Para siempre contigo (Colección Mediterráneo 1) CAPÍTULO 16 #2
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CAPÍTULO 16 #2

—Claro que me refiero a Tomás. Tú no eres tonta, debes de haberte dado cuenta.

—Hombre, yo tenía entendido que estaba resentida con él, no que todavía lo quisiera.

A Vidal se le escapó el aire con fuerza por la nariz.

—¿Por qué habría de estar resentida si no es porque sigue estando colgadísima por él?

Cuando se liaron, ella y yo trabajábamos juntos; tuve que oírla repetir un millón de veces, al menos, que estaba convencida de que sería ella quien conseguiría que Tomás dejara de ir de flor en flor.

Pero esa has sido tú, no ella, y hará lo que esté en su mano para hacértelo pagar.

Amanda se echó a reír.

—Yo no he conseguido que Tomás deje de ir de flor en flor, ni mucho menos.

Mientras decía esas palabras, sin embargo, una pequeña chispa de ilusión nacía en su interior.

¿Sería verdad lo que la mayoría insinuaba?

Que Tomás se había enamorado y solo tenía que reconocerlo ante sí mismo y ante ella.

¿Por qué los demás parecían tenerlo tan claro cuando los dos implicados en la relación lo dudaban?

—Mira, Amanda, te pido disculpas por ser tan brusco.

El tema de Tomás me interesa solo en la medida en que pueda causarme problemas en la recepción —dijo apretándose el puente de la nariz— y con la condenada Paloma.

Si estamos hablando de ello es porque ya me los ha causado, y muchos.

Pero si él se ha enamorado o no, no es algo que me importe ahora mismo.

Amanda se puso seria. Entendía lo que decía Vidal: no estaban en el patio de un colegio y, aunque para ella ese solo fuera un trabajo de verano y nada más, para el jefe de recepción era su trabajo, su medio de vida. Era normal que no estuviera para cachondeos ni tonterías.

—Hemos llegado a un consenso con el director —prosiguió con lo que los había llevado allí—, no te despedirán, pero serás la encargada de recibir las quejas de los huéspedes del hotel e intentar solucionarlos en la medida de lo posible.

Amanda respiró tranquila.

—No te hagas ilusiones: es un trabajo horrible.

Escuchar quejas continuamente deja hecho polvo al más pintado.

Además, ese trabajo le corresponde a la subdirectora, con lo que, aunque en teoría sigas bajo mis órdenes, tendrás a Paloma todo el día pegada a tu cogote.

Si he de serte sincero, no te envidio en absoluto.

Amanda sintió una especie de vacío en el estómago que la hizo estremecerse.

No quería tener a Paloma tras ella todo el día, pero lo que había ganado el mes anterior apenas le alcanzaba para devolverle a sus padres el dinero que le habían prestado para quedarse en Mallorca con Carol.

No le quedaría más remedio que terminar el contrato que había firmado, aunque eso significase tener que morderse la lengua durante todo el día.

—¿Esto puedo apuntarlo en la lista de cosas que me debe Carol? Porque si es así, otra vez me debe una bien gorda —murmuró mientras salía del despacho de Vidal.

···

Un día, tres semanas más tarde, Amanda llegó al apartamento y dejó el bolso sobre una silla de la cocina americana mientras resoplaba.

Se quitó los zapatos de medio tacón del uniforme de una patada y se aflojó el nudo de la corbata.

Solo después se sentó pesadamente en el sofá.

Echó la cabeza hacia atrás hasta quedarse semitumbada y cerró los ojos mientras inspiraba con fuerza.

Carol salió del baño y, antes de que pudiera preguntar nada, Amanda le dijo:

—Te juro que no puedo más. Desde que me pusieron al frente de las reclamaciones estoy desquiciada. Paloma está como una puñetera cabra y me tiene hasta el mismísimo co…

—Da igual —la interrumpió Carol—, no lo digas. Sé hasta dónde te tiene.

Amanda abrió un ojo para comprobar si su amiga le estaba tomando el pelo y la encontró de pie, ante ella, observándola con lástima.

—¿Por qué no presentas la dimisión ya? Si, total, solo te faltan diez días para irte, no pasará nada. O mejor, pides que te den los cuatro días que te deben de vacaciones y aprovechamos el tiempo que te queda en la isla para hacer algo divertido…

—Si no me voy es por Vidal. Él ha tenido que romperse la cara por mí ante el director y ahora no le voy a hacer el feo de no terminar el contrato. Pero te aseguro que para lo que me queda en el convento…

Carol no dijo nada, se sentó al lado de Amanda y le cogió la mano con cariño.

—Un día de estos saldremos en el periódico, porque no podré contenerme y le daré dos sopapos. ¿Sabes cuál ha sido su última perrería?

—Quién sabe, pero con lo que llevas aguantado, puedo esperarme cualquier cosa.

