CAPÍTULO 14 #2
—Eres la subdirectora, ¿no? —contestó Amanda sin arredrarse.
Paloma le mantuvo la mirada durante cuatro largos segundos. Después juntó las palmas de las manos bajo su barbilla.
—¿Quieres hacerme creer que no sabes nada más de mí? —pronunció despacio.
—¿Qué más debería saber? —Amanda empleó el mismo tono que ella. El corazón empezaba a latirle deprisa porque, aunque ya sabía que Paloma podía meterse con ella, no esperaba que fuera a ser tan directa.
—Soy tu jefa, ¿no sabías eso?
—No. Por lo que me han dicho, mi jefe es Vidal.
—Pero yo soy la jefa de Vidal y, por tanto, tú estás bajo mis órdenes. —Miró a Amanda como si quisiera comprobar el alcance de esas palabras reflejado en su cara, como si disfrutara al pensar que la nueva recepcionista se encogería o se asustaría tras esa afirmación. Amanda no movió ni un músculo.
—Bueno, pues encantada de conocerte —dijo con un tono que desmentía esa afirmación a la legua.
Paloma se dio cuenta de que Amanda no sería fácil de intimidar, así que sonrió de manera taimada.
—Y más que vas a estarlo —susurró, aunque lo hizo de forma que Amanda pudiera entender sus palabras perfectamente—.
Aquí tengo el cuadrante de recepción —añadió, mostrándole la planilla—.
Te he asignado unos cuantos turnos extra porque quiero que aprendas bien cómo funciona el sistema antes de que empieces con el turno de noche.
—Vidal me ha dicho…
—Me importa un bledo lo que haya dicho Vidal —la atajó la subdirectora antes de que ella pudiera terminar de hablar—.
No tenemos a nadie que domine tan bien como tú el inglés y el alemán para el turno de noche.
—Y se las apañó para que esas palabras, que podrían haber sido un halago, sonaran como una burla—.
Así que tú te encargarás de ese turno durante los dos meses que pases trabajando para mí.
Amanda la observó muy seria, pero decidió no decir nada todavía, intuía que esa conversación no había terminado.
—Por descontado, no dejaré de observarte ni un momento. Y no te creas que porque vengas tan bien recomendada vas a recibir ningún trato especial.
Dicho esto, le entregó la planilla que tenía en la mano sin dejar de mirarla con aquella sonrisa insufrible y falsa.
Amanda cogió el papel que la subdirectora le tendía. Tomás y Xisco la habían advertido de que Paloma no era buena persona, pero, al observar el horario que le había asignado, se dio cuenta de que eso sobrepasaba los límites de la bondad o la maldad.
No estaba muy puesta en lo que se refería a los derechos de los trabajadores, pero enseguida se dio cuenta de que aquel horario no podía ser legal.
Solo iba a librar cuatro días en todo el mes y el resto trabajaba, al menos, dos turnos diarios.
Sin dejar translucir el temblor que la cólera había provocado en su interior preguntó:
—No pretenderás que haga yo sola todos los turnos que están marcados, ¿verdad?
—¡Por supuesto que sí! No quisiera que pensaras que esto no es más que un trabajito para pagarte tus caprichos mientras disfrutas de unas vacaciones maravillosas en la isla.
Aquí todos venimos a trabajar. Y si tú te habías hecho otra idea de lo que sería esto, puedes coger la puerta y largarte.
La gente se pega por trabajar en este hotel.
Encontraremos a otras que quieran tu puesto.
—Dejó de mirarla a la cara, simuló que estudiaba algo en su ordenador con mucho interés y dijo—: Puedes irte, yo no tengo nada más que añadir.
Una furia fría se había ido extendiendo por los músculos y tendones de Amanda a medida que avanzaba la diatriba de Paloma y, aunque luchaba por contenerla, no pudo controlar su lengua:
—¿Todo esto es por Tomás?
La cara de Paloma cambió en un solo segundo, mostrando todo su rencor.
—No sé quién te has creído que eres para hablarme así —siseó Paloma, pronunciando cada palabra con tal saña que destilaba bilis—. Ningún asunto personal ha interferido nunca en mi profesionalidad. Ya te he dicho que esto es lo que hay. Si no te gusta, ya sabes lo que tienes que hacer.
Amanda, que había permanecido en pie durante todo el tiempo que había durado ese simulacro de reunión, se dirigió con paso decidido a la puerta.
Hablaría con quien fuera necesario, pero no pensaba aceptar el horario que le acababa de poner Paloma en la mano.
Si era necesario renunciaría al trabajo, pero no se dejaría pisotear de esa manera por una mujer celosa y despechada.
Cuando ya tenía el pomo de la puerta en la mano oyó la voz de Paloma, que había perdido toda su calma y chillaba de forma estridente:
—No hace falta que te hagas ilusiones con Tomás. Él solo se quiere a sí mismo. Tu rollito con él no durará más que el tiempo que tarde en darse cuenta de que se ha cansado de ti.
Amanda ni siquiera se dignó a contestarle, atravesó la puerta que ya había abierto sin mirar atrás y con la firme intención de demostrarle a esa arpía que ellas dos no eran iguales. Tomás no iba a cansarse de ella como le había sucedido con Paloma.
Se dirigió hacia recepción e intentó tranquilizarse por el camino. Si quería demostrar que ella era mejor que Paloma no podía sufrir una pataleta como la que la subdirectora acababa de protagonizar, así que respiró hondo y con paso decidido volvió al mostrador.
—Esta tarde también voy a trabajar —anunció a sus compañeros, de quienes se había despedido apenas un cuarto de hora antes.
Elías, que aún estaba pululando por allí riéndose con algo que le había contado una de las chicas del turno de tarde, se acercó a ella y la saludó.
—¿Te has olvidado algo? —le preguntó.
—No, ¡qué va! Se ve que no había mirado bien el cuadrante, porque por lo visto esta tarde también tengo que trabajar —dijo sin dejar traslucir su enfado mientras pasaba a la parte trasera de la barra.
—Acabo de mirar el horario hace cinco minutos y tú no aparecías. ¿Estás segura de que lo has visto bien? —inquirió de nuevo, esta vez con el ceño algo fruncido.