Para que no lloren los ángeles por (Detective Liz Moorland. Crímenes Prioritarios 5) Capítulo 30
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Capítulo 30

A través de la pequeña pantalla del teléfono de Liz, la expresión de Felix Fletcher era difícil de interpretar.

Estaba sola en el BearCat después de que todos regresaran al motel.

La llamada había sido a petición suya y tenía la impresión, por su tono cortante y su rostro tenso, de que lo había cogido en mal momento.

—Gracias por atenderme con tan poco tiempo —dijo—. Hemos tenido algunos avances y esta es la forma más rápida de ponerte al día. No te habría interrumpido, pero hay agentes de policía implicados en este avance.

No habían hablado desde antes de que Candace llegara al pueblo, aunque Liz le enviaba informes dos veces al día y él respondía. No tenía ni idea de cómo era en realidad y sentía que tenía que esforzarse el doble para mantener la comunicación abierta.

Cómo echaba de menos a Ben.

—Perdona si no estoy en mi mejor momento. Un viejo amigo ha fallecido esta mañana. Tengo que decírselo a Candace.

Reprochándose mentalmente haber sacado conclusiones precipitadas, Liz suavizó la voz.

—Mis condolencias por tu pérdida. Si hay algo que pueda hacer... ¿te gustaría que hablara yo con Candace?

—Debería ser yo. Era amigo de ambos. Aunque me ayudaría que la vigilaras. Es la persona más fuerte que conozco, pero aun así, esto será un golpe. Y si quiere volver, organizaré el transporte. —Felix sonrió de repente—. Aunque no querrá. El trabajo es siempre la respuesta a todo para Candy.

¿Candy? Por Dios, no te pongas más personal.

Quizá Felix se dio cuenta de que podía estar compartiendo demasiado, porque se enderezó y miró directamente a Liz.

—Avances, ¿qué avances? ¿Y con qué policía?

—He recibido una llamada a media mañana de la agente Kath Connor.

Estaba transportando cajas que contenían archivos de casos sin resolver relacionados con las muertes de los ochenta, así como informes sobre los fallecidos recientes.

Sacaron su coche patrulla de la carretera —sus palabras— y perdió brevemente el conocimiento.

—Dios mío. ¿Está bien?

—De camino al hospital con varias lesiones, pero nada que ponga su vida en peligro inmediato. Cuando volvió en sí, una persona desconocida había accedido a las cajas de pruebas. Buena parte del contenido parece haber sido sustraído, aunque justo ahora estamos comprobando lo que queda.

—¿Sustraído?

—Sabemos que es algo más que el simple resultado del impacto. Las cajas seguían cerradas. Sin embargo, se localizó un sobre de pruebas debajo de un asiento y, aunque aún no lo hemos abierto, me pregunto si el ladrón lo dejó caer en su prisa por desaparecer.

Liz puso a Felix al corriente de la conversación con Hobson, incluida su declaración sobre haber estado en el pueblo para visitar a su familia.

—¿Crees que tuvo oportunidad?

—Quizá. Pero no en su coche patrulla. Demasiado arriesgado.

—¿Qué necesitas de mí, Liz?

—¿Hay alguna posibilidad de que podamos acceder al historial laboral completo de Hobson? Meg solo puede ver una parte sin alertar a nadie.

—Hecho.

—Y necesitamos una orden de registro para la propiedad de Betty Carver. Reuben enviará una solicitud formal en la próxima hora.

—La conseguiremos lo más rápido posible. Si es urgente... ¿alguna causa justificada para entrar? —La expresión de Felix se animó—. ¿Ruidos extraños? ¿Alguien en peligro?

—Los edificios están todos demasiado lejos del linde para saberlo. Espero que no te importe que te lo diga, pero durante un momento me has recordado a Pete.

—Me han comparado con policías mucho peores que McNamara. Estoy deseando que nos reunamos todos cuando esto termine. Tomarnos unas copas. Cenar. Debe de ser complicado tener a una persona nueva en el puesto de Ben sin la oportunidad de conocerla bien.

Candace salió de la habitación del motel e inclinó la cabeza hacia Liz.

—Señor, tengo que irme. Gracias por tu tiempo y, de nuevo, mis condolencias por tu pérdida.

—Mantente en contacto, Liz.

La conexión se cortó. Liz salió y cerró con llave.

—Todos están listos. —Candace alargó la mano para abrir la puerta, pero su teléfono sonó y lo miró—. Solo es Fletch. Le llamaré pronto. —Rechazó la llamada—. ¿Estabas hablando con él?

Una parte de Liz agradeció que Candace hubiera rechazado la llamada.

Era importante que el equipo hiciera la sesión informativa para darle a Meg la mejor oportunidad de hacer su trabajo, a todos ellos en realidad.

Pero la otra parte ya estaba triste por la doctora porque pronto tendría malas noticias.

A Liz no le gustaba ninguna de las dos partes de sí misma en ese momento. Era egoísta.

—¿Liz?

