CAPÍTULO 17
Amanda llegó al hotel a las ocho de la mañana y se dirigió a la oficina de Vidal para comunicarle sus intenciones.
—¿Puedo pasar? —preguntó tras dar dos golpecitos en la puerta del despacho.
—Claro, Amanda, pasa. ¿Qué te trae por aquí?
—Vengo a presentarte mi dimisión, Vidal, lo siento mucho. Quería haber acabado el contrato por deferencia hacia ti, pero no puedo. Me rindo. Esta mañana, antes de venir, he comprado un billete de avión para irme a Madrid, me marcho esta tarde. Ella gana y yo me voy.
—Siento mucho oír eso —le contestó el hombre.
Amanda notó en su voz que era cierto—. Como ya te dije, estoy muy contento con lo que has aprendido y avanzado en solo dos meses.
No miento cuando te digo que habría intentado que el año que viene volvieras a trabajar con nosotros, pero puedo hacer muy poco contra ella y su manera de manipular a la gente.
—No tienes que disculparte por nada, Vidal, tú no tienes la culpa de sus manejos. Lo que no me explico es por qué la dirección la tiene en tan alta estima.
—¿No lo sabes?
—¿Qué es lo que debería saber?
—Paloma es muy «amiga» del dueño del hotel.
El director, bueno, y todos, van con pies de plomo con cualquier cosa relacionada con ella, porque a la mínima le pasa informes de todos y cada uno de nosotros.
Es por eso por lo que está tan segura de que dentro de poco tiempo será la directora y arremete contra todos sin que a ella le pase nada de nada.
—No tenía ni idea —confesó Amanda con asombro patente en la voz.
—Pues creía que lo sabías y que, precisamente por eso, habías aguantado carros y carretas desde que te habían asignado al «departamento» —pronunció estas palabras con desprecio— de reclamaciones.
—¡Qué va! Si he aguantado ha sido porque tú diste la cara por mí y no quería hacerte quedar mal. Bueno, y porque el dinero no me sobra, claro.
—Pues de verdad que lo siento mucho. No solo que hayas tenido que soportar a la gilipollas esa —soltó con una buena dosis de rabia en su voz—, siento mucho que nos dejes y también que no pienses volver el año que viene. Te echaremos en falta.
—Muchas gracias. —Amanda notó cómo la garganta se le contraía por la emoción—.
Lo cierto es que, repitiendo lo que dice casi todo el mundo, trabajar aquí sería una gozada si no fuera por Paloma.
Ojalá que en el colegio en el que voy a dar clases encuentre unos compañeros la mitad de buenos que vosotros, fíjate, me conformo con eso.
Vidal sonrió, su cara reflejó la simpatía que sentía por Amanda y ella se dio cuenta de que estaba a punto de emocionarse por lo que decidió dar por concluida la reunión.
—¿Irás a decirle a Paloma que te marchas, o prefieres que vaya yo?
—No, no, yo me despediré de ella. —Intentó que su voz sonara firme.
—Te deseo mucha suerte, entonces. Espero verte alguna vez por aquí.
—No me quedará más remedio que venir de visita. —Sonrió con franqueza—. Mi mejor amiga se queda en la isla.
Vidal negó con la cabeza.
—Mira que Xisco llevaba advirtiéndonos desde que lo conozco de que iba a enamorarse algún día, pero nunca pensé que lo veríamos así de «pavo». No parece ni él.
Amanda se rio, aunque sin muchas ganas.
—Sí, parece que a él sí que le han pillado este año. —Cuando dijo esto ya casi ni sonreía.
Después de salir del despacho de Vidal, fue a hablar con Elías, que estaba de turno y era con quien más se había relacionado. Se puso triste cuando supo que Amanda se marchaba, pero lo entendió a la perfección.
—Esa zorra nos va a dejar sin los mejores trabajadores por su pura envidia. ¡No sabes cuánto la odio!
—Te agradezco tu apoyo —sonrió Amanda—. Te echaré de menos. No sé qué haré en Madrid sin todos vosotros.
—¿Qué harás en Madrid? —preguntó, en plan diva, su amigo—. Pues te desenvolverás maravillosamente, porque trabajas muy bien y porque te lo mereces. Me imagino que al idiota de Tomás lo dejas aquí.
Amanda sonrió con tristeza mientras asentía.
—Te digo yo que ese chiquillo un día se dará cuenta de lo tonto que es —afirmó mientras le cogía una mano a Amanda—. Entonces, nos reiremos de él, ¿vale, cariño?
Amanda abrazó a su compañero, que en poco tiempo se había convertido en alguien muy querido, y le dio un beso.
—Vendré a ver a Carol y quedaremos para tomar café. ¿De acuerdo, amor?
—Por supuesto. Estoy deseando verte ya —contestó él con los ojos llorosos—. Y no hagas que me emocione más, que no me gusta nada que me salga la pluma cuando estoy en el trabajo.
A ella no le quedó más remedio que reírse de nuevo. Apretó la mano de su amigo y se dirigió al despacho de Paloma.
Golpeó la puerta de la oficina de la subdirectora con los nudillos y pasó sin esperar a que le dieran permiso. Paloma estaba hablando por teléfono.
—No es así como quedamos —argüía mientras miraba por la ventana de su despacho—.
Ella era la que debía gestionar todas las quejas, no yo.
