CAPÍTULO 11
Una risa estrepitosa resonó en la plataforma donde estaban situadas las mesas del restaurante Sa Cova.
A esas horas, Amanda, Carol, Xisco y Tomás eran casi los únicos clientes del local.
Unas mesas más allá había un grupo de alemanes que charlaba ruidosamente, algunos de ellos se volvieron al escuchar la carcajada que había proferido aquel chico sentado a una mesa con otros tres jóvenes y que parecía que iba a atragantarse con su propia risa.
—¿En serio que quería irse?
—¿Tú qué crees? Ella se considera muy moderna, ¡pero no lo es!
Es hermana de mi padre, joder, y encima es monja.
Cuando vio al tío desnudo encima del escenario, casi se desmaya.
Se puso en pie y empezó a tironearme del brazo y a decir en voz alta: «Nos vamos ahora mismo, vosotras dos sois menores de edad y yo ni quiero ni puedo ver este tipo de espectáculos» —explicó Carol, engolando la voz para imitar la de su tía Monja.
Xisco volvió a carcajearse a pleno pulmón. Tomás se reía, aunque no alcanzaba el volumen de su amigo, y Amanda, que había protagonizado la historia junto a Carol y, además, se la había oído contar un millón de veces como mínimo, sonreía contagiada por la risa de los otros dos.
—¿Tú sabías lo del desnudo integral cuando le pediste que os acompañara a ver la obra?
—Pues claro que lo sabía —contestó Amanda por ella—. Pero se guardó muy mucho de decírselo, incluso hoy, la pobre mujer sigue creyendo que Carol no tenía ni idea de que el actor iba a quedarse en pelotilla picada.
Xisco se limpió una lágrima que le bajaba por la mejilla.
—No puedo más, es que es intentar imaginarme la situación y me parto —dijo entre hipidos.
—No veas lo que nos reímos nosotras —apuntilló Carol.
—¿Os reísteis en la cara de la pobre mujer? —se interesó Tomás que, aunque se reía, podía seguir manteniendo una conversación.
—¿De veras te lo parece? —indicó Amanda—. Salimos con el rabo entre las piernas y la cabeza gacha, procurando que nadie nos viera la cara. Si hasta los actores detuvieron la actuación al oír los gritos de su tía. Creo que alguno se temió que la mujer subiera al escenario y les diera con el bolso.
Xisco, que se había calmado un poco, volvió a estallar en carcajadas.
—Es que lo veo, lo veo —exclamó—, la monja atizando al pobre hombre desnudo con el bolso. Pum, pum, ¡toma, por degenerado! —Volvió a reírse con estrépito y tuvo que agarrarse la barriga, porque empezaba a dolerle de verdad.
Hasta las chicas se rieron al visualizar lo que estaba imaginando Xisco.
—¡Uf! —manifestó Amanda al poder retomar el aire—, pues esa historia ni siquiera es la más épica de todas.
Los chicos, que poco a poco retornaban también a su ser, la miraron asombrados.
—¿No? —preguntaron al unísono.
—No, Carol tiene un don insuperable para meternos en líos. ¡Vino así de fábrica y ya no se puede pedir que nos la cambien! —Levantó las palmas de las manos hacia arriba y se encogió de hombros, dando a entender que no había nada que se pudiera hacer al respecto.
Carol le sacó la lengua a Amanda.
—Eso sí, nos divertimos mogollón cuando encontramos a algún pardillo que quiera escuchar nuestras batallitas —contestó la aludida mientras miraba a su chico con picardía.
—¿Me estás llamando pardillo?
—Sí, eso hago —afirmó ella poniéndose en pie y echando a correr para incitarlo a perseguirla.
Xisco no se hizo de rogar. También se levantó de la silla e hizo el amago de correr, lo que provocó que Carol estallara de nuevo en carcajadas y emprendiera una huida, más bien falsa, hacia la pequeña playa de grava iluminada por la luna que se vislumbraba algo más lejos.
Tomás negó con la cabeza.
—No hay manera, no puedo acostumbrarme a este nuevo Xisco. Nunca lo había visto así con nadie. Toda su chulería se ha convertido en ñoñería. —Acompañó sus palabras con un gesto de impotencia.
Amanda, que aún no había perdido la sonrisa, lo miró estupefacta.
—¿Quieres decir que prefieres a un chulito pagado de sí mismo antes que a un chico tierno y enamorado?
Tomás la miró extrañado.
—¡Por supuesto! —exclamó—. Vamos a morir por sobredosis de dulzura. ¡Puaj!
La que negó con la cabeza entonces fue Amanda.
—Lo que os avergüenza a los chicos es admitir que estáis enamorados —le dijo—. ¿Por qué os cuesta tanto demostrar que tenéis sentimientos? Yo creía que eso de «los chicos no lloran», «estar enamorado es de nenazas» y cosas por el estilo había muerto con la generación de nuestros padres.
Tomás elevó las cejas y agachó el mentón en un gesto interrogante.
—¿En serio? —preguntó al fin—. Eso nunca pasa de moda. Te lo enseñan los mayores en el patio del cole y, si no te entra, te lo repiten a tortazos.
—¡Qué brutos sois los chicos! Todo tenéis que arreglarlo a tortazos.
