CAPÍTULO 4 #2
—¡Anda ya! —protestó Gori. Podía imaginarse a Amanda contemplando a su hermano embelesada, algo que no había hecho con él en toda la noche.
Tomás se rio al escuchar gruñir a su hermano y Amanda resopló. Después pensó que esa fea costumbre se estaba haciendo demasiado habitual en ella en los últimos días.
Veinte minutos más tarde, ninguno de los tres había pronunciado ni media palabra. Cada uno iba inmerso en sus pensamientos.
Gori intentaba hacerse a la idea de que Amanda, que tanto le gustaba, no sería para él. La chica se lo había dejado claro, pero él no había terminado de creérselo hasta que llegó su hermano y lo dejó sin ninguna opción.
«Ya habrá otras —pensó—. El verano acaba de empezar».
Amanda iba pensando en formas dolorosas de torturar a Carol y ninguna le parecía lo bastante cruel.
De vez en cuando murmuraba en voz baja, una costumbre por la que su madre la había regañado a menudo; no obstante, era superior a ella, no podía dejar de hacerlo.
Al cabo de poco tiempo se dio cuenta de que tampoco podía evitar girarse furtivamente hacia su izquierda para mirar a Tomás.
En la penumbra del coche pudo contemplar a placer sus hermosos rasgos y notó que un cosquilleo conocido le nacía en el estómago.
«¡Uf! A este no le frenarías si quisiera meterte mano como has hecho con su pobre hermano. Creo que hasta le enseñarías el camino a tu cama sin rechistar», habló consigo misma, sin despegar los labios esta vez.
En una de esas ocasiones él la sorprendió observándolo y ella se azoró. Decidió que seguir mirándolo no haría más que acrecentar su ego y que no volvería a hacerlo. Pero sus ojos no parecían estar de acuerdo con aquella decisión y lo buscaban cada pocos segundos.
Tomás, por su parte, había estado repasando mentalmente los temas que aún le quedaban por estudiar esa semana y comprobó, satisfecho, que iba un poco adelantado. Suspiró y se relajó. Podría cumplir con el plazo que se había marcado, estaba casi seguro de ello. Pero no podía perder ni un minuto más.
«A partir de esta noche apagaré el móvil antes del espectáculo y no volveré a encenderlo hasta el día siguiente», pensó. «Si Gori y Xisco quieren irse por ahí, que se preocupen de cómo volver si el otro se larga antes. Se lo voy a decir en cuanto dejemos a la chica en su habitación».
Pensar en Amanda hizo que volviera a mirarla. Además de guapa, tenía carácter, y a él le gustaban las mujeres fuertes.
«¡Y esos pechos!», recordarlos hizo que se le calentara la sangre de inmediato. Volvió a observarla y se dio cuenta de que ella bajaba la vista con evidente turbación. La sangre se le calentó un grado más.
«No, no y no. Tienes que centrarte en estudiar, ya habrá tiempo para mujeres después».
—Xisco me ha dicho que mañana podría librar. —Oyeron que decía Gori entonces—. Creo que voy a coger la moto y me iré a casa a dormir.
—¿A estas horas? Vas a asustar a mamá —contestó su hermano.
—Mamá duerme tan profundamente que no va a enterarse de que estoy en casa hasta que mañana se vaya a trabajar y vea la moto en el garaje. ¡Como si fuera la primera vez que lo hago!
—Haz lo que quieras.
—Pues acompáñame primero al apartamento, así no saldré tan tarde —dijo Gori—. No te importa ¿verdad, Amanda?
—Así de paso vemos si Xisco y tu amiga…
—Carol —lo cortó Amanda.
—Tu amiga Carol —puntualizó Tomás—, está ahí por casualidad.
—Como queráis —dijo la chica—. No me importa a dónde vayamos primero.
A los pocos minutos, Tomás aparcó el destartalado coche ante una finca de apartamentos y los dos hermanos se apearon con rapidez.
—¿Tú no bajas? —le consultó Gori a Amanda al ver que no se movía de su asiento.
—Sí, claro —contestó ella insegura—. Estaba llamando otra vez al móvil de Carol para ver si lo cogía, pero nada.
Una vez en la entrada de la finca, se metieron los tres en un amplio ascensor.
—El piso es de Xisco —explicó Gori—. Aunque el hotel es uno de los pocos que todavía tienen habitaciones para los empleados, los padres de Xisco pensaron que estaría mejor viviendo en su propia casa.
Así que hace unos años le compraron este apartamento para que pudiera quedarse cerca del trabajo.
Y a nosotros nos viene genial, ¿verdad, Tomás? Porque nos deja vivir con él.
Tomás le echó una mirada airada a su hermano. No entendía la necesidad que tenía el chico de contarle todo aquello a una desconocida.
«Qué más le da a ella de quién sea el apartamento en el que vivimos», se preguntó mientras metía la llave en la cerradura para abrir la puerta.
Se dio cuenta de que le hubiese gustado poder presumir ante Amanda de que el piso era suyo y no de Xisco.
Nada más cruzar el umbral, los tres comprobaron que en el apartamento no había nadie. Estaba a oscuras y en silencio, no había luz en ninguna de las habitaciones y la de Xisco tenía la puerta abierta de par en par.
—¡Pues aquí no están! —Gori señaló lo evidente.
—¡La mato, la mato! —murmuró Amanda—. Primero la encuentro y después la mato.
