Para siempre contigo (Colección Mediterráneo 1) CAPÍTULO 15 #2
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CAPÍTULO 15 #2

El primer ejercicio lo hicieron con las kettlebell : cogían el asa con las dos manos y, ayudándose del impulso de las caderas, las elevaban por encima de sus cabezas. Después continuaron con las flexiones y las sentadillas.

Amanda era una chica fuerte gracias al baile y al ejercicio que practicaba con regularidad, pero cuando llegaron a la comba, después de la carrera de cien metros, apenas podía respirar. Lo atribuyó a la noche sin dormir y a que llevaba casi un mes sin poder practicar ningún tipo de ejercicio.

«Si no contamos todo el cardio que hago por las noches con Tomás», se dijo al tiempo que se le dibujaba una sonrisa pícara en su cara.

—¿De qué te ríes? —le preguntó él, quien apenas acusaba el cansancio y lucía más fresco que una lechuga.

—No puedo contestarte ahora —respondió ella entre respiraciones profundas.

—¿Por qué no? —insistió él, granuja.

—Porque primero tendría que poder respirar.

—¡Venga, que no se diga! No irás a rendirte tan cerca del final.

—No me he rendido; solo que estoy acaparando todo el aire de la sala.

Tomás soltó una carcajada que hizo que algunos de los jóvenes se volvieran para ver qué pasaba.

La mayoría de las chicas lo miraban con adoración, lo que no le extrañó a Amanda en absoluto.

Otras cuchicheaban al verlos reír juntos y los más atrevidos hasta le hicieron algún gesto al monitor para darle su aprobación.

—¿Qué hacéis todos parados? ¡Todo el mundo en marcha! Aún faltan diez minutos —clamó Tomás, y los chicos volvieron a lo suyo sin perder tiempo.

Cuando la sesión terminó, todos parecían agotados, pero se les veía felices de haber superado un reto tan duro como ese.

Amanda se sentía llena de vitalidad después de tantos días relegando el deporte y se hizo la promesa de no volver a descuidarlo.

Tomás mandó a los chicos a los vestuarios prometiéndoles que, al salir, y para compensar el esfuerzo, pasarían por el puesto de crepes que había junto a una de las piscinas.

En cuanto se quedaron a solas, se acercó a Amanda y la rodeó por la cintura.

—Eres una princesa guerrera —le dijo muy cerca de los labios.

—¿Acaso lo dudabas? —preguntó ella bajando la voz.

—¡En ningún momento!

La besó con intensidad al tiempo que pegaba su pelvis a la de ella para que notara su erección.

—Vaya, no sabía que el ejercicio podía ponerte así —susurró ella, también muy cerca de sus labios.

—No es el deporte. Es verte a ti practicándolo lo que me pone.

Volvió a besarla con tanta intensidad que ella creyó que volvería a quedarse sin aire en los pulmones. Las piernas le flaquearon y Tomás la sujetó con más fuerza.

—Voy a irme a la cama —anunció Amanda cuando se separó, con muchas reticencias, de esos labios que la estaban volviendo loca—. ¿Seguro que no quieres venir conmigo?

—Ahora mismo mataría por irme contigo a la cama, pero no tengo con quién dejar a los chicos y me han salido un poco revoltosos.

Ella se rio sin separarse del todo de sus labios.

—Tú te lo pierdes.

El volvió a devorarle la boca y cuando, con un gran esfuerzo, logró separarse de su cuerpo caliente le dio una palmada en el culo.

—Vete, por favor, antes de que haga un desastre aquí mismo.

Amanda obedeció y empezó a marcharse.

—Si te apetece la peli, la pondré a las cuatro en la sala de fiestas, la que está cerca de la terraza.

Ella se volvió con gesto coqueto y le lanzó un beso.

—Allí estaré.

De camino a casa, Amanda iba en una nube. Su relación con Tomás era cada día más estrecha y estaba convencida de que él sentía algo por ella, aunque se negara a admitirlo.

Lo notaba en los huesos, pero también se lo decía la forma que él tenía de mirarla y la necesidad casi constante que parecía tener de tocarla.

«No te hagas ilusiones, limítate a amarlo y no le exijas nada», se dijo justo antes de meterse en la cama.

···

Tomás pasó el resto de la mañana con los teenagers , pero tenía la cabeza en otra parte.

No podía dejar de pensar en Amanda y lo mucho que le atraía.

Vivía en una contradicción constante: le resultaba imposible alejarse de ella porque cada día le gustaba más y, al mismo tiempo, deseaba poner distancia porque tenía miedo de enamorarse y de que la despedida no fuera tan sencilla como había sido en otras ocasiones.

Amanda estaba echando raíces bajo su piel de forma lenta pero segura, y eso lo aterraba. No podía permitirse enamorarse de ella.

«No estás enamorado, tío, solo te gusta. Hace falta más tiempo para sentir un amor tan fuerte como para sufrir por una separación», se mentía.

