Para siempre contigo (Colección Mediterráneo 1) CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

Tomás acababa de dar las últimas instrucciones a sus compañeros para las actividades de animación del día.

Aunque su trabajo no le disgustaba, deseaba de verdad que aquel fuese su último año en el hotel.

No se explicaba que Xisco, que era uno de sus mejores amigos, quisiera quedarse allí toda la vida.

Desde luego, para él era algo que estaba descartado por completo.

Ambos tenían buenos cargos en la empresa, no era casualidad: habían empezado a trabajar en el Hotel Club Sa Garriga a los diecisiete años. Eso había ocurrido diez años atrás. En aquel momento, él era el jefe de los animadores y Xisco el de los socorristas.

—¡Estás aquí! —Oyó la voz de su amigo a su espalda—. Hace un rato que te estoy buscando. Creo que eso de haber fichado a tu hermano para trabajar de socorrista ha sido una gran idea. Lo acabo de dejar en la piscina Oasis. Es un buen tipo.

—¿En la piscina Oasis? Creí que ayer le había oído decir que hoy libraba.

—Por eso te digo que es un buen tipo. Siempre puedo contar con él cuando me falla alguien.

—¡Cómo te pasas! No abuses de la confianza, tío, que sabes que te tiene en un pedestal.

—¡Eh, que el chico va a salir ganando! Le he dicho que esta noche podrá venir conmigo a ligar. Ya me habría gustado a mí que el cabrón de Juancho me hubiese llevado con él cuando tenía veinte añitos.

—Con veinte años tú no necesitabas ni a Juancho, por mucho que él fuera tu jefe, ni a nadie para pillar todas las noches.

—Ya, pero tu hermano no es como yo, ni siquiera es como tú.

Sin querer faltar —añadió al ver la cara de pocos amigos que le ponía Tomás—.

Pero sabes muy bien que el chico necesita rodaje.

Tú, cuando tenías su edad, pasabas la mitad de las noches del verano sin dormir, por mucho que ahora vayas de responsable y apenas salgas.

—Entonces no tenía que preparar ningún examen, y ahora sí.

—¡Lo que tú digas! Pero mientras tú te encierras a estudiar, yo tengo que sacar a Gori de juerga —dijo mientras se colocaba las gafas de aviador que tanto le gustaba llevar.

—En ese lío te has metido tú solo, a mí no me eches la culpa.

—¿A quién tengo que echársela entonces? Eres tú quien me deja solo, y no hay manera de ligarse a alguien si no vamos en tándem. Siempre tienen una hermana, una prima o una amiga a la que no quieren dejar sola. ¡Dios! ¿Por qué no vendrán sin compañía de vez en cuando?

—Macho, te estás haciendo viejo. Nunca he visto que las hermanas, las primas o las amigas te molestaran para nada a la hora de llevarte a alguna mujer a tu habitación.

—No, es verdad, no necesito a nadie —afirmó con su característica prepotencia—, pero me divierto más si no estoy solo.

Además, alguien tendrá que enseñarle el arte al pobre Gori mientras su hermano mayor se encierra a estudiar.

Y, de todas formas, tengo que aprovechar el poco tiempo que me quede, porque presiento que este año será el año del tatuaje.

—¿Tú crees que este año será el año del tatuaje ? —preguntó Tomás con sorna mientras movía las manos en el aire para dar forma a un cartel invisible.

—Lo presiento, tío. Este año conoceré a la chica con la que querré hacerme el tatuaje —Xisco imitó el gesto que había hecho Tomás— y después ya no habrá ninguna otra. Nunca más. Ella se convertirá en la única.

Tomás soltó una risita sarcástica.

—Mira que eres cursi cuando te lo propones, chaval. Pero a mí ya no me engañas con ese rollo, llevas soltándolo demasiados veranos.

—Estoy convencido de que este será el definitivo.

Dicho esto, le cogió del antebrazo con una mano y, con la otra, le dio dos palmadas en la espalda, le sonrió con intención y se fue.

Tomás contempló a Xisco mientras se marchaba. Su caminar chulesco lo había caracterizado desde bien joven; se debía a la gran seguridad en sí mismo que sentía. Era alto y rubio. En los últimos años se había dedicado a cultivar su físico, por lo que tenía unos músculos potentes y muy definidos.

«Mi pobre hermano lo tiene crudo, no se va a comer ni una rosca».

No es que Tomás pensara que su hermano fuera feo, ni nada por el estilo, pero Gori aún no había acabado de desarrollarse y, aunque era un chico fuerte, Xisco le sacaba al menos una cabeza. Además, al pobre le faltaba la seguridad en sí mismo que el otro emanaba por cada uno de sus poros.

«Eso ya le llegará», pensó con una sonrisa en la cara. A él le había pasado lo mismo: había tardado más que Xisco en crecer y, durante un verano entero, había parecido el hermano pequeño de su amigo.

No le había hecho ninguna gracia ver cómo Xisco ligaba casi todas las noches mientras él no conseguía nada.

Pero al año siguiente no solo lo había alcanzado en altura, sino que además lo había sobrepasado.

En cuanto a las demás partes del cuerpo, pensaba que no podía quejarse en absoluto.

Desde entonces ninguna chica le había dicho que no a nada de lo que él le había pedido.

