CAPÍTULO 5
Sobre las seis de la mañana, después de haber estado dando vueltas en la cama durante toda la noche, Amanda se quedó profundamente dormida.
A eso de las ocho se despertó sobresaltada y, como había temido, Carol seguía sin aparecer.
Se vistió a toda prisa y salió de la habitación.
Quería encontrar a Tomás y pedirle que la acompañara a la policía.
«Quizás Carol y Xisco hayan ido a su apartamento y no haga falta ir a poner una denuncia», pensó, ansiosa.
Por su cabeza habían desfilado todo tipo de imágenes, algunas verdaderamente tétricas, otras no tanto.
Aunque se repetía que lo más probable era que Tomás tuviera razón y que aquellos dos hubieran pasado la noche recreándose uno en el otro, sin pensar en nada más; no podía evitar ponerse en lo peor.
Su cerebro no le había dado tregua en las últimas horas y un dolor pulsante en la frente le recordaba lo poco que había dormido.
Nada más llegar a la Gran Plaza divisó a Tomás y, como ya le había pasado la noche anterior, una punzada de deseo la recorrió por dentro. Llevaba unas gafas de sol tipo Ray-Ban que le quedaban de muerte y, por un segundo, a Amanda hasta le costó tragar saliva.
—No hay derecho a que un tío esté tan bueno. No es justo para el resto de los pobres mortales —murmuró, olvidando por unos instantes a su amiga.
Tomás vio a Amanda acercarse a él con paso apresurado y enseguida supo que Xisco y Carol no habían dormido en la habitación de ellas.
—¿No han aparecido? —preguntó cuando ella estuvo lo bastante cerca como para oírlo.
—No, ¿tampoco han ido a vuestro apartamento?
—No, no han venido —aseguró.
Bajó la cabeza, se pasó la mano por el pelo mientras se preguntaba qué podía decirle a la pobre chica para que se tranquilizara. Volvió a levantar la cabeza con lentitud y lo que vio hizo que se le descolgara la mandíbula.
Amanda se asustó al ver la expresión de Tomás y siguió la dirección de su mirada.
Carol y Xisco se dirigían hacia ellos. Iban abrazados y tan cerca uno del otro que parecían uno solo. Tomás no salía de su asombro; nunca había visto a su amigo tan pegado a uno de sus ligues a la mañana siguiente.
Amanda observó a Carol y se dio cuenta de que llevaba un vendaje en un pie. Dio un salto y salió corriendo hacia su amiga.
—¿Qué os ha pasado? —gritó, rozando la histeria—. ¿Habéis tenido un accidente? ¿Por qué no me has llamado?
Las preguntas se le atropellaban en la boca, lo que hizo aparecer una luminosa sonrisa en el rostro de Carol.
—No me ha pasado nada, bobita —aclaró sin deshacer su abrazo de Xisco, aunque la rodeó también a ella con un brazo.
—Entonces, ¿qué es ese vendaje? No me mientas.
—¡Para, Amanda, para! Estás al borde de un ataque de nervios por nada.
—¿Por nada? —contestó al tiempo que se soltaba del abrazo de su amiga—. He pasado la noche preocupada, preguntándome dónde podías estar. No me avisaste cuando te fuiste y nos dejasteis tirados al pobre Gori y a mí. Y encima no has contestado a ninguna de mis dos mil llamadas.
—¡Gori! —la interrumpió Carol. Después le preguntó en un susurro—: ¿Qué tal con él?
—¿¡Qué tal qué, Carol!? ¿¡Qué tal qué!? —Amanda estaba gritando a pleno pulmón cuando Tomás llegó junto a ellos tres.
—Cálmate, Amanda —dijo—. ¿Ves cómo no les ha pasado nada?
—¿No? Entonces, ese vendaje, ¿qué es?
—Fuimos a la playa y me picó un pez araña, eso es todo. Me dolía muchísimo y me pusieron una inyección de cortisona y unas gasas. Solo me colocaron la venda porque el esparadrapo se pegaba fatal al pie. Venga, no hagas un drama de esto.
—¿Y el teléfono?, ¿para qué lo tienes?
—Lo siento, Amanda, lo dejé en el coche. No lo he mirado en toda la noche. No podía imaginar que fueras a ponerte así.
Amanda contempló a Carol y a Xisco con los ojos entrecerrados, sin terminar de fiarse de ellos. Abrió la boca para decir algo y volvió a cerrarla.
Se sentía avergonzada por el cuadro que acababa de protagonizar; aunque se negaba a reconocer que no tenía razón.
Estaba convencida de que Carol habría actuado igual que ella si la situación hubiese sido a la inversa.
Además, creía que, al menos su amiga, debía entender que ella se hubiese puesto tan nerviosa.
Gruñó y se dio la vuelta para dirigirse hacia la habitación que compartían. Iba murmurando y los tres chicos pudieron entender, como mínimo, las palabras «desagradecida», «mala amiga» y «maligna», entre otras lindezas.
Carol fijó su mirada en los ojos de Xisco y él asintió sin que ella necesitara decir nada. Le dio un beso suave en los labios y salió corriendo tras su amiga.
Tomás elevó las cejas de forma interrogante hacia donde estaba Xisco mientras este le devolvió la mirada sonriendo.
—¿Dónde la llevaste para que le picara un pez araña? Anda que debe de haber sido una noche movidita —comentó medio riéndose.
—Fuimos a Cala Gat . Había luna llena y me apetecía enseñársela.
—¡Ya imagino qué era lo que querías enseñarle!
No hace falta que me lo digas. —De repente se echó a reír con más ganas—.