Hoy todavía no se ha presentado al trabajo, ¿no es razón suficiente para despedirla de una maldita vez?
Porque si no lo es, ¡dígame usted cuándo lo será!
—entonces se volvió y vio a Amanda plantada en la puerta y cambió el tono—: Déjelo, acaba de llegar. No se preocupe, yo me ocuparé de ella.
Colgó el teléfono y se sentó en su silla, detrás del escritorio. Colocó las manos en una postura que Amanda ya conocía demasiado bien: las palmas juntas frente a la barbilla y la boca mientras con las uñas de los dedos índices, pintadas de rojo como siempre, se acariciaba los labios.
—¡Por fin te has dignado a venir! Tengo a unos señores esperando desde hace más de media hora.
Por supuesto, tendré que elaborar un nuevo informe negativo sobre ti.
No sabes lo bien que lo estás haciendo para que podamos ponerte de patitas en la calle en menos de nada. ¡Y lo que yo me alegro por ello!
Amanda se mordió la lengua, no pensaba entrar en esa discusión, de hecho, no había ido al despacho de la subdirectora a discutir, sino a que escuchara lo que tenía que decirle.
—Lo siento, Paloma…
—¡Y más que lo sentirás! ¡Ya lo creo que sí! —contestó la otra en tono dominante.
Amanda respiró hondo, decidida a proseguir con el discurso que llevaba ensayando desde la noche anterior.
Aunque se había quedado muy tranquila tras derramar todas las lágrimas que tenía en su interior, le había costado dormir.
Había estado buscando las palabras que quería dedicarle a cada una de las personas de las que se iba a despedir y las que pensaba dirigirle a Paloma eran, sin lugar a dudas, las que más tiempo la habían mantenido despierta.
—Vuelvo a decirte que lo siento, pero de esos clientes vas a tener que ocuparte tú.
—¿Yo? —escupió la subdirectora—. ¿Qué te hace pensar que te vas a escaquear de tus deberes con tanta facilidad? Ya te dije que aquí la que tiene la sartén por el mango soy yo y…
—Me voy, Paloma. Acabo de presentar mi dimisión a Vidal. Ya no podrás deshacerte de tus obligaciones desagradables, o al menos no seré yo quien se ocupe de quitártelas de encima. A partir de ahora tendrás que buscarte a otra o hacerlo tú misma.
Paloma se quedó sin habla, pero reaccionó con rapidez.
—Así que, ¿te vas al fin? —Su sonrisa no podía ser más triunfal.
—Sí, me voy, esta tarde. Solo venía a darte las gracias.
La cara de sorpresa que puso Paloma hizo que Amanda se acordara de una foto muy graciosa, que había visto no hacía mucho tiempo, de una llama con la boca muy abierta. Casi se puso a reír de la impresión, solo casi.
—Gracias por hacerme ver en qué o quién no quiero convertirme.
No quiero ser como tú, Paloma. Una amargada que disfruta provocando el sufrimiento de los demás solo porque alguien la ha hecho sufrir a ella.
Yo también me he enamorado del hombre que no debía, pero he decidido marcharme antes de que mi carácter se agrie tanto como el tuyo.
Mi madre siempre dice que de todo se aprende en esta vida; tú me has enseñado la peor forma de ser que existe, un espejo en el que jamás querré mirarme.
Así que, adiós, Paloma, espero que te vaya bonito.
Ni siquiera esperó a que la subdirectora le contestara, salió y cerró la puerta tras ella.
Las manos le temblaban por la desazón y se dio cuenta de que le dolía el pecho porque había estado reteniendo el aire.
Por suerte, no le había temblado la voz y había dicho justo las palabras que tenía preparadas, ni una más ni una menos.
—Ahora a por la conversación más difícil de todas —dijo entre dientes, mientras se dirigía hacia su apartamento con el estómago encogido.
···
Tomás llegó cuando ella ya tenía la maleta casi hecha.
En los dos meses que había pasado en la isla se había comprado alguna ropa, pero se la iba a dejar toda a Carol, no creía que fuera a ponerse aquellas prendas en Madrid, eran para ir a la playa o para salir una noche de fiesta; y lo peor de todo era que cada una de ellas le recordaba, con intensidad, el tiempo pasado con Tomás.
—Hola —lo saludó al verlo asomado a la puerta de la habitación, en su cara se veía reflejado el asombro.
—¿Te marchas? —le preguntó con el ceño fruncido—. Creía que todavía te quedaban diez días más de contrato.
—Y así es, pero anoche decidí que tenía que irme cuanto antes. Paloma fue la que me ayudó a hacerlo, pero no fue la única —le dijo mirándolo significativamente. Después cambió el tono—: Además, me esperan en el colegio dentro de poco y tengo que arreglar algunas cosas antes de empezar a trabajar.
—No tienes por qué marcharte. Podrías quedarte hasta que termine la temporada, pensaba que lo harías —afirmó él con vehemencia.
—¿Es eso una proposición, acaso? —le cortó ella, sin ninguna convicción en la voz.
—¿Una proposición? —repitió él.
—Me estás pidiendo que me quede, ¿es que piensas que entre nosotros podría haber algo más?
Tomás retrocedió medio paso, fue algo apenas perceptible, pero Amanda se dio cuenta del amago de huida y no quiso presionarlo más.
—Sabes que no quiero salir con nadie. No está en mis planes una relación duradera.