CAPÍTULO 12 #2
—Me invitáis a cenar de tanto en tanto y estamos en paz —contestó levantando las manos—. De todas formas, lo tengo cerrado y vacío, me hacéis un favor cuidando de él durante todo el verano.
Carol se entusiasmó ante la idea, daba saltitos y palmadas de la emoción. Amanda, en cambio, no estaba convencida de que ese trato fuera justo. Ella y Carol tenían que hablar sin la presencia de los chicos.
—Miquel —dijo cautelosa—, me parece una oferta muy generosa… De todas formas, me gustaría que Carol y yo pudiéramos discutirlo en privado antes de aceptar.
—¿Qué hay que discutir? No encontraremos nada mejor ni en diez vidas —rebatió Carol, intentando hacer una broma. La mirada que le echó su amiga hizo que se pusiera seria de golpe.
—Por mí, perfecto —contestó Miquel—. Vamos, Xisco, me invitarás a una cerveza en el pub de Kevin —añadió dirigiéndose a su amigo.
El otro hizo un gesto con la cabeza a Carol, como si le estuviera pidiendo permiso, ella le respondió con una señal con la mano antes de acercarse a él para besarle en la boca.
—Id —concedió—, nosotras bajamos en un segundo.
—¿Se puede saber qué pasa? —le preguntó a Amanda cuando la puerta se cerró a la espalda de los chicos.
—No sé —dijo su amiga—, no me acaba de gustar el trato. Es una oferta generosa, como le he dicho a Miquel, pero no me parece bien aprovecharnos de él de esta manera.
—No creo que sea aprovecharnos de él, ya has oído que incluso nos agradece que se lo cuidemos…
—¿En serio? —indicó Amanda suspicaz—. Yo creo que lo hace por compromiso.
—Lo haga por lo que lo haga, Amanda, es lo único que hemos encontrado y está genial.
¿Por qué pones pegas? —preguntó Carol con cara de súplica—.
¡Oh, oh! —exclamó a continuación—. ¿No será que te gusta Miquel?
He visto cómo te miraba y estoy segura de que tú a él sí.
Vaya, chica, este verano estás que te sales.
—No seas gilipollas, no me gusta, además, estoy con Tomás.
Carol la miró con cara seria.
—No estás con Tomás, lo sabes. Tú misma dices que solo estáis pasando el rato. No sé si te conviene enamorarte de él, ya lo hemos hablado…
—No estoy enamorándome de él —contestó Amanda mordiéndose el labio inferior.
—¡Anda que no! —exclamó Carol con las manos en alto—. Conozco esa mirada, Amanda, y esa cara de disimulo. Estás loquita por él.
—Si fuera así, ¿qué? —soltó a la defensiva—.
Ya sé que me dijo que no pensaba enamorarse, y que lo ha repetido varias veces.
Tomás no sabe que siento por él algo más que atracción física, y no serás tú quien se lo diga.
Nos gusta estar juntos y lo pasamos bien, eso es lo único que debe pensar, de lo demás ni una palabra; ni siquiera a Xisco, que, aunque aseguran que no es verdad, se lo cuentan todo unos a otros.
···
Tomás, que había estado ajetreado durante toda la tarde, no había dejado de notar la ausencia de Xisco y las chicas. No los había visto desde antes de comer, cuando se había encontrado intencionadamente con Amanda, y esta le había dicho que ella y Carol iban a visitar un apartamento.
Pero eso iba a ser por la tarde temprano y ya casi era la hora de la cena. No era que él vigilara sus movimientos, ni mucho menos; simplemente le extrañaba no haberlas visto ni en la piscina, ni en el taller de baile que se había impartido esa tarde, ni en el bar del hall, ni en ningún otro sitio.
«No las he estado buscando», se mintió. Era solo que aquella tarde había tenido que moverse por todo el hotel y no había encontrado ni rastro de ellas, como tampoco había visto a Xisco.
