Para que no lloren los ángeles por (Detective Liz Moorland. Crímenes Prioritarios 5) Capítulo 15
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Capítulo 15

—Sentaos, sentaos.

El anciano señaló las sillas vacías alrededor de una mesa y Reuben recogió obedientemente dos.

Pete extendió una mano.

—Pete. Y este es Reuben.

—Albie Walsh. Dueño del pub.

Acomodándose lo bastante cerca para oír por encima de la televisión sin invadir el espacio personal, Pete se inclinó un poco hacia delante.

—Así que ese es tu nieto atendiendo la barra.

—Matthew es un buen chico. ¿Te ha dicho que va a estudiar medicina? Vuelve de Adelaida entre semestres. Hace su formación y todo eso, luego viene a casa y echa una mano a su padre.

—Debe de hacerte sentir orgulloso.

—Muy orgulloso. El primero de nuestra familia que va a la universidad, pero lo echo de menos cuando está allí. Yo y su padre.

Bien. Albie estaba lúcido, con ganas de hablar, probablemente un poco solo. Solo era cuestión de mantener las cosas agradables, sin presionar.

El camarero —Matthew— apareció y recogió un vaso vacío de la mesa junto al sillón.

—Eh, abuelo, son casi las diez.

—Me gustaría otro, joven. Uno de esos cócteles que preparas tan bien.

—¿No es un poco tarde?

—Quizá a mis nuevos amigos también les apetece uno. ¿Qué decís? —Aquellos ojos brillantes se asomaban divertidos a Reuben y luego a Pete—. Matthew puede preparar cualquier cosa.

—Qué va, pero gracias. La cerveza está buena.

Reuben asintió.

—Bien. Pero no se lo digas a papá. —Matthew se alejó recogiendo vasos de las mesas a su paso.

Albie se rió entre dientes.

—No se lo digas a papá. Uno de estos días espabilará y se dará cuenta de que todavía soy el dueño del local y de que Colin trabaja para mí.

Reuben había sacado el teléfono y estaba tecleando discretamente; probablemente anotando nombres y observaciones.

—¿Lleva mucho en la familia, Albie? —preguntó Pete—. Tiene un sitio estupendo.

—No está mal. A diferencia de los pueblos más grandes, aquí no tenemos competencia.

Mi padre construyó el hotel cuando era joven, él y mi tío.

La sociedad no les duró mucho y cuando mis padres fallecieron, me lo dejaron en el testamento.

—Albie se encogió de hombros—. Aunque ahora no lo parezca, una vez fui un boxeador prometedor; solo que no era lo bastante bueno como para ganarme la vida con ello, y quizá mis padres lo sabían, así que volví a casa y aprendí el oficio.

—Suspiró—. Echo de menos estar detrás de la barra, pero ya no tengo los huesos de antes.

Albie miró sus pies y movió los dedos.

—Habrá visto muchas cosas a lo largo de los años —dijo Pete—. Probablemente conoce a todo el que haya vivido aquí.

Los dedos del hombre parecían resultarle más interesantes, así que Pete se recostó y dio unos sorbos a su vaso.

Reuben observaba en silencio, con la mirada recorriendo el pub, deteniéndose en los rostros y pasando al siguiente.

Tras la expresión relajada estaría sin duda evaluando riesgos: el exagente de inteligencia quizá no dijera mucho, pero se movería rápido si fuera necesario, lo que lo convertía en una persona valiosa en un pueblo desconocido. Uno con un asesinato reciente.

Matthew regresó con un brebaje cremoso de color naranja, con una sombrilla y cerezas confitadas precariamente en el borde.

—Aquí tienes, abuelo. —Lo dejó en la mesa auxiliar y miró a Pete—. ¿Más cervezas o algo más?

Uno podría sentirse a gusto aquí, salvo por la televisión ruidosa. Pete la miró y Matthew sacó inmediatamente un mando a distancia del bolsillo y bajó el volumen.

—Gracias, tío. Estamos bien.

—Oh, abuelo. ¿Dónde están tus zapatos? —La voz de Matthew sonaba resignada—. ¿Me dices dónde están?

Albie levantó la cabeza, un poco desconcertado.

—Te dije antes que los había dejado en mi habitación. Prefiero ir descalzo sobre la moqueta.

—Solo que estás incumpliendo tus propias normas de no permitir entrar a nadie sin calzado apropiado. Nada de pies descalzos, nada de chanclas, nada de crocs.

—¿El cartel dice de verdad nada de crocs? Tengo que arreglar eso. Son los zapatos más cómodos del mundo. —Albie reparó en la bebida y la alcanzó—. Tienes clientes, Mattie.

Matthew se marchó a toda prisa y Albie probó la bebida arrugando la nariz.

—Creo que se ha dejado la mitad del alcohol. Y sí, he visto muchas cosas y conozco más o menos a todo el mundo en el pueblo. En la región.

Así que estabas escuchando. Apuesto a que no se te escapa mucho.

—He oído que la población ya no es lo que era.

