Para siempre contigo (Colección Mediterráneo 1) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Por la mañana, Tomás se moría de ganas de seguir en la cama con Amanda, pasar allí todo el día sin ir a trabajar ni pensar que debería estar estudiando.

Pero no podía quedarse; tenía que ir a distribuir las tareas entre sus monitores y, además, tendría que soportar sus burlas.

Nunca le habían visto tan posesivo con ninguna mujer; de hecho, no recordaba haberlo sido nunca.

«No pasa nada, gilipollas —se dijo—. Solo te pusiste en plan posesivo porque ellos se ocuparon de que así fuera. ¡No te dejaron bailar con Amanda en toda la noche! Querían hacerte rabiar y lo consiguieron, nada más».

Notó que Amanda se removía en la cama y la besó con delicadeza en la boca. Ella se despertó del todo y lo miró con una gran sonrisa en los labios.

—Lo siento mucho, no quería despertarte. Iba a levantarme, tengo que irme.

—¿Tienes que irte? ¿Tan pronto?

—Necesito ir a casa a cambiarme, darme una ducha y ponerme el uniforme. Hoy trabajo todo el día.

—¡Si no has dormido nada! —protestó Amanda con voz soñolienta. Tomás se echó a reír.

—Ni tú tampoco, será mejor que descanses un poco.

—Si lo hubiera sabido, te habría obligado a dormir al menos un ratito.

Él volvió a reírse.

—No creo que hubieras podido obligarme a hacer otra cosa que no fuera lo que hemos estado haciendo —le dijo, después la besó de nuevo. Fue un beso tierno que le puso la piel de gallina.

Amanda sintió un pellizco en el estómago al recordar en qué habían invertido las horas y pensó que Tomás tenía razón: no cambiaría la noche que habían pasado juntos por nada del mundo.

Estaba segura de que, cuando quisiera levantarse de la cama, tendría que hacer un esfuerzo para que las piernas la sujetaran. Pensar eso la hizo sonreír.

—¿De qué te ríes? —quiso saber él, acercándose de nuevo para besarla. No podía parar de hacerlo, parecía que los labios de Amanda tenían un imán que lo atraía hacia ellos una y otra vez.

—De nada, no me río. Solo he recordado algunas de las cochinadas que hemos estado haciendo esta noche y me ha dado por sonreír.

—¿Cochinadas?

—Sí, cochinadas —contestó ella—. Cochinadas que me han encantado, por cierto.

—He oído nombrar de muchas maneras lo que hemos estado haciendo tú y yo esta noche —puso cara de granuja—, pero creo que tendré que añadir «cochinadas» al repertorio.

Amanda cogió su almohada e intentó pegarle con ella, pero Tomás la atrapó al vuelo. Con un movimiento ágil, se colocó sobre la chica y le sujetó los brazos.

—¿Quieres pelea? —le preguntó al tiempo que empezaba a hacerle cosquillas.

—¡Suéltame, suéltame! —consiguió decir ella entre carcajadas y dando manotazos, una vez que sus brazos quedaron libres.

—¿Tienes cosquillas? —dijo él sin dejar de torturarla.

—¡No, qué va! —indicó Amanda entre risas estentóreas.

Cuando se cansó de atormentarla, le sujetó los brazos sobre la cabeza y empezó a besarla; primero con dulzura y, al cabo de muy poco tiempo, con anhelo.

—Creo que será mejor que me vista —dijo, rebelándose contra lo que su cuerpo le pedía— o llegaré tarde a trabajar.

La cara de Amanda fue de decepción absoluta. Tomás supuso que la suya no debía de presentar mejor aspecto, pero no podía demorarse más. Tenía que irse antes de que el cuerpo caliente y desnudo de Amanda lo volviera del todo irresponsable y le hiciera olvidar sus obligaciones.

Tomás empezó a vestirse y Amanda resopló para sus adentros.

Se dedicó a observarlo. Los movimientos de sus músculos bajo la piel mientras se ponía los pantalones la estaban poniendo cardíaca; tuvo que sujetarse las manos bajo las nalgas para que no salieran disparadas a dibujar con las yemas de sus dedos el contorno de cada uno de ellos.

Dirigió la mirada a sus brazos, recordando cómo la había estado abrazando aquella noche, y tuvo que morderse el labio para no suspirar.

Entonces reparó en algo en lo que no se había fijado hasta ese momento.

En el omóplato izquierdo, Tomás llevaba un tatuaje.

Le llamó la atención su diseño intrincado: círculos, espirales, formas geométricas que convergían…

Le encantó la manera en que se entrelazaban aquellos complejos trazos.

Al mismo tiempo, pensó que ya tenía una excusa para tocar a Tomás de nuevo.

—Qué tatuaje más bonito. —Se arrodilló en la cama y empezó a seguir con la punta del dedo índice las líneas sobre la piel.

—Es un tatuaje maorí. La idea es ir haciéndolo un poco más grande cada año.

Empecé con este anzuelo de aquí, ¿ves? —señaló la parte central del dibujo—, después fui añadiendo cosas.

¿Ves esta especie de ocho? Representa el camino de la vida; es el símbolo de la eternidad.

Este de aquí —añadió, señalando otro dibujo que recordaba a la cabeza de un ave unida a la cola de una sirena— es un guardián espiritual, un ser protector del cielo, la tierra y del mar.

—No pensaba que los tatuajes pudieran simbolizar tantas cosas.