Había pensado en mandarle un mensaje a su amigo; al menos así se quedaría tranquilo sabiendo que no les había sucedido nada a ninguno de los tres. Pero no había tenido tiempo ni de mirar el móvil. Además, él era poco aficionado al teléfono, a los mensajes y todo eso.
Resopló, se secó el sudor que le corría por la sien con el dorso de la mano y después metió esa misma mano en el bolsillo para alcanzar el dichoso aparato. No había mensajes.
« No news, good news », se dijo. «¿Dónde se habrán metido?», pensó. «Mira, da igual, así ahora no te entretienes y las dos horitas que faltan hasta que empiece el espectáculo las aprovechas para estudiar, que buena falta te hace». Sin darle más vueltas se dirigió a la oficina en busca de sus cosas.
···
Mientras tanto, en el pub de Kevin, Xisco, Carol, Miquel y Amanda se reían del chiste que este último acababa de contar.
—¿Cómo se te ocurrió meterte en política? —se interesó Carol de repente y sin venir a cuento, al menos para los demás, porque Amanda estaba segura de que su amiga había hecho una de sus famosas asociaciones de ideas que la había llevado a hacerle esa cuestión en concreto.
Miquel se quedó algo parado, como si no supiera muy bien por dónde salía la chica, pero antes de que tuviera tiempo de contestar, Carol añadió:
—Entiéndeme, no es que te esté cuestionando. Sin embargo, hoy en día, ese no parece un sitio para gente normal, honrada… y tú me estás pareciendo un tío legal.
La risa de Miquel interrumpió su diatriba.
—Claro que soy un tío legal. Precisamente por eso me metí en política, como tú dices.
Aunque ahora sea mi única ocupación y cobre por ello, te aseguro que para mi familia la política nunca ha sido un negocio.
Mi padre fue concejal durante muchos años, y mi abuelo antes que él, desde que se legalizaron los partidos políticos.
Mi bisabuelo también, aunque a él le pilló la guerra y, la verdad, no le fue muy bien, mejor dicho, le fue fatal.
Es una especie de tradición —se rio sin demasiado humor—, y había llegado el momento del relevo generacional.
De todas formas, no tengo intención de quedarme en el ayuntamiento más allá de esta legislatura.
No lo parece desde fuera, pero la dedicación absoluta al ayuntamiento es un trabajo duro.
—Sí, ya te estoy viendo, esto que haces es agotador.
Miquel se rio y Amanda le dio una patada por debajo de la mesa a Carol para que se callara; no le gustaba el cariz que estaba tomando la conversación, hasta ese momento lo había estado pasando bien de verdad.
Miquel había resultado ser una compañía muy agradable, además, era muy guapo, simpático, atento y, como había dicho Carol, parecía legal.
«Qué pena que ya tenga el corazón ocupado», se dijo Amanda.
Miquel, Carol y Xisco oyeron como Amanda suspiraba con fuerza. Ella se tapó la boca, pero no había dicho nada inapropiado, o al menos, no lo había dicho en voz alta; aunque lo había oído a la perfección en su cabeza.
Su corazón ya estaba ocupado. «¿Cómo ha podido sucederme esto en tan poco tiempo?», se preguntó.
Esas cosas no ocurrían en el mundo real. O, si ocurrían, solo les pasaban a las chicas como Carol, que la mitad de las veces no pensaba las cosas con detenimiento, se lanzaba de cabeza a nuevos proyectos continuamente, ya fueran aprender nuevos bailes o enamorarse al primer vistazo.
Amanda no actuaba como Carol. Ella era una chica racional, que pensaba las cosas muy bien antes de hacerlas.
O eso creía. Se puso a analizar cómo había actuado durante la última semana y se dio cuenta de que nada había sido racional, ni siquiera se había parado unos segundos para reflexionar sobre lo que estaba pasando.
Había obrado por impulsos, había sido más como Carol que como ella misma.