Para siempre contigo (Colección Mediterráneo 1) CAPÍTULO 10 #2
48%

CAPÍTULO 10 #2

Fueran cuales fueran, a él no deberían importarle lo más mínimo, él lo que debía hacer era irse a estudiar o a dormir.

La noche anterior apenas había pegado ojo y, si no se iba a casa, estaba seguro de que esa noche acabaría igual.

Además, el plan había sido pasar una semana con Amanda y después retomar los libros, pero las cosas habían cambiado mucho en veinticuatro horas.

Las chicas no iban a quedarse solamente una semana, sino que iban a estar en el hotel todo el verano.

Si esa noche salía con Xisco, Carol y Amanda no le dejarían en paz durante los dos meses siguientes, sobre todo Xisco; y de ninguna manera podía echar julio y agosto por el retrete.

Ya había demorado demasiado lo de presentarse al FIR.

Hacía dos años que había terminado la carrera y no quería seguir en el hotel el próximo año. Tenía muy claro su objetivo, y este no era, de ninguna de las maneras, liarse con una chica, por mucho que Amanda le gustara. Pero la mano que Yunior mantenía sobre el antebrazo de Amanda le quemaba.

Apenas podía contener las ganas de ir e interrumpir lo que fuera que el cubano le estuviera diciendo. No le gustaba verla tan satisfecha con los chistes y piropos que, sin duda, su amigo le estaba dedicando.

Ni siquiera tuvo tiempo de volver a pensarlo porque, en ese preciso instante, Yunior decidió que ya estaba bien de darle palique a Amanda y se despidió de ella, no sin antes mirar de nuevo a Tomás con cara de granuja.

La chica, que tras la marcha del cubano lucía una gran sonrisa, se acercó al grupo para integrarse en la conversación.

—Hola —le dijo a Tomás, aunque ya se habían saludado hacía unos minutos, más cohibida de lo que había estado en mucho tiempo.

—¿Qué tal el día? —se interesó él, sin acercarse a ella.

—Bien, no puedo quejarme —contestó, algo decepcionada y preguntándose dónde había ido a parar la confianza que parecía haber entre ellos por la mañana.

—¿Y Gori? ¿No ha querido quedarse? —inquirió Tomás, sin dirigirse a nadie en particular.

—No —se apresuró a responder Xisco—. Ha dicho que, como mañana tenía que hacer el primer turno, prefería acostarse temprano.

—De acuerdo, ya me ocuparé de él… y de ti —lo señaló Tomás— mañana por la mañana.

Xisco se llevó un dedo al pecho con gesto inocente.

—¿Habéis pensado en salir esta noche? —preguntó Tomás a continuación, sin hacer caso al payaso de su amigo.

—Sí, por supuesto. Vamos a llevar a estas señoritas a Phisycal, ¿os apetece ir a una discoteca, chicas? —propuso Xisco.

—¿A una discoteca? —Carol hizo un mohín—. ¡Claro que me apetece!

—Yo estoy un poco cansado —adujo Tomás. Estaba seguro de que marcharse sería lo mejor, lo más adecuado, lo correcto.

El corazón de Amanda se detuvo durante unos segundos. Ya se veía sola con la parejita, pero, sobre todo, le molestaba que Tomás apenas se hubiera dirigido a ella desde que se había acercado y que, por lo que parecía, se fuera a dormir.

—¿Prefieres algo más tranquilo? —le propuso Xisco a su amigo—. Podemos ir al Bora-Bora a tomar unos mojitos. Seguro que a estas horas ya podemos sentarnos en la terraza frente al mar.

Tomás vio la cara de desilusión de Amanda y su convicción de que tenía que irse se tambaleó con violencia.

Lo había mirado solo un instante, cuando él había dicho que se iba, y después había fijado los ojos en su bebida.

No parecía que le estuviera reprochando nada.

Sin embargo, aquella especie de decepción que le había parecido intuir en el fondo de sus pupilas cuando sus miradas se habían cruzado le hacía replantearse la opción de quedarse con ella.

—No te hagas de rogar, tío. He tenido que hacerlo toda la temporada y ya cansa —le dijo Xisco en un intento por hacerlo reaccionar y que los acompañara.

Tomás contempló a su amigo con los labios apretados.

Si a esas alturas aún no se había enterado de que él tenía otras prioridades, dudaba que fuera a lograr hacérselo entender.

Echó un vistazo a Amanda, que seguía sin mirarlo.

Xisco, que vio que Tomás observaba a Amanda, decidió meterle un poco más de caña a su amigo:

—Además, ¿vas a dejar a Amanda sola?

Ella creyó que se moriría de la vergüenza. No entendía por qué Xisco tenía que ponerla como excusa, la hacía parecer desesperada, y no le gustaba nada que pusieran palabras en su boca que no había pronunciado.

—Por mí no tienes que preocuparte. Que salgan a celebrarlo ellos dos. Yo también tengo ganas de meterme en la cama —indicó mirando a Tomás. Seguía haciéndolo sin reproches, como un rato antes, pero por dentro estaba temblando. No quería que se notara la desilusión que se había llevado.

