Para que no lloren los ángeles por (Detective Liz Moorland. Crímenes Prioritarios 5) Capítulo 3
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Capítulo 3

La noche se estaba cerrando, proyectando largas sombras de los árboles con los últimos rayos de luz, mientras Liz y Kath miraban fijamente la tumba.

—¿Quién está enterrado aquí?

—No lo sé.

—¿Cómo puedes no saberlo?

Liz se agachó cerca de la lápida, pero no había ninguna inscripción. Hizo algunas fotos y amplió la imagen. Ni siquiera el rastro de una.

—Los registros de la iglesia no incluyen esta tumba en particular. O no se registró o alguien eliminó los detalles.

—¿Quién tiene los registros de la iglesia? —Liz miró fijamente el edificio en cuestión—. ¿No está activa?

—Hace mucho tiempo que no.

—¿El señor Piper es el dueño?

—No, vive en la casa del cura, que no se puede ver desde aquí. Se construyó justo después de la iglesia y se alquiló cuando la congregación dejó de asistir y el último cura se marchó.

—¿Está abierta?

Los ojos de Kath se abrieron como platos.

—¿La iglesia? Lleva cerrada desde siempre. No entra nadie.

Se le erizó el vello en la parte de atrás de los brazos. Necesitaba a su equipo. A Pete, en concreto. De todos, él encontraría la manera de entrar. Y quería estar aquí. Y Meg.

—¿Cuándo ocurrió eso? ¿El cierre de la iglesia?

—Quizá a mediados de los ochenta. Poco después de las muertes anteriores, en cualquier caso.

La gente no era precisamente fiel a esta iglesia, ni al cura.

A uno o a ambos. Ya había mucha gente que se había ido a una iglesia más nueva en el pueblo de al oeste.

Pero el catalizador fueron los crímenes sin resolver aquí. Justo aquí.

—¿Y quién es el dueño ahora?

—Supongo que puede que siga siendo la iglesia. —El teléfono de Kath pitó y lo comprobó—. Dios mío.

—¿Qué?

—Lo de siempre. El viejo McGregor necesita escolta desde el pub.

—¿Te echo una mano?

Kath sonrió.

—Me maldecirá en gaélico, se dormirá en cuanto esté en el coche y luego entrará dando tumbos en su casa. Pasa unas cuantas veces a la semana y no tiene a nadie a quien le importe mucho. No es mala persona, pero será mejor que me ocupe yo.

Liz volvió al coche patrulla con ella.

—¿A qué hora podemos vernos mañana?

—Estoy a tu disposición, detective. Perdón, Liz. Normalmente estoy en la comisaría a las siete, a menos que esté en el coche. Avísame si quieres.

—¿Algún problema con que merodee un poco por aquí?

—¿Por aquí?

Con una risa breve ante la incredulidad en la voz de la otra mujer, Liz asintió.

—Puede que esté más acostumbrada a la vida de ciudad, pero no se me da mal detectar el peligro.

—¿Como antes con la serpiente?

—Buen punto. Y desde entonces voy con más cuidado.

Llegaron al coche patrulla y Kath se volvió para mirarla de frente.

—No solo los ojos. Usa todos los sentidos, luego añade intuición y escucha lo que te cuenta este lugar. ¿Has tocado la tierra todavía? —Abrió la puerta—. No te quedes más allá del anochecer. No en tu primera noche. Y tienes mi número si me necesitas. A cualquier hora.

Mientras Kath se alejaba, Liz se agachó y recogió un puñado de tierra roja y cálida. Millones de partículas de una tierra antigua. Giró la mano y la abrió.

Toca la tierra. Aprende de ella.

—¿Qué puedes enseñarme? ¿Vas a ayudarme a encontrar al asesino?

Una vez había trabajado en un caso con un rastreador de las Primeras Naciones.

Su papel no era más que el de una entre cientos de policías y voluntarios que buscaban a un niño pequeño desaparecido en Gippsland.

El temor era que el niño hubiera sido arrastrado por el agua desde la playa, pero el hombre sereno y solemne llamado Ollie creía otra cosa.

Mientras los que lo rodeaban corrían de un lado para otro pisoteando todo, él permanecía quieto, sin que se le escapara nada.

La mayoría siguió adelante, pero Liz se quedó cerca, dispuesta a seguir su ejemplo.

La conexión entre Ollie y su entorno era un tipo de vínculo que Liz no había visto nunca.

Elegía la dirección con calma y precisión, deteniéndose a menudo para estudiar el suelo o el terreno a su alrededor.

Encontraron al niño sano y salvo. Fue una lección inesperada de observación que nunca olvidó y, en los años siguientes, aprendió a confiar en sus instintos, incluso en esos que no eran más que un cosquilleo en la base del cuello y que casi siempre significaban que alguien la estaba observando.

Como ahora.

Dejó que la tierra se le deslizara entre los dedos hasta que no quedó nada y se enderezó. Girando despacio, un paso cada vez, Liz examinó la zona. Desde allí la iglesia se cernía sobre el terreno y tuvo que volver a fijar la vista en el edificio antes de distinguir la figura de una persona.

Se confundía con la piedra que tenía detrás y permanecía quieto. Muy quieto.

Quizá los separaban cien metros. Demasiada distancia para ver detalles, pero llevaba una túnica larga de algún tipo. Tenía el pelo blanco, por debajo de los hombros. El resto era borroso y, salvo que usara la cámara del móvil para acercarlo, lo demás eran conjeturas.