—Pues me he pasado toda la mañana intentando colocar a una pareja de ancianos que no querían ni vistas a la piscina, ni estar en un piso alto, ni comer cerca de niños, ni oír ruido de la Gran Plaza, ni, ni, ni…

—dijo casi gritando—, y cuando lo he conseguido, no sin que antes se cagaran en mí todos los del turno de mañana de recepción; porque claro, ellos han sido los que han tenido que cambiar la reserva cada vez que los viejecitos venían a mí a quejarse, va y suelta:

—«Para hoy se espera overbooking , así que ya les puedes decir a los Shmidt que tendremos que buscarles otro hotel para pasar, al menos, las siguientes dos noches».

—¿No dices que ya les habías conseguido una habitación?

—¡Sí! Y se lo he dicho a ella también, pero no ha servido de nada. Ha dicho que ella era la subdirectora y que podía decidir a quién desviar a otro hotel y a quién no.

—¿Por qué no le has dicho que fuera ella a avisarles?

—Lo he pensado, no creas, pero la muy zorra —dijo entre dientes y bajando la voz—, siempre me da órdenes delante del director o de Vidal. Intenta que yo me subleve cuando ellos están cerca para poder echarles en cara su error al no despedirme. ¡Y no pienso darle ese gusto!

—¿Y qué has hecho?

—¿Pues tú qué crees? Me he ido a la habitación que tanto me había costado conseguir y les he dicho a los adorables ancianos que recogieran sus cosas porque esta noche no podían quedarse en el hotel.

—¿Se lo han tomado bien?

Amanda levantó la cabeza del respaldo del sofá y abrió los ojos para mirar a su amiga con cara de incredulidad.

—¡Ah!, ya veo.

—Tengo muchas ganas de renunciar, Carol.

—Pues no sé a qué esperas. Te lo he dicho mil veces en estas tres semanas. Creo que nunca te había visto tan cansada anímicamente como desde que te han asignado este puesto de trabajo.

—Es que, por si no bastara lo deprimente que es estar escuchando las quejas de los clientes, la tengo a ella deshaciendo todo lo que hago y provocando problemas por donde sea que yo haya pasado antes. Creo que algunos de mis compañeros ya me miran hasta con rabia.

—¿Qué culpa tendrás tú, a ver? —Carol estaba indignada.

—¡Y yo qué sé! Pero se ve que algunos piensan que la razón de que Paloma esté especialmente porculera soy yo; se nota en el ambiente que les gustaría que me fuera.

—¡Pues vete!, ¡déjalo ya! Hagamos lo que te he dicho, pasemos los diez días que te quedan a lo grande.

—¿Y que ella se salga con la suya?

—¡Qué más da quién se salga con la suya! Si después de este verano no volverás a ver a esa tía en toda tu vida.

—¿Sabes qué es lo peor, Carol? —Amanda estaba al borde de las lágrimas.

—¿Qué es lo peor? —repitió Carol abrazando a su amiga.

—Lo peor es que yo podría estar en su lugar. Podría ser yo la amargada que da por saco a todo el mundo, porque el mismo hombre que le ha jorobado la vida a ella es el que podría fastidiármela a mí.

—No digas eso —le susurró Carol, compadeciéndose de su amiga—. Tú eres una persona cuerda, sabes a lo que te enfrentas y no te has hecho ilusiones de que Tomás cambie su estilo de vida por ti. ¿Verdad?

Amanda no contestó.

—¿Verdad, Amanda?

El silencio se alargó el tiempo suficiente como para que Carol soltara a su amiga y fijara la mirada en ella.

—No estarás pensando que Tomás va a cambiar de opinión de la noche a la mañana y que lo dejará todo por ti…

—Tú lo has hecho —gritó Amanda— y Xisco también, ¿por qué no él?

—Porque sus razones no son como las de cualquier otro; y con eso me refiero a Xisco, por ejemplo, que, aunque estaba con una y con otra, siempre pensó que un día sentaría la cabeza.

Él está convencido de que, si no ama demasiado a alguien, no sufrirá, y se ha montado una película en torno a eso que no le deja ver el mundo de otra manera —le explicó Carol con voz suave—.

Además de que te lo ha estado advirtiendo, a ti y a todo el que quisiera escucharle, durante todo el verano.

Amanda se abrazó a Carol y se puso a llorar, y no lo hacía solo por la tensión acumulada en el trabajo, lo hacía por ella y por Tomás, porque veía cómo sus ilusiones se deshacían en jirones como la niebla cuando sale el sol.

No era una chica de dramas, pero en esos momentos se veía incapaz de parar el que había empezado en su interior.

Lloró durante lo que le pareció mucho tiempo, pero, cuando paró, supo que esas lágrimas habían sido catárticas, ese llanto la había ayudado a limpiar su corazón de expectativas inútiles y quimeras irrealizables. Entonces vio claro qué debía hacer.