Para siempre contigo (Colección Mediterráneo 1) CAPÍTULO 8 #4
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CAPÍTULO 8 #4

Ella no le creyó, y por eso no se detuvo.

Tomás apretó los dientes, consciente de que no podría soportar sus caricias durante mucho más tiempo.

Cuando Amanda rodeó su miembro con los labios, supo que estaba perdido.

Todo su cuerpo se contrajo, su abdomen rogando por la liberación que él mismo se negaba.

Cuando le faltaba muy poco para derramarse en la boca de Amanda, ella paró en seco.

Tomás se convulsionó sin llegar a tener el orgasmo, pero disfrutando casi tanto como si lo estuviera teniendo. Cuando se calmó un poco, miró a Amanda que le sonreía satisfecha.

—¿Qué me has hecho? —preguntó él, con la respiración entrecortada.

—Maravillas —afirmó ella pícara.

Se sentó a horcajadas sobre él, haciendo que sus sexos se rozaran.

—Que sepas que aún no he acabado contigo —le avisó.

—Eso espero —confesó él.

Amanda empezó a moverse sobre Tomás, como si quisiera continuar la bachata que habían dejado a medias en la pista de baile.

Él estiró un brazo para coger el preservativo que había dejado sobre la mesita de noche al desvestirse.

No quería volver a suplicar, pero tendría que hacerlo si ella no paraba de ondular el cuerpo contra el suyo.

Amanda, que había advertido el movimiento, le dejó espacio para que se lo colocara y después volvió a sentarse sobre él, introduciendo su pene en ella con una sola estocada y provocándoles oleadas de placer que los dejaron sin aliento.

Cuando ese momento pasó, se dejó de tonterías.

Empezó a imprimir más ritmo a sus movimientos y pronto notó cómo ambos se acercaban al orgasmo.

Esta vez no se detuvo. Los condujo a los dos hasta el éxtasis, donde se encontraron gritando y convulsionando al unísono.

Amanda se durmió casi de inmediato, agotada y satisfecha.

En cambio, el sueño rehuía a Tomás. Ella lo tenía cautivado; no podía dejar de mirarla.

Estaba acurrucada a su lado, con ambas manos bajo una mejilla, respirando de forma acompasada.

Tomás se moría de ganas de tocarla y empezar de nuevo, pero no le parecía bien interrumpir ese sueño tan plácido.

La cubrió con la sábana y se levantó para ir al lavabo. Apenas había entrado en el baño cuando oyó la voz de Amanda llamándolo:

—Tomás, Tomás —decía con voz queda—. Ya te has ido… Yo que creía que te apetecería repetir… —se lamentó a media voz.

—Y me apetece —contestó él, saliendo del cuarto de baño—, aunque estaría bien que me concedieras al menos unos minutos.

Amanda notó que se sonrojaba, esperó que él no se diera cuenta; al fin y al cabo, estaban en penumbra.

Tomás eligió ese preciso instante para encender la lámpara de la mesita de noche, que la iluminó de lleno.

Le pareció preciosa, con los rizos revueltos y el rostro encendido.

Le había pedido unos minutos, aunque, viéndola así, fue muy consciente de que no los necesitaba para nada.

Se tumbó de nuevo a su lado y la observó. Amanda le devolvió la mirada mientras sonreía.

—Creía que te habías ido. Me había decepcionado un poco.

—No puedo, lo he intentado, pero no puedo —le dijo mientras empezaba a besarla.

—¿Lo has intentado? —preguntó ella, con algo parecido a la decepción en la voz.

—Bueno, la verdad es que esta mañana o, mejor dicho, ayer —confirmó mirando el reloj, que ya marcaba las dos de la mañana—, cuando Xisco me dijo que le había prometido a Carol que saldríamos con vosotras en las motos, le dije que no contara conmigo.

Mientras hablaba había entrelazado los dedos con los de Amanda y los miraba con fijeza.

—Tendría que haberme puesto a estudiar, ayer era mi día libre y todavía me quedan muchos temas por preparar.

—¿Qué estás estudiando? —quiso saber ella, intrigada.

Él le dedicó una sonrisa ladeada que la dejó sin aliento.

«¡Dios, qué guapo es!», pensó, por enésima vez, pero no se lo confesó, no quería que se diera cuenta de que le gustaba tanto. «Aunque supongo que después de esta noche, se habrá hecho una idea bastante clara de lo mucho que me pone», se dijo a continuación.

—Estoy preparando el FIR.

—¿El FIR? —se interesó ella, más intrigada todavía.

—Sí, es la prueba equivalente al MIR, pero para farmacéuticos. Si apruebo, estaré cuatro años trabajando mientras me formo en la farmacia de un hospital.

—Tengo entendido que el MIR es muy difícil —afirmó ella con franca admiración en la voz—. No sabía que fueras farmacéutico —añadió.

—¿No tengo pinta de farmacéutico? —inquirió él, abriendo los brazos y observándose a sí mismo como si quisiera descubrir algo oculto a la vista.

—No, tienes pinta de idiota —le contestó ella, antes de darle un cachete en el culo y salir de la cama, alejándose de él.

Tomás fue tras ella, la atrapó cuando pretendía entrar en el baño y la pegó a la pared, sujetándole las manos sobre la cabeza.

—La verdad es que debo de serlo, al menos un poco —indicó con la voz ronca—. Porque no he sido capaz de resistirme a tenerte pegada a mi espalda sobre la moto y sujetándote a mí con fuerza.

Ella pensó que se derretiría si le seguía hablando de esa manera tan seductora.

—Por mí, no te cortes, puedes irte a estudiar cuando quieras —le contestó, en cambio, hablándole muy cerca de la boca.

Tomás empezó a besarla, como si quisiera devorarla, mientras le mostraba, restregándose contra ella, que estaba preparado para el segundo asalto. Y lo tuvieron, y un tercero también.