Para siempre contigo (Colección Mediterráneo 1) CAPÍTULO 10 #3
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CAPÍTULO 10 #3

Él se quedó inmóvil, mirando a Amanda a los ojos con un hambre que no tenía fin. No podía liarse con ella, no podía, pero se moría de ganas.

«Mira esos labios —se dijo—, y cómo te mira, te está pidiendo un beso a gritos, no puedes dejarla así». «Sí puedes —le contestó su conciencia—. Tienes que estudiar, no hay tiempo para chicas este verano, ¿te acuerdas?».

Entonces fue cuando su parte más rebelde decidió dejar de escuchar a su conciencia. No le estaba dando más que dolor de cabeza. Cogió a Amanda por la cintura, se acercó despacio a sus labios y la besó.

Ella, que se había quedado algo descolocada, se mantuvo pasiva. Pero enseguida entró en el juego. Las lenguas de ambos empezaron una danza de dominio; ninguno quería quedarse atrás, los dos querían llevar la voz cantante y el beso, que había empezado con suavidad, terminó siendo tumultuoso y voraz.

Amanda se separó de Tomás para coger aire y él aprovechó la ocasión para mirarla con detenimiento.

—Deberíamos parar —le dijo—, o no llegaremos a Sa Cova.

Amanda se volvió para ver si Carol y Xisco los seguían, pero no había ni rastro de ellos.

—Quizás, al final, no vayamos —propuso acercándose cuanto pudo a él. Eso hizo que Tomás se excitara mucho más. Justo en ese momento se oyeron, un poco más atrás, las voces de sus amigos acercándose. Tomás hizo una mueca de decepción.

—O quizás sí —se lamentó.

Siguieron caminando y Tomás se atrevió a hacerle la pregunta que le había rondado por la cabeza durante todo el día:

—¿Cómo decidisteis quién iba a recepción y quién a animación? —soltó a bocajarro, como si ya se arrepintiera de haberlo hecho.

—Fue extremadamente fácil decidir eso —contestó Amanda riéndose—. Xisco nos lo ha dado todo «mascadito». Ha dicho: «Donde está la olla no hay que meter la polla», y se acabó la discusión.

Amanda notó el gruñido gutural de Tomás, pero no tuvo claro a qué se debía: si a que Xisco asumía que ellos dos eran pareja o porque ella no hubiese puesto ninguna objeción, dando por hecho que lo eran.

«¿Quieres dejar de hacerte pajas mentales?», se amonestó. Tomás solo quería repetir con ella lo de la noche anterior, no quería una relación como la de Xisco y Carol.

Sabía que no debía hacerse ilusiones: él solo sería un amigo con derecho a roce. O aceptaba eso, o pasaba de él antes de que le hiciera daño esa «no relación», esa que Tomás parecía querer tener con ella.

—¿Hubieses preferido que trabajásemos juntos? —preguntó Amanda cuando salió de sus pensamientos.

—No, está bien así, pero igual sí que me hubiese gustado que me consultarais a mí. Al fin y al cabo, voy a ser el jefe de Carol.

—La verdad es que creo que esa ha sido la mejor solución —afirmó ella, intentando excusarse por haber aceptado la confabulación de Xisco sin protestar—.

No sé si me gustas como jefe —prosiguió, arrugando la nariz—.

El día que llegamos, te vi dando órdenes a los bailarines mientras ensayaban y no me hizo ninguna gracia lo mucho que les gritabas.

—¡Bah! Eso solo lo hago muy de vez en cuando.

Es que hace unos días los chicos estaban muy espesos, no les salía nada de lo que tenemos ensayado.

Además, creo que no voy a poner a Carol en el escenario, al menos al principio.

Ya tendrá trabajo suficiente con las clases.

A lo mejor en septiembre, cuando tenga que empezar a dar vacaciones a los otros animadores…

—¡Pues creo que vas a darle una alegría a Xisco!

—No había pensado en eso —contestó Tomás—, pero seguro que no le habría hecho ninguna gracia tener que ver el show todas las noches.

—¿Cómo has sabido que Carol le ha «exigido su presencia» todas las noches cuando ella sea bailarina? —Enmarcó las palabras con unas comillas imaginarias que dibujó con los dedos.

—No lo sabía, pero basta con ver cómo la mira y cómo parece que la protege con todo el cuerpo, para darse cuenta de que no dejará de estar donde ella esté mientras pueda.

—Puedes estar seguro, no pienso perderla de vista ni un minuto, sobre todo si el sobón de Yunior anda cerca. —Se oyó la voz de Xisco a sus espaldas.

—No creo que haga falta que estés celoso de Yunior, es un buen tipo.

Xisco se acercó a su amigo, que se había adelantado hacia el coche; lo cogió de un brazo y, sin que las chicas lo oyeran, le susurró:

—No parecía que pensaras eso hace diez minutos. Por cómo le mirabas, pensaba que te acercarías a él para meterle dos hostias.

Tomás se sacudió a su amigo de encima y lo miró con fiereza, casi podría decirse que le enseñaba los dientes.

—¡Eres un gilipollas! Yo no le he mirado de ninguna manera.

Las chicas se volvieron hacia ellos, sorprendidas por su actitud.

—Vale, no te enfades. No volveré a hablar del tema si no quieres, pero a mí no me engañas. Nos conocemos desde hace demasiado tiempo como para que lo intentes siquiera.

Tomás no respondió a la pulla. Se volvió hacia las chicas y las apremió con la mano para que subieran al coche de Xisco. Como si no le bastara la caña que le daba su conciencia, tenía que enfrentarse a la que le daba su amigo.

«Este verano se me va a hacer muy largo si nadie me da una tregua», se dijo.