Para siempre contigo (Colección Mediterráneo 1) CAPÍTULO 7 #2
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CAPÍTULO 7 #2

—Nosotros vamos a terminar de ver esa zona de por ahí —anunció Xisco al instante mientras empujaba suavemente a Carol en la dirección que señalaba con la barbilla.

Tomás y Amanda se quedaron solos antes siquiera de tener tiempo para poner objeciones.

—¡Vaya, esos dos tenían prisa! —exclamó Amanda, a quien no se le ocurrió nada más ingenioso que decir.

—Y eso que la historia era trágica. Si llega a ser una historia de amor con final feliz, ¿qué habrían hecho? —apostilló Tomás mientras miraba en la dirección en la que sus amigos habían desaparecido.

Amanda asintió sonriendo abiertamente.

—¿Quieres ver algo más o ya te ha bastado? —le preguntó Tomás.

—Me encanta este sitio —contestó ella—, aunque me temo que mi mente deja de escuchar los tecnicismos después de más de cinco minutos. Quizás podríamos pasear, sin más.

—¿Me estás llamando pesado, acaso?

—No, qué va —se apresuró a contestar Amanda—. No eres tú, soy yo. Pierdo el interés muy rápido.

Tomás soltó una sonora carcajada.

—Pensaba que eso se decía cuando querías dejar a alguien.

—Sí, me imagino que se lo habrás dicho a más de una. —Le dedicó una sonrisa ladina y echó a andar. No quería que él viera que se había puesto nerviosa.

—¿Por qué dices eso? —se interesó Tomás mientras la seguía.

—Ahora me dirás que no es verdad. Que eres uno de esos chicos que se comprometen para toda la vida —contestó ella con fingida indiferencia.

—No, la verdad es que no. No me gusta eso de «para siempre contigo» —dijo con una voz de repente lúgubre.

—¿Por qué no? —quiso saber ella. El tono que él había empleado la puso sobre aviso de que estaban entrando en un terreno que no le resultaba agradable.

—Lo de enamorarme de esa manera no va conmigo. He visto mucho sufrimiento en personas que habían amado demasiado.

Amanda guardó silencio durante un instante. Disfrutaba del paseo entre las encinas centenarias y las piedras milenarias; además, no sabía cómo interpretar las palabras que él acababa de pronunciar.

—Yo tampoco me he enamorado de nadie como para decir «para siempre contigo», pero espero que algún día me ocurra —afirmó, pasados unos minutos.

Tomás la miró a los ojos con intensidad. No dijo nada, solo permaneció así, observándola, durante un rato muy largo. Amanda pensó que iba a besarla, pero no lo hizo. Al final reanudó la marcha y siguió sin responder.

Pasearon en silencio durante lo que a Amanda le pareció mucho tiempo.

Aun así, no se sentía incómoda; al contrario, el entorno era maravilloso y la compañía agradable.

Sin embargo, tenía la sensación de que él se había dejado muchas cosas en el tintero.

Se preguntaba a quién había visto sufrir por amor.

No era a Xisco, de eso estaba segura. ¿Quién sería? ¿Alguna novia despechada, quizá?

—Estás muy callada.

—Solo estaba pensando que eres muy joven. ¿A quién puedes haber visto sufrir tanto?

Él se detuvo. Parecía sorprendido de que ella hubiera seguido dándole vueltas a aquello, como si él mismo hubiera olvidado haberlo mencionado. Se encogió de hombros.

—Mi padre murió cuando yo tenía quince años —suspiró—.

Él y mi madre estaban muy enamorados. Mi madre se quedó destrozada y tardó mucho tiempo en levantar cabeza.

Al principio yo estaba muy enfadado con ella.

Me parecía que tenía que intentar estar bien o, al menos, esforzarse por aparentarlo.

Por Gori y por mí. Él apenas había cumplido cinco años y ella se hundía por momentos en la desesperación.

Yo no sabía qué hacer. Menos mal que mi abuela vino desde Cáceres y se hizo cargo de la situación.

—¿Tu abuela?

—La madre de mi padre. Se dio cuenta de que yo no podía con todo y de que mi madre no conseguía recuperarse.

Hacía casi medio año que mi padre había muerto y ella seguía sin salir de casa ni siquiera para ir a comprar.

La abuela Angustias vino a la isla, se llevó a mi madre a su habitación y estuvieron hablando durante mucho tiempo.

Cuando salieron, mi madre tenía el rostro hinchado de tanto llorar.

Nos abrazó a Gori y a mí y nos prometió que saldríamos adelante.

