Para siempre contigo (Colección Mediterráneo 1) CAPÍTULO 6 #2
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CAPÍTULO 6 #2

La moto de Tomás era menos ostentosa, aunque igual de grande que la de Xisco.

El color, azul oscuro, también resultaba bastante más discreto.

Pudo distinguir, no obstante, el emblema de Yamaha al observarla con detenimiento.

Estaba mucho mejor conservada que su viejo 4L, pero no parecía tan nueva como la otra, que daba la impresión de haber salido del concesionario esa misma mañana.

Amanda se acercó más a aquellas bestias de metal, como ya había empezado a llamarlas en su mente, mientras Carol se colocaba el casco que le había dado Xisco.

—Nunca he montado en una moto tan grande —le confesó a Tomás con timidez, a modo de saludo.

—Lo único que tienes que hacer es asegurarte de no caerte —contestó Xisco, que ya se había colocado a horcajadas sobre su imponente máquina.

Amanda miró a Tomás con cara de espanto. El chico se echó a reír mientras le tendía un casco idéntico al que él tenía apoyado sobre el depósito de gasolina.

—Una de las cosas más improbables que pueden pasarte es caerte de la moto cuando vas de paquete. Tendríamos que caernos los dos, y no es algo que entre en mis planes inmediatos —añadió.

—Si crees que diciendo eso me tranquilizas, es que no me conoces —contestó ella mirándolo de soslayo.

Tomás inclinó un poco la cabeza hacia la derecha y la observó sin perder la sonrisa.

—¡Déjalo! —soltó ella mientras agitaba una mano—. No me conoces, es verdad.

Xisco se rio a mandíbula batiente.

—Ya veo lo que va a estudiar este… —susurró en voz baja para que solo lo oyera Carol. La chica miró a su amiga y comprobó que en torno a ella y a Tomás flotaba algún tipo de tensión que le gustó de inmediato.

—Me parece a mí que, como en el examen no entren temas de anatomía humana, esta semana la ha perdido —le contestó del mismo modo.

Mientras tanto, Tomás y Amanda, ajenos a las maquinaciones de sus amigos, se ponían los cascos y él se subía a la moto. Amanda rezongó al darse cuenta de que quedaba muy poco espacio para ella.

—¿Dónde piensa este que voy a colocar mi hermoso culo? —murmuró.

—No refunfuñes, que aquí detrás queda un montón de espacio —oyó que decía la voz de Tomás, proveniente de algún lugar en el interior del casco—. Además, a mí me parece que tienes un culito precioso.

Amanda dio un brinco al darse cuenta de que él la había escuchado y lo examinó con recelo.

—Sabías que los cascos llevan un sistema de comunicación cerrado, ¿verdad? —escuchó de nuevo la voz penetrante de Tomás.

—Por supuesto —contestó ella sarcástica mientras intentaba sacarse de la cabeza aquel chisme infernal que llevaba puesto.

Tomás se carcajeó y le sujetó las manos.

—Te enfadas con facilidad.

—Y tú espías lo que la gente murmura dentro del casco.

Él volvió a reírse y ella se relajó un poco.

—Venga, sube, tienes que sentarte sobre el sillín que hay detrás de mí —dijo el chico a continuación—. ¿Ves cómo ha puesto las manos Carol?

Amanda observó a su amiga, que tenía los brazos alrededor del torso de Xisco y apoyados sobre el depósito, entre él y el manillar.

Estaba tan cerca de él que parecían un solo ser sobre la moto.

Amanda enrojeció al pensar que tenía que colocarse en esa postura, que le pareció demasiado íntima, sobre la moto de Tomás.

«Espero que este chisme que llevo en la cabeza no lleve también integrada una cámara de vídeo», pensó, abochornada, esta vez para sus adentros.

«Un momento, ¿ha dicho que le parecía que yo tenía un culito precioso?».

La temperatura en el interior del casco subió unos cuantos grados. Y no solo porque se hubiese puesto de nuevo como un tomate, sino también porque su ego y su libido crecieron varios puntos.

