Capítulo 36
La puerta trasera de la iglesia estaba entreabierta y desde dentro se oían voces lo bastante altas como para despertar a los muertos.
Reuben no estaba dispuesto a arriesgarse a cargar su peso sobre la madera podrida del pequeño porche cubierto, así que esperó tan cerca como se atrevió, escuchando.
—Esta vez te has excedido. ¿Cómo esperas que te proteja de esto? Un miembro de un equipo de élite.
Hobson.
—No hace falta, colega. Nadie sabe que la tengo. Las cámaras alrededor de la iglesia se desactivaron antes. Y una vez que esté en la cuenca, tendrán que dragarla, ¿y quién va a hacer eso? A menos que tengas un sitio mejor, porque tu trabajo es deshacerte de ella.
Gordy. Y sigue viva.
—No. No voy a hacerlo. Nunca fue mi trabajo hacer nada, y desearía con toda el alma no haberte ayudado jamás con Jock. Me has arruinado la vida.
—¿Arruinarte la vida? —se rió Gordy—. Estabas encantado de verlo morir. Me ayudaste a atraerlo hasta aquí y lo sujetaste mientras yo le arrancaba la confesión. Luego estaba Skip.
—Y te dije que después de Jock se había acabado. Terminado para mí.
—Pero nunca puede acabar para mí. —La voz de Gordon había cambiado; había dolor en ella—. Hasta que el último Carver esté bajo tierra. Hasta que el último de la familia de Neville Hunt se reúna con él en la morgue. Entonces habrá terminado.
Pete rodeó una esquina con cautela y Reuben le hizo un gesto señalando la puerta y pidiendo silencio.
—Has completado lo que te propusiste hacer hace tantos años.
Janie se merecía algo mejor y obligaste a cada uno de esos hijos de perra a rezar pidiendo perdón.
Si liberas a Betty y a Bryant y desapareces de nuevo, nadie vendrá a buscarte.
No hay razón para que vayas a la cárcel. Ni para que yo vaya tampoco, Hector.
Los ojos de Reuben se clavaron en los de Pete y articuló sin voz: ¿Has oído eso?
Pete asintió.
—Solo te preocupas por ti mismo. Si no hubiera guardado lo que grabamos aquella noche con Jock, te habrías largado; y me habría dolido, porque eres mi mejor amigo. Tú y Erik. O podría ser solo Erik y yo, si llega el caso.
—¿Me estás amenazando? ¿A mí? —Hobson sonaba furioso—.
No fuiste tú quien destruyó pruebas. No fuiste tú quien se aseguró de que todo lo que identificaba los cuerpos se enterrara tan hondo que nadie pudiera encontrarlo.
¿De qué demonios crees que te va a servir tu nuevo mejor amigo, aparte de meterte en más problemas de los que puedas imaginar?
No. Se acabó, y voy a asegurarme de que no vuelvas a amenazarme jamás.
Cayó el silencio. Reuben deseaba poder verlos.
Entrar a la fuerza no era una opción cuando al menos Hobson iba armado.
Pete retrocedió lentamente y se señaló a sí mismo y luego la parte delantera de la iglesia: lo más probable era que fuera a asegurarse de que ninguno pudiera salir por la puerta principal.
Y entonces los tendremos acorralados. En el peor de los casos, los encerramos ahí hasta que lleguen los refuerzos.