—Has oído bien. Aquí nos va bien; los pubs sobreviven, en su mayoría. Un poco preocupante para los jóvenes que crecen sin nada que hacer ni heredar. Unas pocas granjas aún resistiendo. Los viejos como yo no nos iremos, pero estamos viendo cómo se van nuestros nietos.

Reuben se puso en pie, cerveza en mano, y examinó una serie de fotografías enmarcadas en la pared cerca de Albie.

—¿Ves la mía ahí? Título regional con solo dieciséis años. —Albie agitó una mano en el aire—. Échale un vistazo, Phil.

Mordiéndose la lengua para no corregir al anciano, Pete obedeció. La fotografía era en blanco y negro y un poco granulada, pero lo bastante buena para identificar a un Albie muy joven y bastante escuálido en un ring de boxeo.

—Apuesto a que eras rápido.

—Seguro que sí. Rápido, pero nunca lo bastante fuerte; no cuando algunos se dopaban.

Debería haber vivido en el siglo anterior, no a mediados del pasado.

Encima, resultó que mi corazón no estaba a la altura del estrés de todo aquello.

Supongo que me libró del servicio militar obligatorio para poder mantener funcionando el alma de este pueblo.

Las fotografías abarcaban décadas, la mayoría tomadas dentro del pub y unas pocas en el exterior.

Algo le llamó la atención a Pete.

—En las fotos realmente antiguas, tío, los camareros aborígenes no eran comunes entonces.

Si es que alguna vez lo fueron. Y mucho menos que les permitieran entrar en el bar público.

Con un gruñido, Albie se puso en pie.

—¿Ves esa? Mi padre es el hombre de la izquierda.

Emigró a Australia desde Irlanda y se enamoró de una chica de aquí cuando estaba trabajando en una granja.

Era el hombre más amable que pudieras conocer y no toleraba las tonterías de que los verdaderos dueños de esta tierra fueran algo distinto a sus iguales; rompió la ley a veces para mantener el pub como un lugar donde todos tuvieran cabida, incluso los policías. Aquí todos son bienvenidos.

Reuben sonrió a Albie.

—Un buen hombre, sí. Y tú has seguido sus pasos.

—Lo he intentado. He fracasado demasiadas veces. —La mano de Albie fue al respaldo del sillón para apoyarse, pero levantó la barbilla mientras miraba a Pete—. Supongo que querrás hablar conmigo sobre los asesinatos.

El amanecer se hacía de rogar gracias a una capa baja de nubes. El aire ya estaba húmedo y se predecían tormentas para la tarde.

Corriendo en pantalones cortos y top corto, Liz siguió la misma ruta que ayer: por la carretera recta desde el motel hasta Brown Horse Road.

Allí se detuvo un momento para beber de la botella en la riñonera.

El sudor le corría entre los omóplatos y estaba medio tentada de dar la vuelta.

La noche anterior, después de que los hombres se fueran al pueblo, ella y Meg casi se habían terminado la segunda botella de vino antes de distraerse con una llamada telefónica.

No tenía dolor de cabeza pero ya estaba deshidratada, y correr solo lo empeoraba.

Aunque así mantenía a los demonios a raya.

Otro corredor se acercó entre la penumbra. Reuben. Se detuvo cerca de ella, sonriendo mientras alcanzaba su propia botella.

—¿Hasta dónde has llegado? —Liz miró en la dirección de la que venía, solo capaz de distinguir las siluetas de los árboles y las luces distantes de una casa.

Él consultó su reloj.

—Llevo casi ocho kilómetros. Casi subo por ese camino lateral, pero pensé que me mantendría en la carretera principal para mi primera salida. ¿Vuelves al motel?

—Sí.

Echaron a andar, terminando el agua mientras el sol finalmente hacía una débil aparición.

—Hablé con Candace anoche —dijo Liz—. Quiere subir.

—¿Por qué?

—Creo que se está adelantando a cuando tengamos más fotos de la escena, sobre todo las antiguas.

Dice que tiene una teoría basada en el par que ha visto y las descripciones.

Nuestra próxima entrevista con Piper le interesa.

Y me dijo que le habías enviado un informe sobre alguien que conociste anoche.

—Liz miró a Reuben—. Me lo copió. Albie Walsh.

Él asintió.

—Un hombre interesante. Ha accedido a hablar con nosotros siempre que Kath Connor esté presente y siempre que no tenga que ir a la comisaría.

—Podemos arreglar eso. ¿Cómo demonios diste con él? Si tiene ochenta y tantos, seguro que no está sirviendo en la barra.

El informe había sido... breve: un resumen de una conversación, un par de fotos antiguas enmarcadas y una oferta espontánea de información.

—El que atendía la barra era su nieto, Matthew. Un pub familiar que se remonta a principios del siglo pasado. Tienes que verlo, Liz; tiene una historia que hoy en día nadie aprecia. Y son buena gente, esos dos, porque no he conocido al hijo de Albie, que es el dueño actual.

—¿No estaba allí anoche?

—Al parecer no. Albie afirma que él sigue siendo el dueño del pub y que Colin trabaja para él.

