Para siempre contigo (Colección Mediterráneo 1) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

—¡Así que al final te llevas a mi hermano de marcha! —le comentó Tomás a Xisco mientras terminaba de ponerse el atuendo para el show de la noche.

—¡Pues sí! Algo tendré que hacer si tú te comportas como un monje castrense.

—Cisterciense.

—¿Cómo?

—Que se dice cisterciense, no castrense. —Tomás se rio.

—Cisterciense, castrense, qué más da. Te quedas encerrado y solo, mientras que nosotros nos hemos levantado dos pibitas de escándalo. Tu hermano se va a ahogar en unos pechos tremendos.

—No me fío de ti —le dijo, poniéndose serio de repente—. No permitas que beba demasiado y no lo dejes tirado.

—¡Sí, mamá! —le cortó Xisco.

Tomás elevó una ceja y miró a su amigo de manera desafiante.

—¡Joder, macho! ¿Es que no te acuerdas de cómo lo pasabas tú hace seis o siete años? Deja al chico que se divierta y, de paso, suéltate un poco. Con esa tensión que te gastas, parece que te han metido un palo por el culo y que vas a romperte en cualquier momento. ¿Por qué no sales con nosotros?

—Te recuerdo que no termino de trabajar hasta las doce de la noche y son apenas las ocho y media.

—No sería la primera vez que yo me adelanto y tú te unes a la fiesta más tarde.

—¡Tengo que estudiar!

—¡A la mierda el estudio! Por una noche no te va a pasar nada.

—Eso es lo que tú crees. Tengo un plan de estudio muy apurado. No puedo saltarme una sola noche.

—¿Pero no dijiste que el examen no era hasta enero? Estamos en julio, tío, relájate.

—No es un examen cualquiera, es el FIR [1] . No vale con estudiar dos días antes. Hay gente que pasa un año entero en una academia para prepararlo.

—Porque no deben de ser tan inteligentes como tú.

—¡Sí, claro! Soy la hostia de inteligente.

—Tomás —Xisco le apoyó las manos en los hombros y lo miró a los ojos—, te has sacado una carrera de seis años casi en cinco.

—Es de cinco años —protestó Tomás.

—¡Chis! Que estoy hablando yo. No has tenido que estudiar ni un solo verano y ya podrías estar trabajando en cualquier farmacia.

Tomás bufó y fue a contestar, pero no se lo permitió:

—Sí, ya sé que prefieres trabajar en el hotel porque ganas casi lo mismo. Y porque para algo aquí eres el jefe —añadió, guiñando un ojo.

—Solo de los animadores —contestó Tomás.

—Solo de treinta personas —remarcó Xisco—. Digo yo que por algo será. Relájate, sal con nosotros.

—Otro día, hoy no puedo. Además, por lo que me ha dicho mi hermano, habéis quedado con dos chicas. En todo caso, faltaría otra.

—Eso lo solucionamos en cuanto llegues.

—No, hoy no voy a ir —repitió Tomás—. Otro día, ¿de acuerdo?

—No pienso soltarte si no lo juras.

—Lo juro. —Levantó la mano derecha—. Y ahora me voy cagando leches, que ya debería estar en el escenario.

Xisco lo vio marchar meneando la cabeza.

—¿Qué voy a hacer con él? —le preguntó a su imagen en el espejo que tenían en la entrada del apartamento que compartía con Tomás y con Gori mientras se pasaba la mano por el pelo para descolocarlo de forma adecuada—.

Con lo que me costó enseñarle… —Le guiñó un ojo a su reflejo, se arregló bien los puños de la camisa y se fue en busca de Gori, que había salido antes que él.

···

Después de haber cenado, Carol empezó a apremiar a Amanda para que fueran a su habitación a arreglarse para salir. Amanda, a quien no le hacía ninguna gracia el plan que tenían para la noche, arrastraba los pies y se quejaba yendo tras su amiga.

—¡Ve tú! Yo te esperaré leyendo —lloriqueó por enésima vez.

—Ni hablar. Tú te vienes conmigo y, si el chico no te gusta, te buscas otro y punto. Yo te ayudaré.

—¡Ya veo lo que vas a ayudarme! Si no le has quitado los ojos de encima al tal Xisco. ¡Ni te enterarás de que no estoy!

—Pero hemos quedado los cuatro y alguien tendrá que entretener al otro.

—¡Carolina Antonia Guzmán Cuervo! —pronunció su nombre completo en tono admonitorio—. No puedo creerme que estés actuando de forma tan egoísta —la recriminó.

—¡Porfa, porfa, porfa, porfa! —suplicó—. Ven conmigo. Échame una mano para que pueda pasar una noche de miedo con ese Thor materializado para complacerme. —Al acabar la frase, aleteó con las pestañas, unió las manos en una muda súplica y curvó los labios en un puchero.

—Que sepas que eres la peor amiga del mundo —protestó Amanda— y que, además, me debes un favor como un camión. ¡Uno gordísimo me vas a deber!

—Hoy por ti, mañana por mí —le dijo Carol mientras la abrazaba y la llenaba de besos—. ¡Venga! Y ahora date prisa, que aún tenemos que pasar por chapa y pintura.

A las nueve y treinta y cinco las chicas entraban en el bar del hall del hotel.

Carol se había puesto un mono azul cobalto que le dejaba un hombro al descubierto.

La melena suelta, que le llegaba a media espalda, le daba un halo de sofisticación que ella se había encargado de resaltar con el maquillaje.

