Capítulo 4
Mientras comía, Liz había redactado un informe en el portátil, para el equipo, para su propia referencia y probablemente para presentárselo a su nuevo jefe.
Fuera quien fuese. Ignoró la creciente irritación por cómo se estaba gestionando el relevo.
Su trabajo era evaluar este crimen y los anteriores, y decidir si el equipo debía implicarse.
No preocuparse por la estructura de la Operación Nobody.
Tomó nota de sus observaciones sobre la tumba en cuestión y las que la rodeaban. De los diversos comentarios de Kath sobre los acontecimientos del día y los días siguientes al hallazgo del cadáver. Y del avistamiento del desconocido cerca de la iglesia.
Con el estómago satisfecho al fin, recogió y metió un recipiente sorprendentemente pequeño de sobras en la nevera, y cogió otra botella de agua.
En lugar de sentarse en el escritorio, se recostó en la cama y llamó a Reuben.
Sonó unas cuantas veces. ¿Había cambiado de idea y seguía en el pub? Iba a colgar justo cuando respondió.
—Hola, Liz. Estoy preparándome un té.
—¿De qué?
—Este lleva una mezcla de hibisco y menta, y antes de que me digas que eso no pega, pensé lo mismo. Hasta que lo probé.
Liz sonreía, imaginándose a Reuben en la cocina de la base, midiendo con cuidado las hojas de té en su tetera favorita.
—Encuentras las cosas más interesantes para comer y beber.
—¿Ah, sí?
—¿Está Jeff por ahí?
—En alguna parte. En el laboratorio, creo. ¿Te paso con él?
—Mientras no te fastidie el ritual del té.
—¿Ritual?
—Giras la tetera tres veces en el sentido de las agujas del reloj y dos en sentido contrario. La dejas reposar exactamente dos minutos. Sirves despacio, en dos tandas. Dejas que el té se enfríe un minuto más. Y luego das un sorbo.
—¿De verdad me observas tan de cerca?
—No es nada personal, tío. Necesito conocer los puntos fuertes y, más importante aún, los puntos débiles de mi equipo. Observo a todo el mundo. Por igual. —Las dos últimas palabras las soltó con un tono siniestro.
Su risa le alivió la tensión. Los piques entre la mayoría del equipo eran lo mejor.
Había una naturalidad que nacía de la confianza y de lidiar con las situaciones extremas que les deparaba el trabajo.
Siempre había tenido eso con Pete McNamara, su compañero ocasional en la época de Homicidios y también miembro de aquel equipo.
Pero formar parte de un equipo encubierto exigía un nivel completamente nuevo de confianza y camaradería y, pese a dos pésimos errores de juicio con antiguos miembros, todos iban a la par, o casi.
Lo que hace que los cambios que se avecinan resulten aún más duros. Acabábamos de encontrar el equilibrio.
—En ese caso romperé mi predecible ritual y me serviré el té ahora, tras solo unos segundos. Pero te advierto que, si no sabe bien...
—Claro. Échale la culpa a la persona que está sentada en una cama con el colchón lleno de baches en un pueblo perdido.
—¿Qué tal por ahí arriba? —Reuben estaba en movimiento, a juzgar por el sonido de los pasos de fondo—. ¿Está bien el motel?
—Lo típico de un motel pequeño, supongo. Aunque el dueño es interesante. —Le resumió por encima la conversación de antes con Gordy—. Fue raro cómo le cambió la actitud cuando cayó en que soy policía. Se volvió exageradamente amable y servicial, cuando muchas veces pasa justo al revés.
—Le haremos una comprobación de antecedentes.
—Gracias. Tengo unas cuantas cosas con las que necesito ayuda y os mando un correo en un rato. Pero tengo algunas preguntas forenses que espero que Jeff pueda responder. ¿Qué tal está el equipo?
—La última vez que los vi estaban divididos en dos grupos.
La mitad jugando al billar en un intento desesperado de ganarle aunque solo fuera una vez a Phoebe, y los otros mirando y narrándolo todo como comentaristas deportivos.
Voy a pasarme el teléfono a la otra mano para marcar el código del laboratorio.
La Operación Nobody tenía su base en las calles traseras de un barrio interior de Melbourne, predominantemente industrial y con tantos edificios vacíos como ocupados.
El viejo exterior de ladrillo visto, sin nada especial, ocultaba unas instalaciones dignas de una película ligeramente futurista.
La zona conocida como la base estaba dentro de muros reforzados y equipada con la máxima tecnología.
Había una cocina bien surtida, varias habitaciones para que el personal pudiera pasar la noche, un par de despachos y una sala grande que incluía una mesa redonda y una zona de reuniones, además de espacio para juegos y descanso.
En otra planta estaba el laboratorio diseñado a medida. Aquello era obra de Meg y, últimamente, se había convertido en el territorio de Jeff. Jeff estaba cedido por una empresa privada puntera de ciencias forenses y completaba a la perfección las capacidades del equipo.
—Hola, Jeff, tengo a Liz por el altavoz.
—¿Nuestra intrépida exploradora? ¿Nuestra líder favorita? —Jeff fingió un jadeo de sorpresa—. ¿Lo he dicho en voz alta? En fin, te has perdido un torneo feroz esta noche.