—Eh, sí. Organizará la orden de registro una vez que reciba la solicitud de Reuben y va a conseguirnos más información sobre Hobson. Con suerte, será pronto.

—Quiero contaros a todos lo de Kath. Lo que me contó. Pobre mujer.

La puerta se abrió de nuevo, esta vez Meg, que arqueó las cejas.

—Ya veo. Aquí fuera cotilleando en lugar de dentro, haciendo un plan.

—Perdona.

—Vale. Venga entonces. Entre lo que todos tenéis que contar y todo lo que yo necesito compartir, va a ser una reunión larga.

Aunque ya se había tomado varias tazas de café instantáneo asqueroso, Meg tenía otra en su escritorio.

—Jefa, necesito hacer una solicitud de material. ¿Lo hago a través de ti o de quién? Es material específico.

Liz levantó la vista de una conversación con Candace.

—A menos que sea un arma, ¿no es cosa tuya?

—Así es. ¿Y si necesito un asistente? ¿Puedo solicitarlo al mismo tiempo?

—Puedo encargarme yo de las requisiciones si eso ayuda —ofreció Pete—. Puede que incluso tenga contactos, si sabes a qué me refiero. —Sonrió.

—El problema es que esto podría necesitar instalarse dentro de un BearCat, así que eso convierte el equipo en un arma?

Todos la miraban y Meg estuvo tentada de inventarse un nombre alargado de algo inexistente. Pero por fin tenía su atención absoluta, lo que haría avanzar el proceso. El proceso de encontrar asesinos.

Levantó su taza de café.

—No podemos funcionar con esto. Necesitamos una cafetera decente, autorizada para todos los viajes fuera de la base que duren más de dos horas.

Reuben parecía pensativo.

—Hay un pequeño espacio donde podría instalar una. No una cafetera grande. Pero hoy en día hay algunas unidades compactas que irán bastante bien. Tendremos que consultar cómo gestionar el almacenamiento de tazas, café, varios tipos de leche y demás.

Con la misma seriedad, Meg continuó el juego.

—Crearé un pequeño programa que identifique con qué frecuencia usamos cada artículo en cada BearCat en comparación con la frecuencia con la que tomamos café. No debería ser difícil deshacernos de algún trasto que no usamos nunca.

—¿Cómo cuál? —preguntó Liz.

—¿Hemos usado alguna vez el lanzagranadas?

Los ojos de Pete se iluminaron.

—¿Qué bazuca? ¿Tenemos uno?

—Así que ahora que estamos de acuerdo, ¿hacemos la sesión informativa sobre Kath o actualizo con lo último que tengo?

El equipo se fue colocando en los asientos.

—¿Yo? Vale. Tengo algunos resultados de Jeff.

Trazas de las muestras de tierra que Pete me ayudó a recuperar.

Había ADN mezclado, que en su mayoría necesitará mucho más tiempo para identificarse o, al menos, para incorporarse a la base de datos.

Sin embargo, sí se encontró una coincidencia con los registros de alguien que había sido detenido por alteración del orden público. Una tal Jocelyn Carver.

—¿Jocelyn? —Liz pareció interesada.

—Más comúnmente conocida como Jock Carver.

—¿En la tierra? ¿Qué tumba, Meg?

—La primera. —No pudo evitar una sonrisa—. Y la segunda. Y aún más: está en otra parte de la cadena del colgante del ángel, mezclada íntimamente con la que coincide con el perfil familiar de Maude Swift.

—¿El colgante? ¿Como si lo hubiera manipulado? —preguntó Candace.

—Exactamente como si lo hubiera manipulado. Hay un informe completo que revisar; lo enviaré a cada tableta. Necesitamos identificar la conexión con Maude.

—Janie Swift. —Pete asentía—. Es la hija de Maude. Ese pobre aspirante a cura nos dijo que Dios se llevó a Maude y luego a su hija mayor.

¿Por qué estás tan enfadado? Tienes los puños tan apretados que se te están blanqueando los nudillos.

Candace tenía los ojos puestos en Pete y después de dedicarle una pequeña sonrisa se hizo cargo de la conversación.

—Sí, eso dijo. —Miró alrededor de la sala—.

Maude murió de cáncer, pero se negó a responder preguntas sobre cómo murió Janie.

No negó que fuera ella a quien se refería como la hija mayor; sin embargo, se puso a la defensiva y cortó la conversación.

La otra cosa es que Albie Walsh creía que Jock Carver era responsable de la muerte de Janie.

—Tenemos que hacer una entrevista formal con Bryant. —La voz de Pete era inexpresiva y se levantó bruscamente y se acercó a la ventana. Sus dedos jugueteaban con la cortina corrida—. Prefiero no tener más trato con él. Si es posible.

Liz se levantó a medias y luego volvió a sentarse, pero estaba mirando la espalda de Pete con la frente arrugada. Sin embargo, su tono era objetivo.

—¿Reuben? ¿Podrías buscar la forma de usar la comisaría local para una entrevista formal, llevar a Candace y pedirle al señor Bryant que os acompañe?

—Lo haré. ¿Y si Bryant se niega?

