CAPÍTULO 16
Para cuando acabó la película, había salido el sol y los chicos, cansados de permanecer bajo techo, huyeron en desbandada a recoger los bañadores y las toallas para dirigirse sin perder el tiempo a la playa.
Tomás y Amanda se quedaron recogiendo el proyector y la sala.
—Se ha disuelto el club —anunció él mientras en los labios le asomaba una sonrisa golfa.
—¿Eso qué quiere decir, exactamente? —preguntó Amanda, intentando copiar, sin demasiado éxito, la sonrisa seductora de Tomás.
—Quiere decir que tengo la tarde libre hasta las nueve. ¿Hay algo que te apetezca hacer? —Se acercó a ella con movimientos felinos, como si él fuera un león a punto de cazar a un pobre ratón desvalido.
Un escalofrío conocido recorrió la espalda de Amanda, al tiempo que una pesadez muy agradable se instalaba entre sus muslos.
—Tengo en mente varias cosas, si quieres saberlo —indicó cuando él ya la cogía por la cintura y la aferraba a su cuerpo.
Tomás bajó las manos por la espalda de Amanda hasta sus nalgas y la estrechó contra él. Al mismo tiempo, le dejó una miríada de besos calientes en la barbilla y el cuello.
—¿Algo tan divertido como esto? —susurró, sin separar demasiado la boca del hueco de su clavícula, donde se había detenido para lamerle la piel tibia.
—Igual de divertido o más —contestó ella con la voz enronquecida—. Pero quizás deberíamos ir a un lugar más discreto, ¿no crees?
Tomás se separó de ella con un movimiento perezoso y le tomó la mano. En menos de lo que Amanda tardó en pensarlo, ya estaban saliendo del hotel y dirigiéndose al coche que él había dejado en el parking de empleados.
Antes de entrar en su destartalado 4L, Tomás apoyó a Amanda en el capó y volvió a besarla con intensidad al tiempo que rozaba su erección contra su pubis.
Ella levantó una pierna para rodearle la cadera, queriendo sentirlo lo más cerca posible.
Un gemido de la garganta de Tomás reverberó en la penumbra del aparcamiento.
—¡Hombre! —retumbó en ese momento una voz a sus espaldas, amplificada por el silencio que reinaba en el garaje—. ¡Si es la pareja del verano del Hotel Club Sa Garriga!
Tomás y Amanda se quedaron congelados en el sitio. Ninguno se atrevía a mover ni un músculo ante la airada voz de Paloma, que había sido como un jarro de agua fría.
Despacio, intentando disimular lo que no tenía disimulo posible, Amanda bajó la pierna de la cadera de Tomás. Él se separó de ella y se recompuso la ropa; la flamante erección que lucía hacía apenas unos segundos había desaparecido como por ensalmo.
—Ya me habían comentado que este verano te habían cazado y que parecías muy colgado por la recepcionista nueva. Aunque no me esperaba encontrarte protagonizando una película porno en el garaje de los empleados. —Cada una de las palabras que había pronunciado destilaba desprecio.
Amanda se dispuso a contestarle, pero Tomás se le adelantó:
—No creo que hayas visto ninguna escena que no hayas protagonizado tú misma antes —respondió con calma.
Paloma no le prestó atención y se dirigió a Amanda:
—Y tú, no hace falta que te hagas ilusiones con él. Al final del verano solo serás una muesca más en el cabecero de su cama.
Esta vez fue Amanda la que se adelantó a Tomás. Miró a Paloma y dibujó en su cara una sonrisa insolente.
—En eso te equivocas, ¿sabes? Para tu información, te diré que follamos en mi cama. Así que quien hará una muesca en su cabecero al final del verano seré yo.
A Tomás se le desencajó la mandíbula de la impresión. La cara de Paloma pasó por todos los tonos, desde el rojo encendido hasta el morado.
—¿Tú sabes con quién estás hablando? —A Amanda le pareció ver cómo se le escapaban los espumarajos por la boca—. Soy tu superior, me mereces un respeto.
—Mira, Paloma, eres mi superior en mi puesto de trabajo, y ahora no estamos trabajando. Y en cuanto a lo del respeto, solo diré una cosa: yo te respetaré en la medida en que tú me respetes a mí.
—Esto no acabará así —siseó Paloma—. No eres más que una engreída que se cree que por tener unos cuantos amigos en el hotel tiene su puesto asegurado para los próximos veranos. Pero no te engañes: si yo no quiero, no trabajarás ni en este hotel ni en ninguno de la zona.
—Bonita, si quisiera quedarme a trabajar en Mallorca, no creo que tus maquinaciones pudieran impedírmelo; así que, por favor, deja de ponerte en ridículo con esa autoestima tan baja disfrazada de prepotencia y déjanos en paz.
—¡Acabas de cargártela con todo el equipo! —Paloma estaba fuera de sí—. No trabajarás ni un día más aquí, eso te lo aseguro. —Su voz se fue apagando a medida que volvía a entrar en el complejo hotelero.
Tomás agachó la cabeza y se rascó la nuca.
—No sé si estás muy loca o muy cuerda, pero lo que sí sé es que acabas de ganarte una enemiga muy poderosa. Siento mucho todo esto; debería haber sido más discreto. No me lo creía cuando Xisco y Miquel decían que estaba furiosa conmigo.
