Para siempre contigo (Colección Mediterráneo 1) CAPÍTULO 8
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CAPÍTULO 8

Llegaron al hotel con el tiempo justo para que Amanda y Carol fueran a cambiarse para la cena y para que Tomás se preparara para el espectáculo de la noche.

Se habían entretenido mucho en la sobremesa y no habían tenido tiempo de visitar las Cuevas de Artá, donde los chicos habían planeado hacer la segunda parada.

Carol y Amanda no lo habían echado en falta porque se lo habían pasado muy bien durante la comida y también después. Xisco era un payaso de mucho cuidado y las había hecho reír con sus anécdotas y sus chanzas. Tomás, aunque era más serio, no se había quedado atrás.

—Cada vez estoy más enamorada, Amanda —afirmó Carol nada más traspasar la puerta de su habitación—. Tengo que encontrar la forma de quedarme en Mallorca cuando acabe la semana.

—¡Ja!, ¡sabía que planeabas algo así! —le contestó Amanda sonriendo—. ¿Y qué se te ha ocurrido exactamente?

—Todavía no lo he pensado con detenimiento, pero si pudiera encontrar un trabajo sería genial. Tendría la excusa perfecta para quedarme; además, mis padres no podrían oponerse, y, aunque lo hicieran, yo podría independizarme porque tendría dinero.

—¡Uf! No creo que eso sea tan fácil, Carol. Los trabajos no crecen en los árboles. Por no hablar de lo descabellado que resulta creer que tus padres te permitan que te independices así como así.

—A mis padres ya los torearé cuando sea el caso. En cuanto a lo del trabajo, ya sé que es difícil, pero nuestro nivel de inglés es muy bueno y el de alemán, más que aceptable. Xisco me ha dicho que sabiendo esos dos idiomas no me será difícil encontrar algo.

—Así que ya lo habéis hablado…

—En realidad, fue él quien insinuó que me quedara, y también el que me sugirió lo del trabajo.

—¡Vaya dúo! Si ya eras peligrosa por ti sola, ahora, con su ayuda, vas a ser el terror.

—¿Te quedarás conmigo si encuentro un trabajo? O mejor, ¿por qué no buscamos uno para ti también?

—Pero si no me necesitas para nada, Carol —contestó Amanda.

—¿Cómo que no? Me parece un plan estupendo —empezaba a entusiasmarse ante la idea—. Hay un montón de razones para que te quedes —las enumeró ayudándose de las manos—: Uno, mis padres cederán con más facilidad si tú estás aquí.

—¡Acabáramos! —respondió Amanda picada.

—Espera, que no he acabado. Dos —continuó—, ¿qué vas a hacer en casa sin mí?

Tres, si conseguimos el trabajo, tendremos nuestro propio dinero para poder irnos a donde nos plazca, no sé, por ejemplo, ¿Jordania?

—la tentó—. Cuatro, creo que hay alguien muy interesado en ti entre los monitores de este hotel —canturreó, Amanda fue a decir algo, pero Carol siguió hablando, impidiéndoselo—: cinco, y este es el punto más importante: ya sabes que no sé vivir sin ti.

Amanda negaba con la cabeza mientras veía a su amiga desgranar los puntos que esgrimía a su favor.

Intuía que encontrar trabajo para una sería complicado, pero para las dos… eso sería del todo inviable. Sin embargo, la idea la tentaba mucho más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Pasar un verano entero fuera de casa, ganar dinero, tener cerca a Tomás… sintió un pellizco en el estómago. «No, eso no va a suceder, vale más que deje de hacerme ilusiones. Lo mejor sería que Carol tampoco se las hiciera», pensó, así que dijo:

—Estás loca. No creo que esos planes tuyos sean factibles, Carol. Te estás montando una historia en la cabeza que yo no veo posible en la realidad. —Se acercó a su amiga y la abrazó.

—Ya sé que es difícil —aceptó Carol al cabo de unos segundos—. Pero encontraremos la forma de hacerlo real. Ya verás, esta vez todo saldrá bien, haremos lo que queramos. Mis viejos no se subirán a un avión para llevarme a rastras a casa.

Amanda se separó un poco de su amiga y la miró elevando una sola ceja.

—¿Apostamos algo?

—No me apuesto nada. —Carol se rio mientras se soltaba de su amiga y se encaminaba hacia la ducha—.

Pero, solo por ese pequeño detalle, no voy a dejar de intentarlo.

Nunca lo he hecho y ahora, que he encontrado al amor de mi vida, mucho menos.

Por cierto, ponte el vestido de baile. Lo has traído, ¿verdad?

—le dijo a Amanda en tono travieso y cambiando por completo el tema de conversación—.

En teoría era una sorpresa, pero esta noche el espectáculo es especial.

Los animadores no estarán encima del escenario, sino que estarán abajo, enseñando a la gente a bailar.

O bailando con los que ya sepan. Por lo visto, Tomás es un bailarín excepcional y Xisco me ha dicho que tiene ganas de demostrártelo esta noche.

—¿En serio? —Amanda cambió de actitud tan rápido como su amiga había imaginado que lo haría. Ya podía verse a sí misma en los brazos de Tomás mientras se movían al ritmo de una bachata lenta. Sonrió de oreja a oreja—. Oye, Carol, ¿le has dicho a Xisco o a Tomás que nosotras no lo hacemos tan mal?