Y el pez, que seguro que tiene su residencia en la cala, estará harto de que quieras mostrarle lo mismo a una tía distinta cada noche y se ha vengado —murmuró entre risas.
Tomando aire añadió—: La pena fue que no te picara a ti.
—¡Gilipollas! —contestó Xisco al tiempo que le daba un golpe con fuerza en el hombro—. Me asusté mucho. Se puso a gritar de dolor y tuve que llevarla a cuestas todo el camino de vuelta hasta el coche.
—Es que el puto pez se ensaña cuando te pica. Prefiero un millón de picaduras de medusa antes que una de un pez araña.
—A mí no me ha picado ninguno, pero anoche hubiera preferido ser yo el herido. Hubo un momento en que se puso a temblar con tanta fuerza que creí que se me caía de los brazos.
—A ver, que yo me aclare —masculló Tomás empezando a enumerar con los dedos—: la llevaste a cuestas durante un buen trecho; si estabais en Cala Gat, fue toda una hazaña.
No puedo asegurarlo, pero me imagino que entre la visita a Urgencias, el dolor y el susto, de sexo…
poco o nada. Y esta mañana apareces pegado a ella con una lapa. ¿Me estoy perdiendo algo?
—Me he enamorado, tío. Creo que ella podría ser la del tatuaje —afirmó Xisco con solemnidad.
Tomás lo miró por encima de las gafas de sol.
—¡Que te has enamorado!, ¡que ella va a ser la del tatuaje! —bufó—. Mira, tío, el que cree que eso de enamorarse es la hostia eres tú; pero yo no me lo trago. Ya sabes que ni siquiera pienso pasar el tiempo suficiente con alguien como para poder quedarme pillado.
—Eso no lo eliges tú, puedes quedarte pillado en una sola noche, como me ha sucedido a mí. Y no te estoy hablando de un enamoramiento de verano. Te estoy hablando de amor de verdad, para toda la vida.
—Ese es precisamente el tipo de amor que voy a evitar a toda costa. No tengo intención de pasarlo tan mal como lo pasó mi madre, y mucho menos hacer pasar a nadie por eso. Tú cásate si quieres, pero yo no pienso prometer el «para siempre» a nadie.
—Vale, si quieres, sigue afirmando que estar enamorado es una mierda, pero ahí estaré yo para reírme de ti cuando te llegue la hora. Y en cuanto a lo de casarme, no creas que me disgusta la idea. Quizás incluso antes de que acabe el verano —añadió reflexivo.
Tomás lo observó incrédulo.
—¿Casarte? ¡Si no lo decía en serio!, solo era una manera de exagerar la situación —exclamó—. ¿Te das cuenta de que se te va la pinza?
—Ya puedes ir haciéndote a la idea —continuó Xisco, animándose por momentos—. A ella le pasó lo mismo que a mí. Te aseguro que empieza a dolerme el no tenerla aquí, a mi lado.
—De verdad que creo que has perdido la cabeza.
—Sí, amigo, la he perdido por completo. He perdido la cabeza por Carol —dijo abriendo los brazos.
—Me entran ganas de darte dos hostias a ver si vuelves a ser tú.
—Que no, chaval, que no hace falta que me pegues, soy el mismo de siempre; estoy mejor que nunca. Me he enamorado —repitió—. Por cierto, ¿qué haces hoy?
Tomás negó con la cabeza. Sabía, por experiencia, que cualquier cosa que le dijera a su amigo caería en saco roto. No lo iba a escuchar, siempre hacía lo que quería, y cuando quería.
—Estudiar —respondió, al fin—. Sigo teniendo el examen del FIR a principios del año que viene.
—Es que le he dicho a Carol que las llevaríamos a ella y a Amanda a dar una vuelta con las motos.
—Pues mi hermano no está, se fue a casa anoche.
—Ya lo sé, le he llamado y me lo ha dicho. —Xisco sonrió para añadir—: También me ha dicho que a Amanda seguramente le gustaría más ir contigo que con él.
Tomás lo miró con fijeza. No le pasaba por alto que Xisco se lo había pedido primero a Gori y que este había declinado la oferta en su favor.
—Tengo que estudiar, no cuentes conmigo. Además, ya lo sabías cuando le has prometido eso a Carol. De todas formas, no creo que tu chica pueda convencer a Amanda, estaba muy enfadada. Ayer me costó un huevo que se tranquilizara y me creyera cuando le dije que tú no le harías daño a su amiga.
—¡Ya! También me lo ha comentado Gori.
—¿Qué te ha dicho? —quiso saber Tomás receloso.
—Que tú le habías levantado el ligue y que te la habías llevado al hotel. —Elevó las cejas varias veces queriendo dar énfasis a sus palabras.
—¿Que yo qué? Me va a oír ese imbécil cuando lo pille. Encima de que fui a buscarlos cuando tú los dejaste tirados. Es que no sé cómo me digno a dirigiros la palabra a alguno de los dos.
—Porque nos quieres, aunque lo niegues.
Tomás le dio la espalda a su amigo y empezó a andar hacia la oficina que compartía con el resto de los animadores. Ya había perdido al menos media hora y tenía que ponerse a estudiar. Xisco lo sujetó por un brazo.
—Venga, tío, no me dejes tirado.
—No te dejo tirado, en ningún momento te he dicho que valorase ir a pasear a esas chavalas por la isla en moto.
—Hostia, Tomás —le suplicó su amigo—, por un día no pasará nada.
—No, Xisco —contestó Tomás—. He estudiado Farmacia con la idea de entrar a trabajar algún día en un hospital.