CAPÍTULO 1
Amanda hacía la maleta sin fijarse siquiera en qué ropa metía dentro. En menos de dos horas tenía que coger un avión y nunca en su vida le había apetecido menos.
—Y lo peor de todo es que estas van a ser las únicas vacaciones que tengas este año —despotricó en voz baja.
La puerta de su habitación comenzó a abrirse muy despacio, como si quien estuviera al otro lado temiera recibir un zapatazo y se escudara tras ella.
—¿Puedo entrar? —La voz cristalina de su mejor amiga, Carol, hizo que Amanda interrumpiera momentáneamente su tarea.
—Si lo que quieres es arrodillarte para pedirme perdón, entra. Si no, lárgate. No quiero verte nunca más.
Carol entró y se sentó en la cama. Era alta y esbelta.
Desde hacía unos meses llevaba el pelo teñido de un rojo caoba que resaltaba el verde de sus grandes ojos.
Su rostro ovalado estaba iluminado por una sonrisa casi permanente que obligaba a quienes la veían por primera vez a mirarla durante más tiempo del que se consideraba correcto.
A veces incluso con la boca abierta. Era una beldad que llamaba la atención donde quiera que fuera.
Amanda la retó con cara de pocos amigos al mismo tiempo que elevaba una ceja.
—¿Y bien?
—No pienso arrodillarme, Amanda.
—Entonces ya lo sabes: ¡puerta!
—No seas bobita. Si me quieres más que a nadie en el mundo —masculló haciendo un puchero.
—Sabes muy bien que, si esto me lo hubiera hecho cualquier otro, no se habría salido con la suya.
—Pero ¿qué es eso tan grave que te he hecho? A ver, nos vamos de vacaciones, ¿no? ¡Qué más dará el lugar!
—No me jorobes, Carol. Si a ti te parece que cambiar un viaje a Jerusalén y Jordania, que, por cierto, nos había costado un huevo organizar, por otro a Mallorca no es para tanto… ¡Ya me dirás tú qué lo es!
—Como tú bien dices, nos había costado un huevo organizarlo y, aun así, mis padres no querían que fuera.
Tener que convencer a la tía Monja para que viniera con nosotras con tal de que me dejaran ir tampoco es que fuera un chollo.
¿No querrás insinuar que te apetecía tener que pasear a mi tía?
¡Que es monja, joder! Moderna, pero monja al fin y al cabo.
¡Ya nos hartaremos de verla en septiembre, cuando empecemos a trabajar para ella!
—¡Es que esa es otra! Tus padres se pasan tres pueblos. Parece que no se han dado cuenta de que ya tenemos veinticinco años. ¿Cuándo piensan dejarte viajar sola?
—A ellos les asustaba lo de Oriente Medio. Para que vayamos a Mallorca no han puesto pegas.
Amanda la miró con cara de mala uva.
—Aún no me explico cómo dejamos que fueran tu madre y tu tía a la agencia cuando nos llamaron para decir que el viaje a Israel se anulaba por el cierre de fronteras.
—Fueron ellas porque nosotras teníamos que presentar el proyecto ante el tribunal.
—Lo recuerdo muy bien —la interrumpió—, no era más que una pregunta retórica.
—¿No puedes aparcar el tema de una vez, Amanda?
—No, no puedo. Es que tiene tela. Las hostilidades nunca han terminado entre Israel, Jordania y Palestina, pero hacía siglos que las fronteras no se cerraban, y eso ha tenido que suceder precisamente en las fechas que nosotras habíamos elegido para viajar.
Amanda pensó que llevaba días teniendo la misma discusión con Carol, con su madre y, ya puestos, también con su padre.
—Te quiero con toda mi alma, Amanda, pero cuando te pones en este plan no te soporto, en serio.
No seas tan aguafiestas, ¡por favor! —Se acercó a ella para abrazarla, le sonrió de oreja a oreja y añadió—: No importa a dónde vayamos, lo importante es que vamos juntas y solas.
—Puso mucho énfasis al pronunciar la palabra «solas».
—No entiendo qué puede hacerte tan feliz —la recriminó con más amargura en la voz de la que había pretendido demostrar—.
Parece que no recuerdas que al final no vamos a Jerusalén, vamos a Mallorca, a un «complejo hotelero» —entrecomilló en el aire las dos últimas palabras con los dedos índice y medio de ambas manos— para turistas con niños.
No puedo creer que te hayas conformado tan rápido.
—Pues me he conformado, como tú dices, porque mi madre ya había cambiado los pasajes y no había nada más que hacer. En la agencia no nos los iban a cambiar de nuevo.
—Ya, pero ¿Mallorca?
