Para siempre contigo (Colección Mediterráneo 1) CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

Amanda pasó un mal rato cuando llamó a su madre para explicarle que ni ella ni Carol iban a volver a casa al final de aquella semana.

—Me acaba de decir la madre de Carol que pensáis quedaros en Mallorca a trabajar —le espetó su madre nada más coger el teléfono, sin saludarla siquiera—. ¿No será cierto?

—Bueno —contestó ella—, de momento la única que tiene trabajo seguro es Carol. Yo acabo de hacer una entrevista, pero no sabré nada hasta mañana, como mínimo.

—¿Es que os habéis vuelto locas? —le gritó su madre.

—No, mamá, qué va. Es que nos ha surgido esta oportunidad y queremos ver cómo nos va. Tampoco me parece tan descabellado —se defendió Amanda.

—¿Que no te parece descabellado? ¿Dónde vais a vivir? No conocéis a nadie, no entiendo esta actitud vuestra…

—Mamá, cálmate —la interrumpió—. Ya somos mayorcitas, y no es que pretendamos quedarnos aquí toda la vida.

—«Al menos yo, no», había pensado, aunque no lo había dicho en voz alta—.

Además, creo que últimamente te dejas influir demasiado por lo que te dice la madre de Carol.

Parece como si no confiaras en mí —añadió, no en tono de reproche, sino con calma, para que su madre entendiera que estaba exagerando la situación.

—¡Sí que confió en ti, hija! Pero es que ha sido todo muy repentino.

Estabais en Mallorca de vacaciones, no buscando trabajo.

Me ha sorprendido tanto que todavía no lo he asimilado —respondió su madre, algo más relajada—.

Además, piensa que os habéis comprometido con la tía Monja; ya tenéis el contrato firmado. No podéis fallarle.

—No es esa mi intención, mamá —contestó Amanda.

—¿Y la de Carol? —preguntó su madre, suspicaz.

—Eso es algo de lo que yo no puedo hablar. —La madre de Amanda inspiró hondo, asustada—. Y tú tampoco puedes decirle nada a la madre de Carol porque no hay nada seguro todavía. Es pronto para hacer conjeturas.

—Pero, Amanda, su madre debería saber que no piensa incorporarse en septiembre al Virgen del Rosario Perpetuo…

—Estoy de acuerdo, pero no es algo que debamos decirle ni tú ni yo. Además, si no se lo ha dicho ha sido porque yo se lo he sugerido. ¿Qué pasa si cambia de opinión? Más vale esperar un poco, dos meses dan para mucho.

—Amanda, tienes razón, hija mía. Debería confiar más en ti. Qué sensata te estás volviendo y qué mayor —había lloriqueado entonces su madre, emocionada.

—¡Mamá! —la reprendió Amanda, enternecida.

···

—¿Te ha reñido mucho? —le preguntó Carol cuando la vio dejarse caer de espaldas sobre la cama con un suspiro, tras haber colgado el teléfono.

—No. Bueno, al principio me ha atacado como una fiera, pero después se ha calmado. Tu madre ya la había informado de todo.

—¡Joder! ¿Cómo ha podido tener tiempo? Es que mi madre es la hostia. ¡No veas el pollo que me ha montado! —exclamó tumbándose al lado de Amanda en la cama.

—Normal. Si no te dejan ni cruzar la calle sola, lo que no entiendo es que aún no se haya presentado aquí para llevarte de una oreja.

—¡Dale tiempo! —añadió riéndose a medias Carol, no del todo convencida de que eso fuera imposible.

···

Desde que se habían despedido por la mañana no había visto a Tomás. A la hora del almuerzo, Xisco había ido a comer con ellas.

—Tomás no va a venir —anunció—. Ha tenido que reunirse hoy con el director para poder arreglar el tema del contrato de Carol.

El hombre no va a estar por aquí el resto de la semana y Tomás quería dejarlo todo solucionado antes que tener que hablarlo más adelante con la subdirectora —lo excusó Xisco.

Después, Tomás le había mandado un escueto mensaje a Amanda al móvil: «Hola, soy Tomás.

Lo siento, nos vemos más tarde», que a ella la había emocionado; más que nada porque no habían intercambiado sus números de teléfono, por lo que él había tenido que molestarse en averiguarlo.

Y, aunque no quería admitirlo, se le aceleraba el corazón cada vez que pensaba en ello.

Amanda había acertado al suponer que tampoco se encontraría a Tomás en el comedor a la hora de la cena, porque era el momento que aprovechaban los monitores para dar los últimos retoques al show de la noche.

Por la tarde lo había visto de lejos en un par de ocasiones, pero no quiso acercarse a hablar con él.

Le daba corte, pero al mismo tiempo intuía que debía dejarle a su aire, que fuera Tomás quien diera el primer paso y la buscara a ella.

No quería que pensara que en una sola noche se había colgado tanto por él que no iba a dejarle en paz en todo el verano.

«Además, tú y yo ya lo hemos hablado, no nos quedamos por él, sino por Carol», le había sermoneado su yo interior.

En esos momentos Xisco, Carol y ella estaban sentados en la Gran Plaza, «disfrutando» del espectáculo de la noche.

Gori se había unido a ellos y se lo pasaba bomba metiéndose con su hermano cada vez que salía a escena.

