Para siempre contigo (Colección Mediterráneo 1) CAPÍTULO 9 #3
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CAPÍTULO 9 #3

Amanda le lanzó la almohada que tenía en las manos.

Carol volvería a salirse con la suya. No había manera de que ella se fuera a casa y dejara a su amiga en Mallorca, sola.

De todas formas, no le hacía ascos a la idea de quedarse en la isla todo el verano, aunque la situación le pareciera muy forzada.

No quería, por nada del mundo, que Tomás creyese que se quedaba por él; eso tenía que dejárselo claro la primera vez que se vieran.

«Si me quedo es por no dejar a Carol sola, nada más que por eso, absolutamente por nada más. Si en el proceso puedo ganar un poco de dinero y después puedo irme de viaje donde me dé la gana, pues bienvenido sea», intentó autoconvencerse.

—Está bien —dijo al fin—, me quedaré. —Carol empezó a dar saltitos de alegría, Amanda la paró con la mano—. Si es que nos dan esos trabajos.

—Vale, vale, vale. Van a dárnoslos, seguro. Van a ser nuestros. —Carol no podía disimular su alegría.

—Pero no me iré a vivir al apartamento de Xisco. Si el hotel no nos deja una habitación, tendremos que ver cómo lo hacemos, pero no me iré a vivir con él. ¡Con ellos! —rectificó con rapidez.

···

Xisco entró en el cubículo de los animadores buscando a Tomás. Lo encontró sentado en la pequeña mesa que utilizaba de escritorio y se dirigió hacia él sin perder el tiempo.

—He estado hablando con Carol —dejó caer por todo saludo.

Tomás levantó la cabeza de la tablilla de turnos que estaba repasando. Alzó los hombros, conminando a su amigo a que continuara.

—Ella y Amanda hablan inglés a la perfección y dominan el alemán y… ¿Viste cómo se mueven? Me contó que empezaron a bailar con seis años; además, por lo visto, tienen algunos diplomas de monitoras de danza, zumba y esas cosas…

—Y con eso, ¿qué quieres decirme?

Tomás vio que Xisco estaba apurado. Había bajado la cabeza y se rascaba la nuca, como si estuviera buscando las palabras.

—Esto… eh… —tartamudeó sin saber muy bien cómo continuar—.

Le he pedido a Carol que venga a vivir conmigo —dijo, al fin, del tirón—.

Le prometí que buscaríamos un trabajo para ella, y he pensado que quizás podrías contratarla para ese puesto de monitor que tienes vacante.

Me he hartado de oírte decir que necesitabas a alguien más para poder completar los turnos.

—¿Le has pedido que se vaya a vivir contigo? —Tomás, sorprendido, alzó la voz mucho más de lo que pretendía.

—Sí, se lo he pedido, ya te dije que me había enamorado, que no era como las otras, que la quería solo para mí.

Si se va a su casa, la relación se hará muy difícil.

Además, ahora que he encontrado a la mujer de mi vida no me entra en la cabeza la idea de dejarla marchar tan rápido —contestó a la defensiva.

Tomás se había quedado mudo por el asombro. No sabía qué podía decirle a su amigo, las palabras no acudían a su mente. El comportamiento de Xisco lo tenía en estado de shock .

Siempre lo había visto rehuir a sus ligues al día siguiente de haber estado con ellas y, en esos momentos, en cambio, le estaba diciendo que le había pedido a Carol que se fuera a vivir con él. Los esquemas de Tomás se estaban haciendo añicos.

—Tú eres el que siempre ha dicho que no pensaba enamorarse; no es mi caso, lo sabes.

Yo te he dicho millones de veces que solo me estaba divirtiendo mientras esperaba que llegase la mujer de mi vida —le aclaró a Tomás, cuando vio que lo había dejado sin palabras—.

Ha llegado, tío. Te lo dije el otro día…

—¿El otro día? Me lo dijiste ayer, chaval, ayer. Se te ha ido la chaveta, te lo repito. ¿Cuánto llevas con ella, cuarenta y ocho horas? Vale, admitamos que son cuarenta y tres más de las que has pasado con cualquier otra tía, pero ¿pedirle que se vaya a vivir contigo?

—Míralo desde tu perspectiva, si quieres. Así tendremos más tiempo para conocernos, aunque ya te digo yo que no lo necesitamos. —Después volvió a rascarse la nuca y trató de continuar hablando—: Esto… ejem…

Tomás imitó su gesto y agachó la cabeza.

Al verlo tartamudear, se dio cuenta de que los líos aún no habían acabado, de que pasaba algo más que su amigo no se atrevía a contarle, y eso, viniendo de él, era casi inconcebible.

Nunca se había cortado un pelo a la hora de dar noticias, fueran malas o buenas. Decidió echarle una mano.

