CAPÍTULO 13
A las nueve menos cuarto de la noche, poco después de que Tomás se metiera en la ducha, sonó su teléfono. Lo había dejado sobre el lavabo para poder oírlo si Xisco o Amanda se dignaban a llamarlo.
Había intentado estudiar durante las dos últimas horas y, a pesar de que estaba con unos temas de Microbiología que le gustaban bastante, no había conseguido concentrarse. Masculló una palabrota entre dientes y oyó a Gori desde el pasillo:
—Tomás, tu móvil está sonando, ¿piensas cogerlo?
—¡Que sí, joder! Lo he oído, pero estoy en la ducha.
—¿Quieres que lo coja yo? —le preguntó su hermano mientras entraba en el baño y, antes de que tuviera tiempo de contestar, descolgó.
—Dime, Xisco. —Oyó que decía—. Está en la ducha.
—Silencio—. Vale, se lo diré. —Otro silencio—.
No, qué va, yo paso… ¡Ah!, ¿está Miquel?
Bueno, igual así… Ahora se lo digo. —Más silencio—.
¡Que sí, plasta! Era Xisco —comentó nada más colgar—.
Dice que le pidas a Yunior que te cubra esta noche y que te vayas con ellos a cenar al Sol, allí, en Son Serra de Marina.
Miquel está con él y las chicas —pronunció «las chicas» con cierto retintín—.
Ahora viene para acá a cambiarse, pero dice que vayas llamando a Yunior.
—¿Miquel está con ellos? —preguntó con un asomo de tensión en la voz.
Amanda era el tipo de mujer que solía atraer a su amigo. A ambos les gustaba el mismo tipo de chicas; aunque eso nunca había supuesto un problema: jamás se habían pisado los ligues.
Confiaba en Miquel y sabía que no intentaría nada con Amanda. Aun así, cuando su hermano le dijo que estaban juntos, no le hizo ni pizca de gracia. Abrió la mampara del baño y Gori le tendió una toalla.
—Anda, tápate, que no tengo ganas de hacer comparaciones —le soltó, obviando su pregunta.
Tomás la cogió y miró a su hermano pequeño con expresión paternalista.
—Tú tranquilo, date unos años…
—Pero ¡qué gilipollas eres! —contestó Gori, volviéndose hacia la puerta para salir—. Xisco me ha invitado a que vaya con vosotros. Me ha dicho que Miquel podía llamar a unas pibas que conoce, pero no sé si tengo ganas de ir.
—¿Por qué no? —inquirió Tomás, con la voz mucho más relajada tras oír que Miquel pensaba llamar a alguna novieta suya para que lo acompañara.
—¡Yo qué sé! Todos me tratáis como si fuera un crío —se quejó Gori, agobiado.
—Y es que lo eres…
El chico le echó una mirada enconada a su hermano. Tomás se rio.
—Eso se te va a pasar, como todo lo demás. Así que no te hagas la víctima y ven con nosotros.
—Pareces muy seguro de poder ir. Ni siquiera has llamado a Yunior para pedirle que te cubra. —Y, a continuación, sin apenas tiempo para tomar aire, añadió—: Es una pasada de chica, ¿verdad?
Tomás se puso tenso de nuevo. Sí, como decía Gori, Amanda era una pasada de chica, pero no iba a admitirlo ante su hermano pequeño ni ante nadie.
Era otro ligue más con quien pasar el tiempo. Aunque esta vez la aventura durase todo el verano, no era más que eso: un rollo de dos meses como mucho.
Aun así, no le gustaba que Xisco y Gori le trataran como a un pardillo enamorado, no lo estaba. No pensaba enamorarse jamás, ni de Amanda ni de ninguna otra.
—Voy a llamar al cubano, no sea que tenga planes —dijo por toda respuesta, sin contestar a la pregunta que le había hecho su hermano.
···
Amanda y Carol habían ido a cambiarse, Xisco les había dicho que se pusieran vaqueros y una camiseta cómoda y que prepararan una mochila con bañadores y toallas.
—No pensarán meterse en el mar por la noche —refunfuñó Amanda mientras elegía qué ponerse—. Mira lo que te pasó a ti el otro día…
—Pues si no es para meternos en el mar, no sé para qué querría Xisco que cogiéramos el bañador —afirmó su amiga.
El teléfono de Amanda sonó y ambas lo miraron extrañadas. Era Tomás quien llamaba.
—¡Hola! —lo saludó Amanda con voz cantarina.
—¡Hola! —respondió él en un tono mucho más lúgubre.
—¿Qué sucede? —quiso saber ella, alarmada por la tristeza que reflejaba la voz de Tomás.
—Yunior tenía el día libre, por eso Xisco me ha sugerido que le pidiera que me cubriera esta noche.
—Sí, ya lo sé. Yo estaba allí cuando te llamó para decírtelo.
—¡Ah! —añadió casi sin emoción—. Pues resulta que Yunior está cenando en el Sol.
—¿El sitio al que nosotros pensamos ir?
—Ese mismo.
—¡Oh! —exclamó Amanda al darse cuenta de dónde estaba el problema.
—Yo no voy a poder escaparme esta noche, pero tú puedes, no tienes por qué perdértelo. Solo te he llamado para decirte que no estaré allí.
Amanda percibió un leve tono de decepción en la voz de Tomás, o quizás solo deseaba que así fuera, por lo que contestó:
—Yo también me quedaré, entonces. De todas maneras, piensan ir en las motos y no quedará ningún sitio libre para mí.
