CAPÍTULO 15
Amanda estaba agotada. A pesar del enfrentamiento que Paloma había tenido con Vidal, no había renunciado a hacerle la vida imposible.
Se dedicaba a añadir a su horario algunos turnos sueltos aquí y allí, procurando que no llamaran la atención de manera excesiva, pero asegurándose al mismo tiempo de que Amanda trabajara bastantes más horas que cualquiera de los demás empleados de recepción.
Después de un mes, empezaba a acusar todas esas horas pasadas tras el mostrador, además de las que le robaba al sueño por razones mucho menos prosaicas, claro.
Aun así, le gustaba su trabajo y se sentía mucho más feliz de lo que habría imaginado.
Seguía teniendo bastantes horas libres para disfrutar de la playa, leer o incluso salir en moto con Tomás en alguna ocasión; aunque eso lo disfrutara más él que ella, que seguía pasando algo de miedo cada vez que cogían alguna curva cerrada o circulaban demasiado deprisa.
Aquel día, a las nueve de la mañana, después de una noche en la que en la recepción no habían parado ni un solo segundo, se dirigía al comedor.
«Qué manía tienen los turoperadores de programar los vuelos chárter a horas intempestivas», se decía a sí misma.
Sabía que la verdadera razón era que los vuelos regulares eran menos numerosos por la noche y que de esta manera se facilitaba el tráfico aeroportuario.
Aun así, una vocecita en su interior insistía en que lo hacían así para fastidiar a los recepcionistas de noche, quienes tenían que pasar todo el turno haciendo entradas de clientes somnolientos y malhumorados.
Recorrió el comedor con la mirada por si sus amigos seguían allí y localizó, al fondo de la sala, en la mesa en la que solían sentarse con frecuencia, a Tomás y a Carol hablando animadamente. Se acercó a ellos y se dejó caer en una de las sillas libres.
—Estoy muerta.
—Pues yo te veo la mar de bien. Tienes muy buen color —contestó Carol—, deberías estar más verdosa si hubieras muerto, ¿no?
Amanda le sacó la lengua y después le arrebató la taza de café con leche de las manos. Estaba casi vacía, así que se lo terminó en dos sorbos.
—¡Te has bebido lo mejor! —se quejó Carol.
—No creas, estaba helado.
Tomás no pudo más que sonreír ante las payasadas de aquellas dos.
—¿Dónde está Xisco? —preguntó entonces Amanda, sin dirigirse a ninguno en concreto.
—Parece ser que va a llover durante todo el día y han decidido cerrar la mayoría de las piscinas, así que se ha ido a dar el día libre a algunos de los socorristas.
—¡Jolín, qué guay! Ojalá a mí también me cayera un día libre así, sin esperarlo.
—¿Te ha puesto más turnos extra la bruja esa? —preguntó Carol—. Porque, si quieres, voy y le meto dos guantazos que se va a enterar —añadió mientras se golpeaba el puño derecho contra la palma de la otra mano.
—No creo que haga falta tanta violencia —intervino Tomás, intentando disimular la diversión que le provocaba la imagen de Carol—. ¿Quieres que yo hable con ella?
—No, no te preocupes, no creo que sea necesario. Me las apaño bastante bien. Además, si veo que la situación empeora, hablaré con Vidal.
Carol se levantó de la silla.
—Tengo que irme. La primera clase empieza en diez minutos y quiero llegar con tiempo. Come algo más, Amanda. Dos sorbos de café con leche no bastan para desayunar.
—Sobre las seis de la mañana hemos tomado un café con una ensaimada que aún estaba caliente y ahora no tengo hambre.
—¡Amanda! —la amenazó Carol, señalándola con un dedo.
—Que sí, pesada. No te preocupes tanto y vete.
En cuanto se fue Carol, Tomás apoyó una mano sobre el muslo de Amanda con un gesto cariñoso. No le gustaba dar muestras de cariño frente a los demás, como hacían Xisco y Carol de manera tan efusiva; pero cuando estaban a solas no se reprimía, al contrario.
Ella le sonrió.
—Te he echado de menos esta noche —dijo Amanda con la voz cargada de anhelo.
—A mí también me hubiese gustado pasar la noche contigo —confesó él, aunque mantuvo la misma distancia emocional que solía adoptar cuando la conversación tomaba esos derroteros.
Estuvieron así durante un momento, mirándose sin decir nada, conectados solo por el roce de la mano de Tomás en el muslo de Amanda.
—Hoy me tocan los teenagers —le dijo él, como si estuviera saliendo de un trance.
—¿Los teenagers ? —preguntó Amanda con extrañeza.
—Los adolescentes.
—Ya sé lo que significa, pero nunca habías mencionado que trabajaras con ningún grupo de adolescentes.
—Sí, la verdad es que no suelen venir muchos al teen club , pero ahora en el hotel hay un grupo de chavales que se conocen de otros años y, como saben que van a divertirse, se apuntan juntos.
Es muy entretenido estar con ellos, no parece que estés trabajando.
Me apetece hacer un montón de cosas cuando me toca «cuidarlos».
Amanda se rio.
—¿Cuidarlos? ¡Seguro que se cuidan solos!
—Claro que se cuidan solos. Ya te he dicho que, si vienen al teen club, es porque lo conocen de otros años y saben que les vamos a organizar excursiones, clases de baile y esas cosas. Por eso te digo que es poco frecuente que acudan, y menos un grupo tan numeroso.
