Para siempre contigo (Colección Mediterráneo 1) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

Los días siguientes transcurrieron deprisa. Carol se quedó a dormir en el piso de Xisco todas las noches y Tomás hizo lo propio en el hotel con Amanda.

Mientras los chicos trabajaban apenas tenían tiempo para verse, aunque los cuatro consiguieron comer juntos en dos ocasiones. Por las noches, sin embargo, compensaban la falta de tiempo con encuentros tan apasionados como faltos de sueño.

Las chicas poco salieron del hotel. Fueron a visitar dos apartamentos, ambos en estado casi ruinoso y por los que pedían una barbaridad de alquiler. Así que, descartaron de inmediato la posibilidad de quedarse con alguno, aunque solo fuera para pasar un par de meses.

—Pues es una pena que este último que hemos visto estuviera tan mal, porque está cerca del hotel. ¿Qué haremos si el que nos guste está a las afueras? —preguntó Carol cuando ya regresaban hacia el complejo vacacional.

—Querrás decir qué haremos si no encontramos ninguno —apuntilló Amanda.

—Eso ni lo pienses siquiera. No llames a la mala suerte, no vaya a ser que gafemos el tema.

—¡Qué gafe ni qué niño muerto! Lo que pasa es que estamos aquí improvisando y a verlas venir. Siempre te las arreglas para meterme en líos y yo, que soy gilipollas, dejo que lo hagas.

—Venga, Amanda, no te vengas abajo ahora.

Ya sabes que al final todo se soluciona siempre.

Además, Xisco está convencido de que Miquel nos alquilará el suyo.

¡Uy, mira! Necesito comprar unas cosas del supermercado, vamos a pararnos en ese.

—Cogió a Amanda de la mano y tiró de ella en dirección a la tienda que acababa de ver y que le venía de perlas para escurrir el bulto.

Carol se adueñó de una cesta de la pila que había en la entrada y empezó a llenarla con cosas dulces: chocolate, pastelitos rellenos, magdalenas, galletas…

y todo lo que iba pillando a su paso. Amanda la observaba alucinada, su amiga no solía comprar porquerías de ese tipo, siempre se fijaba en lo que comía y procuraba mantener una dieta sana.

Cuando Carol advirtió lo pasmada que había dejado a Amanda, se apresuró a explicarse:

—No es para mí, es para llevarlo al piso de los chicos. Según ellos, está prohibido que entre comida saludable en su cocina y, como paso tantas noches allí, he pensado que debía reabastecerlos —confesó con aire inocente.

Después se dirigió al pasillo de productos de higiene personal, cogió gel, champú y tres cajas de preservativos.

—¿Tres cajas? ¿Setenta y seis condones? —preguntó Amanda arqueando tanto las cejas que casi le llegaban al nacimiento del pelo, al tiempo que cogía una de las cajas y le daba vueltas en la mano—. ¿No te has venido un poquito arriba, guapa?

Carol le arrebató el paquete de profilácticos de un manotazo y volvió a meterlo en la cesta.

—Nunca se tienen suficientes —afirmó muy seria—. Yo me muero si un día quiero hacerlo y no puedo por no tenerlos.

Amanda bufó, pero añadió otra caja para ella a la cesta de Carol; lo que hizo que esta se pusiera a reír, mofándose de su amiga.

En ese preciso instante sonó el móvil de Carol. Empezaron a llegar un montón de mensajes con el habitual ti-cling, ti-cling, ti-cling.

—¡Es Xisco! —anunció antes siquiera de mirar el aparato—.

¿Qué estará pasando? ¡Ostras!, no tenía cobertura y ahora me están llegando todos los mensajes de golpe —exclamó al mirar a la pantalla—.

Dice que Miquel ha cambiado de opinión y que nos alquila el apartamento.

—Brincó entusiasmada—. Ha quedado con él esta tarde a las seis, ¿qué hora es?

—Son las cinco y media —contestó Amanda—. Será mejor que paguemos y vayamos a dejar todo esto al hotel si no queremos hacerlos esperar.

****

«¿Por qué será que no me sorprende?», pensó Amanda cuando vio que Xisco y Miquel las esperaban cada uno subido en una moto.

Comprendió que a ella le tocaría montarse con Miquel y la perspectiva no le hacía ninguna ilusión. Decidió intentar convencerlos de que dejaran las motos aparcadas y fueran al apartamento de cualquier otra forma.

—¿Está tan lejos el piso que tenemos que ir en esas máquinas diabólicas? ¿No podríamos ir a pie?

—No, no está tan lejos —contestó Miquel con una sonrisa torcida, que, por cierto, a Amanda le pareció muy bonita—, pero casi todo resulta más divertido si hay una moto de por medio.

Le tendió el casco a Amanda mientras continuaba sonriendo de aquella manera tan encantadora.

Ella lo cogió con cierto recelo, Miquel no parecía el mismo chico de hacía varias noches, el que le había provocado escalofríos cuando hablaron en Sa Cova.

En esos momentos lo veía relajado y desenvuelto, como si al estar sentado con aire indolente sobre su enorme moto se sintiera cómodo, confiado.

—¿Quieres que te ayude a ponértelo? —le preguntó, al verla vacilar.

—No te preocupes, ya sé, gracias. —Amanda levantó las manos con el casco por encima de su cabeza para colocárselo, pero interrumpió el movimiento de golpe y entrecerró los ojos—. Imagino que tú también oirás cualquier cosa que diga en el interior de este chisme, ¿no?

