Para siempre contigo (Colección Mediterráneo 1) CAPÍTULO 2 #2
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CAPÍTULO 2 #2

—Sabes que eres idiota, ¿no? —le susurró Carol sin mirarla a la cara siquiera.

—¿A qué debo ese insulto tan gratuito? —contestó mientras buscaba un libro en su bolsa.

—A que desaprovechas la oportunidad de lucirte y tomar el sol.

—Es que no quiero quemarme —le respondió hosca—. A mí me importa el cáncer de piel, al contrario que a ti.

—Sí, y yo soy Sissi Emperatriz —afirmó con sarcasmo Carol mientras se acomodaba en su hamaca—. Eres preciosa y tienes un cuerpo espectacular. No sé por qué tienes que esconderte bajo esa camiseta.

Amanda volvió a bufar y se estiró en la tumbona con la camiseta puesta.

—Tener una talla de sujetador tres o cuatro veces más grande que la de otras mujeres no es precisamente tener un cuerpo espectacular. Ya sabes lo que dicen: «Teta que mano no cubre, no es teta, sino ubre».

—Joder, Amanda, las famosas se operan para aumentarse el pecho y tú lo escondes. Y, si vamos a citar refranes: «Más vale tener que desear». Además, el resto es perfecto. Tienes el vientre plano, unas piernas que no se acaban nunca y sin un gramo de celulitis…

—Sí, sí. Te he dicho mil veces que cuando quieras nos hacemos un trasplante y te quedas tú con mis tetas.

—Pues estoy segura de que a más de uno le encantaría sujetarse a tus melones —afirmó Carol con socarronería—. Al socorrista de allí, el primero. No te pierde de vista.

—Será que te está mirando a ti —indicó mientras se giraba con disimulo para observarlo—. ¡Uf! —exclamó—. Si es una criatura. A ver si me ha confundido con un biberón —bromeó.

Carol, que estaba dando un sorbo a su bebida, se atragantó por la risa y le salió gran parte del líquido por la nariz.

El socorrista que, como había mencionado Carol, no las había perdido de vista, hizo ademán de levantarse y Amanda, que vio sus intenciones, lo aplacó con una mano mientras con la otra le daba golpecitos en la espalda a su amiga.

—¿Ves? —preguntó Carol en cuanto pudo coger aire—. Está loco por venir a echarte una mano.

—¡Calla! Ni se te ocurra darle otra razón, que a la próxima seguro que no es tan fácil detenerlo.

Riendo, volvieron a acomodarse en las hamacas. Apenas Amanda hubo apoyado la cabeza, notó, más que vio, que Carol se bajaba las gafas de sol para mirar algo con atención.

—¡Por Dios bendito! —exclamó su amiga.

Amanda se volvió para seguir la dirección de la indiscreta mirada de Carol y no le quedó más remedio que contener el aliento. Junto al socorrista que las había estado observando se encontraba otro chico con el mismo uniforme de vigilante.

—¡Vaya adonis! —exclamó Amanda sin poder contenerse.

—Ni le mires —la atajó Carol—. Ese pedazo de rubio es mío.

Amanda lo observó con detenimiento. Era alto, tenía la piel tostada, lo que hacía que los pelitos de la corta barba brillaran dorados al sol. Bajo la camiseta de socorrista jefe se intuían unos músculos potentes y muy bien definidos. Todo él irradiaba vitalidad y energía, y prometía sexo.

—Te lo dejo para ti. Demasiado chulo para mi gusto.

—Eso no puedes saberlo con solo un vistazo —contestó Carol—. Aunque, si Dios me hubiese dado ese culito a mí, yo también me lo tendría muy creído.

Amanda resopló, pero sin perder de vista al socorrista, que acababa de volverse hacia ellas y sonreía.

—¡Me voy a fundir! —susurró Carol—. ¿Has visto qué hoyuelos? ¿De qué color tendrá los ojos?

—Apostaría que azules —apuntó la otra—. Pero no tendrás que esperar mucho para saberlo. Viene hacia aquí.

Amanda intentó disimular, no así Carol, que se quitó las gafas de sol y sonrió al socorrista de una manera que Amanda reconoció de inmediato.

—¿Un chico cada noche? —preguntó en un susurro—. A este no lo sueltas tú en toda la semana.