Se levantó del taburete en el que estaba sentado y cogió su carpeta. Le esperaba una larga jornada de trabajo, pero al día siguiente, después de organizar los turnos por la mañana, esperaba tener el día libre hasta la noche; con lo cual podría aprovechar para estudiar.

···

Eran más de las cuatro de la tarde cuando Amanda y Carol se instalaron, por fin, en la habitación del hotel.

—Pensaba que no íbamos a llegar nunca —le dijo Carol a su amiga mientras soltaba pesadamente la enorme maleta que venía arrastrando.

De una patada se quitó los zapatos y después se tiró en plancha sobre la cama. Enterró la cabeza en la almohada y gritó con todas sus fuerzas.

Amanda no pudo evitar sonreír al darse cuenta. La veía tan feliz que hasta se le contagiaban las ganas de estar allí. Su amiga rodó sobre sí misma y la miró emocionada.

—¡¡Una semana sin mis padres!! —gritó mientras daba golpes con los pies y los brazos sobre la cama.

Amanda bufó y se tumbó a su lado.

—Me alegro de que al menos una de las dos lo vaya a disfrutar.

—¡Para ya de decir eso! —la riñó Carol. Se había sentado de golpe en la cama y la señalaba con un dedo amenazador.

Amanda torció el gesto. Sabía que ya estaba rozando el límite de la paciencia de su amiga, pero no podía evitarlo y, en parte, tampoco quería hacerlo.

Le apetecía chincharla porque ella había chafado, de alguna manera, sus ilusiones.

Sabía que no era la responsable directa de que en esos momentos no estuvieran en Jordania, pero no podía dejar de culparla por sentirse estafada.

—Vamos a ponernos el bikini e iremos a la piscina ahora mismo —anunció Carol. Tras dar un salto de la cama, se dirigió a la maleta y la abrió.

—¿Y qué hay de nuestros planes culturales?

—Los planes culturales los dejamos para mañana, si eso. Ahora vamos a la piscina, a nadar y a ver el ganado.

—¿El ganado? ¡Qué bruta eres, por Dios! —le dijo Amanda mientras se partía de la risa.

Carol se tumbó de nuevo a su lado y le cogió la mano.

—Quiero desmadrarme, Amanda. Quiero disfrutar de esta libertad. Quiero pasar cada noche de esta semana con un chico y quiero empezar cuanto antes.

Amanda notó cómo su corazón se ablandaba. Pese a su enfado, pensó que la pobre Carol ya tenía suficiente con la cruz que suponían sus padres. Era cierto que su amiga necesitaba la libertad de la que iba a disfrutar esos días. Así que respiró hondo y relajó el tono:

—¿Con un chico distinto cada noche? —elevó una sola ceja—, ¿y yo dónde se supone que voy a dormir? ¿En una hamaca?

Carol se rio con ganas.

—No, bobita. Para ti buscaremos otro chico…

—Yo de orgías paso —la cortó Amanda.

Carol volvió a reírse, estaba fuera de sí de contenta. Se abrazó a su amiga y la besó tres o cuatro veces en la mejilla.

—Gracias —dijo al fin.

—¿Gracias? ¿Por qué?

—Por haber escondido a la Amanda amargada. Esta que tengo a mi lado me gusta mucho más.

—No te confíes —le contestó mientras se soltaba del abrazo—. Está agazapada, esperando el momento propicio para saltarte a la yugular.

—¡Uy, qué miedito! Entonces, intentaré no provocarla demasiado.

El complejo hotelero era, como había dicho la madre de Carol, igual que un pueblo.

Cada barrio, o grupo de apartamentos, estaba situado alrededor de una piscina.

Había calles que comunicaban cada una de las zonas y que confluían en una plaza.

Esta estaba presidida por un gran escenario; frente a él había unas graderías e infinidad de mesas para que los clientes pudieran disfrutar del espectáculo que, sin duda, se representaba allí todas las noches.

En esos momentos, sin embargo, el escenario estaba ocupado por media docena de personas que se afanaban en ensayar unos pasos de baile. Los dirigía, desde abajo, un chico alto y con el pelo muy negro que no paraba de gritarles y darles órdenes.

Amanda no pudo verle la cara, pero estaba segura de que tenía el ceño fruncido y una expresión desagradable, por la tensión que percibió en sus hombros y por los manotazos y las voces que daba.

—No, no, no. Desde el principio otra vez. ¿Qué os pasa hoy, chicos? ¿Dónde tenéis la cabeza?

Fue lo último que oyó antes de salir de la Gran Plaza y dirigirse hacia una piscina con un cartel que rezaba: Piscina Oasis.

Nada más rebasar el cartel, las chicas se sintieron como si de verdad hubieran llegado a un oasis.

El sitio era armonioso. La piscina imitaba un río con curvas, incluso tenía un pequeño salto de agua.

Estaba rodeada de pinos, entre los cuales soplaba una suave brisa.

Amanda escuchó el canto de varios pájaros, tan vívido que le pareció que estaban manteniendo una conversación entre ellos.

En la piscina no quedaban muchos clientes, así que hallaron con facilidad dos hamacas frente al agua; no sin antes haberse parado en un chiringuito para pedir un mojito para cada una.

Cuando Carol se sacó la camiseta por la cabeza, varias personas, tanto hombres como mujeres, se giraron para observarla. Amanda, que estaba acostumbrada a ello, decidió dejarse la suya puesta.

«Las comparaciones son odiosas», se dijo mientras bufaba.