—Eso he oído. —También había oído lo otro. Era agradable que la viera como una posible jefa del equipo, pero su trabajo ahora era apoyar a quien hubiera recibido el puesto.
—¿Hacemos videollamada, querida Lizzie? —preguntó Jeff—. Hoy me he peinado y estoy deseando lucirme.
La risa le subió sola y no pudo contenerla. Jeff era completamente calvo. De algún modo consiguió pulsar el icono de vídeo pese a que la cámara temblaba mientras se reía, y su cara apareció en pantalla, impasible.
—¿No te gusta mi nuevo peinado?
—Ahora que lo dices... te has cambiado la raya.
Reuben resopló al fondo y Jeff se pasó una mano por la brillante coronilla.
—¿Cuáles son tus preguntas?
Volviendo al portátil, Liz les hizo a los dos un breve resumen de las últimas horas y terminó con el extraño avistamiento.
—Vi a un hombre de pie junto a la iglesia, pero había desaparecido cuando llegué hasta allí.
—¿La agente Connor lo reconoció? —preguntó Reuben. Ahora también estaba en pantalla, dando sorbos ocasionales a su taza de té.
—Se había ido a acompañar a casa a un borracho del pub.
—¿Y te dejó allí a oscuras?
—No estaba oscuro cuando se fue, Reuben. —Esperaba que el tono hubiera sido lo bastante firme para hacerle saber que no necesitaba ni su desaprobación ni su protección. No esta vez.
Él alzó un poco las cejas, pero no respondió.
—Así que me pregunto, Jeff, cuánto tardarías en procesar las huellas dactilares de esta desafortunada víctima. Identificarla es crucial.
—De un día para otro, si consigo imágenes nítidas. Al final de mañana como mucho.
—Hay muestras de ADN.
—Eso es más complicado. Si sé adónde las han enviado, puedo interceptarlas y acelerar el proceso.
Liz anotó que debía contactar con Kath a continuación.
—¿Qué posibilidades tenemos de recuperar algún rastro útil de la tumba y de sus alrededores, donde colocaron el cuerpo?
—¿Tienes claro que fue un asesinato y que la escena del crimen estaba en otro sitio?
—No. De ninguna de las dos. Pero Kath dice que sí a ambas.
Kathy Connor, la agente. Es lista, observadora y está frustrada por la falta de recursos y de interés de los de arriba.
Hasta que no tengamos acceso a las imágenes tomadas no podremos estar seguros, pero parece que la posición del cuerpo era demasiado precisa y extraña para tratarse de una muerte natural.
Ah, y el cuerpo estuvo varias horas a pleno sol antes de que pudiera montar un toldo.
Jeff entrecerró los ojos.
—En las manos adecuadas eso no es un problema, Liz. ¿Quién va a hacer la autopsia?
—Otra pregunta que no puedo responder. Y no voy a acosar a Meg esta noche.
—Haré unas llamadas, bonita. Aunque ayudaría, claro, que yo estuviera allí. —A Jeff se le abrieron los ojos—. Nunca he hecho un road trip con el equipo. Y puedo llevar un laboratorio forense móvil. Uno pequeño, ya me entiendes. Pero suficiente para ir un paso por delante.
Liz ya estaba formulando cuál sería el equipo ideal para aquel crimen, pero hasta la reunión informativa de mañana con la nueva dirección no tenía ni idea de qué autoridad conservaba todavía.
—La otra cosa, Jeff... si conseguimos localizar algún rastro de las muertes originales, las de los ochenta, ¿merece la pena analizarlo?
Él asintió.
—Resolver casos antiguos es cada vez más posible. La tecnología nos da claves con las que solo habríamos soñado hace incluso una década. Hace cinco años, incluso. Consígueme cualquier tipo de muestra y haré todo lo posible por darte respuestas.
Era justo la confirmación que necesitaba.
—Voy a ocuparme de las huellas y del ADN y os mandaré correos a los dos en cuanto tenga algo. Llamad o mandad un mensaje si necesitáis alguna aclaración.
—Y yo haré una lista de lo que tengo que meter en la maleta —dijo Jeff—. Protector solar. Un sombrero. Tentempiés y...
—Vale, vale, pillo la indirecta. Hablamos mañana.
—Buenas noches —dijo Jeff, guiñando un ojo—. Y me traeré mi propia almohada. Siempre la prefiero a las de los moteles cutres...
Con otra carcajada, Liz cortó la conexión.
Antes que nada, Liz envió un mensaje al número de Kath solicitando acceso a una copia de las huellas dactilares como prioridad, información sobre el ADN y también las fotografías tomadas de la escena.
No tenía ni idea de si la agente respondería esa noche, pero antes de que pudiera siquiera empezar un correo a Reuben, llegó la respuesta.
Kath: Dime adónde tengo que enviar las huellas dactilares.
Liz respondió con el nombre y la dirección de correo electrónico de Jeff.
Kath: Contactaré con mi jefe respecto al resto. Si necesita confirmarlo contigo, ¿puedo pasarle tu número de teléfono?
Liz: Debería tenerlo, pero no dudes en dárselo a quien lo necesite.
Liz: Mi teléfono está siempre encendido.