—¡Calla, loca, que va a oírte! Y se creerá que me tiene en el bote.

—Para eso no hace falta que me oiga. Basta con que vea la cara de tonta que se te ha quedado.

—¡Hola, chicas! —escuchó la voz grave del socorrista a su izquierda—, ¿todo bien?

Amanda se volvió hacia él justo a tiempo para ver cómo se agachaba al lado de la tumbona de Carol. Le pareció que la temperatura subía varios grados y se dio cuenta de que los ojos de su amiga echaban chiribitas de admiración.

—Nosotras muy bien, ¿y tú? —indicó su amiga con una emoción poco habitual en ella.

—Mi día ha mejorado de forma exponencial desde que habéis llegado.

—Aunque Amanda supo al instante que quería decir: «desde que has llegado»—.

Soy Xisco, por cierto. Soy el socorrista jefe, así que cualquier cosa que necesitéis, solo tenéis que pedirla.

Estoy aquí para haceros la estancia más agradable.

—Ah, ¿sí? —preguntó Amanda con algo de sarcasmo en la voz—. Creía que de eso se encargaban los animadores.

Xisco la miró por primera vez y, con una sonrisa de hoyuelos y dientes perfectos, dijo:

—El jefe de animadores es mi mejor amigo, así que estoy autorizado a decir que vuestros deseos son órdenes para mí —afirmó sin dejar de sonreír.

—Déjala —dijo Carol, para atraer la atención del chico de nuevo hacia sí—. Está cansada del viaje y eso le impide sacar todo su potencial de simpatía.

Xisco le rio la gracia con una carcajada grave y seductora. Amanda apostó consigo misma que esa risa era un recurso que nunca le fallaba, porque la hizo vibrar, al tiempo que percibía la vibración de su amiga.

—Yo soy Carol —se presentó con picardía— y ella es mi amiga Amanda.

—Así que, acabáis de llegar, ¿no? —se interesó Xisco.

Amanda puso los ojos en blanco al ver cómo Carol asentía embobada.

«Como si no lo supiera ya. Seguro que este tiene fichadas y clasificadas a todas y cada una de las huéspedes del hotel», se dijo.

—Hace apenas unas horas —informó su amiga con coquetería.

—Entonces, ¿no conocéis nada de la isla?

—Nada de nada.

—Gori, mi compañero —añadió mientras miraba por un segundo al otro socorrista para señalarlo—, y yo pensábamos ir esta noche a tomar unas copas a un bar chill out cerca de la playa. Si queréis apuntaros, estáis invitadas.

—Por supuesto que nos apuntamos —aceptó Carol sin dejar que Amanda abriera la boca para opinar.

—¡Fantástico! Os recogeremos a las nueve y media en el bar que hay en el hall del hotel, ¿os parece bien?

—Nos parece perfecto. Allí estaremos —afirmó Carol.

—La tarde se va a hacer larguísima hasta entonces —apuntilló Xisco al tiempo que le dedicaba una mirada intensa.

Carol lo obsequió con una de sus sonrisas más luminosas y Amanda se dio cuenta de que, aunque ella hubiera creído que no era posible, su desagrado por estar allí había aumentado un mil por cien en solo unos minutos.

El chico se alejó sin dejar de mirar atrás cada pocos segundos para cerciorarse de que Carol seguía con la vista su andar confiado.

—Pero ¿tú estás loca? Desde ya te digo que no pienso quedar con esos dos, cuando resulta evidente que me va a tocar de pareja el adolescente ese.

—¡No seas cruel! Es mono —la riñó Carol mientras le echaba una mirada al chico— y salta a la vista que le gustas.

—¡Joder, Carol! En todo caso, puedo gustarle a sus hormonas. Pero tiene un pequeño problema: a mí no me pone nada. No pienso ir.

—¡Venga, Amanda! No seas así. Sabes que yo no voy a atreverme a ir si tú no vienes y no pretenderás que deje plantado a ese pedazo de hombre.

Amanda gruñó y se cruzó de brazos. Estaba enfadada. Al darse cuenta de que su postura había hecho que sus pechos se elevaran y destacaran aún más, los descruzó de inmediato; pero su cara de indignación y su enfado no desaparecieron con tanta rapidez.