Para siempre contigo (Colección Mediterráneo 1) CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

Y llegó el primer día de trabajo. Amanda no las tenía todas consigo. Tomás había querido acompañarla, pero ella se había negado.

Suponía que la subdirectora ya estaba enterada de la relación, fuera cual fuese, que existía entre ella y el jefe de animadores, y no quería restregársela por la cara innecesariamente, por si acaso Paloma seguía enamorada de él.

Ya conocía a algunos de sus compañeros porque se había dejado caer por la recepción en tres ocasiones. Lo había hecho para empezar a familiarizarse con las tareas que tendría que desempeñar durante los meses siguientes; no obstante, sus intenciones habían caído en saco roto.

La primera vez, porque, por lo visto, quienes estaban trabajando en ese momento eran casi tan novatos como ella y no tenían demasiado que explicarle.

La segunda, porque había habido tanto trabajo que no encontraron un minuto para detenerse a atenderla más allá de las presentaciones de rigor.

La última, porque Paloma había estado de pie detrás de los recepcionistas, vigilando lo que hacían con gesto adusto.

En aquella ocasión, Amanda ni siquiera se había detenido a charlar con los empleados que iban a ser sus compañeros.

Le bastó echar un vistazo a aquella chica, algo mayor que ella, bajita, con el pelo cortado a lo garçon y los ojos negros llameantes, para saber quién era sin necesidad de que se la presentaran y comprender, al mismo tiempo, que no sería bien recibida en aquel momento.

Había seguido su camino, no sin sentir un pinchazo de aprehensión en el estómago. No le apetecía nada tener un encontronazo con aquella mujer, que le había parecido severa y muy segura de sí misma.

Iba absorta en estos pensamientos mientras se dirigía hacia el mostrador de atención al público del hotel cuando alguien la llamó. Amanda se volvió para ver quién era.

—Buenos días, Amanda, eres muy puntual —le dijo a modo de saludo uno de los chicos de la recepción a quien había conocido en una de sus visitas y que, si no recordaba mal, se llamaba Elías.

—¡Hola, buenos días! —le devolvió el saludo al tiempo que sonreía con nerviosismo.

—Ven, vamos a ver a Vidal. Seguro que ya tiene tu uniforme, le diste tu talla, ¿verdad?

—Sí, sí, por eso he venido hoy algo más temprano, porque me dijo que así podría darme la ropa y explicarme un poco cómo funciona todo, dónde debo colocarme y esas cosas.

—No te preocupes, verás como se te dará muy bien —le contestó él, intentando tranquilizarla—.

El sistema informático es muy intuitivo y lo pillarás enseguida, ¡seguro!

Mira, ahí está el jefe —añadió señalando a Vidal, a quien Amanda conocía del día en que había mantenido con él la brevísima entrevista de trabajo.

—¡Hola, Amanda! —la saludó mientras le tendía la mano de manera muy formal. Le pareció que estaba serio y algo contrariado, y esperó que no fuera por ella.

—Pasa a mi despacho. Te explicaré en qué va a consistir tu trabajo.

La chica lo siguió mientras veía que Elías le mostraba el pulgar levantado y le guiñaba un ojo para infundirle ánimos. Ella le correspondió con un escueto movimiento de la mano.

Amanda tomó asiento frente a Vidal. Xisco le había dicho que su nombre de pila era Toni, pero, como en el hotel había varios que se llamaban igual, al jefe de recepción siempre lo habían llamado Vidal.

—He pensado que, como tu fuerte son los idiomas —empezó a hablar nada más sentarse él también—, al principio te pondré en el mostrador, de cara al público.

Es lo que aquí llamamos front office y tus tareas irán desde atender el teléfono hasta realizar el check-in y el check-out de los clientes.

Eso incluye escuchar sus quejas —comenzó a enumerar con los dedos de la mano—, explicarles el funcionamiento y los horarios del comedor, gestionar el servicio de despertador y un largo etcétera que ya irás aprendiendo sobre la marcha.

Amanda estaba tan nerviosa que todas aquellas cosas de las que le hablaba Vidal le sonaban a chino. El hombre pareció darse cuenta y suavizó el tono.

—¡Oh, no te preocupes! Te he puesto siempre en el turno con alguien que domina el trabajo, por lo que no deberías tener problemas —explicó, evitando mirar a su nueva empleada mientras pronunciaba estas últimas palabras.

—¿No debería? —preguntó Amanda, sintiendo crecer su ansiedad por segundos.

—A ver, ¿cómo podría explicártelo? —murmuró Vidal, más para sí mismo que para ella—.

La gente hace muchos cambios de turno —continuó, con alivio, como si hubiese encontrado la solución a un problema—.

A veces no se fijan en que, a raíz de esos cambios, pueden acabar coincidiendo más de dos novatos juntos, ¿entiendes?

Pero tú no te preocupes, no dejaremos que eso suceda contigo, o al menos no al principio.

En ese momento se puso en pie y se dirigió hacia un montón de ropa que había sobre una silla a espaldas de Amanda.

—Este es tu uniforme. —Le tendió el pequeño hatillo. Después carraspeó antes de añadir, algo envarado—: Espero que te sientas a gusto entre nosotros y que disfrutes de tu trabajo como recepcionista.