Lentamente se subió sobre la máquina; se colocó como lo había hecho su amiga, aunque en una postura mucho más rígida, intentando apoyarse en Tomás lo mínimo posible.

—Si no te relajas, te dolerá todo el cuerpo en menos de media hora —le indicó el chico con suavidad a través de los auriculares.

—Me cuesta un poco, la verdad —afirmó ella.

—No te preocupes, tampoco hace falta que te pegues tanto a mí como ha hecho Carol con Xisco. Pero entre esto —comentó mientras señalaba con el pulgar hacia ella— y eso —esta vez señaló a la otra pareja—, seguro que puedes encontrar una posición que te resulte cómoda.

Amanda intentó reírse como si quisiera restarle importancia al asunto, pero su risa histérica volvió a traicionarla y se sintió muy ridícula.

«¡Venga ya! ¿No podrías ser una mujer sofisticada por una vez?», se recriminó con sarcasmo.

Justo en ese momento, la chica oyó un leve chasquido en el interior del casco, seguido por el sonido de la risa cantarina de Carol.

—¿Vas tú delante? —escuchó, a continuación, que preguntaba Tomás.

—De acuerdo, ¿a dónde quieres que vayamos primero?

—Vamos a Ses Païses , después ya iremos a las cuevas.

—Tomás es el mejor guía de Mallorca. Preguntadle lo que queráis. Veréis que tiene historias para todo.

El aludido resopló y Amanda sintió una especie de animadversión hacia Xisco, aunque no quiso analizar qué la había causado. Ella era la primera que se había metido con Tomás.

«Entonces, ¿por qué me molesta que lo haga Xisco?», se preguntó.

Se pusieron en marcha, al principio no iban demasiado deprisa, aunque la carretera era de esas que les gustan a los moteros: estrecha y con muchas curvas. A los pocos minutos Xisco y Carol habían desaparecido del mapa.

—A Carol le gusta la velocidad —afirmó Tomás.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó Amanda. Él pudo notar la aprensión en su voz.

—Porque si a ella no le gustara, Xisco no nos habría cogido tanta ventaja. —Guardó unos instantes de silencio y después añadió—: Y a ti, ¿te gusta correr, Amanda?

Su voz, baja y sedosa, se coló por cada uno de los poros de la chica. A ella le pareció que no podía coger más velocidad, ya iba a mil por hora, o al menos lo hacía su corazón.

—No lo sé —indicó temerosa de traslucir su nerviosismo.

—¿Te gustaría descubrirlo? —De nuevo esa cadencia perezosa en la voz de Tomás le robó el aliento.

—Eso tampoco lo sé. —Se dio cuenta de que no estaba segura de que hablasen del mismo tema y llamó a su mente al orden.

—Vamos a probar —añadió él pícaro—, relájate, no te asustes. Si no te gusta dímelo y reduciré, ¿de acuerdo?

—Vale —contestó ella, ya convencida de que no hablaban de lo mismo.

Tomás pudo percibir el titubeo en la voz de Amanda y sonrió para sí.

Con un leve movimiento de muñeca hizo rugir la moto.

Amanda sintió como si una mano invisible tirara de ella hacia atrás.

Chilló, pero enseguida se puso a reír. La sensación de velocidad le apretó el estómago.

La afluencia de adrenalina a su torrente sanguíneo la puso alerta y sus piernas se apretaron sobre las caderas de Tomás mientras que las manos se soltaban del tanque de gasolina y se aferraban al pecho del chico.

Una vez pasada la primera impresión, pensó en volver a colocar las manos en su posición inicial, pero el placer que sentía al estar tan pegada a él se lo impidió.

Tomás sonrió abiertamente, consciente de que nadie más que él se daría cuenta de ello.

Amanda se había pegado a su espalda, como él había planeado que haría, y en esos momentos parecía que lo disfrutaba tanto como él.

No le había soltado después de cogerse con fuerza tras el acelerón y eso…

le gustó. Ya tenía claro que esa semana no iba a dedicarse a estudiar, se la dedicaría por completo a Amanda, hasta que consiguiera tenerla pegada a él sin nada de ropa que se interpusiera entre la piel de ambos.