Xisco no se quedaba atrás, por algo había sido quien había tenido la idea; Tomás les echaba miradas furibundas cada vez que podía permitírselo.

—¡Xisco, ya está bien! —le riñó Carol, aunque su tono había sonado más jocoso que admonitorio.

—Ya te he advertido que no me gusta quedarme a ver cómo estos hacen el tonto sobre el escenario. Como mínimo deja que me divierta silbando a Tomás. Míralo, qué guapo está con esas mallas —dijo con la voz engolada.

—Pues a partir de la semana que viene te quiero aquí todas las noches, sin perderme de vista y, por supuesto, sin este escándalo que estáis montando —protestó Carol, melosa pero medio muerta de la risa.

—Claro, vida mía, pero no compares —contestó Xisco con sorna—. ¡Anda que no hay diferencia entre verte a ti en mallas o ver a «nuestro querido» Tomás! —La acercó a él, más de lo que ya estaba, y le comió la boca a besos.

Gori bajó la cabeza, incómodo; después se volvió para mirar a Amanda y la encontró absorta, sin poder quitarle los ojos de encima a su hermano, que en esos momentos era el bailarín principal.

Amanda había permanecido embelesada observando a Tomás durante todo el espectáculo que, aquella noche, homenajeaba la música de los años setenta.

Los bailarines iban ataviados con ropa ajustada y brillante, con mangas amplias y pantalones de pata de elefante que, por cierto, al chico le sentaban de muerte.

«Y mira que es difícil que esta ropa le quede bien a alguien», pensaba asombrada.

Aunque no quería admitirlo ni ante sí misma, Amanda estaba preocupada. Al no haber podido hablar con Tomás en todo el día, no sabía qué opinaba de que Carol y ella se quedasen durante todo el verano en el hotel, aunque fuera para trabajar.

—Este es el número final —anunció Gori—, yo voy a irme ya a casa. Mañana tengo el primer turno en la piscina y estoy muerto de sueño.

—¿No saldrás con nosotros a celebrar que vamos a pasar el verano entero por aquí? —le preguntó Carol.

—A este le ha entrado el canguelo. Con lo que se ha reído de su hermano, ahora tiene miedo de que Tomás le canee.

—¡Seguro que es eso! He dicho que estoy cansado, y lo estoy. Me voy a la cama —sentenció el chico, picado.

—Buenas noches —le dijo Amanda con una sonrisa.

—Buenas noches —la coreó Carol.

—Nos vemos por aquí. —Gori saludó con la mano.

—En serio, está cagado de miedo —repitió Xisco cuando Gori se hubo alejado.

—¡Para ya, Xisco! Pobrecito —lo sermoneó Carol, sin añadir nada más.

Estaban terminando sus bebidas mientras esperaban a que Tomás se cambiara de ropa para empezar la noche de celebración.

Amanda fue la primera en verlo salir de la zona de personal.

Iba vestido con vaqueros y una camiseta ajustada que ella le habría arrancado con gusto en esos mismos momentos.

Llevaba el pelo húmedo, como dos noches atrás.

«Dios mío, ¿solo han pasado dos noches?», se sorprendió Amanda. Le parecía que el tiempo había transcurrido al ralentí durante las últimas cuarenta y ocho horas.

«No me extraña que te lo parezca, ¡con la de cosas que han pasado!», se dijo.

Tomás venía hablando y riendo con Yunior. «Qué guapo es —pensó mientras observaba a Tomás—. Por favor, ¡es que, estar tan bueno debería estar prohibido!», se planteó, notando cómo le picaban las manos por las ganas de tocarlo.

Tomás sonrió a Amanda en cuanto sus ojos se encontraron, sin dejar de prestar atención a la conversación que mantenía con su amigo. Ella se quedó sin aliento al principio, pero enseguida se reprendió por ello y se obligó a relajarse.

Al tiempo que Tomás se sentaba, Yunior se acercó a Amanda para conversar con ella.

—Buenas noches, mi amol , ¿cuándo nos pegamos otro bailecito tú y yo?

Amanda se echó a reír y se puso en pie para hablar mejor con él.

—Cuando quieras, Yunior, hay poquitas cosas que me gusten tanto como bailar.

—¡Uf! No me hagas ofertas, que soy fácil de convencer.

Tomás no les quitaba ojo de encima, aunque estaba intentando proseguir con la charla que estaba manteniendo con Xisco. Yunior le puso una mano sobre el brazo a Amanda, para dar énfasis a algo que le estaba contando, y Tomás sintió ganas de retirársela de ahí de un manotazo.

«Pero ¿en qué piensas, gilipollas? —se recriminó—. Amanda puede hablar con quien quiera y se puede dejar toquetear por quien quiera, no es tuya. Relájate, que solo están hablando».

Antes de irse, Yunior se giró hacia Tomás y, con toda la intención, para que él se diera cuenta, le dio dos besos a Amanda. Se entretuvo en el contacto con cada mejilla y después volvió a mirar a Tomás con gesto triunfante.

Tomás lo fulminó con los ojos entrecerrados, estaba calibrando hasta qué punto el cubano lo estaba provocando o se reía de él con aquel simple gesto, pero no pudo adivinar cuáles eran las intenciones de su amigo.