—Entonces entrevistadle en su casa. No queremos que nos acusen de acosar a un anciano, así que confío en que ambos uséis vuestro mejor criterio. Por favor, grabadlo.

—La nuestra ya la grabamos, Pete y yo.

Candace también estaba mirando a Pete.

Obviamente había pasado algo durante la entrevista anterior que había alterado a Pete y no era fácil asustarlo, así que debía de ser grave. Al final vendría a hablar con ella. Probablemente con su botella habitual de algo caro y con necesidad de desahogarse.

Meg se aclaró la garganta y todos volvieron a prestarle atención.

—Por favor, enviadme la grabación. ¿Echamos un vistazo a estas cajas de pruebas, por lo que valgan?

Pete se recriminó por dentro. No había sabido manejar al cura.

Y no iba a compartir su vergonzoso episodio junto al coche de alquiler.

Candace no había dicho ni una palabra: se deslizó al volante mientras él se recomponía y le tendió un paquete de toallitas húmedas y una botella de agua en cuanto subió.

Mantenerse al margen a partir de ahora era lo mejor para la investigación.

Y para mí.

Era muy consciente de la mirada comprensiva de Candace y de las miradas preocupadas de Meg y Liz. Reuben estaba ocupado con su tableta, probablemente siguiendo la petición de Liz de encontrar la manera de entrar en la comisaría ahora que Kath estaba fuera de servicio.

Las cajas de pruebas descansaban sobre una mesa de caballete. Ya que estaba de pie, le tocaba a Pete abrirlas.

Liz se tomó un minuto o dos para repasar la escena que habían encontrado en el lugar del accidente mientras él desempaquetaba cada caja, colocando el contenido delante de ellos.

Había muy poco: un par de archivos más un sobre en la primera y tres sobres en la segunda, uno de los cuales había encontrado bajo el asiento en el coche siniestrado.

—Kath me contó lo que recordaba —dijo Candace—. Está convencida de que fue un acto deliberado.

Reuben levantó la vista de su tableta.

—Continúa.

—Estaba a mitad de esa larga curva y una furgoneta vino en dirección contraria. Se cruzó a su carril, no como si estuviera fuera de control sino con intención, lo justo para obligarla a salir al arcén y así evitar una colisión. Y ese arcén es estrecho y de grava, lo que la hizo derrapar.

—No se detuvieron —dijo Liz.

—Sí lo hicieron. Kath recobró el conocimiento y al salir a rastras cayó al suelo. Recuerda a alguien corriendo y luego oyó alejarse un vehículo.

—¿Alguna descripción? —Meg estaba tecleando rápido—. Voy a pedir al centro de operaciones que busque cualquier cámara fija en un radio de veinte kilómetros del lugar del accidente.

—Solo recordaba una furgoneta blanca. Como las de reparto.

—Bien, gracias. Pediré que se emita una alerta a todas las fuerzas del orden, servicios de emergencia, gasolineras, empresas de mensajería, etcétera, de la región. Necesitamos acceso a la tarjeta SD del coche patrulla para ver qué imágenes captó.

—Puedo conducir hasta la escena y recogerla —dijo Pete—. Aunque probablemente no podamos simplemente llevárnosla.

Liz asentía.

—Correcto. Pero puede que volvamos enseguida de todos modos y echemos un vistazo. Meg, ¿puedes poner las cosas en marcha para que nos copien lo que captaron las cámaras?

—Ya lo he pedido.

—¿Algo más de Kath, Candace?

—No. Me gustaría ir a verla más tarde.

—Lo haremos. Echemos un vistazo a lo que queda de estos archivos. Según Joy había tres cajas y ahora tenemos dos.

Pete las alineó.

—Ya he sacado fotografías de cada una y anotado de qué caja procedían. Excepto el que estaba bajo el asiento, claro.

Los primeros sobres ofrecían poco que el equipo no supiera ya sobre las muertes sospechosas más antiguas. Dentro de dos archivos sueltos había un puñado de declaraciones de testigos fechadas en 1981 y 1984.

—¿Juntas en un archivo? —Liz levantó la vista—. Alguien estaba tratando estos como un solo caso.

Un archivo más reciente contenía las mismas fotografías que Joy había enviado a Liz.

—¿Qué más dijo que debería estar aquí, Liz?

—Copias de informes policiales y de otros testigos para empezar. ¿A menos que estén en el sobre que localizaste?

Pete abrió el último.

—Parece mucho más grueso que los otros. —Tras despejar un espacio, deslizó lentamente el contenido sobre la mesa—. Joder.

Encima había una fotografía grande de un hombre yaciendo muerto en el suelo.

—Es casi igual. —Candace la recogió con cuidado—. Mirad su postura. Podría haber muerto mientras rezaba y eso es exactamente lo que el asesino quiere que todos pensemos. ¿Y eso es... es eso una cadena en su puño? —Se la pasó a Liz—. Una cadena fina de plata con un colgante.

Liz la miró de cerca.

—Igual que la que encontré. Ángel incluido.