Los zapatos se los había cogido a Amanda, su madre no le habría dejado comprar semejantes stilettos .

Aun así, ella llevaba luciendo los que se compraba su amiga desde hacía varios años.

Amanda se había arreglado de forma algo más discreta, con un vestido negro que, aunque se ceñía a sus pechos, no los hacía destacar en exceso.

«Al menos no destacan más de lo que suelen hacerlo», había pensado cuando lo compró. Se había recogido el pelo, moreno y rizado, en un moño bajo que acentuaba sus facciones finas. A Carol le había parecido que su amiga estaba preciosa y no había dejado de repetírselo una y otra vez.

Los chicos ya las estaban esperando. Xisco lucía impresionante con unos simples vaqueros negros y una camisa blanca, pero muy elegante.

Gori, a su lado, se veía desgarbado, como un potro que casi se ha convertido en caballo, pero que aún no es capaz de controlar su fuerza y su potencia.

Frente a la seguridad que irradiaba Xisco, él parecía un flan tembloroso.

—Te voy a matar —le dijo Amanda a Carol entre dientes—. ¡Vamos que sí! ¡Cómo me la vas a pagar!

—¡Hola, chicas! —las recibió Xisco con una de sus aturdidoras sonrisas—, este de aquí es Gori.

—¡Hola! —saludó Carol mientras se acercaba para besarlos a ambos en las mejillas—. Yo soy Carol y ella es Amanda —dijo señalándola, y dirigiéndose sobre todo a Gori.

Xisco dio una palmada y se frotó las manos.

—Nos vamos, ¿pues? —añadió a continuación.

—¡Vámonos! —asintió Carol.

Entonces Xisco colocó su mano en la parte baja de la espalda de la chica para guiarla hacia la salida y Amanda, que se había mantenido en un segundo plano sin siquiera abrir la boca, levantó las cejas al ver cómo a su amiga se le ponía la piel de gallina. Gori llegó a su lado y se acercó a ella.

—Amanda, ¿verdad? —preguntó señalándola mientras sonreía.

Ella asintió con la cabeza una sola vez y estuvo a punto de esquivarlo cuando vio que el chico se acercaba aún más para besarla en la mejilla.

Pero en ese momento algo la enterneció; ya fuera porque vio que Gori temblaba o quizás fuera porque se visualizó a sí misma unos años atrás, pero se sintió mal por haberse comportado con él de forma tan estúpida.

«Por Dios —se dijo—, ¡es un crío! Pero eso se le pasará. Si le das una patada en las pelotas a su amor propio, a lo mejor lo dejas resentido».

Le devolvió el beso en la otra mejilla y le sonrió al separarse de él.

—Y tú eres Gori, ¿no es así?

—Sí —contestó él, y pareció mucho más relajado.

Salieron tras sus amigos, para quienes ya no parecía existir nadie más que ellos mismos, y se metieron en un coche deportivo. Amanda supuso que era de Xisco; fue él quien se puso al volante y, además, le iba como anillo al dedo.

Era un Peugeot gris, descapotable, y a Amanda le pareció que al chico le encantaba lucirlo, aunque ella no supo ni de qué modelo se trataba. En menos de dos minutos estuvieron fuera del complejo hotelero.

«Anda que no le gusta correr al tipo este, además de lucirse», pensó, pero no dijo nada.

Xisco y Carol estaban inmersos en su conversación, que consistía básicamente en susurros sugerentes. Eso hacía que aumentara por momentos la incomodidad de los otros dos, que estaban sentados muy derechos en los asientos traseros del coche. Fue Gori quien se atrevió a romper el tenso silencio:

—¿Es la primera vez que venís a Mallorca? —Después de devanarse la cabeza durante un buen rato, había pensado que esa pregunta podía ayudarle a romper el hielo.

—Sí, es la primera vez —contestó Amanda con amabilidad—. Aunque no era nuestra primera opción.

Gori levantó las cejas, aunque Amanda se perdió su expresión interrogante porque el interior del coche estaba muy oscuro, así que al chico no le quedó más remedio que preguntar:

—¿No te gusta Mallorca?

—La verdad es que hemos llegado hoy, todavía no hemos visto nada más que el hotel y, o me equivoco mucho, o eso va a ser lo único que veamos.

—¡Uf! —exclamó Gori.

—Llevábamos dos años preparando un viaje a Jerusalén y Jordania —aclaró Amanda con tristeza—.

Primero nos topamos con la oposición de nuestros padres, aunque los pudimos convencer; después pasó lo del cierre de fronteras…

Así que aquí estamos. La intención era hacer un viaje cultural, no uno de sol y playa.

—Sí que ha sido una putada, pero, si queréis hacer un viaje cultural, aquí también hay muchos sitios que visitar. No tenéis por qué quedaros todo el día en el hotel.

Fue el turno de Amanda de levantar las cejas.

—He estado mirando en internet y he descubierto que el tema del transporte público deja mucho que desear en esta isla —informó cuando se dio cuenta de que su cara sarcástica había pasado inadvertida para el joven.

—Eso es cierto. ¿No tenéis carnet de conducir? Podríais alquilar un coche.

—Carol tiene, pero no ha tocado un volante desde el día que aprobó el examen, así que no sé si puedo fiarme demasiado de ella.

Carol, que estaba inmersa en la conversación que mantenía con Xisco, ni se enteró de que estaban hablando de ella.

A los pocos minutos, Xisco aparcó en una calle abarrotada de coches.

—Ya hemos llegado —anunció. Salió para ir a abrirle la puerta a Carol.