Capítulo 34
El jardín delantero, bien cuidado, y los primeros cien metros de la propiedad de Gordon Brain daban paso al abandono en cuanto dejaban de verse directamente desde la carretera.
El largo camino de entrada estaba sembrado de baches y había árboles caídos pudriéndose en el suelo. Liz se detuvo al llegar a una curva.
—¿Esa es la casa principal de los Carver? —señaló hacia el terreno de la izquierda, donde apenas se distinguían un tejado y unas chimeneas.
—Eso parece. Cuando terminemos aquí, podríamos sacar el dron y hacer un reconocimiento aéreo rápido.
—Sí. Revisemos todos los edificios, incluida la cuenca.
Reanudaron la marcha.
—Si estamos en lo cierto y Jock y Skip fueron responsables de lo que le pasó a Janie, ¿te imaginas vivir tan cerca de ellos? —Reuben negó con la cabeza—. Lenny Field debió de necesitar aquella tierra lo bastante como para quedarse en vez de llevarse a Hector y empezar de cero en otro sitio.
—Pero la gente no empieza de cero; no muy a menudo, salvo en las películas.
Mira a Vince Carter: se quedó en la casa de campo que había compartido con su mujer después de que ella muriera allí, y crió allí a su hija pequeña.
Y Lyndall se ha quedado en la casa de la que se la llevaron.
Hasta hace poco, mi hermana Anna vivía en una casa llena de los recuerdos más tristes.
Y yo me negué a mudarme de mi apartamento después de que secuestraran a mi querida sobrina delante de mis narices. Durante casi veinte años esperé a que volviera a casa.
—La costumbre, supongo. Y estamos dando por sentado que Lenny sabía que eran ellos —dijo Reuben—. Según Albie, era un secreto a voces: Jock, Skip y el amigo de Skip, Neville. Había otros que rondaban con ellos, pero esos tres eran los que él describía como matones despiadados.
La casa era modesta, probablemente la original, construida en los años setenta. De ladrillo, una sola planta, tejado de chapa. Un cobertizo para el coche a un lado. Las cortinas, echadas.
—Te veo en la parte de atrás.
Liz se desvió a la derecha, pasando por delante de varias ventanas antes de llegar a la primera esquina.
En ese lado había dos ventanas que, de nuevo, tenían las cortinas echadas.
El hedor a lejía le llegó antes de encontrar el origen, un poco más atrás de la casa: dos grandes garrafas de lejía tumbadas de lado, charcos de agua a su alrededor y una manguera, soltando un hilillo de agua, introducida en el cuello de una de ellas.
—Debe de ser lo que llevaba en el coche el otro día. —Reuben llegó a su altura—. Algún producto químico, pero Pete y yo dimos por hecho que era parte de la limpieza del motel.
—Esto es muchísima lejía. ¿Puedes ver por esa ventana? —Liz señaló una que le quedaba demasiado alta.
Estaba alta incluso para Reuben, pero se puso de puntillas para mirar por una rendija entre las cortinas.
—Hay velas encendidas. Quiero decir, un montón. Incluso cerca del borde de las cortinas.
—Voy a enviar un mensaje a Meg y a la base para avisarles de que vamos a entrar por la fuerza ante un riesgo creíble de incendio. Antes será mejor comprobar si hay algo sin cerrar.
Liz tecleó el mensaje, lo envió y fue en dirección contraria a Reuben, probando cada ventana, hasta reunirse en la puerta principal.
—¿La tiramos de una patada o voy al BearCat a por el equipo para abrir cerraduras?
—Entremos ya. —Liz se volvió hacia la puerta y alzó la voz—. ¡Policía! ¡Abra la puerta inmediatamente o entraremos por la fuerza!
Como era de esperar, no hubo respuesta, y una sola patada bien colocada de Reuben bastó para que la puerta se abriera hacia dentro.
—¡Policía! Creemos que hay un riesgo inminente de incendio. Salga por la puerta principal. Si no puede moverse, grite y entraremos a ayudarle. —Liz estaba cansada de esperar—. Entramos ahora.
Ambos desenfundaron sus armas.
Dentro estaba oscuro; ninguna de las luces funcionaba.
A la luz de las linternas, avanzaron por lo que era una casa de aspecto completamente normal, sin nada fuera de lo corriente, hasta llegar a la habitación de las velas.
Una cerradura y un candado hacían que aquella habitación estuviera muy lejos de ser normal, y los dos retrocedieron unos pasos.
—Será mejor que le echemos un vistazo desde fuera, Reuben. Coge un par de sillas de la cocina y veamos qué hay ahí dentro antes de abrir esto.
Podía ser algo tan simple como el lugar donde Gordy guardaba toda su información financiera, su caja fuerte, o algo ilegal pero relativamente inofensivo. Liz no iba a correr riesgos innecesarios. Ninguno. Con calma y sin errores.
Con las sillas más o menos estables junto a la ventana, se subieron a ellas y alumbraron dentro con las linternas.
—No me equivocaba con las velas —dijo Liz—. ¿Qué hay en la pared? ¿Son fotografías?
—No se distingue bien.
—Podríamos localizar a Gordy y hacer que nos abra esto.
Reuben guardó silencio mientras devolvían las sillas y terminaban de nuevo ante la puerta.
—¿Qué?
—¿Por qué tendría velas encendidas ahí dentro? ¿No te parece que es un poco... ritual? —esbozó una leve sonrisa—. ¿Qué más da una puerta rota?
—Vale. Ábrela, y luego nos lo tomamos con calma al entrar.
