Para siempre contigo (Colección Mediterráneo 1) CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

Amanda salió del comedor al cabo de un rato. Iba pensando en la manera de perdonar a su amiga sin parecer una blanda. Intuyó que la encontraría en la piscina donde ambas habían pasado la tarde anterior rondando a Xisco.

«Aunque, si la ha invitado a ir en moto, será porque no trabaja, ¿no?», pensó enseguida. No la encontró en la piscina Oasis, ni tampoco en el bar donde habían quedado la noche anterior con Gori y con Xisco. Estaba pensando en ir a buscarla en su habitación cuando oyó que Carol la llamaba:

—¡Amanda, Amanda! —gritaba con las dos manos en alto mientras se dirigía hacia ella—. ¡Qué contenta estoy de que te hayas levantado!

—No podía dormir —contestó cuando su amiga la alcanzó—. He ido al comedor a desayunar y me he encontrado con Tomás.

—¡Ah, sí! Ya me ha dicho Xisco que os conocisteis anoche —soltó Carol con picardía.

—No, si va a resultar que aún tengo que agradecértelo —refutó Amanda sarcástica.

—No digas eso, mujer. ¡No me negarás que está como un queso!

—Pensaba que te habías enamorado hasta las trancas.

—¿Y qué tendrá que ver eso? El sentido de la vista no lo he perdido.

—¡Anda que ya te vale! —dijo Amanda echando a caminar. Carol trotó alegre tras ella.

—¿Pues qué? ¿Te ha convencido para que vayamos a dar esa vuelta en moto?

—¿Acaso lo has mandado a buscarme con esa intención? —quiso saber Amanda, entrecerrando los ojos con suspicacia.

—¡Qué va! Si ni siquiera he hablado con él. Aunque no he podido dejar de fijarme en que encaja perfectamente con tu descripción del hombre ideal: alto, moreno, fuerte, ojos verdes… He pensado que, si alguien podía convencerte de cualquier cosa, era él.

Amanda se detuvo de golpe. Encaró a su amiga y le dijo:

—Que sepas que no te perdono; lo que pasa es que me apetece demasiado lo de las motos… —Se calló de repente al darse cuenta de que estaba usando las mismas palabras que le había sugerido Tomás.

—¡Ja! ¡Lo sabía!

—No, pensabas que te iba a perdonar a la primera de cambio, pero ya te he dicho que no te perdono.

—No, si yo lo que sabía era que Tomás te gustaba.

Amanda se dio cuenta de que Carol ya ni siquiera la miraba, estaba tecleando a toda pastilla en su móvil. Negó con la cabeza, gruñó en dirección a su amiga y volvió a ponerse en marcha. Carol la alcanzó enseguida.

—Dice Xisco que nos vemos en media hora en la entrada del complejo.

—Yo aún no he dicho que sí.

—Ahora ya no puedes echarte atrás.

—No sé cómo permito que me mangonees de esta manera, Carol, de verdad que no lo sé.

—Creo que esta vez no he hecho nada para mangonearte. Esta vez te has plegado a mis deseos por culpa de un tío —masculló mientras la abrazaba.

—Suéltame —protestó Amanda.

—¡Que no te suelto! ¡Que te quiero mucho! Y me encanta que no sepas enfadarte conmigo porque tú también me quieres mucho a mí.

—Eso tampoco me lo explico —añadió Amanda, dejando de luchar para que su amiga la soltara.

—Es porque de las dos tú eres la juiciosa y yo la loca.

Tú me necesitas en tu vida para que no sea tan aburrida y yo te necesito para poner un poco de orden en la mía.

—Carol la soltó y continuó—: Ya sé que ayer te asustaste mucho, pero en serio que no quería inquietarte.

Y si lo piensas detenidamente, tienes que admitir que no era para tanto, lo que pasa es que te rayaste un poco.

Amanda la miró de soslayo. No le apetecía estar enfadada con su amiga, al fin y al cabo, estaban de vacaciones. Unas vacaciones que, si bien ella no habría elegido, se estaban poniendo bastante interesantes.

—Vale, puedo admitirlo, si tú admites que te comportaste como una egoísta —le espetó al final.

—¡Soy una egoísta! ¿Cómo podría comportarme de otra manera?

—En eso tienes razón, ¿ves? No pienso llevarte la contraria —contestó Amanda torciendo el gesto.

—Entonces, ¿me perdonas?

—Vale, pero que sea la última vez que me das un susto de ese calibre, ¿entendido?

—¡Palabrita del Niño Jesús! —exclamó Carol dibujando una cruz sobre su pecho.

—¡Qué cuentista eres! —la riñó Amanda al tiempo que le daba un fuerte abrazo—. ¡No hay quien te aguante! —Pero se lo decía mientras la miraba con cariño.

···

—Hemos quedado con las chicas dentro de media hora en la entrada del hotel —le comentó Xisco a Tomás mientras se asomaba por la puerta de su minúsculo despacho.

Tomás lo observó elevando una ceja—. Ya te he dicho que sí a todas las condiciones que has puesto.

O vienes tú solito o te saco a rastras, tú eliges —continuó, al ver que Tomás no contestaba.

Mientras lo decía, abrió la puerta de par en par.

