CAPÍTULO 5 #3
Amanda volvió a sonreír de aquella manera tan asombrosa y él de nuevo se maravilló de lo preciosa que era cuando lo hacía.
—¿Ya habéis hecho las paces Carol y tú?
—¡Qué va! —confesó Amanda, poniéndose seria de repente—. Aunque, con total seguridad, antes de que acabe el día ya la habré perdonado. ¡Soy más tonta! No me duran nada los enfados.
—Xisco me ha comentado sus planes de ir a dar una vuelta en moto.
—¡Ah! —dijo mientras cogía un plato de la pila al lado del bufé y se servía unos huevos fritos, beicon y judías con tomate—. Así que tú eres el amigo motero del que me ha hablado Carol.
Tomás se carcajeó.
—Sí, los amigos moteros de Xisco somos Gori y yo —indicó mirándola de soslayo y con la sonrisa todavía prendida en sus labios. Cuando ella se mordió el labio inferior con nerviosismo, sonrió también para sus adentros.
—Pero tu hermano se fue anoche a casa —aseguró Amanda.
Tomás pudo percibir un leve toque de ansiedad en su voz. Encontraron una mesa vacía y la ocuparon. Mientras Amanda se servía un vaso de zumo de naranja, Tomás aprovechó y se puso un café. Lo removió despacio después de añadir azúcar y, al fin, contestó escueto:
—Sí.
—Entonces mi acompañante obligado serás, de nuevo, tú.
Esta vez a Tomás le pareció que lo que denotaba su voz era expectación.
—Hombre, tanto como obligado… Nunca considero que ir en moto sea una obligación, y mucho menos cuando voy a estar tan bien acompañado.
Tomás vio cómo Amanda enrojecía y se apresuraba a dar un sorbo al zumo de naranja que tenía delante.
—Aunque la verdad es que debería pasar el día estudiando. Creía que no cederías tan fácilmente, ¡con lo enfadada que parecías esta mañana!
—Si quieres, me hago la dura y no la perdono —afirmó muy seria.
Tomás volvió a reírse. Después, en un tono bajo y sin dejar de mirarla a los ojos, añadió:
—Tú eres la que tiene que decidirlo, pero, si la perdonas, creo que podríamos pasar un día estupendo por ahí con las motos.
Amanda tuvo que soltar los cubiertos para que él no notara el temblor que le había provocado. Aprovechó ese momento para debatir consigo misma qué iba a contestarle:
«Ni se te ocurra negarle nada a un pedazo de tío como ese, sobre todo ahora, que parece que se te está insinuando —se apremió—.
Ya, ¿incluso si eso hace que tengas que perdonar a Carol?
—continuó con su diálogo interno—. Incluso si tienes que pedirle perdón tú a ella y haciendo el pino.
¡Si dejas pasar una oportunidad así, la que dejará de hablarte para siempre seré yo! ».
—Está bien —contestó al fin—. Déjame ver cómo lo hago para que no parezca que me rindo a sus pies.
—Tú dile: ¡oye, que yo no te perdono; lo que pasa es que me apetece demasiado lo de las motos…!
Tomás volvía a hablarle de aquella forma que la hacía bizquear de emoción.
«Anda que no habrá conseguido favores este hablándole así a las tías», se dijo, intentando volver a poner los pies sobre la tierra.
—¿Qué te hace pensar que tengo tantas ganas de ir contigo en moto? —preguntó después de coger el vaso de zumo y esconderse tras él.
—Tendemos a pensar que lo que nos apetece a nosotros es lo mismo que le apetece a los demás. Y yo, ahora mismo, me muero de ganas de llevarte en la parte trasera de mi moto.
Amanda se echó a reír de forma histérica. Soltó el vaso sobre la mesa para que no se le cayera de las manos, pero cuando vio que Tomás no se reía, sino que la miraba con seriedad, intentando adivinar qué era lo que le hacía tanta gracia a ella, se detuvo en seco.
—¡Ah! —exclamó—. ¿Lo decías en serio? Creí… creí —tartamudeó— que querías tomarme el pelo.
El chico sonrió.
«Igual te has pasado un pelín con lo de ponerte intenso, macho», se recriminó. «A ver cómo lo arreglas ahora».
—No estaba tomándote el pelo —contestó, aunque con un tono desenfadado que no se parecía en nada al que había utilizado minutos antes—. La verdad es que me apetece salir con la moto. Estoy un poco saturado de tanto estudiar.
—Entonces, al final, ¿qué hago? ¿La perdono o no la perdono?
—Haz lo que más te apetezca. Yo ya te he dicho lo que me apetecía a mí. —Después se puso en pie de golpe—. ¡Venga, me voy! Xisco ya me pondrá al día de lo que decidas. —Dicho esto, se marchó con aire digno.
—¡Ya lo has ofendido! —se riñó Amanda en voz baja—. Si es que una no puede carcajearse en la cara de un tío y esperar que siga insinuándose. ¡Que son muy orgullosos! ¡Que te lo tengo dicho! Y tú, hala, a darle patadas a su ego…
Amanda siguió murmurando mientras veía a Tomás marcharse, sin tener ni idea de los pensamientos que pasaban por la cabeza de él:
«¡Si es que no sé para qué hablas! —se decía para sí con enfado—. ¿No tenías planeado estudiar? Pues no, vas y te pones en plan intenso con una tía con la que ya habías decidido que no te ibas a liar. ¡Es que no tienes remedio!»
—¡Y tú! —exclamó dirigiéndose a esa parte de la entrepierna que había tomado el control de la conversación minutos antes—, ¡no te emociones, que ya te advertí hace meses que este verano no ibas a abandonar los pantalones más que para mear!