Aquella afirmación se había convertido en su mantra.

Tomás conocía el dicho de que una mentira repetida mil veces puede convertirse en una verdad irrefutable para quien quiere creerla.

Y eso, al fin y al cabo, era lo que pretendía: tranquilizarse convenciéndose de que lo que sentía en su pecho cada vez que veía a Amanda no era amor.

···

A las tres de la tarde sonó la alarma del móvil de Amanda. Se concedió cinco minutos más para remolonear en la cama y en su duermevela no dejó de aparecer la imagen de Tomás en todas las formas posibles.

Una sonrisa lánguida se dibujó en su rostro mientras disfrutaba de esos minutos en los que no estaba despierta del todo, pero tampoco completamente dormida.

La alarma sonó de nuevo y volvió a apagarla. Empezaba a estirarse cuando la puerta de la habitación se abrió de golpe y chocó contra la pared. Por ella entró una exultante Carol que se lanzó sobre Amanda sin ninguna consideración.

—¡Despierta, dormilona! Tengo algo que enseñarte —gritó junto a su oído.

—¡Pero qué bruta eres! —se quejó Amanda—. ¡Quita! Que me estás aplastando.

Su voz adormilada pareció animar aún más a la otra, que empezó a dar saltos sobre la cama.

—¡Despierta, despierta, despierta! Llevo ahí afuera más de media hora esperando a que te despertaras. He estado a punto de entrar media docena de veces, pero me he contenido. Ahora que ha sonado la alarma, no puedes hacerme esperar más.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Amanda, sin apenas levantar la cabeza de la almohada.

—¡Mira! —Carol le mostró el antebrazo vendado con creciente excitación.

Ver el vendaje hizo que Amanda se despertara de golpe.

—¿Qué te ha pasado? —casi chilló—, ¿te has hecho daño?

—Me he hecho un tatuaje.

—¿Que te has hecho qué? —preguntó Amanda con incredulidad. Su amiga era muy exagerada para todo lo relacionado con el dolor y nunca se había atrevido a hacerse nada parecido porque, según decía siempre con dramatismo: «iba a sufrir demasiado».

—¡Ajá! —contestó Carol, al tiempo que empezaba a retirarse el apósito que lo cubría.

Amanda se incorporó en la cama para observar mejor el antebrazo de su amiga. La piel que rodeaba el tatuaje seguía roja e irritada; a pesar de eso, pudo leer, escrita con una letra cursiva muy elegante, la frase: « Kiss me under the light of a thousand stars [3] ».

—¿De la canción de Ed Sheeran? —preguntó emocionada Amanda.

—¡Sí! —contestó Carol con delirio en la voz—. También es una de las canciones favoritas de Xisco. Él se ha tatuado: « Place your head on my beating heart [4] ».

—¿Os habéis hecho un tatuaje a juego? —gritó Amanda, cada vez más sorprendida.

—¡No es igual!

—¡Ya! No es idéntico, pero son dos partes de la misma estrofa de una canción superromántica. —Aunque la idea la enternecía, le parecía que tatuarse algo así era un poco extremo. Eligió con cuidado sus palabras antes de añadir—: Sabes que eso es para toda la vida, ¿verdad?

—Xisco me lo propuso la primera noche que estuvimos juntos, pero no me atreví —explicó Carol a modo de respuesta mientras afirmaba con la cabeza.

—¿La primera noche? No me lo habías contado.

—Se me pasó decírtelo. ¿No recuerdas lo enfadada que estabas? Si te llego a decir que Xisco quería que nos hiciéramos un tatuaje que nos uniera para siempre, me habrías metido en el primer avión y nos hubiéramos vuelto para casa en menos de veinticuatro horas.

—Pues la verdad es que no me habría hecho ninguna gracia, pero os habéis comportado así todo el verano, quién soy yo para decir que no existía una «conexión mágica» entre vosotros y «¡desde hace eones!» —imitó el tono cursi que se le ponía a Carol cuando hablaba de su relación con Xisco.

Carol le dio un golpecito en el hombro con fingido enfado.

—Te voy a echar tanto de menos cuando no estés… —sollozó y se tiró al cuello de Amanda.

—¡Eh!, no seas tontina. Vamos a poder hablar todos los días por S kype, nos veremos casi más que ahora, porque con estos dichosos turnos no hay manera de coincidir. Además, tendrás al amor de tu vida a tu lado, no me echarás tanto de menos como crees.

—¡Eso te lo crees tú!

Permanecieron abrazadas durante un buen rato.

—¿No hay forma de que te quedes tú también?

Amanda miró a su amiga inclinando un poco la cabeza.

—El trabajo está muy bien y me divierto con los compañeros, pero tú sabes que la ilusión de mi vida es enseñar. Además, tú has encontrado a tu príncipe azul en la isla, pero sabes que lo mío con Tomás tiene fecha de caducidad.

Carol hizo un puchero.

—Podrías encontrar a otro…