Para que no lloren los ángeles por (Detective Liz Moorland. Crímenes Prioritarios 5) Capítulo 19
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Capítulo 19

Había momentos contados —y este era uno de ellos— en que Meg deseaba haber seguido su otro sueño de convertirse en arqueóloga. O antropóloga. Incluso el plan B de ser bailarina profesional tenía un atractivo inusual... aunque nunca hubiera dado una clase de baile en su vida.

No era el trabajo. Adoraba su carrera y los caminos interesantes por los que la llevaba.

Tampoco era el equipo, al que adoraba.

Pero este caso era exasperante y su irritación recaía directamente sobre las personas que deberían haber facilitado su trabajo: la policía local.

Estaba de vuelta en su habitación, se había encerrado con llave, corrido las cortinas y sentado con las piernas cruzadas en la cama durante unos minutos practicando la respiración profunda. Solo por un rato, el teléfono que era su salvavidas estaba apagado.

Con los ojos cerrados, Meg hizo todas las cosas habituales para relajar el cerebro, pero nada funcionó.

Necesitaba información que parecía estar siendo retenida por alguien que o era incompetente o tenía un interés personal.

No era culpa de Kath Connor, que había llegado al cementerio cuando estaban cargando el coche, había mantenido una conversación con Liz antes de que la presentaran a Meg y Reuben, y estaba realmente perdida y la trataban tan mal como al equipo.

¿Por qué están tardando tanto en encontrar estos archivos? ¿Y por qué no están disponibles digitalmente?

Incluso si los casos sin resolver habían sido empaquetados y guardados, alguien tenía que saber dónde.

Con un suspiro, Meg abrió los ojos y se puso de pie.

Todos sus ordenadores estaban funcionando a pleno rendimiento buscando noticias antiguas o cualquier mención de las muertes aquí en los años ochenta, y había poco más que pudiera hacer aparte de esperar un resultado y averiguar cuándo llegaría el helicóptero.

Todas las muestras estaban etiquetadas y listas para el transporte.

Cogió el teléfono y las llaves y, en el último momento, se puso un sombrero de sol.

Si respirar no funcionaba, quizá caminar sí.

Fuera el calor era casi sofocante. Se acercaba una tormenta, pero no se esperaba hasta el atardecer, lo cual era bueno para el equipo, ya que el helicóptero podría aterrizar e irse sin retraso.

Meg miró alrededor. El BearCat no estaba, ya que Liz y Pete habían ido a la comisaría local para hablar con Kath.

No tenía ni idea de dónde estaba Reuben, pero en realidad no quería compañía hasta aclarar sus ideas, porque la gente confiaba en que fuera serena y siempre tuviera respuestas, y eso era agotador.

Cruzó la carretera, atraída por los árboles de la zona de descanso.

Eran una mezcla interesante de eucaliptos y algunos árboles importados que creaban una extensión sombreada sobre un pequeño parque infantil y bancos para que las familias se sentaran a comer.

El bloque de aseos anunciaba que incluía duchas y había un gran depósito pegado a una de las paredes.

Pasó por delante de todo eso, siguiendo un sendero estrecho que se adentraba en un matorral más denso.

Era bueno estar lejos de la gente. No había nadie en la zona de descanso, así que, a menos que se topara con un lugareño, el lugar era suyo.

Aquí había más árboles, más arbustos y un silencio absoluto.

Ni siquiera el canto de los pájaros ni el susurro de las ramas. El aire estaba quieto.

Meg se detuvo y se quitó el sombrero para secarse la frente.

Detrás de ella... o quizá en algún punto más hondo de la maleza... crujió una ramita.

Solo será algún animal pequeño. Una rata. ¿Una zarigüeya? No, esas son nocturnas.

¿Cuánto había andado exactamente?

Levantó la vista. Se veía el cielo, pero solo a través del dosel sobre su cabeza. Y ahora estaba más oscuro, no por las nubes, sino por el propio ecosistema del matorral.

—Vale. Será mejor que vuelva.

No le daba miedo nada. Bueno, casi nada, y por lo general tenía que ver con malos resultados de un modelo nuevo que hubiera programado o con hacer un pedido por internet después de unas cuantas copas de más.

¿Cómo iba a dar miedo aquello? Había árboles, arbustos y casi nada más.

Meg se dio la vuelta. Ya había caminado bastante. No era como Liz o Reuben, que adoraban correr. Le parecía una forma espantosa de malgastar tiempo y energía, aunque a ellos parecía gustarles. Pero había cierta paz en eso de sentirse en comunión con la naturaleza.