—Tú no tienes que sentirlo, si acaso es ella la que debería disculparse.
No estábamos haciendo nada tan malo, ¡ni que hubiésemos estado aplastando gatitos recién nacidos, oye!
De todas formas, ya era mi enemiga declarada y no creo que tenga tanto poder como ella piensa.
—Amanda no estaba del todo segura de creerse sus propias palabras—.
Si no, mira lo que hizo Vidal con el turno que ella me intentó colar.
—Sí, eso es cierto, igual que está segura de que ella será la nueva directora dentro de poco.
Amanda abrió la puerta del coche y entró. Se le había pasado el calentón de golpe, aunque se negara a que Paloma pudiera chafarle los planes, estaba claro que las ganas de estar toda la tarde metida en la cama con Tomás se habían atenuado de forma considerable.
—¿Tenéis helado? —le preguntó Tomás al entrar en el coche.
—¿Helado?
—Sí, si no tenéis pararemos a comprarlo.
—¿Te apetece comer helado? —preguntó Amanda muy extrañada del derrotero que acababan de tomar los pensamientos de Tomás.
—¿Quién ha dicho comer? Yo estaba pensando más concretamente en lamer —anunció Tomás mientras la miraba con intensidad y ponía el coche en marcha.
Amanda sintió cómo se le calentaba de nuevo la sangre y, antes de salir del parking , ya había olvidado su encontronazo con Paloma y solo podía pensar en el helado y lo fresco que lo sentiría sobre su piel.
···
La llegada de Amanda al trabajo a la mañana siguiente causó un gran revuelo.
—¿Qué le dijiste a la subdirectora? —le preguntó Elías cuando consiguió llegar hasta ella.
—Tuvimos un intercambio de ideas, nada más, ¿por qué?
—Ayer se presentó aquí por la tarde hecha una energúmena, gritando que quería hablar con Vidal. Le exigió que te llamara para decirte que hoy ya no hacía falta que vinieras a trabajar.
—¿En serio? —Amanda sonrió para sí, aunque mantuvo el tipo para que nadie de los allí presentes lo notara.
—Me encantaría haber podido veros discutiendo como lobas en celo. Estoy seguro de que fue por Tomás. ¿A que sí? Aunque, por un pedazo de tío como él, yo también me habría tirado del pelo con quien hiciera falta —le susurró luego al oído; como siempre que se exaltaba, le salió su tono amanerado.
Amanda se rio, aunque no había sido su intención hacerlo, la manera de hablar que tenía Elías cuando se soltaba su diva interior la divertía muchísimo.
En ese momento, Vidal salió de su despacho. Siempre estaba allí, era el primero en llegar y el último en irse, algo que había hecho que Amanda se preguntara si el pobre tendría vida fuera del trabajo.
—¿Puedes pasar a mi despacho, por favor, Amanda? —le preguntó.
—Claro que sí, ahora mismo voy.
Elías le pellizcó con suavidad un brazo para demostrarle su apoyo.
Vidal la invitó a sentarse en una de las sillas frente a su escritorio en cuanto entró; él ya se había sentado en la suya y la miraba, agobiado.
—Amanda, no sé cómo empezar esta conversación —dijo.
Después se quedó callado y se frotó una ceja con el dedo gordo—.
Paloma vino muy alterada ayer por la tarde, no sé qué fue lo que le dijiste y, la verdad, tampoco me importa, lo que sí puedo afirmar es que reclamó tu cabeza en una bandeja, de forma literal.
Amanda elevó las cejas. No podía creerse que una persona cuerda hubiera llegado hasta ese extremo. No le parecía normal que Paloma hubiera llevado al terreno profesional algo que debería quedarse en el plano personal.
—Como yo no quise escucharla —prosiguió Vidal—, se fue a hablar con el director —volvió a resoplar—, ¿cómo te lo diría?
El director es un hombre con la cabeza muy bien amueblada, pero ya no es joven, y estos escándalos no le agradan.
De todas formas, antes de tomar una decisión, ha querido hablar conmigo.
Yo le he dicho lo que pensaba —la miró con fijeza a los ojos—: que eras una trabajadora excelente, que no he tenido ningún problema contigo y que sería un grave error despedirte.
De hecho, le he sugerido que el año que viene volviéramos a contratarte.
—Muchas gracias, Vidal, pero no es mi intención seguir trabajando en el hotel. Ya te lo dije el día que nos entrevistamos: esto solo es un trabajo para este verano. Si el hecho de que yo continúe aquí supone un problema para ti o para los trabajadores de recepción…
Vidal no permitió que siguiera hablando.
—Ni se te ocurra terminar esa frase. Ya te he dicho que el director es un hombre con los pies sobre la tierra.
Además, todos conocemos a Paloma y sus salidas de tono.
Muchos hemos tenido que soportarla desde el primer día que empezamos a trabajar aquí.
Cuando intuye que alguien puede ser una amenaza para ella…
Esta vez fue Amanda quien no le dejó acabar a él.
—¿Qué amenaza puedo suponer yo para ella en el hotel? ¡Es ridículo!
Vidal la miró con cara de estar preguntándose «¿Me lo dices en serio?». Después sonrió, cínico, y continuó:
—En tu caso no se siente amenazada en el trabajo, se siente amenazada de otra manera. Está celosa. Tú tienes lo que ella ha querido tener durante muchos años…
—¿Te refieres a Tomás?