CAPÍTULO 4 #3
—Me parece que vas a estudiar poco mientras Amanda siga por aquí —murmuró para que solo pudiera oírlo su hermano.
Tomás no le contestó. No quería que Amanda se diera cuenta de que hablaban de ella, pero la mirada que le dirigió a fin de hacerlo callar hizo que Gori soltara una risotada que resonó por toda la escalera del edificio.
—¿Quieres apostar? —atacó el más joven de nuevo en voz baja.
Tomás salió del piso y le cerró la puerta en las narices para que no siguiera molestándolo.
Al entrar en el ascensor, la sonrisa de Amanda ya se había desvanecido y Tomás empezó a devanarse los sesos en busca de una forma de hacerla reaparecer.
No se habían dicho nada amable en todo el rato que habían pasado juntos y, en esos momentos, no veía cómo empezar.
Además, se dio cuenta de que le encantaba hacerla rabiar.
«Aunque ella tampoco se queda atrás», pensó.
La miró abiertamente, pero ella observaba sus zapatos con atención evitando dirigir la vista hacia él. Bajaron los tres pisos sin que ninguno de los dos pronunciara una sola palabra.
Cuando salieron del edificio, Tomás, empeñado en verla reír de nuevo, se detuvo delante de la puerta de su destartalado coche y le propuso a Amanda con una mirada pícara:
—¿Qué tal si enterramos el hacha de guerra?
—Hombre, de eso tú sabrás un rato —contestó ella intentando disimular su sonrisa.
—¿Por?
—Digo yo que te habrás cruzado con algún indio, al menos cuando vas vestido como un cowboy de pacotilla —se mofó, aunque Tomás no pudo notar ni un atisbo de malicia en su voz. Al contrario, su tono era más bien amable y vio cómo ella intentaba ocultar otra sonrisa.
—Esta vez me has herido de verdad. —Se colocó la mano en el pecho mientras se encogía, como si una bala le hubiese atravesado el corazón.
Amanda se rio y Tomás le devolvió la sonrisa, sintiéndose contento. Después, los dos se metieron en el coche.
—He sido un poco borde, ¿no? —dijo Amanda al cabo de un rato, torciendo el gesto—. Lo siento, pero creo que, una vez más, he hecho pagar el pato a quien no debía. Me pasa a veces. Aunque también sé pedir perdón.
Tomás apartó la vista de la carretera para volverse hacia ella y arqueó las cejas.
—¿Qué? —preguntó ella, sosteniéndole la mirada.
—Estoy esperando esa disculpa —indicó él jocoso.
—¿Perdona? —Amanda entrecerró los ojos—. Tú tampoco has sido un ejemplo de humildad.
Tomás soltó una carcajada.
—Vale, digamos que yo también he sido un poco borde. Empate, ¿entonces? —propuso al tiempo que alargaba la mano derecha para sellar el trato, con una gran sonrisa en los labios.
—De acuerdo, empate —aceptó Amanda mientras le estrechaba la mano con decisión.
···
En la habitación que compartían Carol y Amanda tampoco encontraron a los dos desaparecidos. Tomás pudo ver cómo Amanda se ponía cada vez más nerviosa, pero no sabía dónde podían haber ido Xisco y Carol. Había montones de sitios a los que a su amigo le gustaba llevar a sus ligues.
—No te preocupes por ella —dijo al ver aumentar el nerviosismo de Amanda—, Xisco la habrá llevado a nadar a alguna playa. Hoy hay luna llena, no sería nada raro.
Amanda lo miró, se la veía alterada, aunque intentaba mantener la compostura.
—Si le pasa algo a Carol me voy a morir, y después su madre me va a matar por haber dejado que le pasara algo. —Le temblaba la voz y a Tomás le pareció que los ojos de la chica brillaban por las lágrimas contenidas.
—Bueno, no creo que tú la hayas obligado a hacer nada que no quisiera. Ni tú ni nadie —se apresuró a añadir al ver cómo Amanda abría los ojos como platos—. Quiero decir que lo que le pueda pasar, que no le pasará nada —remarcó—, en ningún caso sería tu responsabilidad o tu culpa.
Amanda se retorció las manos.
—Nunca había hecho algo así. Siempre me avisa cuando va a irse. Pero hoy… —se detuvo unos segundos—, no sé, estoy asustada.
—No tienes por qué estarlo. Está con Xisco, eso es seguro, y él cuidará de ella. No es tan cabeza hueca como quiere aparentar. Te aseguro que a Carol no le pasará nada malo mientras esté con él.
Amanda lo miró con aprensión, pero no contestó. Él continuó:
—Si yo fuera tú, intentaría dormir un rato y, cuando te despiertes por la mañana, te darás cuenta de que ella ha llegado durante la noche sin que te enteraras siquiera.
—Si tú lo dices… —Se veía que Amanda no estaba nada convencida de ello.
—Pues venga, me voy y te dejo descansar, ¿de acuerdo?
Amanda asintió con la cabeza y lo acompañó hasta la puerta. Tomás se volvió para mirarla de nuevo y le repitió:
—Ya sé que no me conoces, pero te aseguro que puedes fiarte de mi palabra. Carol está bien y seguirá estándolo. En serio.
—Gracias —contestó la chica con evidente tristeza en la voz.
Tomás le dijo adiós con un gesto de la mano y se marchó pasillo abajo.
Amanda sabía que no iba a poder dormir hasta que llegara Carol y ella comprobara con sus propios ojos que de verdad estaba bien. Intentó llamarla de nuevo al móvil, como había hecho innumerables veces esa noche, pero su amiga seguía sin contestar.
«Pues mira que si esto te hubiera pasado en Jordania, ¿qué habrías hecho? —se preguntó—. Lo mismo que aquí; nada. Porque lo único que puedes hacer es esperar. Pero, si mañana por la mañana no ha regresado, me iré de cabeza a la policía», se prometió.