Para siempre contigo (Colección Mediterráneo 1) CAPÍTULO 5 #2
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CAPÍTULO 5 #2

—¡Lo sé! —lo interrumpió—. Desde que «conociste» a aquella clienta que era farmacéutica hospitalaria… —añadió medio en burla medio en serio.

—Pues, si lo sabes, ¿por qué no me echas una mano, en vez de ponerme trabas?

—Joder, tío, no te estoy pidiendo que dejes de estudiar durante todo el verano, solo que lo hagas hoy. Además, no es como si pretendiera que fueras de pareja con un adefesio. La chica no está nada mal.

—Creía que los hombres que iban a casarse no se fijaban en las amigas de su futura esposa.

—Voy a casarme, pero no me he quedado ciego —rebatió Xisco.

Tomás se dio cuenta de que tenía más ganas de salir con la moto, con Amanda a su espalda, de las que había creído.

Agachó la cabeza y se rascó la nuca. Tampoco quería ceder con tanta facilidad, de lo contrario Xisco pensaría que podía convencerlo con ese argumento durante todo el tiempo que Amanda y Carol permanecieran en el hotel.

—Te voy a poner dos condiciones, aunque te repito que no creo que Amanda ceda con facilidad —dijo al cabo de unos minutos—. La primera es que no me busques más en toda la semana.

—¡Hecho! —contestó Xisco—. ¿Y la segunda?

—Hoy lo pagas tú todo.

Xisco se echó a reír. No tenía problema en invitar a su amigo y a las chicas a comer, o a lo que fuera.

Sus circunstancias y las de Tomás eran muy diferentes.

Él no había empezado a trabajar para ayudar económicamente en su casa, como lo había hecho Tomás; tampoco había querido estudiar una carrera, ¡estudiar era un palazo! , se decía.

Él había empezado a trabajar solo porque sus padres habían pensado que eso haría que se tomara el bachillerato con más interés del que había puesto en la secundaria.

Sin embargo, para lo único que le había servido a Xisco lo de trabajar había sido para tener más dinero a su disposición.

Sus padres, que nunca habían necesitado el sueldo que él pudiera aportar, le dejaban quedarse con lo que ganaba.

Poder usar todo ese dinero para sus caprichos había hecho que, en definitiva, perdiera las pocas ganas que tenía de estudiar.

···

Carol no pudo alcanzar a Amanda hasta que llegaron a la habitación que compartían. «Joder, esta vez sí que se ha enfadado de verdad», pensó. No lo tendría fácil para hacerse perdonar.

—Amanda, por favor, no hagas un drama a costa de la noche más maravillosa de mi vida.

Amanda la examinó con rabia, pero no dijo nada; le volvió la espalda enseguida.

«Vaya, eso va a ser una mala señal», se dijo Carol.

—En serio, Amanda, mírame. Mira lo feliz que soy.

—¿Que tú eres feliz? ¿Sabes la noche que he pasado yo? ¿Te das cuenta de que te fuiste sin decir nada? Desapareciste, Carol. Me asusté un montón.

—No tenías por qué, sabías que estaba con Xisco.

—Solo lo imaginaba. Además, eso no era garantía de nada. Lo acababas de conocer —dijo Amanda con enfado—, y encima nos dejasteis tirados. Tuvo que venir el hermano de Gori a buscarnos.

—Lo siento tanto, Amanda, de verdad —la cortó Carol—.

Pero es que estoy viviendo un sueño. Ayer me fui sin darme cuenta de que te dejaba tirada.

Te aseguro que no fue en plan egoísta. Me conoces lo suficiente para saber que esa no es mi manera de actuar —añadió—, ¡pero es que lo que pasó anoche…

! —Carol se abrazó a sí misma, se mordió el labio inferior y miró hacia arriba antes de continuar—: Me he enamorado, Amanda, como una loca.

—Sí, estás loca, ¡pero como una cabra!

—En serio, Amanda —afirmó Carol mientras le cogía la mano—. Fue algo que no sé cómo explicar. Es como si Xisco y yo nos conociéramos desde hace cien vidas. ¡Qué digo cien!, ¡mil!

—Anda que no eres cuentista cuando te lo propones —le contestó Amanda haciendo un movimiento de arriba abajo con la cabeza para enfatizar sus palabras.

—¡Que no, Amanda! Noté una conexión con su alma desde el primer momento. Y él me dijo que le había pasado lo mismo conmigo. Por eso nos fuimos sin darnos cuenta de lo que nos rodeaba ni de que os dejábamos atrás.

—No me lo recuerdes, que aún estoy a tiempo de meterte dos bofetadas con la mano abierta. Estoy muy enfadada, Carol. ¡Muy enfadada!

—¿Cómo puedo disculparme, Amanda? Pídeme lo que quieras y te lo daré.

—Pues mira, de momento, déjame en paz. No tengo ganas de verte ni de oír tus falsas disculpas. Voy a meterme en la cama y dormir. Tú haz lo que quieras, pero apártate de mi vista.

—¡Joder, Amanda! Xisco me ha dicho que él y su amigo Tomás nos llevarían a dar una vuelta en moto.

—¡Sí, precisamente ir a dar un paseo en moto es lo que yo tenía en mente ahora mismo! —contestó Amanda cada vez más enfadada.

—Vale, está bien. Métete en la cama si eso es lo que quieres. Yo me daré una ducha y me iré a la piscina para no molestarte —dijo haciendo una especie de puchero.

Pero Amanda no picó, conocía las tretas de Carol y no quería perdonarla tan deprisa como de costumbre. Pensó que, por una vez, a su amiga le tocaba pasar un mal rato. Así que se metió en la habitación, se puso el pijama y se acostó sin decir ni media palabra.

Oyó como Carol se duchaba y, aunque se preocupó por si no podía manejarse bien con el pie herido, no se movió. No tenía ganas de hablar con ella. Sabía que el enfado se le pasaría más pronto que tarde, como le sucedía siempre, pero en aquellos momentos lo único que quería era dormir un poco.

Aunque Carol se movió con cuidado de no hacer ruido, pensando que ella estaría ya dormida, Amanda se dio cuenta de todos y cada uno de sus movimientos por la habitación.

Al final, Carol salió por la puerta y Amanda se concentró en dormirse. Después de un buen rato dando vueltas en la cama, se dio cuenta de que no volvería a coger el sueño, al menos esa mañana. Resopló, se cubrió la cara con ambos brazos y aún esperó cinco minutos más, pero fue inútil.

Se levantó irritada, volvió a vestirse y salió en dirección al comedor. No eran ni las diez y media y pensaba que, con suerte, todavía no habría acabado el turno del desayuno. El sueño se le había pasado, pero estaba muerta de hambre.

Por el camino se topó con Tomás, que salía de una edificación baja y cuadrada con unos papeles en la mano. El chico le sonrió nada más verla y ella sintió que las piernas le flaqueaban.

«¡Qué guapísimo es!», pensó. Se acercó a él mientras le devolvía la sonrisa.

—Voy al comedor, a ver si todavía encuentro algo para desayunar —le dijo cuando estuvo a su altura.

Tomás, que cada vez que veía a Amanda sonreír notaba una sensación de calor muy agradable en su interior, se apresuró a acompañarla.

—Iré contigo. No he comido nada desde las siete de la mañana y la verdad que no me vendría nada mal tomar un café.