—¿Y el nieto?

—Ha vuelto en el parón entre semestres desde Adelaida, donde estudia medicina.

—Me pregunto cuándo volvió.

Reuben le lanzó una mirada con las cejas arqueadas.

—No tiene pinta de asesino, Liz.

—Y seguramente tienes razón. Pero ¿y si Albie estuvo implicado en las primeras dos muertes? Era boxeador, ¿no? O su hijo... ¿Colin? Y entonces se convierte en algo generacional. Un rito de iniciación, incluso.

A Liz le gustaban las teorías, pero rara vez las compartía hasta que se sostenían.

Bueno, eso no era del todo cierto, porque había tenido más de una sesión de lluvia de ideas con su antiguo mentor, Vince Carter, quien siempre la tomaba en serio, confiaba en su instinto y la animaba a escarbar bajo lo evidente para luego dar un paso atrás y revisar de nuevo los hechos.

Ahora mismo me vendría bien Vince.

—Tiene sentido.

—¿Sí? Quiero decir, claro que sí. —Sonrió—. En realidad solo estoy pensando en voz alta.

—Si no planteamos hipótesis, nos quedamos atrapados en pruebas frías y contundentes, y el trabajo policial es más que eso.

Es como aquí. —Reuben hizo un lento gesto a su alrededor—.

Sabíamos que los árboles estaban ahí, pero en la oscuridad, o con media luz, podían parecer otra cosa.

O no parecer nada en absoluto. La lógica trabaja junto a la intuición y la experiencia.

Cuanto más trabajaba con Reuben, más cosas descubría Liz.

Era un enigma: exoficial de Inteligencia, capaz de manejar casi cualquier clase de arma, con un interés especial en los drones y la vigilancia, endiabladamente bueno en el combate cuerpo a cuerpo y táctico como pocos.

Y, sin embargo, era vegano; un hombre al que le importaban de verdad el mundo y los demás, y que siempre hacía un esfuerzo extra por quien lo necesitara.

Aún no se había topado con nadie —salvo los malos— a quien no le acabara cayendo bien.

—¿Y vendrá?

—¿Vendrá quién?

Su media sonrisa le dijo a Liz que se había perdido algo.

—Candace. ¿Vendrá aquí?

—Primero veamos cómo va la mañana. Si viene, me gustaría que el viaje mereciera la pena y asegurarme de que cualquier muestra nueva de Meg regrese en el helicóptero.

Ya tenían el motel a la vista, con el BearCat y el coche de alquiler como únicos vehículos delante de las habitaciones.

—¿Hay alguien entre los árboles? Al otro lado, en la zona del parque. —Reuben miraba fijamente en esa dirección—. No veo coches, pero me ha parecido que alguien...

—Un hombre. Parece Gordy.

Era Gordy, que caminaba deprisa junto al bloque de baños saliendo de la zona arbolada.

Se cruzaron con él cuando llegó a su lado de la carretera. Levantó una mano, igual que había levantado la cerveza la noche anterior; al cuello llevaba una correa de cámara sujeta a un aparato decente con un objetivo grande.

—Es pronto para andar por ahí, y no tenéis pinta de haber estado fotografiando aves raras. —Calibró a Reuben de arriba abajo—. Soy Gordon Brain. El dueño del motel.

Reuben le estrechó la mano.

—Detective Reuben Barnes.

—Me alegro de cruzarme contigo, Gordy —dijo Liz—. Quería buscar un momento para charlar un poco. Nada formal, pero me interesaría saber qué opinas de lo que ha pasado últimamente.

Gordy asintió, aunque una mano empezó a juguetear con la correa que llevaba al cuello.

—Sí, claro. Me va bien temprano; dentro de una hora, por ejemplo, si os va bien. Antes de abrir la oficina.

—Perfecto.

—Pues... llamad a la puerta de la oficina y podemos tomar un café en la trastienda. Tengo una cafetera.

Liz sonrió ampliamente.

—Eso sí que suena bien. Allí estaremos.

Cada uno siguió su camino y, al llegar a la puerta de Liz, Reuben miró por encima de su hombro.

—Nos está observando.

—¿Seguro?

—Vigilancia es mi segundo nombre.

—¿Y cuál es tu segundo nombre?

—¿No has visto mi expediente?

—Seguramente sí. A ver si lo adivino. Bruce.

—No, aunque tengo un tío que se llama Bruce.

—Quentin.

—¿Reuben Quentin Barnes? Suena distinguido, pero no.

—¿Sigue mirando?

Los ojos de Reuben apenas se apartaron de su cara.

—Ya se ha ido.

—Bob.

—Perdón, ¿qué?

—Reuben Bob Barnes. —Cómo consiguió no echarse a reír era un misterio.

—Claro. Bob es mi segundo nombre.

—Te pega.

—Gracias. Voy a ducharme.

Liz esperó a que él llegara a su propia puerta para meter la llave en la suya; la giraron al mismo tiempo. Una vez dentro, se dio cuenta de que estaba sonriendo.

Bob. Ahora tendré que revisar tu expediente.