Unos metros más allá, oyó otro ruido. Otro crack, pero no como el de una ramita o una rama, seguido de inmediato por un gruñido bajo y siniestro que sonó lo bastante humano como para ponerla en alerta.

—¿Quién anda ahí?

No esperaba respuesta, y no la hubo. Si antes ya estaba molesta, aquella tontería solo consiguió empeorarlo todo y, con las manos en las caderas, se dirigió a los arbustos.

—Vamos, da la cara de una vez. ¿Qué tienes, diez años?

Otro gruñido extraño. Echó mano al teléfono y encendió la pantalla.

¿Y si había encontrado alguna especie rara en peligro de extinción? O a un adolescente que necesita una buena charla.

La pantalla se iluminó y empezaron a entrar mensajes y notificaciones sin parar. Pulsó rápidamente el silencio y empezó a grabar.

—Creo que no eres más que un crío ridículo jugando a hacerse el mayor.

Había algo... unos pasos que se alejaban.

—Eh, espera, no salgas corriendo ahora.

—¿Con quién demonios estás hablando?

El teléfono salió volando de la mano de Meg del brinco que dio. Reuben lo recogió y se lo devolvió.

—No tiene ninguna gracia aparecerme por detrás. Hay alguien entre los arbustos haciendo esos gruñidos idiotas.

La mano de Reuben salió disparada hacia la funda.

—¿Dónde?

—Será algún chaval aburrido, nada más.

—Meg, estamos en un pueblo con un presunto asesinato reciente y un historial turbio. Estás sola en una zona aislada, con el teléfono apagado y sin decirle a nadie del equipo adónde ibas.

—Eso es acusarme, ¿no?

—No lo es. Vale, sí lo es, pero ¿qué le digo a Liz si te pasa algo y yo estaba ahí al lado?

La expresión de dolor en su cara bastó para que Meg se suavizara. Independiente y capaz lo era, pero él tenía razón en varias cosas.

—Me encantaría tomar café. Algo decente.

Una sonrisa lenta le relajó el rostro y Reuben asintió.

—A mí también.

—¿Vamos a echar un vistazo a esa cafetería a la que Pete no deja de escaparse?

Kath Connor llevó dos cafés hasta el escritorio donde estaban sentados Liz y Pete.

—He vuelto a preguntar, y ya es la tercera vez. El sargento Hobson no estaba disponible para atender mi llamada, que tampoco es raro, así que he hablado con la agente Joy Reed, que lleva en ese puesto toda la vida y lo sabe todo.

Dejó las tazas y volvió a por la suya.

—Joy debería llevar la comisaría, pero dice que con su trabajo ya le basta.

—¿Y qué tenía que decir? —preguntó Pete.

—Cuando está trabajando, mide mucho sus palabras.

Kath por fin se sentó frente a ellos.

—Prometió volver a insistir con lo de los archivos de los casos sin resolver y también supervisar personalmente el envío de las muestras de ADN a vuestro laboratorio de Melbourne.

Igual tenemos que hablar con esa agente.

Liz cogió el café y le dio un sorbo. Se dejaba beber, pero no le llegaba ni de lejos al de Gordy ni al de la cafetería.

¿Qué tenían las comisarías con el café?

Pete no había tocado el suyo.

—Si dices que mide sus palabras en el trabajo, ¿insinúas que fuera de él es más... franca?

Kath esbozó una sonrisa de las pocas que se le veían.

—Joy pasa bastante por casa de mi tía. Hablan de todo y de nada, pero cuando la tía Dee se echa la siesta, Joy y yo a veces hablamos del trabajo y de esas cosas.

La sonrisa desapareció tan rápido como había aparecido.

—Voy a confiar en que no le contaréis al sargento lo que os diga. ¿Sí?

—No hemos venido a interferir en la jerarquía local y sabemos perfectamente que algunas relaciones de trabajo son más complejas que otras —dijo Liz—. Para la mayor parte del departamento, no existimos. Y me encantaría saber qué tienes que decir, Kath. No has sido más que servicial y sincera.

—Bueno, te agradezco que lo digas. Estoy un poco frustrada, porque me gusta mi trabajo.

Me costó mucho entrar en la academia y todavía me parece mentira que trabaje en mi propia comunidad.

Sé que no conviene agitar las aguas, pero todo este juego del gato y el ratón está dejando en mal lugar al pueblo.

—Y quieres a tu pueblo.

—Nací aquí. Me crié aquí. A estas alturas ya solo quedamos mi tía, mi hijo y yo de toda mi familia, pero es suficiente.

