CAPÍTULO 13 #2
Lo peor de no poder dejar de buscarla no era el miedo a dar un traspié y mandar al traste la función.
Lo peor era cómo lo miraba ella, con los labios entreabiertos y la respiración acelerada.
Siempre le había gustado provocar ese efecto en las mujeres cuando lo veían bailar, pero aquella noche descubrir ese gesto en Amanda lo estaba desquiciando.
Sentía cómo la sangre le hervía en las venas y no podía dejar de pensar en el momento en que estuvieran a solas.
Cuando el número acabó y se encontró de nuevo tras la cortina, intentó serenarse un poco. Tenía la respiración acelerada y lo atribuyó al ejercicio que acababa de hacer sobre el escenario.
En cuanto a que Amanda lo hubiera impresionado de aquella manera, ahora que estaba lejos de su influjo, creyó que se debía a la atracción física que ejercía sobre él. Nada más.
No se acordó de que las otras, las que solo le habían atraído sexualmente, nunca le habían hecho perder la cabeza del modo que acababa de hacerlo Amanda; o no quiso acordarse, no le convenía. Así que enterró aquel sentimiento incipiente en lo más profundo de su mente.
···
A Amanda se le derritió algo por dentro al ver a «su chico» sobre el escenario. Ya sabía que bailaba muy bien; había podido comprobarlo con sus propios ojos en varias ocasiones. Pero aquella noche desprendía una energía diferente.
No había dejado de mirarla ni un solo instante mientras estuvo sobre las tablas. Tras cada giro, cada vuelta que lo obligaba a apartar la vista de ella, volvía a buscarla con avidez. A Amanda se le había acelerado la respiración y apenas había podido cerrar la boca durante todo el baile.
Cuando Tomás desapareció tras la cortina, ella se lanzó a por la bebida y la sorbió con ansia por la pajita para intentar apagar el fuego que la consumía.
Aquella resultó ser una pésima idea. Notaba cómo el alcohol le subía desde el estómago hasta la cabeza, enturbiándola y mareándola a partes iguales.
El show terminó poco después y Amanda vio cómo Tomás saltaba del escenario, sin esperar a los vítores del público, y se dirigía hacia ella con decisión. La invitó a levantarse con un gesto leve de la cabeza y ella obedeció como si estuviera en un sueño.
El magnetismo que emanaba de él parecía impregnar el ambiente y arrastrarla como la corriente de un río embravecido. Tomás la cogió de una mano mientras apoyaba la otra en su espalda para guiarla hacia la salida de la plaza.
Amanda estuvo muy tentada de abrazarlo por el cuello y besarlo allí mismo, delante de todo el mundo, pero se sintió cohibida por la cantidad de gente que había a su alrededor y se dejó conducir por él.
En cuanto se internaron en una de las callejuelas del complejo, Tomás la atrapó entre su cuerpo y la pared, al igual que había hecho días atrás, y le dio el beso que ella tanto anhelaba.
Se apoyó contra Amanda, metiendo su pierna entre las de ella y sujetándole los brazos sobre la cabeza; le devoró los labios con fruición, como si le fuera la vida en ello.
Su lengua la atacó con embestidas feroces que ella correspondió con igual o más ansia, mientras un fuego abrasador consumía todo a su paso.
Cuando sintió saciada parcialmente su sed de ella, se separó de sus labios y apoyó la frente en su hombro desnudo, le soltó las manos y la abrazó por la cintura, acercándola a él hasta casi hacerse solo uno.
—Amanda, ¿qué estás haciendo conmigo? —le preguntó antes de depositar un beso delicado sobre la línea de su clavícula.
Ella sintió que su corazón se expandía por todo el pecho. Le pareció que, si él la soltaba, empezaría a levitar. Así que se aferró a su espalda y dijo solo para sí, para no asustarlo:
—Amarte.
Y fue lo que hizo aquella noche: amarlo como si fuera a ser el único hombre en su vida. Entregarle todo lo que tenía en su interior en un intento de atravesar su piel y llegar hasta su corazón con todo el amor que la embargaba.
Amanda había estado con otros hombres antes.
Había tenido encuentros satisfactorios y otros no tanto, pero nunca había sentido lo que sintió aquella noche.
Comprendió que en el acto no solo participaba su piel, su olfato, su lengua o su sexo, sino que su corazón estaba también en cada caricia, en cada beso, en cada orgasmo.
Inflamándose de tanto gozar, hasta dolerle; quejándose porque ella no dejaba que las palabras que le estaba dictando a su mente traspasasen sus labios; lleno de amor hasta rebosar hacia los pulmones, hacia su estómago contraído por tanta emoción.
···
Habían pasado varias horas desde que llegaron a la habitación, inmersos en la sensualidad que despertaban uno en el otro.
En ese momento estaban tumbados en la cama, desnudos y saciados.
Tomás abrazaba a Amanda desde atrás. Ella podía sentir todo el cuerpo del hombre pegado a su espalda; su respiración suave y acompasada cerca de su oído la hacía suspirar cada pocos minutos.
A pesar de haberlo intentado, no había conseguido dormirse. Sabía que era una locura enamorarse de aquella manera de un hombre como Tomás. Pero no había podido hacer nada. Tenía al enemigo en casa, en su pecho, para más inri, y estaba empezando a martirizarla con un dolor muy parecido al éxtasis.
Intentó analizar qué había hecho que cayera rendida a los pies de aquel chico.
Que Tomás estaba buenísimo era obvio; eso, sin duda, le daba muchos puntos.
Su manera de sonreírle y las cosas que le había contado también tenían su peso.
Pero lo que había terminado de hacerle perder la cabeza eran otras cosas, todas ellas intangibles, aunque no por ello menos importantes en su balanza: la manera en que Tomás se preocupaba por Gori, aunque después dijera que no era cierto; la amistad que lo unía a Xisco, casi tan fuerte como la que la unía a ella con Carol; la arruguita que se le formaba entre las cejas cuando algo no terminaba de convencerlo; su manera de moverse, de bailar, de tocarla, de mirarla…
La lista parecía no tener fin. Cada pequeño detalle que analizaba pasaba a formar parte de sus encantos. Como habría dicho su abuela, si lo hubiera conocido, se podían aprovechar hasta los andares.
Todo en Tomás era perfecto, excepto lo más importante.
Le había dicho que no la amaría y ella lo creía.
Es más, estaba convencida de que, si por casualidad conseguía encender en el corazón de Tomás el más leve rescoldo de una llama, él correría a apagarlo.
No dejaría que creciera y, por supuesto, negaría ante el mundo e incluso ante sí mismo que aquello hubiera sucedido.
Suspiró de nuevo.
«¿Cambia eso lo que sientes? —se preguntó—. ¿Podrás dejar de amarlo aunque sepas que él nunca va a corresponderte?».
La respuesta no le gustó, pero no por ello dio marcha atrás.
Sabía que el momento de pasarlo mal llegaría y que, cuando eso sucediera, estaría sola, tal y como le había advertido Carol. Solo quería pensar que sabría manejarlo. Cuando llegara ese momento… ya se enfrentaría a él.
Eso aún quedaba muy lejos y no quería amargarse por algo que todavía no había sucedido. Lo que quería era disfrutar del presente.
Se concentró en el dolor tan infinitamente satisfactorio que sentía en el corazón y, poco a poco, fue quedándose dormida hasta que su respiración se acompasó con la de Tomás.