Amanda estaba más bien anonadada ante la «charla» que acababa de darle Vidal. Esperaba una explicación más práctica, no solo dos pinceladas sobre cuáles serían sus funciones y nada más.

«Hala, ya te apañarás», resonó en su cabeza, y estuvo a punto de entrar en pánico. Entonces Vidal abrió la puerta y llamó a Elías.

—Acompaña a Amanda a su taquilla, ¿quieres? Y después encárgate de enseñarle lo más básico. Check-in, check-out … lo que consideres oportuno —dijo en tono distraído—. Yo tengo un round con Paloma en cinco minutos y no voy a poder hacerlo.

—¡Uf! —contestó Elías—, te compadezco, jefe. —Después se dirigió a Amanda con una gran sonrisa y le indicó con la mano que lo siguiera—. Ven, vamos a las taquillas y podrás ponerte el modelito nuevo. Después ya tendrás tiempo de pelearte un rato con el ordenador.

Amanda lo miró con desconfianza mientras se dirigía hacia él.

—No te preocupes por nada. —Sonrió de nuevo al ver su cara de preocupación—. Ya te he dicho que el programa es muy intuitivo. Antes de que termine tu turno le habrás cogido el tranquillo.

···

Horas más tarde, ocho para ser precisos, Amanda abandonaba la recepción con la cabeza llena de información.

Se había agenciado una libreta y tenía apuntadas la mayoría de las cosas que Elías le había explicado.

Lo cierto era que el tiempo le había pasado volando.

Elías era un excelente cicerone y, al mismo tiempo, un instructor dedicado y atento.

Se había sentido a gusto con él y no le pareció que su trabajo fuera a darle muchos quebraderos de cabeza.

No había tenido ningún problema para hablar con los clientes que se acercaban al mostrador para preguntar alguna cosa.

Quien más quien menos hablaba inglés o alemán, y ella dominaba ambas lenguas.

Responder a las cuestiones que le habían hecho tampoco había entrañado ninguna dificultad.

Al fin y al cabo, como huésped del hotel, conocía su funcionamiento, al menos de cara al público.

Elías la había felicitado por su soltura y su confianza, y ella se dirigía a la taquilla con una sonrisa en la cara.

De repente notó que alguien carraspeaba a su lado y le tocaba el hombro. Era Paloma. Amanda dio un respingo al ver la expresión con la que la observaba.

—Pasa a mi despacho —ordenó la subdirectora sin ningún preámbulo.

Amanda no dijo nada. No vio la necesidad, dado el tono poco amable con el que la otra se había dirigido a ella. La precedió hacia una habitación decorada con gusto.

No se trataba del típico despacho impersonal y aséptico que uno podría encontrarse en un hotel o en un hospital.

Era una estancia bonita, con mucha luz. Los rayos del sol iluminaban aquí y allá una mesa que parecía de madera maciza, proyectando pequeños destellos casi cegadores en los que flotaban diminutas motas de polvo.

Había una estantería llena de libros de contabilidad y varias fotos que a Amanda le habría encantado curiosear, aunque no se atrevió.

La expresión severa de la subdirectora le provocaba la sensación de que estaba a punto de ser atacada, por lo que enseguida se puso a la defensiva.

No estaba dispuesta a dejarse amedrentar por aquella mujer, ella no había hecho nada malo; así lo sentía y, de hecho, así era.

Decidió no pronunciar ni media palabra hasta que Paloma lo hiciera.

En aquellos momentos, su prioridad era no bajar la guardia.

Observó a la subdirectora mientras esta tomaba asiento.

Llevaba un uniforme similar al suyo, aunque parecía que a Paloma se lo hubiesen hecho a medida, le sentaba como un guante, mientras que el de ella hacía bolsas y arrugas por todas partes.

Se estiró un poco la camisa en un intento de parecer más arreglada, no obstante, dejó de hacerlo de inmediato.

Acababa de darse cuenta de que esa era una forma muy sutil que la subdirectora usaba para demostrar a las demás empleadas que ella estaba por encima de todas. Y casi, solo casi, había conseguido que Amanda se sintiera inferior y desarreglada al compararse con ella.

Rio para sus adentros. «Punto para mí».

Paloma llevaba un maquillaje suave, menos en los labios, que tenía pintados de un rojo muy llamativo que acentuaba su forma de corazón.

Aquellos ojos negros, que la miraban con algo parecido a la rabia, desprendían pequeños relámpagos, que Amanda notaba sobre la piel como alfileres clavándose en ella.

—¿Y bien? —preguntó, a pesar de haberse dicho a sí misma que no hablaría en primer lugar, tras un largo minuto sintiéndose observada y ver que Paloma no parecía dispuesta a decir nada—. ¿De qué querías hablar conmigo?

Paloma apoyó ambas manos sobre la mesa, con los dedos muy separados. Sus uñas, de un rojo tan intenso como el de sus labios, estaban muy bien cuidadas y a Amanda se le antojaron escalpelos que la otra quisiera clavarle en los ojos.

—¿Sabes quién soy yo? —preguntó al fin con mucha prepotencia.