Miquel se rio divertido.

—¿Tienes muchos secretos que quieras susurrarle al casco?

Amanda hizo una mueca mientras negaba con la cabeza.

—Ningún secreto —aseguró—. Solo que tengo la mala costumbre de hablar sola en voz alta.

La risa de Miquel ganó intensidad. Era una risa profunda, que le nacía del alma. A Amanda no le quedó más remedio que sonreírle, muy a su pesar.

Lo observó con detenimiento. Era un chico guapo. «¿Cómo no me había fijado en esos ojos tan azules la otra noche?», pensó.

Tenía una nariz peculiar, parecía que se la había roto alguna vez, aunque no era tan chata como la de los boxeadores. Amanda apostó consigo misma que el look desgreñado de su pelo estaba estudiado y que lo mismo ocurría con la barbita de dos días que le cubría las mejillas y el mentón.

De repente se sintió estúpida observando a Miquel mientras mantenía el casco en alto sobre su cabeza, sin decidirse a ponérselo. Se lo encasquetó deprisa y se apresuró a subirse a la moto, tal como le había enseñado Tomás.

«¡Tomás!», pensó en cuanto se acomodó en el estrecho sillín. En ese instante sintió que estaba siendo desleal con él. «¿Le habrá dicho Xisco que Carol y yo íbamos a visitar el apartamento de Miquel?», se preguntó. «¿Le molestará que vaya con su amigo en la moto?».

«¡Cómo me gustaría ponerlo celoso! —pensó con una sonrisa para sí—.

Aunque, ¿por qué iba a estarlo? No salimos juntos ni nada, solo nos acostamos…

». Un leve desasosiego la invadió al pensar en eso, pero no quiso entretenerse en esas cavilaciones.

«Lo único que conseguirás será ponerte triste», se sermoneó como ya había hecho otras veces.

—Pon las manos en el tanque —oyó que le decía Miquel a través de los auriculares incorporados en el casco—.

Esos ya nos han cogido mucha ventaja —añadió, señalando con la cabeza a Xisco y a Carol, que ya se alejaban por una de las calles adyacentes—.

No podemos permitir que lleguen antes que nosotros, ¿no crees?

Amanda apoyó las manos sobre el depósito, tal como le había indicado Miquel, y se preparó para notar el tirón hacia atrás que sin duda vendría con el aumento brusco de velocidad. Tras la súbita salida, la inercia empujó su cuerpo contra el de Miquel, lo que la hizo sentir incómoda de nuevo.

Intentó separarse de él empujando con las manos, pero la presión que ejercían sobre ella los continuos acelerones y frenazos no la dejaba hacerlo.

Bufó, impotente, dentro del casco y, como respuesta, oyó la leve risa de Miquel.

El chico era consciente de lo que estaba ocurriendo y no hacía nada para evitarlo; al contrario, cuanto más intentaba ella separarse de su espalda, más ruda era su conducción, con el fin de que Amanda no pudiera despegarse de él.

···

—Estamos cerca de tu casa, ¿verdad, Xisco? —preguntó Carol tras bajarse de la moto y echar un vistazo a su alrededor. A Amanda la calle le resultaba conocida y no podía dejar de pensar que había pasado por delante del edificio ante el que se habían detenido en más de una ocasión.

—Sí —contestó Miquel antes de que pudiera hacerlo Xisco—, está dos calles más allá. Y el hotel queda a cinco minutos andando —añadió mirando a Amanda—. Podréis ir a pie, aunque yo os sugeriría que os hicierais con unas escúteres, así no tendrías que ir todo el día trotando arriba y abajo.

—Creo que tengo la ración de motos cubierta para una buena temporada —contestó la chica con la voz cargada de retintín.

Xisco y Miquel se miraron elevando las cejas y torciendo el gesto. «¡No te queda nada!», decía su expresión; si bien no hicieron partícipe de sus pensamientos a Amanda, esta pudo entenderlos a la perfección.

El apartamento estaba en el tercer piso y era casi idéntico al de Xisco.

Justo a la entrada había una pequeña cocina separada por una barra de la sala de estar/comedor.

A la derecha una puerta conducía a la única habitación de la casa, y al baño, que se encontraban en el mismo, y minúsculo, pasillo.

—Solo tiene una habitación. —Miquel señaló lo evidente—. De todas formas, ahora estáis compartiendo la del hotel, ¿no?

—Sí —se apresuró a contestar Amanda, sin darles tiempo a los otros dos a desmentirlo.

—Pues, entonces, no tendréis problema.

—No te preocupes, nos apañaremos —afirmó Carol con una gran sonrisa en la cara—. El piso es una pasada en comparación a los otros que hemos visto. Si no nos lo dejas muy mal de precio, nos lo quedamos.

—He pensado que, para no tener problemas, vamos a hacer un contrato ficticio.

No quiero que los de la oposición se me tiren a la yugular diciendo que no declaro todos mis ingresos.

Pero podéis estar aquí el tiempo que queráis, no tenéis que pagarme nada, al fin y al cabo, Xisco y Tomás son dos de mis mejores amigos.

—Ni hablar —protestaron casi al unísono Carol y Amanda—. Tienes que cobrarnos algo.

Miquel sonrió.