CAPÍTULO 8 #3
—Mucho has tardado en venir a buscarla, asere . Ya pensaba que me la dejabas para mí —le confesó en un susurro, sin poder evitar reírse mientras miraba a Tomás.
Tomás le devolvió la mirada.
—Ya hablaremos tú y yo de esto —contestó también entre susurros, provocando otra risotada del cubano.
—Hola —le susurró con mucha calidez. Como si acabaran de reencontrarse después de mucho tiempo.
Amanda sintió cómo se encendía con una sola palabra, pero no quiso quedarse atrás:
—Hola, ¿tú por aquí? —respondió en tono jocoso.
—Un pajarito me ha dicho que te gustan las bachatas lentas.
—Me encantan.
—Me gustaría saber qué tal se nos da. ¿Quieres probar, Amanda?
Amanda sintió cómo se le calentaba la sangre. Le pareció notar cierto grado de deseo en la voz de Tomás, eso le gustó.
—Estoy ansiosa por saberlo —afirmó.
En ese momento empezó a sonar Déjà vu de Shakira, y Amanda se pegó a Tomás todo lo que la canción le permitía. Entrecerró los labios y lo miró a los ojos.
Él colocó una pierna entre las de ella y, con un movimiento fluido, la aferró con firmeza mientras la inclinaba hacia atrás.
La espalda de Amanda se arqueó, haciendo que su pubis rozara la pierna de Tomás.
Ambos cogieron aire entre los dientes sin que el otro lo advirtiera.
Tomás volvió a atraerla hacia sí y unió sus torsos en un abrazo estrecho.
Amanda onduló su cuerpo contra el de Tomás y, a continuación, se separó de él.
Durante casi un minuto estuvieron acercándose y alejándose, rozándose, ondeando sus cuerpos al son de la música, hasta que, tras un movimiento que acercó sus caderas de forma muy íntima, Tomás no pudo aguantar más.
La estrechó de nuevo entre sus brazos y le hizo notar su creciente erección mientras la miraba con tanta intensidad que ella creyó derretirse. Dejaron de bailar.
Algunos de los huéspedes, que aún permanecían en la pista y se habían detenido a observar aquel baile cargado de sensualidad, se sintieron decepcionados cuando los vieron quedarse inmóviles.
Ellos ni siquiera se dieron cuenta. Ambos respiraban con gran dificultad, como si hubieran estado bailando sin parar durante horas.
Tomás soltó la cintura de Amanda, le tomó la mano y tiró de ella para sacarla de la plaza. No podía decirse que corrieran hacia la habitación de las chicas, pero la velocidad que llevaban era demasiado rápida para llamarla caminata.
Doblaron una esquina hacia una calle que no estaba bien iluminada y Tomás se detuvo de golpe, la sujetó por la cintura y la condujo hasta apoyarla contra la pared más cercana.
Le tomó la nuca con una mano mientras le acariciaba la mejilla con el dedo pulgar.
Amanda entreabrió los labios y aguardó aquel primer beso tan ansiado, como si realmente fuera el primero de su vida.
Pero Tomás se entretuvo, tentándola, sin llegar a acercarse lo suficiente para que ella pudiera atrapar sus labios.
Se aproximaba a su boca y se apartaba después, muy poco, lo justo para que Amanda no le alcanzara.
Mientras tanto seguía acariciándole la mejilla, el lóbulo de la oreja y el cuello con el pulgar.
Hasta que, al fin, la besó. Le atrapó la boca al tiempo que exhalaba un suspiro cargado de deseo.
Ella, que hasta entonces había permanecido inmóvil, expectante, se aferró a él como un náufrago a una tabla de salvación.
Lo sujetó por las nalgas y lo atrajo hacia sí hasta que sintió la dureza del miembro de Tomás contra su pubis.
Él se separó apenas un instante de su boca para recuperar el aliento y la besó de nuevo, explorando cada rincón de su boca con la lengua.
Al mismo tiempo retomó aquellos movimientos ondulantes y rozó su erección contra el centro cálido de Amanda.
—Vamos —le indicó. Y, tomándola de nuevo de la mano, tiró de ella hacia la habitación.
En ese momento, la chica se acordó de que compartía la habitación con Carol y frenó su loca carrera.
—¿Qué sucede? —la interpeló Tomás.
—No sé dónde está Carol —dijo con algo de frustración en la voz.
—Ella y Xisco se han ido al apartamento —le contestó acercándose de nuevo a Amanda. La besó con intensidad y volvió a tirar de ella.
—¿Cómo lo sabes?