—Los maoríes tenían, o tienen, un arte muy desarrollado. Solo con leer los tatuajes de la cara de un hombre se podía saber su ascendencia, sus logros, su valentía…

Amanda admiró los dibujos durante unos minutos más, mientras Tomás la contemplaba a ella. Estaba de rodillas sobre el colchón, sin dar muestras de avergonzarse de su desnudez.

—Te gustan mucho las tradiciones —dijo Amanda, sin dejar de recorrer con el dedo el diseño.

Él se rio de nuevo y le atrapó la mano, se llevó los dedos a la boca y se los besó uno a uno.

—No es que me gusten las tradiciones, pero cuando algo me interesa pierdo horas informándome sobre ello.

No quería un dibujo perenne en mi piel que no tuviera ningún significado o del que no supiera qué simbolizaba —afirmó—.

Espero poder hacerme un sol si apruebo el examen el año que viene, en febrero; los maoríes solían hacérselo para representar el éxito alcanzado.

Quiero que baje por aquí, por el brazo —le indicó.

De repente se quedó callado, mirando el lugar que acababa de señalar y sonrió.

Amanda siguió la dirección de su mirada y descubrió tres líneas transversales de color rojo amoratado en el músculo, un poco más abajo del hombro.

—¿Qué es eso? —preguntó intrigada.

—¿No lo sabes? —Tomás tenía una sonrisa ladeada.

—No, ni idea —indicó ella con curiosidad patente.

Tomás volvió a tomarle la mano derecha y, sin borrar la sonrisa de sus labios, colocó los dedos índice, medio y corazón de Amanda sobre cada una de las marcas. Encajaban a la perfección. Amanda lo miró con los ojos como platos.

—¿Eso te lo he hecho yo? No puede ser, no tengo tanta fuerza.

—Pues estos tres moratones dicen lo contrario —contestó Tomás.

—¿Cuándo pude haberte hecho yo eso?

—No lo sé. Te agarraste con fuerza a mí varias veces durante la noche. —Elevó las cejas antes de besarla de nuevo.

Amanda se tumbó en la cama y escondió la cara entre las almohadas, muerta de vergüenza. Tomás, que no podía parar de sonreír ante las ocurrencias de la chica, la cogió por los hombros y la hizo girar.

—No pasa nada, tonta. No me dolió. Ni siquiera me di cuenta. Aunque, si quieres, puedes compensármelo esta noche.

—¿Compensarte? —Amanda mostró algo de ansiedad en la voz. No sabía si sentirse emocionada por lo que él le estaba proponiendo u horrorizada por lo que sus palabras insinuaban—. No te gusta el sado, ¿verdad?

Tomás se echó a reír con ganas.

—No soy admirador de Grey, si eso es a lo que te refieres —aclaró él. Después le dio el enésimo beso en los labios—. Solo te estaba proponiendo que quedáramos otra vez.

Amanda enrojeció.

—¡Venga, me voy! —dijo Tomás levantándose de la cama y terminando de vestirse—. Nos vemos dentro de un rato.

Se dirigió hacia la puerta, pero antes de que pudiera llegar a ella, Amanda se levantó de la cama y le cortó el paso.

Le agarró de las solapas de la camisa y lo besó con intensidad.

Tomás le correspondió, la cogió por la cintura y la acercó a él para poder sentir de nuevo sus senos desnudos contra su pecho.

—Me tomaré eso como un sí —anunció, rozando su nariz con la de ella cuando consiguió separarse de su abrazo.

En cuanto Tomás salió de la habitación, Amanda volvió a la cama dando saltitos de emoción.

Se sentía feliz, no podía parar de sonreír.

Había pasado la noche con un chico guapísimo que, además, tenía un cuerpo escultural.

No solo eso, sino que encima era amable, bailaba mejor que Fred Astaire y sabía hacerla reír.

«Frena, frena», se riñó.

Sería demasiado fácil enamorarse de él, y eso no era posible.

Tomás le había dejado bien claro que no pensaba colarse por nadie.

Además, en menos de una semana ella regresaría a casa y no volverían a verse.

Se trataba de pasarlo bien y ya está. No pensaba desaprovechar ninguna oportunidad de estar con él.

Todo el tiempo que pudiera, lo disfrutaría a su lado.

No había sentido un flechazo como el que decía haber experimentado Carol por Xisco. Sabía que no estaba enamorada, pero Tomás le gustaba, le gustaba mucho, y no quería ni podía prendarse de él.

«No será difícil. Solo estaré aquí una semana», con estos pensamientos y una sonrisa en los labios, se quedó dormida.

···

Tomás se dirigió hacia el apartamento que compartía con Xisco y con su hermano. Lucía una sonrisa boba en la cara que lo hacía parecer algo pardillo, pero le daba igual. Le gustaba Amanda.

«Es tan fácil hablar con ella», pensó.

Nunca se había entretenido en profundizar demasiado con sus otros ligues, la verdad, y no es que se arrepintiera. Quizás fuera porque no tenían demasiado que decirse o quizás porque tanto ellas como él iban a lo que iban y punto.

La cuestión era que el cambio le parecía agradable, y cada cosa que le contaba a Amanda hacía que se le ocurrieran cincuenta más que quería compartir con ella. Además, la chica era preciosa, tenía un cuerpo escultural y la forma en que se movía lo había dejado sin aliento.