—¿Y qué planes tenéis para hoy?
—La idea era ir hasta la playa de Sa Font de sa Cala , pero como la predicción meteorológica pinta tan mal…, estoy pensando en llevármelos al gimnasio para hacer una sesión de crossfit y, más tarde, ver una película…
—Ostras, me apetece un montón lo del crossfit y lo de la peli ni te cuento. Creo que no he visto ninguna desde que estoy en Mallorca. ¿No podrías colarme de alguna manera? Igual, si me hago una coleta, paso por quinceañera.
Tomás le sonrió.
—Puedes venir, no hay ningún problema. Pero ¿no decías que tenías sueño?
—Si no vais a empezar muy tarde, puedo ir a dormir después.
Tomás se lo pensó unos segundos.
—Mira, podemos hacer lo siguiente: el club abre a las nueve; iremos al gimnasio a las nueve y media, así te da tiempo de pasar por casa y ponerte ropa de deporte.
Y la peli la programo para la tarde; cuando terminemos la sesión de crossfit, si quieres verla, puedes acostarte hasta la hora de comer. ¿Qué te parece?
—A mí me parece genial, pero ¿no desbarataré tus planes? —contestó ella, intentando parecer preocupada.
—Mis planes eran ir a la playa y ya se han desbaratado solos. Lo que improvise a partir de ahora puedo programarlo a la hora que quiera.
—Lo de hoy será un teen club muy adaptado a mí, entonces —añadió riéndose Amanda, sintiéndose muy halagada de que así fuera.
—Pues no te quejes más y ve a cambiarte. Ya me lo agradecerás por la noche —indicó Tomás con la voz más profunda de lo normal.
—¿Eso es una insinuación o algo?
—No —respondió Tomás, levantándose de golpe, como si seguir estando tan cerca de ella supusiera un esfuerzo demasiado grande por contenerse—. Eso es un hecho.
Un estremecimiento viajó a través de la columna vertebral de Amanda, quien también se puso en pie a toda prisa para dirigirse cuanto antes al apartamento.
—Nos vemos en un rato en el gimnasio —se despidió Tomás con una sonrisa hambrienta en los labios.
—No lo dudes —respondió Amanda a media voz en cuanto se hubo alejado un poco.
···
Cuando Amanda llegó al gimnasio, Tomás y los chicos ya habían empezado a calentar, y ella se unió al grupo colocándose detrás del todo. Después de desentumecer los músculos, Tomás pasó a explicar los ejercicios que harían:
—Vamos a trabajar por parejas —explicó en alemán—, se trata de hacer seiscientas repeticiones en total.
Un quejido se elevó de las gargantas de los chicos.
—No me seáis blandos —los amonestó él—. Hemos hecho muchas más repeticiones que esas juntos.
Amanda pensó que los adolescentes se quejaban por hacer rabiar a Tomás, porque se les veía felices y entusiasmados. Sonrió. Esperaba que su «pareja» fuera el propio entrenador. «Esto promete ser divertido», se dijo.
Después, Tomás leyó la lista de ejercicios que iban a realizar: sentadillas, flexiones, carreras de cien metros, saltos a la comba e incluso ejercicios con pelotas medicinales y con unas pesas que él llamó kettlebell y que ella conocía como pesas rusas.
—Seiscientas repeticiones, como mínimo, en total.
Eso supone —calculó a media voz— veinte repeticiones de cada ejercicio por persona.
Si alguno no os gusta, podéis hacer cuarenta repeticiones de uno y ninguna del otro, pero tened en cuenta que cada pareja debe estar haciendo el mismo ejercicio al mismo tiempo.
Si uno de los dos quiere hacer más repeticiones, el otro podrá hacer menos.
Tenéis treinta minutos, que empezarán dentro de nada. ¡Y no robéis, que os conozco!
Un nuevo murmullo, esta vez cargado de expectación, recorrió la sala.
Al mismo tiempo empezaron a oírse los grititos de alegría de las chicas al formar pareja con quienes habían elegido.
Los chicos mantenían un porte más reservado, observó Amanda, como si quisieran demostrar una seguridad muy superior a la de las chicas.
Amanda sonrió con condescendencia para sus adentros.
Tomás se acercó hasta ella, señalándola como su compañera para ese día. Los chicos empezaron a silbar y a lanzar comentarios entre ellos.
—¿Qué es robar? —preguntó Amanda intentando no pensar en lo roja que acababa de ponerse por culpa del pitorreo que se había formado.
—Pues contar más repeticiones de las que se hacen, por ejemplo.
—¿La gente hace eso?
Tomás la miró con cara de incredulidad, pero se dio cuenta de que la pregunta iba en serio.
—Pues claro, lo hacen todos. Y sobre todo estos, que quieren apuntarse los mejores resultados a toda costa.
Tomás le sostuvo unos segundos la mirada.
—¿Preparada?
A ella le subió una excitación por las piernas que tenía poco que ver con el duro ejercicio que tenía por delante y mucho con la mirada que le dedicaba Tomás.
Sin apartar los ojos de ella, dio varias palmadas para llamar la atención de todos una vez más.
—¡Vamos a empezar! En tres, dos, uno… ¡ya!