Tomás percibió su ansiedad. Volvió a acariciarle la cara y le habló muy cerca de la boca, como si quisiera besarla en lugar de responderle:
—No han podido evitar darse cuenta de cómo te he acechado toda la noche por la pista, viéndote bailar con todos menos conmigo, y se han compadecido de mí —le indicó entre susurros mientras volvía a buscarle los labios sin llegar a besarla.
La respiración de Amanda se agitó, mezclándose con la de él.
Al entrar en la habitación, no se entretuvieron ni en encender las luces.
Tomás cogió a Amanda por la cintura y la sentó sin esfuerzo sobre el estrecho escritorio que había frente a la cama.
Con movimientos diestros, fue acariciándole las piernas al tiempo que le subía la falda.
Mirándola con fijeza, volvió a empezar con el juego de los besos.
Le rozaba apenas la boca para retroceder rápidamente, incitándola, seduciéndola, provocándola.
Cada vez que él se apartaba, ella emitía un gemido que hacía que ambos se enardecieran aún más.
Las manos de Tomás llegaron hasta la pequeña braguita de encaje que Amanda se había puesto aquella noche.
Uno de sus pulgares empezó a dibujar círculos sobre la tela y ella inspiró aire con ansia.
Fue entonces cuando él decidió besarla de verdad.
En cuanto sus labios entraron en contacto, ella no le dejó escapar.
Lo chupó, lo mordió y se aferró a él con fuerza, impidiendo que volviera a retroceder.
Los movimientos circulares de su dedo la estaban enloqueciendo. Era un sí pero no, y deseaba mucho más.
De repente, el pulgar se detuvo y Amanda se sintió desamparada.
—Me estoy volviendo loco por besar tus pechos —le confesó Tomás al oído.
Ella no le hizo esperar. Se bajó del escritorio haciendo que sus cuerpos se rozaran con toda la intención. Con un movimiento rápido se quitó el vestido, aunque se dejó el sujetador.
Tomás acunó aquellos senos plenos entre sus manos y los contempló con delirio bajo la tenue luz que se filtraba a través de las finas cortinas.
Sacó la punta de la lengua y empezó a lamer las zonas que la tela del sujetador no cubría.
Amanda se estremeció y él repitió el gesto, solo con la punta de la lengua, apenas rozándola.
Ella hundió las manos en su pelo para acercarlo más. Tomás entendió el mensaje: no se conformaba con aquellas leves caricias. Quería más.
La sentó de nuevo en el escritorio y posó una mano sobre su sexo, moviéndola con delicadeza al tiempo que empezaba a mordisquearle los pechos por encima de la tela.
Con un movimiento hábil le desabrochó el sujetador y, cuando Amanda quiso darse cuenta, estaba desnuda y él seguía completamente vestido.
Quiso quitarle la camisa, pero él no se lo permitió.
La besó con suavidad mientras le colocaba las manos a la espalda, entre la pared y ella.
—No te muevas —le ordenó muy cerca de la boca.
Tomás besó, acarició, lamió y saboreó cada centímetro de sus pechos mientras, con la otra mano no le daba tregua a su sexo, sus dedos entraban y salían de ella con afán y determinación.
Amanda sintió venir el orgasmo como un tsunami, creciendo con rapidez entre sus piernas y se tensó.
Cuando Tomás notó su rigidez, se aplicó todavía más, hasta que notó cómo ella se liberaba en oleadas sobre su mano.
Volvió a acercarse a la boca de Amanda y su beso fue como una caricia.
La cogió en brazos y la tendió en la cama.
Sus ojos ya se habían acostumbrado a la penumbra de la habitación.
Tomás contempló a Amanda, relajada y satisfecha, con una leve sonrisa en los labios.
Se desvistió con rapidez y se tumbó a su lado, la espalda de ella quedó apoyada contra su pecho.
Su erección le rozaba las nalgas y sus brazos la rodearon por la cintura.
—Sabía que tu piel sería suave, pero no imaginaba cuánto —le susurró con agitación al oído.
Amanda se estremeció una vez más. Sin embargo, en ese instante decidió que ya estaba bien de que él tuviera el control, a ella le gustaba mandar en la cama. Así que se volvió y le puso las manos sobre los hombros, haciendo que se tumbara de espaldas.
—Ahora me toca a mí —musitó.
Ella también lamió, mordisqueó, chupeteó y besó cuanto quiso, y él se dejó hacer hasta que lo condujo tan cerca del orgasmo que le suplicó que esperara.
—Para, para, por favor. Quiero estar dentro de ti.
—Tú no has parado —contestó ella.
—No me lo has pedido —refutó él con la tensión reflejada en la voz.
—Y si te lo hubiese pedido, ¿habrías parado? —preguntó traviesa.
—Claro que lo habría hecho. —La sonrisa torcida en su cara desmentía sus palabras.