Esta costó más esfuerzo, pero una vez liberada de sus cerraduras, Reuben le dio un empujón con el pie para abrirla del todo.
—Parece que está bien, Liz. Entro yo primero.
Cuando estaba a punto de decirle que no, Liz se contuvo. El momento de sobreproteger había pasado.
Sacando fotos con los móviles mientras entraban, ambos se vieron atraídos hacia el gran tablón de corcho que habían entrevisto a través de la ventana.
Recortes de periódicos, fotografías, informes policiales...
todo rodeaba una imagen central, una pintura: una adolescente sentada en una roca, con flores silvestres en las manos y una sonrisa en el rostro.
—¿La placa dice Janie? —Liz miró más de cerca— . Un ángel perdido pero nunca olvidado. Janie Swift. Mi hermana sagrada.
Reuben dejó escapar un silbido lento y prolongado.
—Esto es un altar dedicado a ella.
Liz contempló el tablón.
—Mira esas fotos, Reuben. Las fotos policiales parecen las que hemos visto de la primera y segunda muertes, pero estas muestran los rostros. Creo que ese es Jock Carver. —Señaló una—. ¿Ves cómo sostiene el colgante del ángel?
—Y ahora tenemos rostros para que Meg busque. Pero mi pregunta es: ¿por qué aquí? Seguramente Gordy no ha mantenido esta habitación como santuario para una familia que nunca conoció.
—Tailandia. —Al atar cabos, la mente de Liz se aceleró—.
Albie acaba de contarle a Pete y Candace que Hector Swift se dirigía a Tailandia.
Y la verificación de antecedentes de Erik Piper lo situaba en Tailandia en varias ocasiones; creo que la más reciente fue hace poco más de diez años.
¿Y si se conocieron allí? Pero ¿cómo encajaría eso en todo esto?
Sus linternas recorrieron el tablón.
—Somos nosotros. —Reuben enfocó la luz en una foto del borde—. Tú y yo cuando nos detuvimos cerca del estanque de Erik. Y tú. Creo que esa es Kath al fondo, cerca de su coche patrulla.
—Es del día que llegué. Y Meg. Oh, Reuben, mira. —El corazón de Liz dio un vuelco—. Meg fuera de su habitación del motel. Meg en la primera tumba. Meg... ¿dónde? ¿En algún lugar del monte?
—Es donde la seguí. Al otro lado de la carretera del motel; dijo que había oído ruidos extraños y pensó que era un crío haciendo el gamberro. Pero la estaban vigilando todo el tiempo.
Liz marcó el número de Meg.
—Vamos, Meg. Contesta. —Respondió el buzón de voz—. Reuben, haz que Pete vuelva al motel ahora.
—Meg, enciérrate en la habitación. Dentro del baño. Solo abre la puerta a uno de nosotros. Estás en peligro, así que hazlo y llámame enseguida.
Reuben ya estaba fuera y Liz corrió con él por el camino de entrada. Ambos iban haciendo llamadas mientras avanzaban, Liz intentando contactar con Meg de nuevo y Reuben hablando con Candace.
—Espera un momento, Candace. —Reuben aminoró hasta caminar deprisa—. ¿Liz?
Ella colgó.
—Van de camino al motel. Albie les dio un libro sobre la región escrito a principios de los ochenta que tiene fotografías de clubes deportivos y algunos eventos; hay un par de Neville Hunt además de los hermanos Carver.
El teléfono de Liz sonó y pulsó sin mirar.
—¿Meg?
—No, Jeff. Dios mío, Liz. Estaba en una llamada con Meg y abrió la puerta y luego oí ruidos y yo...
—Habla más despacio. Te pongo en altavoz para que Reuben pueda oír.
La verja estaba justo delante.
—Meg estaba hablando conmigo pero alguien llegó a la puerta.
Dijo que solo sería un minuto y le dije que me llamara cuando estuviera libre, pero luego me dio mala espina y le grité que no la abriera.
No respondió, pero la oí hablar con alguien y un momento después dijo, con bastante claridad: "Te pedí que esperaras fuera de la habitación.
" —Su voz se quebró—. Se oyeron ruidos. Luego la puerta se cerró.
Alguien le ha hecho daño a nuestra Meg. O se la ha llevado.
—¿Has hablado con Felix? —preguntó Reuben.
—Te llamé a ti primero.
—Vamos al motel ahora, Jeff. Por favor, sube a la base y quédate allí con el equipo. Yo hablaré con Felix. ¿De acuerdo?
—Encontradla. Por favor, encontradla. —Jeff terminó la llamada.
Un coche giró hacia el camino de entrada.
—¡Es Gordon! —gritó Reuben.
Corrió los pocos metros hasta la verja mientras el coche daba marcha atrás a toda velocidad.
Liz iba justo detrás cuando Gordon metió bruscamente primera, dando un volantazo para esquivar a Reuben, que intentaba desesperadamente agarrar la manilla.
Liz había desenfundado su arma y apuntaba a los neumáticos; disparó un tiro que falló antes de que Reuben gritara de nuevo.
—Meg está en el asiento trasero.
Los brazos de Liz cayeron a los costados mientras se quedaba en medio de la carretera viendo cómo el coche se alejaba.
Te he arrastrado a esto, Meg.
El BearCat rugió al ponerse en marcha y se detuvo junto a Liz. Subió y se abrochó el cinturón mientras Reuben aceleraba. El coche azul giró a la izquierda.
Vamos a por ti. Aguanta, Meg. Aguanta.