—Puedes decirle a Xisco que coja el coche, seguro que no le supone un problema.
—No, ¡qué va! Prefiero quedarme —aseguró Amanda—. Seguro que Xisco no dirá nada, pero me apostaría algo a que le apetece mucho más ir en moto que en coche.
—Está bien, como quieras —cedió él. «¿Eso que noto en su voz es alivio?», se preguntó Amanda—. Esta noche el espectáculo es un tributo a Michael Jackson, por si te apetece verlo.
—Vale, allí estaré —aceptó ella, sonriendo como una boba. Consideró que Tomás acababa de hacerle una invitación formal para que fuera a verlo actuar y se sintió blanda por dentro, como si se le estuvieran licuando los huesos de la emoción.
—Entonces, nos vemos en un rato —dijo Tomás con una suavidad que hizo que Amanda se derritiera todavía más.
Cuando colgó el teléfono tuvo que enfrentarse a la cara seria de Carol.
—Te vas a hacer daño tú sola si te haces ilusiones —le soltó a bocajarro.
«¡Plof!», oyó Amanda en su interior cuando la burbuja en la que flotaba explotó.
—Gracias por ser tan aguafiestas —replicó enfadada.
—¡Joder, Amanda! Yo solo lo hago por ti. Para que después no lo pases mal.
—¡Vale, vale! Ya me lo has repetido varias veces. Ahora la decisión es mía, ¿no crees?
—Sí, tienes razón. La decisión es tuya. Solo que me siento fatal porque, cuando más me necesites, estaré aquí, lejos de ti, y no en casa.
Amanda se acercó a su amiga y la abrazó.
—Ya veremos qué pasa entonces, ¿vale? Ahora vete a cenar con tu novio y no te preocupes por mí.
—Solo te lo digo porque te quiero, ¿lo sabes?
—Yo también te quiero, petarda —le contestó mientras la empujaba hacia la puerta—. Y ahora, lárgate, que quiero arreglarme para ir a ver el show .
···
Cuando Amanda llegó a la Gran Plaza, el espectáculo ya había empezado. Pidió un mojito, bebida a la que se había aficionado desde que habían llegado al hotel, y buscó una mesa apartada desde la que pudiera disfrutar de una buena vista del escenario.
La plaza estaba abarrotada, así que, cuando descubrió una mesa justo como la que andaba buscando, se dirigió hacia ella contoneándose. No sabía si Tomás se habría dado cuenta de que había llegado o si siquiera la estaba esperando, pero, por si acaso, no perdió la ocasión de lucirse un poco.
Se había puesto un vestido halter, de color metálico, muy parecido al oro viejo, con el cuello drapeado, la espalda al aire y muy corto.
La verdad era que no dejaba demasiado a la imaginación.
No era una prenda que ella hubiera elegido, había sido Carol quien había insistido en que se lo quedara un día que se habían tomado un par de cervezas antes de ir de compras.
Desde entonces había permanecido escondido en un rincón recóndito del armario.
Ni siquiera sabía por qué lo había metido en la maleta.
Cuando se había mirado en el espejo de la habitación antes de salir, había estado a punto de quitárselo de inmediato, pero pensó que esa noche estarían solos ella y Tomás, y le apetecía provocarlo.
Así que ahí estaba, enseñando piernas, espalda y canalillo e intentando sentirse segura de sí misma.
···
Tomás, no lo admitiría nunca, ni ante sí mismo ni ante nadie, pero se sentía nervioso como no lo había estado en mucho tiempo. El leve temblor que notaba en el pecho lo atribuía a un café que había tomado hacía solo un rato y que, según él, no le había sentado bien.
Lo cierto era que, desde que había empezado el espectáculo, había estado pendiente de la llegada de Amanda.
«Se está retrasando», pensó por enésima vez mientras atisbaba a través de la cortina.
Estaba a punto de soltar la tela cuando la vio.
Durante unos instantes creyó haberse equivocado y tuvo que fijarse mejor para darse cuenta de que era ella de verdad.
Todo el aire que tenía en los pulmones se esfumó de golpe.
Se sintió mareado y estuvo a punto de tener que buscar una silla donde sentarse.
A pesar de que había contemplado a Amanda desnuda y la había tenido entre sus brazos, no estaba preparado para el mazazo emocional que le supuso verla aquella noche.
Parecía una ninfa salida del mar para torturar sus sentidos mientras se dirigía con un andar ondulante hacia una mesa desocupada.
Tomás ni siquiera se dio cuenta de que el número que se estaba representando había terminado y de que le tocaba salir al escenario. Estaba noqueado, no podía dejar de mirar a Amanda y solo deseaba salir a su encuentro y llevarla en volandas a donde ella quisiera ir.
—Jefe, jefe, vamos, ¿qué haces? Ya deberías estar en el escenario. Te has saltado al menos cinco compases… —Oyó que lo apremiaba una de las bailarinas.
Soltó la cortina y se dirigió hacia el escenario sin saber muy bien a dónde iba.
«Tomás, concéntrate, coño, que vas a hacer un ridículo espantoso», se recriminó cuando se dio cuenta de que la actuación se le estaba yendo de las manos.
Los espectadores apenas notaron que había entrado tarde, porque era un bailarín experimentado y muy bueno; pero él sí acusó el contratiempo y no dejó de machacarse por ello durante toda la actuación.
Intentaba por todos los medios no mirar en dirección a Amanda, pero no podía evitarlo. Sus ojos volvían a ella una y otra vez.