CAPÍTULO 11 #2
Amanda se dio cuenta de que Tomás observaba algo con fijeza y siguió la dirección de su mirada.
Alguien se había detenido junto a Xisco y Carol.
Entonces, el novio de su amiga señaló hacia donde Tomás y ella se encontraban.
Se volvió para mirarlo cuando notó que este se movía: estaba saludando, alegre, con el brazo en alto.
—¿Tú sabes quiénes son Martes y Trece? —le preguntó de súbito a Amanda, sonriendo de manera exagerada mientras observaba cómo se acercaban sus amigos.
—¿El dúo cómico? ¿Los de las empanadillas? —contestó ella, muy extrañada por la pregunta de Tomás.
—Sí, pero ¿sabes que antes de ser un dúo, eran un trío?
—No, no tenía ni idea.
—Bueno, eso fue hace milenios. —Se rio aún más—.
Creo que es algo que no mucha gente recuerda.
Yo lo sé porque a mi padre le encantaban y tenía una película suya, más antigua que las piedras, en la que todavía eran tres.
—Después le señaló al grupo que se acercaba—.
¿Ves a ese chico que viene hacia aquí con Xisco?
—Veo que viene con alguien, pero no le distingo bien la cara —se quejó ella.
—Pues ese es Miquel, el equivalente al tercero de Martes y Trece en nuestro grupo de amigos. —Se puso en pie para esperarlos.
Amanda vio que Tomás sonreía cada vez más a medida que el trío se acercaba a ellos. Cuando llegaron a su altura, los dos amigos se fundieron en un abrazo de esos que tanto les gustan a los hombres, con palmadas ruidosas en la espalda y muchas risas.
—¿Dónde te metes, chaval? —le preguntó Tomás sin rodeos en cuanto se separaron.
—Pues en el ayuntamiento, ¿dónde si no? Yo soy un hombre serio con un trabajo formal, no como vosotros, que seguís viviendo la vida loca en el hotel mientras hacéis creer a todo el mundo que «eso» —entrecomilló la palabra con los dedos— es trabajar.
Tomás y Xisco bufaron casi al unísono.
—Este —dijo Xisco mientras señalaba a Tomás con la barbilla— el año que viene me abandona, igual que hiciste tú.
—Ojalá —contestó Tomás casi de inmediato.
—Pues si esta es tu manera de estudiar —dijo Miquel, señalando la mesa en la que seguía sentada Amanda y que contenía los restos de lo que habían estado bebiendo—, no sé si te irá muy bien el examen.
—Creo que no conoces a Amanda. —Tomás, que seguía sonriendo, ni se inmutó por la pulla que le había lanzado su amigo.
—Hola, Amanda. ¿De qué me suena tu nombre? —preguntó Miquel en plan misterioso—. ¡Ya lo sé! Tú eres la nueva recepcionista del Hotel Club, ¿a que sí?
—Parece que lo seré a partir de la próxima semana —exclamó ella—. ¿Cómo lo sabes?
—A este no se le escapa nada —indicó Xisco mientras le palmeaba la espalda a su amigo—. Y menos si sucede en el hotel.
Miquel sonrió maquiavélico, lo que hizo que un súbito escalofrío le recorriera el cuerpo a Amanda.
¿Podía ser que hubiera gente hablando de ella y de Carol a sus espaldas? Tenía que ser eso. Si no, ¿cómo iba a saber quiénes eran?
No le extrañaba que el tiempo que Tomás y Xisco pasaban con ellas hubiera levantado algunas ampollas entre sus compañeras de trabajo, pero de ahí a que lo supiera Miquel, que ya no trabajaba en el hotel…
—¿Creéis que no tengo mis informantes? Aún conservo algunos buenos amigos en el Hotel Club.
¿Cómo me enteraría de vuestras maquinaciones, si no?
Porque lo que es comunicaros, nada de nada.
Tíos, por si no lo sabéis, estamos en el siglo XXI y se han puesto de moda unos aparatitos llamados móviles.
Un mensajito de tanto en cuanto me serviría para saber que seguís vivos o algo parecido.
La pandilla ruidosa que había llegado a la playa con él se había sentado a una mesa en la otra punta de la terraza y los chicos que la ocupaban empezaron a llamar a Miquel para que se uniera a ellos. Él les hizo señas para que se callaran.
—Solo voy a darte un consejo, Amanda —dijo en un tono sombrío que hizo que la chica sintiera verdadera aprensión—. Procura no cruzarte en el camino de la subdirectora. Esa arpía rencorosa puede hacerte la vida imposible.
