77
Ona
No duermo casi nada.
No porque dude.
Porque cerrar algo bien también duele.
Harry me ha escrito, me ha preguntado si estoy bien.
No pongo excusas.
No alargo.
Le digo que podemos vernos antes de que empiece el ensayo.
Quedamos en el mismo sitio de siempre.
Las escaleras cerca del río.
El lugar donde todo empezó a sentirse ligero.
Cuando llego, ya está sentado.
No sonríe al verme.
Pero tampoco está enfadado.
Eso me rompe un poco por dentro.
Me siento a su lado.
No demasiado cerca.
No demasiado lejos.
Silencio.
Él habla primero.
—Escuché la canción.
No me sorprende.
—Yo también.
Pequeña sonrisa triste.
—Supongo que eso responde bastante.
Trago saliva.
—No quiero mentirte.
—Lo sé.
—No fue nostalgia.
—Lo sé.
—No fue porque volviera de repente.
—Lo sé.
Me mira por fin.
Directo.
—Fue porque nunca se fue del todo.
No lo dice como reproche.
Lo dice como conclusión.
Y eso es peor.
—Intenté hacerlo bien contigo —digo—. No estaba jugando.
—Lo sé.
—De verdad que lo intenté.
—Y yo sabía que lo estabas intentando.
Silencio.
La palabra “intentando” pesa más que cualquier otra.
—No quiero ser alguien que eliges porque es lo correcto —dice.
—No lo eres.
—Pero tampoco soy el que eliges sin pensar.
Y esa es la verdad.
Con él todo era decisión consciente.
Con Marc… era impulso que no necesitaba explicación.
—No mereces que esté a medias —digo bajito.
—No.
—Y ahora mismo no puedo prometer que estoy al cien por cien contigo.
Él asiente.
No sorprendido.
No devastado.
Triste.
Pero preparado.
—Me gustabas antes de que fuera complicado —dice—. Y me sigues gustando ahora que lo es.
Eso me rompe más que cualquier acusación.
—No quiero perderte como persona —añado.
Pequeña sonrisa.
—Eso depende de si sabes sostener las cosas cuando ya no son románticas.
Tiene razón.
Siempre la tiene cuando habla así.
—No voy a odiarle —dice de repente.
Parpadeo.
—No quiero competir con alguien que fue parte de tu historia —continúa—. Pero tampoco quiero ser la pausa mientras decides si esa historia sigue viva.
La frase es clara.
Y justa.
Me acerco un poco.
—No eres la pausa.
—Entonces no me trates como si lo fuera.
Silencio.
Nos miramos.
Y por primera vez desde que empezó todo, no siento duda.
Siento tristeza.
Pero claridad.
—Gracias —le digo.
—¿Por qué?
—Por no hacerme sentir culpable por sentir.
Sonríe.
—No eres mala por no saber.
—Pero sí soy responsable de decidir.
—Eso sí.
Se levanta primero.
Yo también.
No hay abrazo dramático.
Pero sí uno real.
Largo.
De esos que no intentan convencer.
Solo despedirse bien.
—Cuida bien lo que elijas —me dice antes de separarse.
—Lo haré.
Lo veo caminar alejándose.
Y no siento alivio.
Siento respeto.
Y eso hace que la decisión pese menos.
No porque sea fácil.
Porque es limpia.