Tomás no las tenía todas consigo. Hacía media hora que se había separado de Amanda y no lo habían hecho en los mejores términos. Ella se había reído de él en su cara, y eso no le había sentado nada bien.

«Pero ¿de verdad tu orgullo herido va a interponerse entre tú y la posibilidad de tener un rollo con esa chica?

—se preguntó—. ¡Si cada vez que la ves te gusta un poco más!

¿Para qué vas a renunciar a eso? —continuó pensando—.

En una semana se habrá ido y tú ¡a otra cosa, mariposa!

Aprovecha estos días, descansa de estudiar y luego retomarás los libros con más ganas.

No puede ser bueno acumular tanta tensión».

Se ponía una excusa tras otra, como no había hecho nunca antes, aunque no fuera consciente de ello.

Cada minuto que pasaba estaba más cerca de aparcar su estricto plan de estudio para dejarse llevar por lo que el cuerpo le pedía; y este no le pedía otra cosa que estar cerca de Amanda.

—Pues si hemos quedado en media hora, será mejor que vayamos a buscar las motos si no queremos hacerlas esperar —sentenció al fin con una sonrisa.

Xisco dio una fuerte palmada y salió por la puerta sin darle otra oportunidad a Tomás para que cambiara de opinión.

···

Al cabo de veinte minutos, las chicas salieron de la habitación para dirigirse hacia la entrada del complejo.

Iban abrazadas por la cintura, como en otras tantas ocasiones.

Carol había estado parloteando sin parar sobre Xisco y lo enamorada que estaba de él mientras se cambiaban de ropa.

A pesar de no haber dormido, estaba fresca como una rosa y, en esos momentos, lucía radiante, como de costumbre.

Amanda andaba ensimismada en sus pensamientos. Era consciente de que, de las dos, ella era la sensata y Carol la alocada, como le había hecho ver su amiga hacía solo un rato.

Desde pequeñas habían desempeñado esos roles. Aunque Carol era buena por naturaleza, no podía evitar meterse en un lío tras otro. Amanda culpaba a los padres de su amiga: pretendían ejercer sobre ella un control tan férreo que la empujaban a mentir para evitar las frecuentes regañinas y castigos.

No entendía cómo no se daban cuenta de que cuanto más coartaban la libertad de su hija, más se rebelaba ella y más recurría a engaños y triquiñuelas para salirse con la suya.

—¡Y ese exceso de celo es lo que nos ha conducido hasta aquí! —se lamentó en un susurro.

—¿Ya estás murmurando de nuevo? —la interrumpió Carol.

—Sí, para no perder la costumbre, supongo.

—¿Sigues sin perdonarme del todo? —le preguntó, estrechándola aún más con el brazo.

—Sabes que todavía no he descubierto cómo seguir enfadada contigo; de lo contrario, haría siglos que no seríamos amigas —contestó—.

Pero ayer, por un momento, pensé que nuestros padres habían tenido razón al no querer dejarnos ir a Jordania.

Y ahora estaba intentando reconciliarme conmigo misma y convencerme de que no era cierto.

—Pues, por una vez, pienso que eres tú la que está equivocada. De hecho, no lo creo: estoy convencida de ello.

Amanda le sacó la lengua y Carol se echó a reír.

Estaban llegando al lugar donde habían quedado y Amanda podía notar cómo su amiga empezaba a retorcerse por dentro.

—¡Eh! —le dijo—. Tranquila, solo son dos chicos. Hemos quedado otras veces con tíos, no es para tanto.

—No, Xisco no es un chico. Es «el chico».

Amanda puso los ojos en blanco ante la insistencia de su amiga al afirmar que había encontrado a su alma gemela.

Salieron del recinto del hotel y allí estaban, esperándolas, Xisco y Tomás apoyados en dos motos inmensas.

—¡Vaya pedazo de motos! —exclamó Amanda asombrada—. Yo no sé si me atrevo a subirme en eso.

—Vamos, no seas gallina —le contestó Carol mientras se soltaba de su abrazo y echaba a correr en dirección a Xisco.

El nuevo novio de su amiga estaba sentado sobre la más ostentosa de las dos motos.

Era de un rojo encendido y en el carenado podía leerse Ducati y, algo más abajo, 1199 Panigale.

Cuando Xisco vio que Carol corría hacia él, abandonó su postura relajada y apoyó ambos pies con firmeza en el suelo.

La chica le saltó al cuello y él la levantó en el aire para acomodarla después con las piernas alrededor de su cintura.

Se fundieron en un beso que hizo subir los colores a Amanda, que no era precisamente una mojigata.

Miró a Tomás y vio que él también observaba a la pareja con pasmo. El chico desvió la atención hacia ella y, cuando sus miradas se encontraron, sonrió y encogió levemente los hombros, dándole a entender que no había nada que hacer con el comportamiento de sus amigos.

Amanda respiró aliviada. Unos segundos antes no sabía si él seguiría enfadado, pero en esos momentos le pareció que no era así.

Al fin y al cabo, se había reído de su intento descarado de tirarle los tejos; no había sido su intención, pero se había puesto tan nerviosa que aquella había sido su válvula de escape.

Le había sucedido en otras ocasiones, siempre con resultados desastrosos para los implicados, aunque eso había sido cuando era mucho más joven.

Sin embargo, aquella mañana, su risa histérica la había traicionado de nuevo.