Y lo cumplió, aunque la melancolía no la ha abandonado nunca del todo.

—Qué triste y, al mismo tiempo, qué bonito —comentó Amanda con voz soñadora.

—A mí no me parece nada bonito. Los que lo pasamos mal de verdad fuimos Gori y yo. Acabábamos de perder a nuestro padre y nuestra madre estaba tan atrapada en su propio dolor que no se daba cuenta de que nosotros teníamos miedo de perderla a ella también.

—Eres un poco duro con tu madre, ¿no crees?

—Sí, lo sé. Pero no puedo evitarlo. Gori apenas recuerda aquella época y me alegro por él. Yo, en cambio, no he podido olvidarla. Por eso juré que nunca me enamoraría de nadie. No quiero eso para mí ni quiero provocar ese tipo de dolor en otra persona.

—Creo que eso es algo que tú no puedes decidir —observó Amanda.

—Pues de momento no me ha ido nada mal.

—No me refiero a ti, aunque creo que, si conoces a la mujer adecuada, te enamorarás como hace todo el mundo. Me refiero a que no puedes controlar quién se enamora de ti. ¿Cómo sabes que no has destrozado miles de corazones?

—Es una cosa que dejo bastante clara antes de iniciar cualquier relación. De todas formas, nunca he estado el tiempo suficiente con ninguna mujer como para que se enamorara de esa manera de mí.

—Pues ya ves a Carol y a Xisco —comentó señalando a un lugar impreciso con la cabeza—. Ha sido suficiente con menos de una noche para decidir que estaban hechos el uno para el otro.

—¿Tú crees que eso es amor del de: «para siempre contigo»?

—Carol dice que sí, que Xisco es su príncipe azul. Que le parece que le conoce desde el principio de los tiempos o algo así.

—Eso dice él también. Pero a mí me resulta difícil de creer; yo apostaría más por una atracción física del quince. No creo que superen la separación. Por mucho Facebook, WhatsApp y Skype que puedan usar, no considero que sean capaces de mantener una relación a distancia.

—Eso solo lo sabremos cuando llegue el momento —afirmó Amanda, que había perdido el entusiasmo a ojos vista.

Tomás notó que Amanda se había apagado. Le había contado todas esas cosas, que seguían amargándolo después de tantos años, cuando entre ellos aún no había surgido la suficiente confianza como para hacerlo.

Pero le resultaba muy fácil hablar con ella.

Una vez que había empezado no había podido parar.

Había sacado todo lo que llevaba dentro.

Amanda le gustaba; le había encantado tenerla tan pegada a su espalda cuando iban en moto y esperaba llegar a más con ella.

Pero se decía a sí mismo que eso no tenía nada que ver con el amor.

Solo esperaba no haberla asustado con todo lo que le había contado.

Ese era un tema espinoso para él, no solía sacarlo a relucir con tanta facilidad.

«En fin, ya está hecho», se disculpó consigo mismo, no podía volver atrás en el tiempo para cambiar cuanto había dicho.

En ese instante aparecieron por el camino Xisco y Carol cogidos de la mano y con una sonrisa iluminándoles el rostro. Hablaban en susurros, las cabezas casi pegadas y se robaban algún beso entre frase y frase.

Amanda agachó la cabeza intentando que sus ojos no buscaran los de Tomás.

Deseaba eso mismo para ella; no podía explicarse cómo había sido capaz de decírselo a él.

Se moría de la vergüenza solo con pensarlo, pero ¡claro que lo deseaba!

¿Quién no lo haría viendo lo felices que eran Xisco y Carol en esos precisos momentos?

Sabía que Tomás se creía a pies juntillas cuanto le había dicho, que no quería enamorarse para no sufrir; aunque estaba convencida de que solo lo decía porque aún no había encontrado a la mujer que le haría perder la cabeza.

Estaba segura de que, un día u otro, caería rendido a los pies de alguien. Pensó que era una lástima no estar ahí en el momento en que eso sucediera, porque, verlo renegar de las palabras que había pronunciado con tanta convicción minutos antes tenía que ser un espectáculo digno de contemplar.

No sabía si él tendría razón y la relación de Xisco y Carol estaba abocada al fracaso; lo único que sabía era que se les veía muy bien juntos y que, o ella conocía muy poco a Carol, o estaba segura de que su amiga se las ingeniaría para no tener que separarse de Xisco en una semana.

Algo se sacaría de la manga para poder quedarse junto a su chico más tiempo del que tenían previsto.