CAPÍTULO 4
Amanda y Gori habían estado enfrascados en su conversación y no se habían dado cuenta del momento en que los otros se habían marchado sin decir nada. Ninguno de los dos contestó al móvil cuando los llamaron.
—¡Joder! —exclamó Gori.
—Voy a pagar —indicó Amanda—. Tú ve al coche a ver si están allí; yo iré enseguida. Si acaso, los esperamos ahí.
—¿No tendríamos que asegurarnos primero de que no siguen por aquí? Digo yo que no nos habrán dejado tirados.
Amanda lo atravesó con la mirada.
—Vale —contestó, al tiempo que levantaba las manos en son de paz—. Voy hasta el coche.
«Espero no encontrarlos en faena; Xisco es capaz de eso y más, ¿no?», se preguntó a sí mismo sin querer expresar su preocupación en voz alta.
Amanda salió a la calle tras pagar. Iba mascullando improperios entre dientes contra Carol cuando se dio cuenta de que Gori regresaba con una cara de cabreo bestial.
—Se han ido.
—¿Se han ido? ¿Cómo que se han ido?
—Pues que se han ido, el coche no está. —Levantó los brazos con impotencia.
—¡La madre que la parió! —gritó Amanda—. Puedes estar segura de que esta me la pagas, ¡pero con intereses!, Carolina Antonia —murmuró luego para sí, dirigiéndose a su amiga—. Y ahora, ¿qué haremos? ¿Cómo se supone que tenemos que volver al hotel? —inquirió irritada.
—Por eso no te preocupes, he llamado a mi hermano. Se ha cabreado casi tanto como tú, pero ha dicho que vendría a recogernos —indicó Gori en tono de disculpa.
Amanda se dio cuenta de que estaba atacando a la persona equivocada. Intentó arreglarlo:
—¡Ah! Muchas gracias, pero igual podíamos haber pedido un taxi —añadió, después de acordarse otra vez de todos los antepasados de su amiga.
—No pasa nada, el hotel no está lejos. Tomás no tardará demasiado en llegar. Justo había acabado el espectáculo.
—¿El espectáculo? —se extrañó Amanda.
—Sí, mi hermano es el jefe de animadores. Cada noche hay espectáculo y él tiene que estar ahí; a veces actúa y otras solo dirige, pero no puede marcharse hasta que acaba. —Pareció que el chico quería pedir disculpas de nuevo—. No tendremos que esperar mucho, de verdad —repitió.
—No te preocupes —le dijo Amanda. Le apoyó una mano en el brazo al pobre Gori, que parecía llevar el peso del mundo sobre los hombros—.
Tú no tienes que disculparte por nada. En cambio, Carol…
—dejó el discurso en suspenso por unos segundos—, ella puede prepararse porque pienso hacérselo pagar hasta el fin de los días.
Gori se puso a reír. «La ansiedad tiene que salirme por algún lado», pensó. La noche no podía haber sido más catastrófica. Tenía la sensación de que había estado hablando de cosas insustanciales y que, seguramente, a la pobre Amanda no le habían interesado en absoluto.
Después había hecho un intento patético por besarla y ella lo había frenado sin pensárselo dos veces. Para rematar la jugada, Xisco los había dejado tirados y su hermano había tenido que acudir en su ayuda.
«¿Podía haberme ido peor?», se preguntó.
Y cuando esta idea todavía rondaba por su cabeza, se dio cuenta de que sí, de que podía irle aún peor.
Supo que su hermano acababa de llegar y que se dirigía hacia ellos. Y no lo supo porque lo viera acercarse, sino porque reconoció la mirada de fascinación de Amanda; la que había observado muchas otras veces en mujeres de todas las edades cuando sus ojos se posaban por primera vez en Tomás.
Gori esperó el golpe en el hombro que sin duda le daría su hermano, siempre lo hacía, pero este no llegó. Se volvió para seguir la mirada de Amanda, por si acaso no hubiese sido Tomás quien había producido ese impacto en la chica, y entonces sí que le entró la risa floja.
—¿De qué te ríes si puede saberse, enano? —indicó Tomás al llegar junto a ellos.
Amanda, que había dejado de lado su fascinación por el recién llegado tras contagiarse de la risa del más joven de los hermanos, contestó entre hipidos:
—Espero que hayas venido en carromato, porque si tiene que llevarnos el caballo a los tres, lo tenemos crudo.
Tomás bajó la mirada a su atuendo y se dio cuenta de que había salido disparado del espectáculo sin entretenerse siquiera a cambiarse de ropa. Cuando Amanda y Gori vieron reflejado en sus ojos que se había dado cuenta, redoblaron sus risas.
El chico llevaba puesto un chaleco marrón con flecos y sin camisa debajo; unos pantalones que imitaban la piel de vaca y que le llegaban justo por encima de unas botas vaqueras con espuelas falsas. Era el vestuario que había lucido durante el último baile de esa noche.
Tomás frunció el ceño y se dio la vuelta sin esperar a su hermano y a la amiga de este.
Gori consiguió coger aire entre risa y risa y urgió a Amanda para que siguiera a Tomás.
Alcanzaron al bailarín vaquero cuando ya se estaba subiendo a un destartalado Renault 4L, que habría podido parecer un coche de coleccionista de haber estado en mejores condiciones.
