CAPÍTULO 15 #3
Amanda levantó una mano para detener la diatriba de su amiga. A ella también le estaban entrando ganas de llorar al pensar en su separación.
«El doble de ganas que tú, porque yo voy a dejar aquí dos partes importantes de mi corazón», pensó, aunque decidió no decirlo en voz alta.
—No hablemos más de eso —dijo sin embargo—. ¿De acuerdo? Todavía falta un mes. ¿Quién sabe? Las cosas podrían cambiar mucho de aquí a entonces.
Amanda vio que a Carol se le dibujaba una especie de mueca en la cara. Quería sonreír, pero, al mismo tiempo, el escepticismo que sentía se reflejaba en su rostro.
—¡Voy a vestirme! He quedado para ver una peli con Tomás y los del teen club a las cuatro —intentó quitar algo de dramatismo a la situación.
—¡Ah, sí! Algo he oído. Para no creer en el amor, tu chico ha elegido una peli muy romántica.
—¡Ah! ¿Sí? ¿Cuál?
—Ya lo verás. Solo puedo decirte que te va a encantar. ¡Casi te la sabes de memoria!
Amanda miró a Carol, que volvía a sonreír con picardía y, por milésima vez, se alegró mucho de que fuera su amiga. A pesar de que la metiera en problemas y la desquiciara en más de una ocasión, era la mejor amiga que cualquiera podía tener.
···
Tomás puso la película y apagó las luces. Ya eran las cuatro y diez y no había ni rastro de Amanda. Pensó que, tras pasar la noche sin dormir, la chica habría acusado más que nadie el cansancio del ejercicio y no habría conseguido levantarse de la cama.
Tomó asiento en la parte trasera de la sala y se dispuso a ver la película, un clásico algo pasado de moda que habían elegido las chicas del grupo. Como le había dicho a Amanda, los teenagers se conocían de haber pasado otros veranos en el hotel, y él a ellos por la misma razón.
Algunos llevaban veraneando en el Club Hotel Cala Garriga todos los veranos desde que él había empezado a trabajar allí.
Les tenía cariño y ellos a él. Los había visto crecer año tras año.
Había jugado con ellos en el kids club y habían bailado por las noches todos juntos en la Gran Plaza.
Esa era una de las cosas que más le gustaban de su trabajo, sobre todo ahora que era el jefe y podía elegir qué actividades llevar a cabo.
La puerta se abrió, sacándolo de sus cavilaciones, y Amanda apareció por ella.
El corazón de Tomás dio un vuelco al verla.
Se había hecho una coleta alta que le daba un aire de quinceañera, y eso le provocó una sonrisa.
Levantó la mano para indicarle dónde estaba sentado y vio cómo la mayoría de los chicos la seguían con la vista mientras se acercaba.
Ellos la observaban con cara de pasmo, estaba muy guapa, y ellas con algo de envidia. Eso hizo que Tomás sonriera aún más.
—¡ Diez razones para odiarte ! —exclamó Amanda, emocionadísima, nada más echar un vistazo a la pantalla de proyección—. ¡Me encanta esa peli!
—¡Chist! —protestaron algunas chicas, indignadas.
—Y me imagino que la parte que más te gusta es esa en la que Patrick se pone en ridículo cantando delante de todo el instituto —susurró Tomás a modo de bienvenida.
—¿Cómo lo sabes? —se sorprendió Amanda.
—¿Sabes los veranos que llevo viendo esta película?
Es la que escogen las chicas la mayoría de las veces.
Tampoco es que haya mucho más donde elegir.
Pero esta os gusta especialmente. Y ya verás la cantidad de suspiros que les va a arrancar a ellas esa escena en la que Patrick huye de los seguratas mientras canta por las gradas, a pesar de que muchas la han visto ya un montón de veces.
—A mí también me hace suspirar, y también la he visto montones de veces —afirmó Amanda, en un claro intento de hacer piña con las demás.
Tomás meneó la cabeza sin dejar de sonreír.
Acercó más su silla a la de ella y le pasó el brazo por la espalda.
Amanda lo miró y se inclinó para depositar un beso suave en sus labios.
Cuando volvió a acomodarse frente a la pantalla, él empezó a acariciarle la nuca y a jugar con los rizos que se habían escapado de su coleta.
Vio que Amanda cerraba los ojos con deleite en un par de ocasiones y no paró de rozar su esbelto cuello con los dedos durante todo el tiempo que duró la película, a la que apenas prestó atención.
Se pasó el tiempo contemplando las reacciones de Amanda, no solo a la película, sino también a sus caricias. Se moría de ganas de besarla, pero decidió que los teenagers tampoco merecían tanto espectáculo, así que se limitó a observarla y seguir acariciando su nuca.
Cuando llegó la escena de la canción en las gradas, tal y como ya había predicho, las chicas se estremecieron y comentaron en voz alta lo romántica que era la situación.
Se dio cuenta de que Amanda lo miraba con ternura y se sintió desfallecer.
No quiso permitir que aquel sentimiento de júbilo golpeara las murallas de su corazón que tan cuidadosamente había levantado, así que se irguió en la silla, carraspeó y dejó de acariciarla durante un rato.
Pero solo hasta que su mano, mucho más consciente de lo que en realidad deseaba su dueño, empezó a tocar de nuevo con mimo a Amanda.