—¿Señor Piper? Soy policía. ¿Podría hablar con usted un momento?

Liz echó a andar hacia él, intentando captar su mirada, pero tuvo que abrirse paso entre las tumbas, rodeándolas. Cuando por fin las dejó atrás, después de haber mirado al suelo un par de veces por el camino, había desaparecido.

¿Había estado siquiera allí?

En el aire persistía un olor: hierba. No era imaginación.

El paso del crepúsculo a la oscuridad total fue abrupto.

Liz estaba de vuelta en el coche, con las puertas cerradas y los faros encendidos, deshaciendo el camino de antes.

Había decidido no buscar al hombre ella sola.

Kath tenía razón: no debía estar allí fuera de noche.

No hasta haberse asentado y tener una idea más clara de a qué se enfrentaba.

Lo más probable era que fuera el residente local, Erik Piper, que se había acercado a fumar un porro y a ver quién estaba perturbando la tranquilidad.

Vivir en las viejas dependencias de una iglesia abandonada hacía tiempo, con solo serpientes y tumbas por vecinos, era de lo más extraño.

Quizá fuera un excéntrico. O un asesino.

Dejó atrás el motel y giró hacia la calle principal del pueblo.

Había media docena de tiendas a cada lado, casi todas cerradas, incluido el pequeño supermercado.

El pub era un edificio típico de su época: dos plantas, estructura de piedra y madera, muchas puertas abiertas alrededor del bar principal y clientes sentados fuera en mesas altas. Era la parte más animada de la calle.

Enfrente estaba el restaurante tailandés, con un puñado de clientes en una pequeña zona de espera para recoger comida para llevar.

Un par de locales más allá, el llamado bar de vinos seguía abierto y Liz aparcó entre este y el tailandés.

Tenía hambre. El bar de vinos era un espacio pequeño y ecléctico, con un piano vertical junto al que una mujer de pelo rojo intenso cantaba una balada de los setenta.

Bastante bien, de hecho. Había una barra con taburetes y un par de mesitas redondas.

En una pared, una pizarra mostraba una breve lista de vinos y algo sobre tablas de degustación.

Podría estar bien para otra noche. En ese momento prefería llevarse algo al motel y llamar a la base antes de que se hiciera demasiado tarde.

Al abrir la puerta del restaurante tailandés, el estómago le rugió.

Las especias se mezclaban con velas aromáticas en ambos extremos del mostrador.

La carta era larga y los platos baratos, y Liz pidió más de la cuenta.

En la primera habitación había microondas y nevera, así que, con suerte, la tres también tendría al menos eso para calentar las sobras en el desayuno.

Esperó fuera, curiosa por el pueblo.

Una vez que los tres establecimientos cerraran por la noche, no quedaría nada abierto. Incluso la gasolinera de la esquina de esa calle con la carretera al motel cerraba a las ocho.

¿Qué pasa entonces? ¿Se convierte en un pueblo fantasma o es cuando empieza lo bueno?

Branonville no era especialmente conocido por tener problemas con las drogas o el alcohol y tenía relativamente poca delincuencia.

Eso era según el informe que Liz leyó en el avión, entre turbulencia y turbulencia.

La población envejecía. Los jóvenes solían marcharse tras terminar la pequeña escuela.

Había poco que atrajese a los recién llegados.

Una historia triste que se repetía en muchos pueblos del interior.

Y como en casi todos los pueblos, el pub era el centro de la vida social al caer la noche.

Muchos coches, sobre todo camionetas y todoterrenos.

Y, por lo que Liz podía ver, había tantas mujeres como hombres.

Arriba había habitaciones, con solo una luz encendida.

O todos los demás estaban abajo, o solo había un huésped.

Era la única otra opción para alojarse en la zona aparte del motel. No había Airbnb por allí.

El aire nocturno apenas era más fresco que al atardecer. Sin brisa. Nada que aliviará la humedad.

Un golpecito en el cristal desde el interior le avisó de que su pedido estaba listo, y entró a recogerlo.

El restaurante en sí estaba casi vacío. Solo una pareja en una mesa, inmersa en una conversación seria.

Todos los demás estaban allí para llevarse la comida, y Liz había visto a varios salir del pub, recoger el tailandés, subir a sus coches y marcharse.

Kath tendría trabajo de sobra haciendo controles de alcoholemia.

Aunque, para una comunidad minúscula con un solo policía, probablemente le traería más problemas de los que solucionaría. Los policías urbanos lo tenían mucho más fácil: seguir las normas, conseguir refuerzos rápidamente, tener menos vínculos con la gente.

Liz entró en la habitación número tres unos minutos después, dejó la bolsa de comida sobre la mesa y volvió al coche a por su equipaje y maletín.

Los dejó sobre la cama, cerró la puerta con llave y echó un vistazo a su alrededor.

Aunque hacía años que las paredes no se pintaban ni se renovaba la decoración, estaba limpia y ordenada.

Había una nevera pequeña, un microondas y un escritorio.

El baño tenía toallas limpias. Una mejora considerable respecto a la habitación seis.

Dentro de la nevera había media docena de botellas de agua, bien frías.

Y un par de cervezas y una botella de vino.

Una nota decía que el agua era de cortesía y que el alcohol se cargaría a la cuenta de la habitación si se abría.

Liz cogió agua y estuvo a punto de coger una cerveza también. Por ahora necesitaba comida.