Para siempre contigo (Colección Mediterráneo 1) CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Lo que más le costó a Amanda no fue bajar de la moto, ni quitarse el casco, ni siquiera los primeros pasos después de haber permanecido tanto tiempo en aquella postura forzada sobre la máquina. Lo que más le costó fue tener que retirar sus brazos del torso de Tomás.

El chico le gustaba muchísimo y creía que ella también le gustaba a él; solo un rato antes había soltado una de las manos del manillar y la había apoyado sobre una de las que ella mantenía aferradas a su pecho.

Había sido un gesto cariñoso, incluso íntimo, que la había hecho temblar de pies a cabeza.

Aunque no lo pareciera, Amanda era una romántica empedernida, y eran precisamente esos pequeños gestos de cariño los que siempre la habían emocionado más. Sabía que Tomás no estaba en la etapa de aprendizaje en lo que se refería a romances de verano, como sí lo estaba su hermano Gori.

Pensó que, con toda seguridad, el gesto había sido estudiado y repetido mil veces, aun así, la había cautivado. Suspiró y echó a andar hacia donde ya los esperaban Xisco y Carol.

Lo primero que le llamó la atención fue un inmenso monolito que parecía formar parte de un monumento.

—Bienvenidas al poblado talayótico de Ses Païses .

—La voz de Tomás sonó profesional a su espalda, como la de un guía experimentado—.

Los talayots son construcciones ciclópeas llevadas a cabo por los primeros pobladores de la isla.

Su nombre viene de la palabra «atalaya», que es la función que se cree que desempeñaban, aunque también es posible que sirvieran de residencia para la tribu.

Se calcula que aquí pudieron vivir alrededor de trescientas cincuenta personas.

—Mira esas piedras, ¡son enormes! —exclamó Carol, dirigiéndose a Amanda—. ¿No te recuerdan muchísimo al círculo de piedras que Diana Gabaldon describe en Forastera ?

Amanda sonrió, Carol era una fan acérrima de la serie de Diana Gabaldon y muchas veces veía referencias a los libros en los lugares más insospechados. Sin embargo, en aquella ocasión la comparación no le pareció tan descabellada.

—Será porque ambas son construcciones megalíticas, como ha dicho Tomás —agregó al fin.

—Bueno —intervino de nuevo Tomás—, las construcciones megalíticas son las que se encuentran en Europa occidental; a estas las llaman construcciones ciclópeas —remarcó, aunque se mordió la lengua para no recordarles que eso lo había dicho hacía apenas treinta segundos.

—¿Veis lo que os decía? Podéis preguntarle lo que queráis, es el mejor guía de la isla —exclamó Xisco, dejando traslucir un leve tono de burla.

Tomás le lanzó a su amigo una bellota que había recogido del suelo. Se encontraban en el interior de un encinar enorme que rodeaba toda la construcción del yacimiento.

—Solo tengo algunos conocimientos porque me interesa el tema y lo he estudiado un poco —contestó picado.

—¡Eh! Basta de peleas. Me pregunto cuántas veces habréis representado este espectáculo. Estoy segura de que no somos las primeras a las que traéis aquí.

—¿Y ese monolito? —preguntó de repente Amanda, que no había dejado de contemplar el monumento. Al mismo tiempo intentaba desviar la atención de la pregunta que había hecho Carol.

Sabía que ellas no eran, ni por asomo, las primeras chicas que Tomás y Xisco llevaban al talayot, pero eso no hacía que le interesara conocer cuántas predecesoras habían tenido.

—Está ahí en honor a Costa i Llobera. Fue un poeta mallorquín. Le dedicaron este monumento porque escribió un poema ambientado precisamente aquí, en Ses Païses.

—¡Pedidle que os lo cuente! Es una historia de amor muy trágica —intervino Xisco, de nuevo.

—Cuéntala tú, te la sabes tanto como yo —replicó Tomás, siguiéndole la broma.

—Ni de lejos sé darle el tono de intriga que le das tú.

Tomás se agachó para recoger otra bellota y lanzársela, pero su amigo cogió a Carol de la mano y tiró de ella hacia el interior del recinto.

—¡Corre! —exclamó—. Esto es la guerra. Vamos a buscar un lugar donde escondernos.

Carol salió corriendo tras él entre risas y le guiñó un ojo a Amanda al pasar por su lado.

Tomás soltó las bellotas que había recogido y dijo en voz alta para que los otros lo oyeran:

—Si el enemigo sale huyendo, la guerra pierde toda la gracia.

Amanda entornó los ojos con gesto cómplice, pero no dijo nada. Después lo siguió al interior del espacio amurallado.

Las piedras que lo formaban la hicieron pensar en gigantes o incluso en titanes. Siempre que contemplaba obras de aquellas dimensiones, realizadas por hombres que carecían de medios tecnológicos avanzados, la invadía una sensación de pequeñez que no sabía explicar.

Lo que tenía ante sus ojos no se parecía a los círculos de piedras verticales que salpicaban Escocia y a los que había hecho referencia Carol.

Aquello era distinto. Transmitía una sensación de poblado de las que aquellas carecían, aunque tenía que reconocer que hacía falta una buena dosis de imaginación para visualizar aquellas enormes rocas dispersas entre el encinar como un lugar habitado.