La expresión de Kath transmitía aún más orgullo que sus palabras.

—Eres demasiado joven para recordar las muertes de los años ochenta —dijo Liz—. ¿Oíste historias o rumores mientras crecías?

Kath puso los ojos en blanco.

—Ah, sí. Desde luego. A todos los críos nos enseñaban a no acercarnos al cementerio a menos que fuéramos con un adulto. Y nunca ir solos por el sendero de la poza. Lo mejor era ir en grupos pequeños, incluso de día.

Pete se inclinó hacia delante.

—¿Por qué ese sendero? ¿Te refieres al que pasa por la verja en la valla perimetral del recinto de la iglesia?

—No. El de la otra carretera. Los cuerpos de aquellos dos hombres ya fueron bastante malos, pero venía de antes, de cuando Janie Swift desapareció en 1971.

Era solo una cría, catorce o quince años, quizá.

Solía atajar por allí y la gente dice que debieron de agarrarla y seguramente ahogarla, pero nunca dragaron la poza para buscar el cuerpo.

Swift... ah, el motel.

La extraña sensación en el estómago no era miedo ni ansiedad, sino pura emoción. Liz todavía no sabía cómo, no aún, pero una pieza del puzle acababa de encajar.

—¿Alguna idea de quién fue el responsable? —Pete ya había sacado la libreta—. ¿1971, Janie Swift?

—Sí, eso es. Antes los trabajadores de temporada inundaban la región durante meses. Algunos repetían, pero la mayoría venían unas semanas, se marchaban con la paga y no volvían la vista atrás. Nunca encontraron a la pobre chica, ni ha aparecido jamás ningún cadáver que pudiera ser el suyo.

—¿No se marchó del pueblo sin más?

—Todo es posible, Pete. Yo solo sé lo que me contaron.

Él asintió y dejó la libreta para coger la taza.

Liz tenía muchísimas preguntas nuevas, pero primero volvió a lo anterior.

—Volviendo a Joy... has dicho que a veces habláis de trabajo. ¿De qué en concreto?

—Del sargento Hobson, sobre todo. Y de su club de chicos, como ella lo llama.

—¿De otros policías?

—No. Del director ejecutivo del hospital. Y del alcalde.

—¿De este pueblo? —preguntó Liz.

—No, de Sanston. Juegan al golf y salen a comer juntos.

Están en varios comités, como la asociación de comerciantes y algún grupo de desarrollo urbanístico.

Hobson se crió aquí, a solo dos calles de donde vivía mi familia, pero nuestros caminos nunca se cruzaron, que yo recuerde, hasta que me dieron el destino.

Me saca más de veinte años y ya debería estar jubilado, pero sigue aferrándose al puesto.

El teléfono fijo empezó a sonar.

—Perdonad, un momento.

Mientras Kath contestaba, Liz se inclinó un poco hacia Pete.

—El motel pertenecía antes a un tal Hector Swift.

Los ojos de Pete se entrecerraron, pero, pensara lo que pensara, se lo guardó para sí.

Los dos ya habían vaciado las tazas cuando Kath colgó, disculpándose.

—Lo siento, tengo que irme. En una de las propiedades del norte han localizado un camión intentando robar ganado y han retenido al conductor.

—¿Necesitas ayuda?

—Viene alguien de Sanston, así que me quedaré hasta que llegue y me aseguraré de que no haya sido un malentendido.

Quiero decir, no lo ha sido, pero ya sabes, el procedimiento y todo eso.

—Se miró el reloj—. Debería estar de vuelta para las cuatro para la entrevista con el viejo Walsh, pero os llamaré si me retraso.

Liz y Pete siguieron a Kath al exterior y esperaron mientras cerraba con llave.

—No vamos a retrasarte, pero gracias por hablar con nosotros. Me gustaría saber más sobre Janie Swift. —Liz sacó unas gafas de sol y se las puso.

—Puedo hacer que Joy os llame.

—Hazlo, por favor. Pete y Reuben se reunirán contigo en el pub a las cuatro, a menos que se te complique.

Kath levantó la mano a modo de despedida y se dirigió a su coche patrulla.

A lo lejos, densas nubes avanzaban despacio hacia ellos y se levantó una brisa cálida.

Algo estaba cambiando. Liz lo sentía en los huesos.

Fuera lo que fuese lo que trajeran los días siguientes, tenía que mantener a salvo a su equipo, porque en aquel pequeño pueblo había mucho más en juego que unas supuestas muertes accidentales. Mucho más.