Para siempre contigo (Colección Mediterráneo 1) CAPÍTULO 3 #2
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CAPÍTULO 3 #2

Amanda puso los ojos en blanco; pero cuando vio que Gori parecía querer hacer lo mismo que Xisco, lo detuvo con un enérgico: «Ni se te ocurra», al tiempo que levantaba una mano en su dirección y le apuntaba con el dedo índice.

El pobre chico, que se había relajado un poco durante el trayecto, volvió a envararse y contestó con un tartamudeo:

—¡Para nada! —Y levantó ambas manos. Amanda se rio, lo que hizo que el momento de tensión se esfumara.

—Venga, vamos a ver hacia dónde nos arrastran esos dos tortolitos —le dijo mientras se apeaba del coche.

El bar al que los había llevado Xisco era espacioso, estaba decorado en tonos blancos y crema y daba la sensación de calma nada más traspasar el umbral.

Se dirigieron a la parte trasera, donde había una gran piscina. Desde la terraza podía verse también el mar. El sol ya se había puesto, pero la noche aún no había caído del todo y el tono violáceo del anochecer cubría casi por completo las olas.

La piscina estaba rodeada de sofás y tumbonas dobles que permitían sentarse a observar el ir y venir del agua. Una tenue música, muy relajante, invitaba a hablar en voz baja, por lo que los clientes del sitio estaban sentados muy cerca unos de otros.

Encontraron dos sofás desocupados en una esquina y, rápidamente, Xisco y Carol se sentaron en uno de ellos, con lo que dejaron el otro para Gori y Amanda. Ella se resignó a tomar asiento junto al chico que, a pesar de que no era feo, no le interesaba lo más mínimo para tener una noche loca.

—¿Hace mucho que trabajas en el hotel? —se interesó después de que el camarero les hubiera traído los gin-tonics de diseño que Xisco se había encargado de pedir.

—No, qué va, es mi primer año. Xisco y mi hermano empezaron a trabajar ahí con diecisiete años, pero a mí no me han dejado hacerlo hasta este verano.

—¿Cuántos años tienes? —preguntó Amanda, aunque ya sabía que el chico era joven.

—Voy a cumplir dieciocho en noviembre —contestó con timidez.

—Pues no es que seas mucho mayor que Xisco o tu hermano cuando empezaron, ¿no has dicho que lo hicieron a los diecisiete?

—¡Ya lo sé! —exclamó él—. Lo que me da rabia es que han sido ellos los que se han encargado de comerle la cabeza a mi madre para que no me dejara empezar a trabajar antes. Aunque sospecho que lo han hecho para que no los molestara —afirmó con una protesta patente en la voz.

Amanda se rio de nuevo. Gori era un chico muy agradable y se estaba divirtiendo con la charla que mantenía con él.

—Y ¿ya has acabado el bachillerato?

—Acabé a principios de junio, por eso he empezado a trabajar. Voy a estudiar Medicina en Barcelona y quiero echar una mano a mi madre. Estudiar fuera es caro; mi madre es viuda, y que Tomás trabajara todos los veranos mientras estaba estudiando fue un gran alivio para ella. Yo no quiero ser menos.

—Claro —contestó Amanda, complacida de que la conversación no fuera por otros derroteros más delicados.

—¿Y tú? Has dicho que estabais de viaje de fin de carrera, ¿qué has estudiado?

—Carol y yo hemos estudiado Filología Inglesa.

—¿Queréis ser profesoras?

—Sí, terminamos el máster de educación hace apenas quince días. En septiembre empezaremos a trabajar en un colegio concertado.

—¿Las dos en el mismo colegio?

—Sí —aseguró Amanda—, parece que no sabemos hacer nada la una sin la otra. La tía de Carol es la directora y nos ha enchufado.

Gori asintió con la cabeza y, al cabo de poco, añadió:

—Se me da fatal el inglés. —Lo decía con un deje de frustración en la voz.

—Pero si es muy fácil —le recriminó Amanda.

—¡Qué va! —exclamó él—. Me ha costado más aprobar el inglés que la biología. Soy negado para los idiomas. Ayer Xisco se rio de mí durante más de una hora porque a unos clientes que me preguntaron una dirección les dije que tenían que ir «all right» en lugar de decir «straight on».

Amanda prorrumpió en una carcajada tan sonora que varias personas se volvieron para mirarlos.

—¿Ves? Tú también te partes, pero a los que no nos gustan los idiomas, como a mí, no nos parece un chiste tan gracioso.

—Pues te aseguro que lo es —afirmó ella entre hipidos.

Gori sonrió. Tenía una sonrisa torcida y muy bonita. Amanda estuvo segura de que, en uno o dos años más, ese chico moreno y algo desgarbado haría furor entre las clientas del hotel. Se lo quedó mirando con dulzura y él malinterpretó su gesto soñador.

Se acercó a ella y le puso una mano en la pierna desnuda, con una inseguridad que a ella le hizo hasta gracia. Pero cuando se dio cuenta de que pretendía besarla, lo paró.

—Espera, espera —dijo—, no creo que…

Gori no la dejó acabar la frase, se separó de ella como si le hubieran dado un calambrazo. Se sentó muy erguido y con un hilo de voz añadió:

—Perdona, no quería…

—No pasa nada —lo interrumpió ella—, solo que… no ando buscando un rollo.

—¡Tienes novio! —exclamó él bastante aliviado.

—No, no tengo —respondió incómoda. La cara de Gori fue todo un poema—. En serio, eres un chico muy agradable y, en un año o dos, quizás… —Paró de hablar. No sabía qué decir para no acabar de machacar el orgullo de Gori—. Estoy segura de que habrá más de una chica que se volverá loca por ti.

—Pero eso no pasará hoy, ni serás tú.

Amanda, que se sentía incapaz de añadir nada más, echó una mirada asesina en dirección a Carol para recriminarle el lío en el que la había metido. Solo que, cuando miró hacia el sofá que habían estado ocupando Xisco y Carol, lo encontró vacío.

—¡No están! —exclamó, expulsando el aire con fuerza.

—¿Quién no está? —preguntó extrañado Gori.

—¡Quién va a ser! Xisco y Carol. Se han ido. No están.