—¿Aún hay más? Venga, di lo que sea. Después de lo de Carol no creo que pueda sorprenderme nada de lo que me cuentes.

—Esto… —repitió de nuevo—, Carol le ha pedido a Amanda que se quede también.

Tomás miró a su amigo como si acabara de salirle del cráneo la cabeza de un monstruo verde y peludo con ocho pares de ojos.

—¿Te acuerdas de Mari, la morena de la recepción? —preguntó Xisco antes de que Tomás tuviera tiempo de recomponerse—. Pues, se ha largado. Su puesto está vacante y le he pedido a Vidal, el jefe de Recepción, que le dé el trabajo a Amanda…

—¡Espera, espera, espera! —Tomás levantó las manos—. ¿A Amanda también la has invitado a vivir con nosotros?

—Y… ¿sí? —contestó Xisco, contrito—. Es la mejor amiga de Carol y sus padres la habrían puesto dificultades para quedarse en Mallorca si no lo hacía también Amanda.

—¿Te das cuenta de que en el apartamento no cabemos?

—Tomás empezaba a estar mosqueado. Meter a tanta gente en ese piso tan pequeño iba a resultar un desastre.

Por no decir que no le hacía ninguna gracia tener en él a su último ligue.

Iban a estar tan apretados que no podrían evitarse, si es que quisieran hacerlo—.

¡Joder! —exclamó, al fin, pasándose la mano por el pelo—.

Supongo que Gori y yo tendremos que buscarnos otro sitio…

—No hará falta —le interrumpió Xisco—. Amanda no quiere ni oír hablar de mudarse al piso. Le ha dicho a Carol que, si quiere que ella también se quede, tienen que buscar un sitio donde vivir las dos solas.

—No encontrarán nada a estas alturas de la temporada.

—Yo también lo he pensado, pero, en todo caso, el hotel les dejará una de las habitaciones de personal. Tiene que haber alguna vacía.

—¿Hay algo más cutre que esas habitaciones? —preguntó Tomás indignado.

Xisco no sabía si reírse o darle dos guantazos.

—No quieres que vengan a casa, no quieres que se queden en el hotel y no crees que puedan encontrar un piso donde vivir. ¿Te das cuenta de que nada te parece bien? Pensaba que la chica te gustaba. —Miró a su amigo a los ojos. Tomás se puso las manos en las caderas y echó la cabeza hacia atrás.

—Y me gusta, Xisco, me gusta —le contestó, con agobio patente—.

El problema es ese, que me gusta y no tengo tiempo para líos.

Tengo mucho que estudiar y necesito concentrarme.

Si Amanda se queda por aquí todo el verano, hará que me despiste y me desvíe del plan de estudio que he trazado.

—Resopló y se sentó en su silla, tras la pequeña mesa—.

Necesito aprobar ese examen, Xisco. No puedo permitirme el lujo de suspenderlo.

Por primera vez desde que había entrado por la puerta del cubículo, Xisco sonrió abiertamente.

—Pues pasa los días estudiando y las noches…

—Será mejor que no acabes esa frase —le cortó Tomás, serio.

Xisco se acercó a él, se agachó a su lado y le puso una mano en el hombro.

—Te das cuenta de que nunca te habías puesto así cuando hablábamos de alguna mujer, ¿verdad?

—A ti tampoco te gustaría que hablara de Carol de esa forma —rebatió seco—. O ¿es que acaso quieres que lo comprobemos?

—La diferencia está en que yo no he parado de decir que Carol era especial para mí desde que la conocí. En cambio, tú…

—No te montes películas y déjame en paz. Te repito que no estoy enamorado de Amanda. Ahora, lárgate, que si no, no acabaré lo que estaba haciendo y los monitores me comerán por los pies.

—Y lo del puesto para Carol, ¿qué?

—Dile que el lunes empieza. Tendrá que encargarse de las clases de baile. Las individuales y las de grupo… para empezar.

Tomás hizo un gesto con las manos como si hubiese encestado una canasta de tres puntos.

—Voy a decírselo enseguida, si a Amanda también le dan el trabajo, esta noche habrá que salir a celebrarlo —anunció mientras abandonaba, medio corriendo, medio saltando, la oficina.

En cuanto estuvo solo, Tomás se pasó las manos por la cara, como si con ese gesto pudiera borrar los pensamientos que lo invadían sin compasión.

Se había dado una semana libre, mientras las chicas estuvieran en el hotel, pero, si ahora iban a quedarse todo el verano, ¿qué haría?

«Tengo que estudiar, ¡joder!», se repetía, pero, aunque intentaba convertir la frase en un mantra, no se lo creía ni él, porque, al mismo tiempo que la pensaba, estaba maquinando a dónde podrían ir esa noche para celebrar que Amanda y Carol se quedaban todo el verano.