—No le digas eso, Amanda, que ya lo tenía casi convencido —se quejó Xisco.

—Pero es que no tienes que convencer a nadie de nada. Ni que fuéramos críos que no pueden ir donde quieran. Id a celebrarlo vosotros y listo. No nos necesitáis para nada.

—¿Ves, Tomás? Ya nos has cortado el buen rollito. Ahora Amanda también quiere irse a dormir. —Xisco estaba empeñado en hacerlo sentir mal, y lo estaba consiguiendo—. Mira, pasamos del Bora-Bora y vamos a Cala Lliteres , a Sa Cova.

Esto último fue lo que le tentó, le encantaba el sitio y esa temporada aún no había estado allí ni una vez. Además, le apetecía ver la cara que ponía Amanda cuando viera el bar.

—Está bien, pero solo un rato. Mañana tengo un millón de cosas que hacer y…

—¡Sí, sí! Solo un rato —le cortó Xisco, que no estaba dispuesto a que su amigo se replanteara la situación, ¡con lo que le había costado convencerle!—. Pero vamos en mi coche —añadió mientras se ponía en pie. Los otros le imitaron.

Tomás hundió los hombros. Si volvía a protestar parecería un cascarrabias, pero sabía que, si Xisco ponía el coche, sería más bien tarde cuando él consiguiera llegar a su cama.

Amanda se dio cuenta del desánimo del chico y, aunque seguía picada porque él se mantenía distante, le dio lástima. «Si la montaña no va a Mahoma…», se dijo, y se acercó a él.

—En serio, no lo hagas por mí, no es necesario.

Tomás se rascó la nuca, un gesto que Amanda ya le había visto hacer en varias ocasiones y que empezaba a asociar con él.

—La verdad es que lo único que me apetece de ir a Sa Cova es estar ahí la primera vez que descubras el sitio. Es alucinante, y me encantará ver la cara que pones.

Amanda notó cómo le subía el rubor a las mejillas y agradeció que la Gran Plaza estuviera casi a oscuras para que Tomás no pudiera darse cuenta.

Ese chico la tenía superconfundida. Se había mantenido alejado de ella desde que había terminado de trabajar, pero ahora le decía que, si salía esa noche, era para poder verle la cara cuando llegaran al lugar al que iban.

«¡Y después dicen que las complicadas somos las mujeres!», comentó para sí misma.

De camino al coche, Xisco y Carol se retrasaron, aprovechando la oscuridad de una de las callejuelas, para besarse y meterse mano. Tomás y Amanda se escabulleron para dar un poco de privacidad a la parejita.

Se podía palpar la tensión entre ellos dos, pero a ninguno le apetecía tomar la iniciativa. Ella, para que Tomás no creyera que quería atosigarlo, y él, porque tenía claro que, si se acercaba a Amanda, no sería capaz de dejarla después para irse a su casa.

La noche anterior con ella fue una de las mejores que recordaba, pero ese verano solo podía dedicarse a estudiar. Además, no le gustaba lo posesivo que se había sentido con Amanda cuando la mano de Yunior reposaba en su antebrazo. Tenía que alejarse de ella cuanto antes.

«Podemos salir a tomar algo, pero como amigos, no volveré a liarme con ella», se decía.

—¿Qué tal la entrevista? —le preguntó, intentando salir de los pensamientos en bucle en los que había entrado su mente y que ya empezaban a agobiarlo.

—Creo que no ha ido mal del todo, pero, por lo que ha dicho Xisco, seguramente no se presentará nadie más. O sea, que contratarme a mí será el mal menor. O eso es lo que piensan ellos —murmuró.

—¿Cuándo empezarías?

—Si fuera por el señor Vidal, mañana mismo, pero me ha dicho que si comienzo el lunes estará bien. Aunque me gustaría ir algún que otro rato antes del lunes para ver qué se hace en la recepción, porque no tengo ni idea.

—Se hacen un montón de cosas. La recepción de este hotel es enorme, pero me imagino que encontrarán un lugar adecuado para ti hasta final de temporada; Vidal es muy bueno en eso.

Esta mañana, cuando yo he entrado a ver al director, él salía de su despacho.

Supongo que habrán hablado de tu contrato, pero no he podido preguntarle.

—De todas formas, no me quedaré hasta el final de la temporada, solo hasta finales de agosto. En septiembre tanto Carol como yo empezaremos a trabajar en un colegio concertado, en el Virgen del Rosario Perpetuo, allí en casa.

—Eso no es lo que me ha dicho Carol a mí —exclamó Tomás alterado—. Le he hecho el contrato hasta finales de octubre, prorrogable en noviembre. ¿Por qué no me ha comentado nada de ese otro trabajo?

—La verdad es que ella pretendía llamar a su tía Monja, que es quien nos ha conseguido el trabajo, para decirle que no empezaría en septiembre. He sido yo la que le ha sugerido que esperara para avisarla, solo por si acaso, aunque ella está convencida de que no volverá a casa.

—¡Uf! ¡Qué susto acabas de darme!

Amanda sonrió.

—Eres fácil de asustar, señorito —le soltó, parándose para tocarle la nariz con mimo.