Para siempre contigo (Colección Mediterráneo 1) CAPÍTULO 9 #2
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CAPÍTULO 9 #2

«Si pudiera enamorarme, sería de alguien como ella», se dijo. Aunque enseguida se reprendió: «Eso no es amor, es simplemente que te gusta más que las anteriores, nada más».

No podía permitirse el lujo de colarse por alguien.

No estaba dispuesto a pasar por un calvario como el que había sufrido su madre tras la muerte de su padre.

No quería. Además, Amanda solo se quedaría una semana en el hotel, y eso no era tiempo suficiente para caer rendido a los pies de nadie; por mucho que Xisco jurara y perjurara que se había enamorado de Carol en una sola noche.

Eso solo sucedía en las películas, y su vida era muy real. Tan real como que se estaba comiendo la cabeza por algo que no iba a suceder.

Al llegar al edificio de apartamentos se encontró con Gori, al que no había visto desde que se marchó a su casa dos noches atrás.

«¿Solo hace dos noches de eso?», pensó mientras se acercaba a su hermano para saludarlo.

Gori levantó las cejas al ver llegar a Tomás a esas horas, vestido aún con la ropa de baile.

—¿Dónde has pasado la noche? Espera… ¿quiero saberlo?

Tomás torció el gesto.

—Vale. Has estado con Amanda —supuso mientras le palmeaba la espalda—. ¡Si se veía venir! No te preocupes por mí, me dejó muy clarito que no pensaba enrollarse conmigo. No me había hecho ilusiones de que cambiara de opinión.

—¿Cómo que se veía venir? —quiso saber Tomás, interrumpiendo la diatriba de su hermano cuando entraron en el ascensor.

—¡Joder, Tomás! La otra noche saltaban chispas entre vosotros. ¿Por qué te crees que cogí la moto y me largué a casa?

—¿Saltaban chispas? —repitió Tomás, como si necesitara confirmarlo.

—Parecían fuegos artificiales. —El menor de los hermanos estaba disfrutando a tope tomándole el pelo.

—Ya te daré yo a ti fuegos artificiales —contestó Tomás, empujándole la cabeza con cariño mientras regresaba de su ensimismamiento—. ¡Vamos!, date prisa, que hoy llegaremos tardísimo.

Tomás y Gori entraron en el apartamento cuando Xisco estaba a punto de salir por la puerta.

—¡Ya era hora de que te estrenases este verano, macho! —le dijo nada más verlo, acercándose para palmearle la espalda como había hecho su hermano minutos antes—. ¿Qué tal la noche? Movidita, ¿no?

Tomás, que había oído comentarios como aquel millones de veces en boca de su amigo, no encajó bien que hablara de esa forma de Amanda y se puso serio de repente.

—¡Ay, Dios! ¡Que tu hermano se nos ha enamorado! —exclamó Xisco, dirigiéndose a Gori mientras se tapaba la boca con las dos manos y abría mucho los ojos para mofarse de su amigo.

—Ni me he enamorado ni pienso hacerlo, pero creo que ya no somos unos niñatos como para ir contándonos lo que hemos estado haciendo con las tías.

Xisco enmudeció de repente. Después, le colocó la mano en la frente a Tomás de forma teatral.

—No tienes fiebre —afirmó, continuando con la broma—. ¡Amigo, tú has caído con todo el equipo!

—Voy a ducharme, que llego tarde a trabajar. —Fue todo lo que contestó Tomás mientras se adentraba por el pasillo que conducía al baño y a su habitación.

Gori y Xisco se miraron sonriendo, ambos hicieron un leve gesto con los hombros al tiempo que negaban con la cabeza.

—No sé qué vamos a tener que hacer con este hermano tuyo… —indicó Xisco, poniéndole el brazo sobre los hombros a Gori mientras se dirigían hacia la puerta.

*****

Sobre las diez de la mañana Amanda se despertó a la fuerza; Carol la estaba zarandeando y gritándole algo incomprensible al oído.

—¡Déjame dormir! —le dijo a su amiga, cubriéndose la cabeza con la almohada y volviéndose hacia el otro lado.

—Despierta, dormilona, que tengo un montón de cosas que contarte. Además, si no te levantas ya de la cama, no vamos a poder ir a desayunar al comedor. ¡Levanta, levanta, levanta! —le gritó, sin parar de molestarla para que no volviera a dormirse.

Amanda se retiró la almohada de la cara y abrió un ojo. Le molestaba la luz que estaba entrando a raudales por la ventana y no compartía el entusiasmo de su amiga, pero había oído una palabra mágica para ella: desayuno.

—Tengo hambre —afirmó mirando a Carol aún con un ojo cerrado. Se desperezó y de un salto salió de la cama.

—Sabía que eso te despertaría. Te odio, ya lo sabes. Eso de que comas todo lo que te da la gana y no engordes ni un gramo me mata.

—¡Ya, ya! Llevas diciendo eso años. Si hicieras un poco más de ejercicio podrías comer tanto como yo, o más —le advirtió, moviendo las manos sobre su cabeza mientras se dirigía hacia el cuarto de baño—.

Estoy segura de que ayer fue la primera vez que bailaste en meses.

Y mira que para eso solo tienes que poner música y moverte, ni siquiera hace falta ir al gimnasio.

—No estábamos hablando de eso.

