Para siempre contigo (Colección Mediterráneo 1) CAPÍTULO 8 #2
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CAPÍTULO 8 #2

La chica que en aquellos momentos ocupaba por completo los pensamientos de Tomás estaba sentada al lado de Carol, había pedido un mojito y lo removía con insistencia.

Su pie izquierdo había empezado a moverse, era algo que le sucedía cuando estaba nerviosa.

Su abuela solía decirle que parecía que estuviera pedaleando en una vieja máquina de coser.

Lo hacía de forma inconsciente. Fue Carol, al ponerle una mano sobre la pierna para indicarle que parara, quien la hizo darse cuenta.

—Te veo muy inquieta, cariño, como si tuvieras hormigas subiéndote por las piernas.

Amanda miró a Xisco con disimulo para ver si había oído a su amiga. El chico le devolvía la mirada con una sonrisa pícara.

—¡Qué va! Lo que pasa es que me apetece mucho bailar —dijo intentando disimular lo evidente.

En ese instante la voz de Tomás resonó por los altavoces:

—¡Queridos amigos! —dijo en inglés—. Esta noche vamos a bailar todos: vosotros y nosotros. Lo haremos al ritmo de las canciones latinas más conocidas, así que todo el mundo en pie. Es hora de divertirse y pasarlo bien. ¡Es hora de bailar!

Después lo repitió en alemán y en castellano para que todo el mundo pudiera entenderlo.

Amanda tenía los ojos clavados en el tramo de telón por el que él había desaparecido, así que fue la primera en verlo salir a la plaza.

Se levantó para ir a su encuentro, pero, antes de que pudiera darse cuenta, uno de los animadores la había cogido de las manos y tiraba de ella hacia el centro de la pista.

Los otros bailarines hacían lo mismo con algunos de los huéspedes que estaban en la Gran Plaza.

En poco tiempo la pista de baile estaba a rebosar de parejas que bailaban con diferentes grados de pericia.

Se volvió en todas direcciones, pero no vio a Tomás.

Por los altavoces sonaba la voz de Celia Cruz cantando La vida es un carnaval; el chico que la había sacado a bailar la cogió por la cintura y le mostró cómo tenía que colocarse ella.

Amanda se dejó guiar, no le dijo que sabía perfectamente cómo situarse y que no necesitaba que le enseñara, pero tampoco se quedó quieta como una estatua.

—Me llamo Yunior —se presentó el chico con una gran sonrisa de dientes blanquísimos.

—Yo soy Amanda —contestó ella, devolviéndole la sonrisa, pero con la atención puesta en otra parte.

Se dio cuenta de que Yunior era el chico que estaba hablando con Tomás cuando ella llegó a la plaza.

Amanda tenía el estómago encogido desde que Carol le había explicado en qué consistiría el espectáculo de aquella noche, pero la decepción se adueñó de ella en cuanto vio que no era Tomás quien la sacaba a bailar.

Por lo que Carol le había contado, ella había entendido que Tomás la buscaría en cuanto empezara la música, pero no fue así.

Yunior se dio cuenta de que Amanda no paraba de buscar a alguien con la mirada y enseguida supo a quién.

La chica no estaba concentrada ni en la música ni en lo que hacía con los pies.

Yunior sonrió para sus adentros al pensar que su amigo también debía de estar buscándola a ella y la sujetó con un poco más de firmeza.

—Has bailado salsa antes, ¿verdad?

—Perdona —contestó ella, que había notado la presión extra que el chico ejercía sobre su cintura y había devuelto de golpe su atención a él.

—Digo que parece que dominas los pasos básicos de la salsa. ¿Quieres que probemos con alguna figura más complicada?

Amanda entrecerró los ojos.

«¡Que domino los pasos básicos, dice!», refunfuñó para sus adentros.

Sin embargo, como él no había parecido oírla, contestó con una sonrisa socarrona:

—Podemos probar.

Después, procurando decirlo solo para sí esa vez, pensó:

«Como decía mi abuela, te vas a enterar de lo que vale un peine».

A continuación, adoptó una postura elegante y se concentró en su pareja de baile. Yunior le sonrió de nuevo, le indicó un giro con un leve gesto y ella lo ejecutó a la perfección. El chico asintió, aprobando su movimiento y decidió subir un poco la apuesta.

Imprimió un ritmo más rápido a sus pasos y ella le siguió sin dificultad. Le sugirió un giro algo más complicado y entonces Amanda volvió a sonreírle, olvidándose de disimular.

Le encantaba bailar y sabía que lo hacía bien.

Ella y Carol tenían seis años la primera vez que habían pisado una academia de bailes latinos.

No solo sabía ejecutar a la perfección cualquier paso, sino que lo hacía con una soltura, una elegancia y una gracia que podía equipararse a cualquier bailarina profesional.

De hecho, hubo una temporada en la que Carol no hablaba de otra cosa que de hacerse profesionales, pero, por descontado, sus padres se ocuparon de que eso no sucediera.

Así que, en ese momento, se soltó por completo y dejó que la música que tanto le gustaba la invadiera. Ella y Yunior bailaron el resto de la canción como si llevaran años practicando juntos.

