Para siempre contigo (Colección Mediterráneo 1) CAPÍTULO 17 #2
83%

CAPÍTULO 17 #2

—Sí, lo sé. Me lo has estado repitiendo durante todo el verano, pero ahora ya no me basta lo que tenemos.

—¿Lo que tenemos? —El chico estaba poco inspirado, solo era capaz de repetir lo que ella decía como si fuese un loro domesticado.

—Vale, ya sé que nunca hemos tenido una relación. ¿Prefieres que diga que no me basta con lo que somos?

—¿Y qué somos?

Amanda intentó reírse, pero la risa le salió forzada; no era histérica, como la que le sobrevenía cuando estaba nerviosa; ni contagiosa, como la que tenía cuando estaba riéndose a mandíbula batiente.

No, esa fue una risa triste y le pareció que a Tomás le dolía como si le hubieran dado un derechazo en el estómago.

—No sé, puedes llamarlo como quieras: amigos con derecho a roce, amantes, un tío y una tía que se acuestan…

—Te dije que no podía enamorarme, nunca te he prometido nada, creo que he sido muy franco en ese aspecto. No puedo, es imposible.

—¿No puedes o no quieres?

—Sabes que son ambas cosas: ni puedo ni quiero.

—Su voz sonaba triste, pero él seguía firme en sus convicciones—.

Tienes razón al estar enfadada conmigo, desde fuera se podría interpretar que he estado jugando con tus sentimientos, pero créeme cuando te digo que no ha sido así. Te advertí de que no podía, y no puedo.

—Y yo te dije que tú no eliges el momento en que te enamoras, y que tampoco puedes evitar que alguien se enamore de ti.

Se acercó a él y le puso una mano en la mejilla.

—No, la culpa de que yo haya caído rendida a tus pies no es tuya.

La culpa es mía, porque estaba advertida, sabía que jugaba con fuego y me ha dado lo mismo quemarme.

Por eso es por lo que tengo que marcharme, porque ya no me basta con ser «la que se acuesta contigo».

Quiero más. Quiero lo que tienen Xisco y Carol, y tú no puedes dármelo.

Cuanto antes me aleje de ti mejor será para mi salud mental.

No te estoy reclamando algo que sé que no puedes darme, estoy huyendo de lo que me hace daño.

—Lo siento, lo último que pretendía era herirte, creía que te estabas divirtiendo, como hacía yo.

—Al principio, quizás sí, pero ahora ya no. Te quiero, Tomás. Y, si voy a estar contigo, deseo todo lo que tienes para dar, no solo una pequeña parte.

Le dio un beso suave en los labios y volvió a los pies de la cama, para seguir haciendo la maleta y para que él no se diera cuenta de que tenía los ojos inundados en lágrimas.

—No puedo darte otra cosa, Amanda, si crees que estarás mejor alejándote de mí, quizás sea eso lo que debes hacer.

—Agachó la cabeza y salió de la habitación sin añadir nada más a la conversación.

A Amanda le pareció que tenía los hombros hundidos y que se marchaba abatido, pero prefirió no hacerse ilusiones.

Era mucho más fácil pensar que, si él la hubiera amado como ella lo amaba a él, aquella habría sido una buena oportunidad para decírselo.

Al no hacerlo, le quedaba patente lo que ya había imaginado: que las barreras que Tomás había levantado alrededor de su corazón eran infranqueables, al menos para ella.

···

Xisco y Carol arreglaron sus turnos para poder acompañar a Amanda al aeropuerto, aunque ella les había asegurado que podía coger un taxi, se negaron de forma rotunda a que lo hiciera.

A última hora, Gori también se unió a la excursión hasta Palma, por lo que en esos momentos estaba en el asiento de copiloto al lado de su jefe.

Carol, que se había sentado en el asiento de atrás con Amanda, era incapaz de soltar la mano de su amiga.

—No puedo creer que te vayas ya. Pensaba que tendríamos al menos diez días para despedirnos como es debido. Y después te quejas de que yo soy impulsiva. Creo, no, estoy segura de que esto deja el marcador de lo «que te debo» a cero —afirmó haciendo un puchero.

Xisco miró a su chica por el espejo retrovisor con cara de preocupación y Amanda no pudo más que sonreír. Qué envidia le daba Carol. Qué bonito era que el chico del que te habías enamorado perdidamente te correspondiera y se preocupara por ti.

Estaba contenta por ella, más contenta que celosa. Aunque fuera a echarla muchísimo de menos en Madrid, su amiga era feliz, y eso era lo más importante.

Gori se volvía de tanto en tanto para mirar a Amanda y sonreírle, a Amanda le parecía que quería decirle algo pero que no se atrevía, o quizás era solo que no encontraba las palabras adecuadas.

Ella le devolvía la sonrisa, animándolo a que hablara, pero él resoplaba y dirigía la vista de nuevo a la carretera.

—Acuérdate de llamar a mi tía mañana o pasado para decirle que tú no pasas del trabajo como yo, hazle un poco la pelota de mi parte o algo, ¿vale?

—pidió de repente Carol, como si al fin se diera cuenta de que estaba quedando fatal con su tía—.

Que, de todas formas, estoy segura de que te quiere más a ti que a mí.

—¿Por qué dices eso, loca? ¿Cómo puede quererme más a mí? Si es la hermana de tu padre, mujer.

—Ya, pero yo creo que nos ve a nosotras como a dos hermanas y desde luego tú le has dado muchos menos quebraderos de cabeza que yo.

Amanda se rio.

—Eso no lo puedo rebatir.