—¡Sí, puedes cambiar de tema cuando quieras si no te interesa! —Se oyó la voz de Amanda desde el baño. No había cerrado la puerta, nunca lo hacía cuando estaban ellas dos solas.

—¡Cállate de una vez! Lo que voy a contarte es mucho más interesante y me estoy poniendo de los nervios —anunció Carol, autoritaria—. Ayer por la noche Xisco y yo estuvimos hablando.

—¡Sí, hablando…, ya me lo imagino! —le contestó Amanda con sarcasmo.

—¡Que te calles ya y me dejes hablar! —gruñó Carol.

Amanda cerró la boca y salió del baño con los labios tan apretados que se le habían puesto blancos.

—¡Así está mejor, petarda! Como te decía, estuvimos hablando.

Me comentó que Tomás llevaba buscando una monitora desde hacía al menos quince días porque andaba corto de personal.

Cuando vio lo que sabemos hacer con estos cuerpos serranos —se señaló con una mano—, estuvo seguro de que si le pedía el trabajo, me lo daría.

Aunque yo creo que Tomás anoche no se fijó en cómo bailaba ninguna otra que no fueras tú.

Amanda intentó seguir con los labios apretados y sin decir palabra, aunque tuvo que bajar la cabeza para que Carol no viera su sonrisa de satisfacción.

—A lo que iba —continuó, pasando por alto el gesto de Amanda, para no interrumpir más la conversación—, esta mañana, al poco de irse, Xisco ha vuelto al apartamento; ha venido para contarme que una de las recepcionistas se había largado sin dar siquiera los quince días.

La tía no se ha presentado a trabajar esta mañana y, cuando la han llamado para ver qué le sucedía, ha dicho que había encontrado otro trabajo y que no iba a volver.

Carol hizo una pausa para que Amanda pudiera hablar, pero su amiga no despegó los labios, sino que levantó las cejas y movió la cabeza negando; haciéndole entender que no sabía a dónde quería llegar con aquello.

—¿Es que no lo ves? Podemos conseguir un trabajo para cada una sin siquiera salir del hotel —le dijo entusiasmada.

Amanda continuó con la boca cerrada, no porque Carol se lo hubiese ordenado repetidas veces, sino porque se quedó tan alucinada que no sabía qué podía decir.

¿De verdad Carol pensaba que ellas podían desempeñarse en cualquiera de esos dos trabajos? No sabían nada de animación y mucho menos de lo que se hacía en la recepción de un hotel.

—¿Por qué crees que van a darnos esos trabajos precisamente a nosotras?

—preguntó cuando vio que Carol empezaba a impacientarse—.

Somos profesoras, ¡profesoras! —remarcó—.

En septiembre vamos a empezar a dar clase, ¿no lo has pensado?

¿Qué vas a hacer, renunciar al trabajo que tan amablemente nos ha arreglado tu tía?

—Según Xisco, tanto Tomás como los de recepción están desesperados, eso debería ayudarnos a conseguir los puestos. Y lo de mi tía… Bueno, pienso avisarla al mismo tiempo que a mis padres de que no me incorporaré en septiembre a la plantilla del colegio.

Amanda no podía creérselo. Si había sido precisamente Carol la que había estado insistiéndole a su tía durante todo el año para que las enchufara a trabajar en el colegio donde ella estaba de directora. ¿Cómo podía echarse atrás con tanta facilidad?

—Espera, Carol, no te precipites. No digas nada de septiembre todavía. No ves que ahora estás en una nube, pero que en quince días podrías estar de Xisco hasta el gorro… No seas tan radical; deja esa puerta abierta, al menos.

—Está bien —aceptó y, por lo rápido que contestó, Amanda pudo ver que Carol también había pensado en lo que ella le acababa de decir—. Pero ahora cogemos estos trabajos y pasamos el verano por aquí.

—No sé si me convence la idea. Quedarnos aquí todo el verano… ¿Dónde viviremos? Hay muchas cosas que deberíamos tener en cuenta…

—Ya está todo pensado. El hotel tiene habitaciones para los empleados; además, Xisco comentó que nos deja quedarnos en el apartamento con ellos.

Amanda alzó las cejas hasta que casi le rozaron el nacimiento del pelo.

—Carol, ¿no te das cuenta de que eso que dices no tiene ni pies ni cabeza?

¿Vivir con los chicos? No creo que en ese piso quepamos todos; por no hablar de que quizás tú estés locamente enamorada y quieras hacer la tontería de irte a vivir con Xisco a los dos días de conocerlo, pero ese no es mi caso, para nada.

Carol se cruzó de brazos.

—Pues yo pienso quedarme. No estoy dispuesta a pasar el resto de mi vida con los plastas de mis padres.

Los tuyos no están tan mal, pero los míos son insoportables.

No volveré a su casa. Ya está decidido. Además, aunque tú no te lo creas, sí que estoy enamorada de Xisco.

Si tengo la más mínima oportunidad de quedarme aquí con él, no la voy a desaprovechar.

—Descruzó los brazos y se acercó a su amiga—.

Me encantaría tenerte a mi lado, pero no puedo obligarte a que te quedes.

Pensaba que te entusiasmaría la idea tanto como a mí, pero ya veo que no es así.

—Carol, no me hagas esto. Sabes que no me resisto a tus chantajes emocionales, aunque tenga clarísimo que lo son.

—Por eso te los sigo haciendo; si no funcionaran, ¿para qué continuar? —Carol sonrió pícara.