Tomás se encogió de hombros.
—De todas formas —sentenció al cabo de un rato—, yo no soy como él.
Es cierto que hace años que Xisco repetía que un día iba a encontrar al amor de su vida.
Aun así, ¡no me acostumbro! Yo sé que eso no es para mí.
Ya te dije que no quiero sufrir por una separación repentina e irreversible, como le sucedió a mi madre.
No. Yo no me enamoraré. —La voz de Tomás había adquirido un cariz serio que Amanda no recordaba haberle oído antes.
La otra ocasión en que habían tratado ese tema, su tono había sido mucho más relajado.
—Me acuerdo de lo que dijiste cuando estábamos en el talayot —contestó ella con serenidad—. Y creo recordar, también, que yo te dije que eso no es algo que uno pueda elegir. Cuando te enamores, porque lo harás algún día, no podrás evitarlo.
Él la miró con intensidad, pero sin hablar. Se repantigó en su silla y elevó la vista al cielo, después se pasó ambas manos por la cara, como si intentara decir algo y las palabras no acudieran en su ayuda.
Amanda, que creyó entender ese gesto, se apresuró a continuar:
—No estoy insinuando que vaya a ser de mí. —Se rio y levantó las manos en son de paz—. No creo que el tiempo que voy a pasar por aquí baste para eso. Nosotros —lo señaló a él y a sí misma alternativamente— lo pasaremos bien, nos entretendremos y guardaremos un bonito recuerdo del verano.
Dicho esto, cogió su copa, casi vacía, de la mesa y brindó en dirección a Tomás. Después de dar un sorbo a la bebida, le guiñó un ojo, intentando disimular el nerviosismo que le había ocasionado pronunciar aquellas palabras.
Estaba intranquila porque lo que acababa de decir era una patraña de las gordas; sabía que a ella le sobraban cincuenta días de los casi sesenta que iba a pasar cerca de él para enamorarse y, además, pensaba que podría haberse ahorrado el discurso que acababa de soltar.
Se sentía bastante patética y esperaba que él no quisiera añadir nada a su penosa perorata.
Tomás la miró con fijeza durante unos segundos, después se sentó al borde de la silla, apoyó los codos sobre las piernas y desvió la mirada, nervioso. No sabía qué contestar a lo que acababa de decir Amanda.
Ni siquiera sabía si quería estar con ella durante todo el verano. «Yo tengo que estudiar, joder», se repitió por enésima vez.
Decidió no opinar y dar el tema por zanjado. Las ganas que tuviera o no de enamorarse no era algo de lo que quisiera andar hablando con Amanda; ni siquiera sabía cómo se había metido en ese jardín y mucho menos cómo salir de él.
«¡A la mierda las cavilaciones! Como ha dicho ella, vamos a pasarlo bien y listo», se sermoneó.
—Bueno —añadió mirándola de nuevo y haciendo un esfuerzo por lucir una gran sonrisa iluminándole el rostro—. No me has dicho qué te ha parecido el chiringuito.
Amanda se sintió muy aliviada cuando Tomás cambió de tema y se relajó de forma visible.
—Es un sitio muy chulo —afirmó, sonriendo a su vez y mirando a su alrededor.
—¿Solo chulo? —preguntó Tomás con fingido tono de indignación.
—Supongo que durante el día será espectacular, parece que las olas rompen cerca, así que imagino que la plataforma en la que estamos se interna en el mar.
—Así es —asintió Tomás—. Esta cala es igual que una piscina.
Durante el día, si no hay mucha gente ni sopla el viento, puedes ver el fondo marino desde aquí mismo.
—Dibujó con la mano una línea imaginaria entre ellos y el final de la plataforma de cemento—.
Pero el restaurante también tiene lo suyo, ¿no crees?
—Es original —concedió ella—, aunque no tan diferente de otros muchos.
Se encogió de hombros al tiempo que recogía los pies sobre la silla y se abrazaba las rodillas. Tomás puso cara de ofendido, aunque en realidad no lo estaba, solo quería hacer un poco el payaso.
—Yo que tenía un plan genial con la almohada y he renunciado a él solo para poder enseñarte este pedacito de paraíso. —Abrió los brazos y señaló todo cuanto los rodeaba.
Amanda se sintió mucho más relajada que un momento antes y soltó una risa ligera y cantarina que a Tomás le encantó.
«¿De cuántas maneras puede reírse esta mujer?», se preguntó.
En ese preciso instante percibieron un alboroto procedente de las escaleras que daban acceso a la playa. Un grupo de no más de cinco personas estaba bajando por ellas, aunque por el ruido que hacían parecían una multitud.
A esas horas muchos bares ya habían cerrado y a algunos, a los que les apetecía seguir de marcha pero que preferían un lugar más tranquilo que un pub o una discoteca, les daba por acercarse a Sa Cova. Tomás distinguió entre ellos una alta figura masculina que le resultó conocida.
El grupo, que tenía que pasar por donde se encontraban Xisco y Carol, se detuvo al toparse con ellos. Tomás vio cómo el chico alto al que creía haber reconocido se paraba junto a la pareja, le palmeaba la espalda a Xisco y chocaba la mano con él. Ya no tuvo ninguna duda de quién era.