Para cuando vuelvas 76
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Marc

No debería haber salido.

Pero no podía quedarme en esa habitación mirando el móvil boca abajo como si eso fuera valentía.

Camino sin rumbo claro.

Londres de noche tiene algo raro.

No es silencioso.

Pero tampoco es ruidoso.

Es como si respirara muy bajito.

Las luces se ven reflejadas en el suelo húmedo.

Gente riendo en bares.

Un autobús rojo pasando demasiado rápido.

Y yo aquí, intentando no abrir Instagram otra vez.

No sé si lo ha visto.

No sé si le importa.

No sé nada.

Eso es lo peor.

Camino hacia el puente sin pensarlo.

El mismo puente donde discutimos por primera vez por una tontería absurda.

El mismo donde me dijo que odiaba que fingiera no tener miedo.

Me apoyo en la barandilla.

Miro el agua.

Me digo que, pase lo que pase, hice lo correcto.

No volví a suplicar.

No pedí que rompiera nada.

Solo dije lo que sentía.

Y si eso no es suficiente…entonces no lo es.

Saco el móvil.

No notificaciones nuevas.

Respiro.

Lo guardo otra vez.

No quiero ser el chico que espera.

Ya esperé suficiente sin hacer nada.

Empiezo a caminar otra vez.

Manos en los bolsillos.

Cabeza baja.

Pensando que quizá mañana me iré.

Que quizá esto era solo cerrar una puerta.

Y entonces oigo mi nombre.

—Marc.

No lo imagino.

Sé que no lo imagino porque mi corazón se detiene antes incluso de girarme.

Me giro.

Y ahí está.

Corriendo un poco.

Con la chaqueta mal puesta.

El pelo suelto.

Respirando rápido.

No está dudando.

Está decidida.

Ona

No sabía exactamente dónde buscar.

Solo sabía que no podía quedarme en casa.

Clara me miró salir y no dijo nada.

Eso fue suficiente.

Camino rápido al principio.

Luego casi corro.

No sé por qué sé que estará cerca del río.

Quizá porque siempre acaba allí cuando no sabe qué hacer.

Lo veo antes de que él me vea.

Está caminando despacio.

Como si no tuviera prisa por llegar a ningún sitio.

Y algo en mí se rompe y se recompone al mismo tiempo.

—Marc.

Se gira.

Y en su cara no hay expectativa.

Hay sorpresa.

Eso me tranquiliza.

Porque significa que no está planeando nada.

No está manipulando.

Solo está aquí.

Me acerco.

El aire frío me golpea la cara.

Pero no siento frío.

—He escuchado la canción —digo.

Su mandíbula se tensa un poco.

—Vale.

No pregunta qué me pareció.

No intenta adelantarse.

Eso me da espacio.

—No la escribiste para convencerme.

—No.

—La escribiste porque era verdad.

Asiente.

—Sí.

Silencio.

El ruido del río suena bajo nosotros.

La ciudad detrás, nuestro escenario.

Y nosotros aquí.

Sin público.

Sin nadie mirando.

—Yo también escribí algo —confieso.

Levanta la vista.

—Lo sé.

—¿Lo sabes?

—Escuché el vídeo.

Pequeña sonrisa triste.

No irónica.

Solo honesta.

—No fue coincidencia —digo.

—No.

Y ahí está.

La conexión.

No forzada.

No buscada.

Simplemente existe.

Respiro hondo.

Y esta vez no tiemblo.

—No quiero elegir por miedo a perderte.

—No lo hagas.

—Y no quiero elegir por culpa hacia Harry.

—No lo hagas.

Me acerco un paso.

No demasiado.

—Quiero elegir porque cuando estoy contigo no tengo que intentar sentir nada.

Sus ojos cambian.

—No quiero que vuelvas para prometer que ahora sí puedes quedarte —añado—. Quiero que te quedes porque quieres.

—Quiero quedarme —dice sin dudar.

No lo dice fuerte.

No lo dramatiza.

Simplemente lo afirma.

Y por primera vez no suena impulsivo.

Suena decidido.

—No quiero estabilidad si significa apagar algo que todavía arde —susurro.

Él no sonríe.

No celebra.

Solo se acerca.

Despacio.

—No quiero que vuelvas a irte cuando tengas miedo.

—No me voy a ir.

—No lo prometas si no estás seguro.

—Estoy seguro.

El silencio esta vez no es tenso.

Es denso.

Importante.

Y entonces lo hago.

No porque él esté cerca.

No porque haya música de fondo.

Lo hago porque ya decidí antes de salir de casa.

Me acerco, y lo beso.

No es suave como con Harry.

No es nervioso.

Es firme.

Es claro.

Es hogar.

Cuando me separo, no me siento culpable.

No me siento confundida.

Me siento alineada.

—Voy a hablar con Harry mañana —digo.

Porque es lo correcto.

Marc asiente.

No invade.

No presiona.

—No quiero que le odies —añado.

—No le odio.

Y sé que es verdad.

Nos quedamos unos segundos más en silencio.

No abrazados todavía.

Solo cerca.

Y por primera vez desde que volvió,

no siento caos.

Siento elección.

Y eso cambia todo.