—¡Qué más dará! Te he dicho que lo importante es que nos dejen ir solas. Cosa que no habría sucedido si hubiésemos ido a Jerusalén. —Después la miró con cara de arrepentimiento—. Además, puede que yo le sugiriera a mi madre que Mallorca podía gustarnos como destino.
Amanda observó a su amiga echando chispas por los ojos.
—¿Que hiciste qué? —preguntó furiosa.
—Vamos, no te pongas en plan dramática —continuó—. En Mallorca podremos hacer lo que queramos. Nos levantaremos de la cama cuando nos dé la gana, beberemos combinados en la piscina, bailaremos hasta que nos duelan los pies y nos iremos a la cama cada noche bien acompañadas por algún chico.
Amanda ahogó un grito de rabia.
—¿Dormir, beber y ligar? ¿En serio que eso es lo que quieres hacer? Pues yo paso —dijo cruzándose de brazos—. No iré contigo a Mallorca para eso. Yo quería hacer un viaje cultural, no desmadrarme y perder el control.
—¿Cómo que no vas? —A Carol le apareció un deje histérico en la voz—. ¡No puedes no ir! Mis padres no me dejarán viajar sola.
—¡Pues te aguantas! He dicho que no voy y no pienso ir. Todo eso de lo que hablas no tiene nada que ver con los planes que habíamos hecho. ¿Por qué no me lo consultaste antes de sugerirle Mallorca a tu madre?
Amanda abrió la maleta con rabia, empezó a sacar la ropa que había metido en ella y a recolocarla en los cajones. Carol se dio cuenta de que su amiga iba en serio y pensó que era hora de cambiar de estrategia.
—¡Vale, vale! —Levantó los brazos en son de paz mientras se interponía en el camino de Amanda para evitar que siguiera deshaciendo la maleta—. Digo yo que en Mallorca también habrá opción de hacer visitas culturales.
Amanda se paró en seco.
—Sí, claro —contestó con una gran dosis de sarcasmo—. ¿Y cómo se supone que podremos visitar esos sitios si tu madre y tú os habéis encargado de encerrarnos en un hotel?
—Yo solo le sugerí que eligiera Mallorca, Amanda. No te enfades tanto, que no he matado a nadie. —Después inspiró hondo para tranquilizarse y continuó—: Seguro que somos capaces de encontrar la manera de visitar los sitios que te apetezcan.
—Ya lo he mirado, Carol, estamos en una punta de la isla y lo que me gustaría visitar está en la otra.
Carol sonrió para sus adentros, sabía que había vuelto a ganar la partida. Siempre lo hacía; conocía demasiado bien a Amanda, casi tanto como a sí misma. Y sabía que la pobre acababa dejándose arrastrar por ella. Siempre cedía a lo que le pedía.
No es que Carol lo hiciera con malicia. Quería a Amanda como a una hermana y nunca haría nada que pudiera dañarla a sabiendas; pero le gustaba demasiado salirse con la suya, y Amanda nunca era un impedimento para conseguirlo. Jugó su última baza.
—Podemos alquilar un coche. —Vio con satisfacción cómo su amiga se rendía, aunque ni ella misma se había dado cuenta aún.
—Seguro que voy a montarme en un coche que tú conduzcas —barbotó, usando de nuevo el sarcasmo—, no has conducido ni una sola vez desde que te sacaste el carnet.
—Pero nunca es tarde para empezar, ¿verdad? —Una sonrisa de triunfo iluminaba el rostro de Carol.
—No quiero ir a Mallorca, quiero ir a Jerusalén —lloriqueó Amanda—. No quiero, no quiero.
—Ya, aunque irás conmigo, ¿a que sí?
—Claro que iré, pero no quiero. —Hizo un último puchero y volvió a meter en la maleta lo que había sacado.
Carol se acercó a ella y la abrazó con fuerza.
—Sabía que no me fallarías, nunca lo haces.
—Un día me hartaré de ti y, cuando te des la vuelta, habré desaparecido —le contestó, esta vez con mucho menos enfado del que pretendía mostrar.
La puerta de la habitación se abrió y la madre de Amanda se asomó. En cuanto vio a las chicas abrazadas, sonrió con ilusión.
—¡Qué bien lo vais a pasar! —exclamó. Las dos chicas se asustaron al notar su presencia—. ¿Lo tienes todo listo, cielo? —continuó la mujer sin percatarse del sobresalto que les había provocado—. En menos de media hora tenemos que salir hacia el aeropuerto.
—Sí, mamá, ya estaba cerrando la maleta —contestó Amanda con desgana.
—¡Ay, hija! Ni que te fueras a un campo de concentración —le dijo mientras salía de nuevo de la habitación.
Amanda miró a Carol con cara de pena, pero esta última dibujó una gran sonrisa y le dijo a su amiga:
—Ya verás, este va a ser el verano de nuestras vidas.