—Pues ya podemos hacernos una idea bastante clara de dónde pueden estar —apuntó Tomás al tiempo que daba una palmada.
—¿Puedes acompañarme ahora al hotel? —pidió la chica, que se había dado cuenta de que no tenía ni idea de cómo llegar hasta allí.
—¿Ahora no te parece mal mi carromato? —la interpeló Tomás, medio en serio, medio en broma.
—Es que no me ha parecido mal en ningún momento —expuso ella picada. No tenía el cuerpo para bromas, aunque vinieran de un chico tan guapo como aquel—. Lo que me ha hecho gracia antes ha sido tu disfraz.
—Pues, si me disculpas, me daré una ducha y me pondré otra ropa —indicó él entre dientes, ofendido por la pulla. Se dirigió hacia un pasillo lateral y desapareció por él.
Amanda iba a soltar algún otro exabrupto, pero no le dio tiempo y se quedó con la boca abierta. Gori se encogió de hombros y levantó las manos con las palmas hacia arriba.
—Su especialidad es dejarte con la palabra en la boca —dijo—. Es casi imposible pelearse con él.
Después desapareció por el mismo pasillo por el que lo había hecho su hermano.
Amanda gruñó. Se sentía atraída por Tomás, pero él no paraba de meterse con ella. Aunque no le hacía ascos a una lucha dialéctica, en esos momentos no se veía capaz de salir victoriosa, y no le gustaba nada perder.
Cuando se calmó un poco, dio una vuelta sobre sí misma para observar el lugar y descubrió que el apartamento era agradable y estaba muy limpio.
La entrada, la cocina y un pequeñísimo salón compartían espacio, pero estaban bien delimitados.
Un sofá marrón con chaise longue presidía toda la estancia; Amanda decidió sentarse en él para esperar a Tomás.
Sobre una mesita baja había unas cuantas revistas. Cogió una para ojearla, estaba en francés.
«No me voy a enterar de nada —pensó—. Al menos espero que tenga fotos».
Al llegar a la primera página que no era de publicidad de algún perfume masculino, se quedó sorprendida y muy ofendida. Una descomunal rubia posaba en un desnudo integral y con una postura muy sugerente.
—¡Cómo no! —exclamó para sí mientras cerraba la revista de golpe.
Volvió a abrirla enseguida.
«Esa tía es tan rubia que no se le ve el vello… ¿o es que lo tiene todo depilado?», se preguntó. Se acercó la revista a la cara para poder observarla mejor.
—Pensaba que a las chicas no os gustaban demasiado esas revistas. —La voz de Tomás la paralizó—. Pero veo que tú muestras un gran interés.
—Solo estaba comprobando algo —contestó mientras cerraba la revista con rapidez. Para su desgracia, notó que se había puesto roja como un tomate.
—¡Ah, que le estabas contando las pecas! —Tomás sonreía con sorna, y eso ofendió más a Amanda que sus palabras.
Tenía una contestación cortante en la punta de la lengua, pero el cerebro se le quedó en blanco en cuanto sus ojos se posaron en él.
Llevaba el pelo húmedo y algunos mechones rebeldes le caían sobre la frente.
No llevaba el pelo largo; era solo ese mechón indisciplinado que tenía que apartarse de los ojos una y otra vez.
Ese aire descuidado resaltaba más aún sus rasgos viriles.
Se había puesto una camiseta negra que le permitía a Amanda reconstruir mentalmente la imagen de los músculos definidos que había visto tan bien antes, cuando los llevaba al descubierto; y unos vaqueros ajustados que hicieron que le temblaran las rodillas.
«¡Venga ya! —se recriminó—. Si no es más que otro chulo piscinas como su amigo. ¡Dejad ya de temblar, traidoras!».
Tragó saliva y la sonrisita de suficiencia de Tomás la sacó de quicio.
—Si no fuera porque no tengo ni idea de cómo llegar al hotel, anda que me tendría aquí, esperándolo —murmuró para sí.
—¿Te han dicho alguna vez que no paras de refunfuñar?
—Es una costumbre que mi madre odia —contestó. Después se mordió la lengua para no decir nada más. No le apetecía contárselo precisamente a él, porque no era capaz de adivinar si le estaba tomando el pelo.
—¿Me puedes acompañar ahora al hotel? —preguntó.
—Por supuesto —aceptó Tomás mientras señalaba el camino con una mano. No se movió de donde estaba, lo que obligaba a Amanda a pasar muy cerca de él para dirigirse hacia la salida.
«Si me pone una mano encima, le doy con el clutch », se dijo. Pero no fue necesario. Cuando se acercó a él, Tomás retrocedió un paso, dándole espacio suficiente para pasar entre él y el sofá.
En aquel preciso instante apareció Gori por el pasillo. Llevaba una mochila cargada al hombro y un casco en la mano.
—Bueno —soltó algo cohibido—, nos veremos por el hotel, supongo.
—¡Seguro! —Una gran sonrisa iluminó el rostro de Amanda—. Disfruta de tu día libre —añadió, despidiéndose de él con la mano.
Era la primera vez que Tomás la veía sonreír con calidez, y se dio cuenta de que, al hacerlo, Amanda pasaba de ser simplemente bonita a exhibir una belleza radiante.
Había visto a otras personas cambiar con solo una sonrisa, pero nunca de forma tan espectacular.
Se la quedó mirando embobado y tropezó con sus propios pies.
Gori emitió una risita y lo golpeó en la espalda.