Sintió el impacto de algo duro contra su espalda y se giró para ver a Carol y Xisco intentando esconderse tras una encina.

Se reían y gesticulaban emulando a los soldados de las películas.

Tomás, que también los había visto, sacudió la cabeza y siguió caminando hasta que llegaron a una especie de estancia con columnas de piedra adosadas a las paredes y otras situadas en el centro.

Todas tenían la misma estructura: grandes bloques colocados unos sobre otros elevándose hacia el cielo.

—Esta es la sala hipóstila —indicó Tomás, recuperando el tono que había empleado al llegar e imitando de nuevo a un guía turístico—.

Se supone que estas columnas sostenían alguna especie de cubierta que no se ha conservado.

¿Ves aquel pasillito de ahí? —añadió, acercándose a Amanda para señalar un estrecho corredor delimitado por piedras—.

Era el que daba acceso al talayot propiamente dicho, a la torre de vigilancia. Es esa construcción circular que…

—¿Por qué no nos cuentas esa historia de amor? —le interrumpió Carol acercándose de la mano de Xisco—. Creo que me interesa mucho más.

Tomás torció el gesto y miró a su amigo, que levantó las manos y se encogió de hombros.

—¡Venga, sí! Cuéntanosla —intervino Amanda que, si bien se sentía fascinada por las piedras, prefería escuchar el poema del que les habían hablado antes los chicos.

—¡Está bien, si eso es lo que queréis! Pero ya os advierto de que acaba mal, así que después las reclamaciones se las hacéis a Xisco.

—¿A mí? Y eso ¿por qué? —protestó el aludido.

—Porque eres tú quien ha hablado de una historia de amor, cuando en realidad se trata de un poema épico que no acaba bien.

—Eso ya lo has dicho —le interrumpió Carol—. Tú cuenta la historia y luego ya decidiremos a quién le pegamos.

—Pero ¡qué violenta es mi chica! —le dijo Xisco mientras la abrazaba para después devorarle la boca al tiempo que le amasaba las nalgas con ambas manos.

Tomás y Amanda pusieron los ojos en blanco una vez más. Por lo visto, los besos públicos de aquellos dos iban a ser la tónica habitual.

«Nos tendremos que resignar», pensó Tomás.

—El poema cuenta la historia de Melesigeni —empezó a narrar Tomás antes de que Xisco y Carol se separaran del todo—, un rapsoda griego que algunos identifican con Homero, y de Nuredduna, nieta del jefe del clan y sacerdotisa de la tribu.

»Melesigeni y otros once griegos son hechos prisioneros por la tribu de la Encina, que es como el poeta llama a los pobladores del talayot.

Los helenos están siendo sacrificados para aplacar la ira de los dioses cuando Melesigeni empieza a tocar el arpa, de la que no le habían despojado, y a cantar una melodía tan triste que a Nuredduna, aunque no entiende lo que dice, le llega al corazón.

La música de la lira de Melesigeni, sus miradas y movimientos dulces la enamoran hasta tal punto que la sacerdotisa logra convencer a los habitantes del poblado para que conduzcan a Melesigeni a las cuevas sagradas.

Les engaña diciendo que su intención es dejarlo morir allí lentamente para mayor honra de los dioses.

»La tribu de la Encina, obedeciendo a su pitonisa, lleva al prisionero a las cuevas sagradas.

Melesigeni, tras ser atado a una gran roca, se desmaya.

Cuando despierta, encuentra a Nuredduna observándolo y hablándole con dulzura.

No entiende sus palabras, pero la muchacha lo conduce al exterior de la cueva y le muestra una embarcación que tiene preparada para que pueda llegar hasta el barco, que todavía le espera a él y a sus compañeros.

Justo cuando Melesigeni emprende la huida se da cuenta de que se ha dejado su arpa olvidada en el interior de las cuevas.

En ese mismo instante llegan a la orilla los guerreros de la tribu, encabezados por el jefe, tras descubrir la traición de Nuredduna.

Los foners comienzan a lanzar piedras a la sacerdotisa hasta que piensan que la han matado, pero Nuredduna sigue viva y, con su último aliento, entra en la cueva para morir.

Allí encuentra el arpa y se abraza a él hasta abandonar el mundo de los vivos.

»Los griegos regresan a la isla y arrasan a los habitantes del poblado en represalia por la muerte de sus compañeros. Se dice que, desde entonces, el fantasma de Nuredduna vaga por las Cuevas de Artá, que no son otras que las cuevas sagradas de la tribu de la Encina.

Cuando Tomás terminó de hablar todos permanecieron en silencio durante unos instantes. Al final, Carol dijo:

—Así que la tal Nuredduna traicionó a su tribu por un desconocido del que se había enamorado. No me parece tan mal. Y tú, ¿traicionarías a tu tribu por mí? —le preguntó cariñosa a Xisco.

—Por supuesto —contestó él—. A mi tribu, a mi familia, a mis amigos… ¿a quién quieres que traicione?

Carol le dio un beso apasionado. Después sonrió y le susurró algo al oído.