La mirada que le dirigió Tomás a Miquel hubiese dejado seco a cualquier otro que no tuviera tanto carácter. Miquel ni se inmutó, ni siquiera hizo acuse de recibo; en cambio, continuó hablando:
—Tú hazme caso, mejor mantente lejos de ella. No es igual de desalmada con todo el mundo, aunque, si yo fuera tú, intentaría no darle la espalda, nunca, jamás de los jamases. —Miró a Tomás con seriedad—. Alguien tenía que advertirla, tío. Ya sé que tú no le das importancia, pero te aseguro que…
—Déjalo, Miquel, no sé si estás ayudando o todo lo contrario —le cortó Tomás.
Amanda se quedó desconcertada hasta decir basta cuando oyó la conversación que estaban manteniendo los dos chicos; y su pasmo fue aún mayor cuando vio la mueca que se había dibujado en la cara de Xisco.
Hasta él, que tenía salidas graciosas para todo, se había quedado callado de golpe.
De forma instintiva Amanda miró a Carol, quien le devolvió la mirada. La extrañeza que vio reflejada en la cara de su amiga hizo que Amanda se hiciera aún más consciente de que ahí se estaba tratando un tema importante y de que ellas se estaban perdiendo la mitad de la conversación.
Le lanzó una señal telepática a Carol: «¡Hay que aclarar qué cojones acaba de pasar aquí!». Su amiga, que la conocía casi mejor que a sí misma, pilló enseguida lo que le quería transmitir y asintió de forma imperceptible con la cabeza.
—Ahora que me acuerdo —indicó Xisco en un tono que pretendía ser ligero, pero sin acabar de conseguirlo—, ¿qué ha sido de tu apartamento? ¿Lo tienes alquilado?
—¡Qué va! La nueva ley no permite que lo alquile como vivienda vacacional porque está en un edificio de pisos. Está vacío —informó el otro, con cierta tristeza en la voz.
—¿Desde cuándo te preocupas tú por cumplir las leyes, Miquelet? —atacó Xisco, utilizando de nuevo su tono guasón. Al parecer, había decidido hacer olvidar a todos el mal trago de unos minutos antes.
—Desde que soy concejal del ayuntamiento, tío. La mujer del César no solo tiene que ser casta, también tiene que parecerlo. ¿No lo sabes?
—Pues Carol y Amanda están buscando un sitio donde vivir. Igual podríamos llegar a un acuerdo para los meses que van a estar las dos por aquí.
—La verdad es que no tengo intención de alquilarlo, y mucho menos para dos meses. Eso puede parecerle un alquiler vacacional a cualquiera que quiera buscarme las cosquillas.
—Podríamos hacer un contrato por medio año —insistió Xisco, quien parecía haber esperado esa respuesta—. Después, cuando Amanda se vaya en septiembre, rescindimos el contrato y listo.
Miquel resopló. Tomás, que había relajado un poco la pose, entró al trapo:
—Si no lo vas a alquilar, ¿qué más te dará que las chicas vivan ahí? Tienen varias citas para ver otros pisos, aunque en las calles que están, no creo que sean siquiera habitables.
Amanda y Carol lo miraron con los ojos desorbitados, no había dicho nada de eso cuando le comentaron dónde estaban los pisos, ni Xisco tampoco.
Se notó que ambas llegaron a esa conclusión al mismo tiempo, porque las dos se volvieron de golpe para mirar a Xisco. Él levantó las palmas de las manos hacia arriba y elevó los hombros.
—Es que no teníais muchas más opciones, pero ahora que se os presenta la oportunidad de pillar el piso de Miquel…
—¡Que yo todavía no he dicho que sí! —se quejó el otro—, que puedo meterme en un lío.
—¡Anda ya! —le contestaron sus amigos al unísono.
—No sé por qué os echo de menos, tíos, sois insoportables, y muy pesados.
Desde la otra mesa se oyó de nuevo el estrépito de los amigos de Miquel llamándole.
—¡Voy, voy! —dijo poniéndose en pie—. El deber me llama —continuó a modo de despedida—. Miraré qué puedo hacer con el piso, aunque yo de vosotros no confiaría demasiado en ello, los de la oposición me tienen en el punto de mira, de un tiempo a esta parte no me he portado demasiado bien con ellos.
Xisco y Tomás negaron con la cabeza al tiempo que hacían una mueca. Miquel se rio.
—Nos vemos, chicas —se despidió—. Y mucho cuidadito con estos dos, que no son de fiar.
En cuanto Miquel se hubo sentado a la mesa con sus compañeros de aquella noche, Xisco bufó aliviado.
—¡Chicas, hemos encontrado piso! —dijo frotándose las manos.
—A mí no me ha dado esa impresión, para nada —contestó Amanda.
—Os digo yo que sí, creedme.
—¿Y a qué ha venido la advertencia sobre la subdirectora? —se interesó Carol suspicaz.