de sus vidas y así sería como lo recordaría para siempre.