Estaban tan compenetrados que, con un pequeño gesto, con una leve guía, ejecutaban los pasos más difíciles haciendo que parecieran sencillos.

Cuando la canción acabó, ambos compusieron una figura final como si la hubieran ensayado antes.

Respiraban con algo de dificultad, pero se miraban sonrientes, satisfechos de haber compartido aquellos minutos de baile inspirador.

Fue entonces cuando Amanda recordó a Tomás. Lo buscó con la mirada y, cuando vio su expresión, se regocijó por dentro al notar que su estómago volvía a contraerse por la excitación. El chico la observaba con una admiración tan evidente que el corazón de Amanda se saltó un latido.

«¿Se acercará ahora?», se preguntó.

Por el rabillo del ojo vio que Carol, aferrada a Xisco, la felicitaba disimuladamente elevando los pulgares.

Sin dejar de mirar a Tomás, invitándolo con los ojos a que se acercara a bailar con ella, notó que Yunior la cogía de la mano y la conducía junto a otro de los monitores.

—Te toca —fue lo único que dijo y, dedicándole una última sonrisa a Amanda, se fue a buscar otra pareja.

El nuevo monitor se presentó como Christian y, después de sonreírle también con amabilidad, la cogió por la cintura. Amanda notó en su postura que a él también se le daba bien el baile.

Empezó a sonar Johnny’s mambo y ambos volaron por la pista. Eran ágiles e intuitivos, por lo que se recrearon en el baile mientras se olvidaban de todo lo demás.

Cuando la música cambió, Christian la condujo hasta otro de los animadores y, aunque este percibió un leve desengaño en la cara de Amanda, no le dio importancia y bailó con ella un chachachá. Y así se la fueron pasando de uno a otro durante al menos una hora.

Tomás veía bailar a Amanda con sus compañeros y rabiaba por dentro.

No estaban haciendo nada que no hubieran hecho en anteriores ocasiones, tanto ellos como las chicas.

En las raras oportunidades en que uno de los huéspedes resultaba ser un buen bailarín, se lo pasaban unos a otros —siempre que sus parejas no pusieran objeciones— para poder disfrutar, al menos una canción de cada cinco o seis, con alguien que no les pisara los pies cada tres compases.

Pero aquella noche Yunior se estaba encargando de que Amanda nunca llegara hasta él.

Las manos le picaban de ganas de darle un puñetazo a su amigo, y eso que no se consideraba una persona violenta.

Sin embargo, el deseo de tener a Amanda entre sus brazos y bailar con ella iba in crescendo ; ya ni se acordaba de que había decidido no acercarse a ella hasta el final de la noche.

Acababa de soltar a una chica especialmente torpe cuando Xisco y Carol se pusieron a su lado.

—¿No piensas sacarla a bailar? —le preguntó él con una sonrisa maliciosa.

Tomás lo miró con cara de pocos amigos y la carcajada de Xisco se oyó por toda la plaza.

—No seas cruel, Xisco, ¿no ves que el pobre se muere de ganas de jugar con ella y los otros niños no se la dejan?

Tomás desvió su mirada hacia Carol para intentar adivinar si le estaba tomando el pelo o hablaba en serio.

—Solo nos hemos acercado para decirte que nos vamos al apartamento. Esta mujer baila demasiado bien para que yo pueda seguirle el ritmo, y hemos decidido practicar otro tipo de baile en el que yo soy más diestro —alardeó Xisco.

Carol le dio un leve puñetazo en el hombro a su chico poniendo cara de enfado.

—Sí, ya me he fijado en que tu novia y su amiga son muy buenas bailarinas —dijo Tomás, como si quisiera restarle importancia al hecho de que no había apartado los ojos de Amanda en toda la noche.

—¿Verdad que sí? —afirmó Carol con picardía.

Después se acercó a Tomás y le susurró al oído—: Me ha dicho Xisco que le parece que la siguiente canción es una bachata lenta.

—Con eso consiguió hacerse por completo con la atención de Tomás—.

Si me aceptas un consejo, no dejes pasar la oportunidad de bailarla con ella. Son sus preferidas.

Las palabras de Carol espolearon a Tomás. Salió en busca de una de sus monitoras antes de que encontrara pareja para la siguiente canción y le dijo:

—Vamos a bailar juntos tú y yo, y cuando acabe la música tenemos que estar cerca de Yunior y la chica que está con él.

—¿La que se mueve tan bien y con la que no te han dejado bailar? —preguntó ella en tono de burla—. No querrás atizar al pobre Yunior, ¿verdad?

Tomás la miró con recelo.

—¿Qué pasa?, ¿se ha dado cuenta todo el mundo? —inquirió un poco picado.

—Vamos, jefe, que no le has quitado el ojo de encima en toda la noche, y ella tampoco a ti. Me gustaría veros bailar juntos. Si verla con Yunior ya es una gozada, ¿qué pasará cuando baile contigo?

Tomás no dijo nada. Disimuladamente, llevó a su compañera hasta el lugar de la pista donde se encontraban Yunior y Amanda y se situó espalda con espalda con ella.

Amanda se había dado cuenta del movimiento justo detrás de ella y contuvo la respiración el tiempo suficiente para que Yunior se riera, la soltara y cambiara de pareja con su jefe.