—¡Joder, Tomás! —le recriminó Gori—, ya podrías cuidar este trasto un poco mejor, que va a ser mío algún día.
¿Cómo puede ser que lleves dentro tanta porquería?
—Sin apenas coger aire continuó—: Amanda, será mejor que te sientes delante, aquí atrás no creo ni que se puedan apoyar los pies en el suelo.
—En lugar de quejarte tanto, estaría bien que fueras un poco agradecido —le espetó su hermano, algo picado—. Y no es que tenga muchos trastos, es que a ti te lo parece debido a esa obsesión que tienes por el orden.
Amanda no pudo evitar reírse de nuevo, por lo que se ganó una mirada airada de Tomás.
Aunque los ojos le echaban chispas de irritación, hicieron que el corazón de Amanda se ralentizara cuando se posaron en ella.
En el instante que había visto a ese cowboy acercándose decidido hacia ellos, se había quedado anonadada; pero en esos momentos lo observó con interés.
Era un chico guapísimo. Le parecía que podría trabajar como modelo más que como animador. Tenía los ojos de un verde claro, enmarcados por unas pestañas larguísimas y unas cejas espesas que le conferían un aspecto salvaje.
Amanda se estremeció por dentro. Una estudiada barba de dos días le cubría la mandíbula cuadrada y los pómulos altos le conferían un aspecto recio, muy varonil.
Para completar el lienzo, unos labios que a Amanda le parecieron pedir besos a gritos.
Eran perfectos, el inferior ligeramente más grueso que el superior; aunque en esos momentos mostraban un rictus serio, la chica estuvo segura de que, cuando sonreía, la gente en general, y no solo las chicas, debía caer rendida a sus pies.
—Tienes razón —dijo con dulzura cuando logró recuperar el control del habla—. Deberíamos estar dándote las gracias por venir a buscarnos y, en cambio, nos hemos reído de ti. No tenemos vergüenza.
Gori abrió los ojos como platos al verla ceder con tanta facilidad y estuvo a punto de protestar, hasta que la oyó continuar:
—Pero tampoco es que nos vayas a llevar a cuestas sobre los hombros; igual no será necesario que nos arrastremos a tus pies. —Dicho esto, entró en el coche y no dijo nada más.
Gori escuchó un gruñido proveniente de la garganta de su hermano y se rio entre dientes. Tomás no estaba acostumbrado a que las chicas le negaran nada, ni siquiera a que hablaran con coherencia cuando las miraba como había mirado a Amanda unos segundos antes.
«Quizás no le vaya mal que le den un baño de humildad», pensó con satisfacción.
Tomás se sentó en su asiento y dio un portazo al cerrar. Clavó de nuevo su mirada irritada en Amanda, que ni se inmutó.
Al observarla con detenimiento, se dio cuenta de que era una chica guapa, aunque no espectacular.
La nariz, algo respingona pero no en exceso, le pareció graciosa.
Estaba seria y se la veía preocupada. Cuando sus ojos siguieron descendiendo y llegaron a su busto, casi se le salieron de las órbitas.
A Tomás le enloquecían las mujeres de pechos generosos, y los de aquella chica eran los más grandes que había visto en su vida.
Cuando volvió a mirarla a la cara, ella lo observaba con expresión furibunda.
—¿Has acabado ya tu examen? —le preguntó sin tapujos—. ¿Podemos irnos? Estoy preocupada por mi amiga.
Tomás se sintió fatal porque lo hubiera pillado examinándola tan fijamente. Aunque intuyó que a la chica no le gustaría que le pidiera disculpas.
«Debe de estar harta de que gilipollas como yo se la queden mirando de esta forma», pensó.
Necesitaba decir algo para aliviar aquella situación que empezaba a resultarle incómoda. Bajó la cabeza y se rascó la barbilla mientras cavilaba qué podía decir para no empeorar las cosas.
—No creo que debas preocuparte por ella —comentó al fin—. Por lo que me ha dicho mi hermano, se ha ido con Xisco, ¿verdad?
—Eso espero.
—Entonces una de dos: o están en la habitación de Carol…
—Que comparte conmigo —lo interrumpió Amanda.
—Que comparte contigo —repitió Tomás—, o en la de Xisco, que comparte conmigo —remató.
—Tenía que haber supuesto que este era amigo del otro —murmuró Amanda.
—¿Perdón? —inquirió Tomás.
—Nada, hablaba sola. ¿Qué hacemos ahora?
—¿Matarlos? —preguntó él mientras elevaba los hombros y sonreía, corroborando lo que Amanda ya se había imaginado: que, cuando lo hacía, el mundo se detenía unos segundos.
—No te creas que no he contemplado esa posibilidad —contestó Amanda con fingida rabia, aunque al final se le escapó una leve sonrisa.
—Vamos al hotel. Si no están en vuestra habitación, bueno, al menos tú tendrás un sitio donde dormir.
—Tú también tienes donde dormir, Tomás —indicó, con hastío, su hermano desde la parte trasera del coche.
—No pienso dormir contigo, enano, te apestan los pies.
—Ni lo escuches, Amanda. Vive en un apartamento conmigo y con Xisco, pero nadie comparte habitación.
Amanda miró a Tomás con los ojos entornados.
—Solo quería ver si te daba un poco de pena y dejabas de estar enfadada —se apresuró a decir mientras sonreía de nuevo y elevaba los hombros con gesto indolente.