—Le he insinuado a Xisco que no necesitábamos que nadie nos enseñara nada en ese aspecto. Pero creo que Tomás no lo sabe —añadió con una sonrisa tan grande como la de su amiga iluminándole el rostro—. Xisco comentó que prefería que se llevara la sorpresa en la pista de baile.

—Pues entonces vamos a darle un poco de marcha al espectáculo…

—¡Uf! El pobre Tomás no va a saber dónde agarrarse.

—Al contrario —Amanda se mordió el labio inferior—, pienso dejarle muy clarito dónde quiero que ponga las manos.

···

A las ocho y media de la noche, y sin haber parado de correr desde el momento que había dejado a Amanda en el hotel, Tomás llegaba a la Gran Plaza.

Los otros animadores ya estaban allí. Los chicos iban vestidos con pantalones negros de pinzas y camisas de diferentes colores: una morada, una negra, una blanca; las chicas con vestidos cortos de colores vistosos: una lucía lentejuelas, otra flecos y otra un escote que le dejaba toda la espalda al aire.

En definitiva, tanto ellos como ellas llevaban el atuendo adecuado para las demostraciones de bailes latinos.

Tomás sonrió satisfecho al verlos. Estaba orgulloso del grupo que había conseguido reunir aquel año, muchos de ellos repetían temporada.

El Hotel Club Sa Garriga no era uno de los que peor pagaban y, si eso no bastase como aliciente, todo el mundo sabía que el jefe de animadores era más un compañero que un jefe.

—Hola, boss , ¿has pasado todo el día estudiando? ¡Eso no puede ser bueno de ninguna de las maneras, asere [2] ! —le dijo Yunior, uno de sus mejores bailarines, con su fuerte acento cubano, mientras se saludaban chocando los puños.

—No, tío, hoy me he saltado el estudio. Xisco conoció ayer a una chica y dice que es el amor de su vida. Hoy hemos ido hasta Artá con ella y su amiga en las motos.

—¿Has dejado los libros para pasear a una mujer? —preguntó con un tono de voz tan fuerte que más de uno se volvió a mirarlos—. Sí que debía de estar buena la chica, ¿no? —continuó, bajando la voz.

—¿Y eso lo dices por…?

—Porque en lo que va de verano lo único que has hecho en tu tiempo libre ha sido estudiar, cuando otros años a estas alturas ya estabas harto de tener líos de faldas.

Tomás se rascó la nuca y bajó un poco la cabeza.

—La verdad es que no está nada mal —afirmó con su sonrisa ladeada, tan parecida a la de Gori—. Y un poco de descanso del estudio a veces viene bien. Así luego cogeré los libros con más ganas.

Yunior chocó una mano con Tomás, después tiró de él para abrazarlo y le dio una fuerte palmada en la espalda.

—¡Así me gusta, asere ! —añadió riéndose.

Tomás se puso tenso de repente y Yunior lo soltó para seguir la dirección de su mirada. Al instante entendió por qué su amigo había dejado los libros aparcados.

Por uno de los laterales de la Gran Plaza llegaba Xisco abrazado a una pelirroja muy guapa, junto a ellos venía una chica espectacular.

Llevaba el pelo suelto y sus rizos suaves ondeaban con la brisa.

Lucía un vestido ajustado que marcaba cada una de sus curvas, era de color verde oscuro y le llegaba hasta casi la rodilla; aunque tenía una abertura que dejaba a la vista la mayor parte de uno de sus muslos.

Yunior soltó un silbido y miró a Tomás. Su amigo estaba conteniendo la respiración. Amanda lo tenía fascinado, no podía dejar de contemplarla; notó que otras partes de su anatomía, con las que a veces hablaba, también se alegraban de verla. Quiso acercarse a ella, pero el cubano lo cogió del brazo.

—Frena, jefe, que tiene que empezar el baile. Ya tendrás ocasión de acercarte a ella, pero, si yo fuera tú, no bailaría con ese pibón hasta el final.

—¿Por qué no? —preguntó Tomás sin dejar de mirar a Amanda.

—Porque cuando la pilles ya no la soltarás hasta mañana, asere , o pasado mañana —dijo riéndose escandalosamente. Tomás se volvió para mirar a Yunior.

—Será mejor que nos pongamos en marcha —indicó, saliendo del trance en el que había entrado en cuanto vio a Amanda llegar a la Gran Plaza.

Dio dos palmadas y todos los animadores se reunieron a su alrededor.

—Chicos, procurad no bailar solo con los que mejor lo hacen; los menos capacitados se sienten grandes bailarines entre vuestros brazos. —Tomás pudo oír una risa generalizada—. Y, como siempre os digo, salid a bailar y a divertiros. Vamos allá.

Se había congregado una pequeña multitud que esperaba ver el espectáculo. La mayoría no sabía que ellos mismos formarían parte del show de aquella noche.

Tomás pasó tras las cortinas del escenario y puso la música en marcha. Se sentía ansioso, como si estuviera aprisionado dentro de su propia piel. Respiró hondo varias veces y movió la cabeza y las manos en círculos para relajarse.

No veía el momento de acercarse a Amanda, de cogerla entre sus brazos y moverse con ella lentamente al son de la música. Repasó las canciones que tenía guardadas en su iPod y que sonarían aquella noche; enseguida supo cuál de ellas quería bailar con Amanda.